Origen
Capítulo 14
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De pie en medio de la multitud de invitados que se apretujaban alrededor del podio, Robert Langdon observaba con asombro cómo la cifra de asistentes que había en la pantalla LCD no dejaba de aumentar:
Espectadores conectados en este momento: 2 527 664
El ruido de las charlas que mantenía la gente en la atestada sala había crecido hasta convertirse en un fragor sordo. Las voces de cientos de invitados bullían de expectación y muchos aprovechaban esos últimos minutos para, llenos de emoción, llamar por teléfono o escribir tuits en los que dejaban constancia de su asistencia al evento.
En un momento dado, un técnico subió al podio y dio unos golpecitos con una mano al micrófono.
—Damas y caballeros, antes les hemos pedido que, por favor, apagaran sus teléfonos móviles. Ahora les informamos de que durante la celebración del evento tanto la cobertura telefónica como la red wifi estarán bloqueadas.
Muchos invitados todavía estaban enfrascados en sus móviles cuando de repente perdieron la conexión. La mayoría de los asistentes se quedaron completamente estupefactos, como si acabaran de ser testigos de una especie de milagrosa tecnología Kirschiana capaz de interrumpir por arte de magia todo contacto con el mundo exterior.
«Quinientos dólares en una tienda de electrónica». Langdon sabía cuánto costaba, pues era uno de los muchos profesores de Harvard que ahora usaban aparatos portátiles para dejar sin cobertura sus aulas y que los alumnos no pudieran consultar los teléfonos durante la clase.
Un cámara se colocó en posición con un enorme aparato al hombro dirigido hacia el podio. Las luces de la sala se atenuaron.
En la pantalla LCD ahora podía leerse:
La retransmisión comenzará dentro de 38 segundos
Espectadores conectados en este momento: 2 857 914
Langdon no salía de su asombro. La cifra de espectadores conectados aumentaba a mayor velocidad que la deuda nacional de Estados Unidos, y le parecía prácticamente imposible concebir que casi tres millones de personas estuvieran en ese momento sentadas en sus casas para ver una retransmisión en directo de lo que estaba a punto de suceder en esa sala.
—Treinta segundos —anunció el técnico en voz baja por el micrófono.
Una puerta estrecha se abrió en la pared que había detrás del podio y los cientos de invitados se callaron de golpe a la espera de que por ella apareciera el gran Edmond Kirsch.
Pero no apareció.
La puerta permaneció abierta durante casi diez segundos.
De repente, salió una elegante mujer y se dirigió hacia el podio. Era increíblemente hermosa —alta, esbelta, de largo pelo negro— y llevaba un entallado vestido blanco con una franja negra que le recorría el torso en diagonal. Parecía deslizarse sobre el suelo. Tras colocarse en el centro del escenario, ajustó la altura del micrófono, respiró hondo y sonrió con paciencia a los asistentes, mientras esperaba a que el reloj finalizara la cuenta atrás.
La retransmisión comenzará dentro de 10 segundos
La mujer cerró un momento los ojos como si quisiera poner en orden sus ideas y luego volvió a abrirlos. Era el vivo retrato de la elegancia.
El cámara levantó una mano con los cinco dedos extendidos.
«Cuatro, tres, dos…».
La mujer levantó la mirada hacia la cámara y la sala quedó en completo silencio. En las pantallas LCD apareció una imagen en directo de su rostro. Se quedó mirando al público y se apartó despreocupadamente un mechón de pelo de su mejilla de piel aceitunada.
—Buenas noches a todos —comenzó a decir; su voz, cultivada y afable, tenía un ligero acento español—. Me llamo Ambra Vidal.
La salva de aplausos inusualmente alta que estalló en la sala dejó claro que la gran mayoría sabía quién era.
—¡Felicidades! —exclamó alguien.
La mujer se sonrojó, y Langdon tuvo la sensación de que había algo que se le escapaba.
—Damas y caballeros —dijo, prosiguiendo con su discurso—, durante los últimos cinco años he sido la directora del Museo Guggenheim Bilbao, y estoy aquí esta noche para darles la bienvenida a una velada muy especial a cargo de un hombre verdaderamente destacable.
Los asistentes aplaudieron con entusiasmo, y Langdon se unió a ellos.
—Edmond Kirsch no solo es patrono de este museo, y uno muy generoso, sino que además se ha convertido en un buen amigo. Para mí ha sido un privilegio y un honor haber podido trabajar codo con codo con él estos últimos meses planeando el evento de esta noche. ¡Acabo de comprobar que las redes sociales de todo el mundo están que arden! Como sin duda muchos de ustedes ya sabrán, esta noche Kirsch tiene previsto anunciar un descubrimiento científico muy importante y que, a su parecer, será recordado para siempre como su gran contribución a la humanidad.
Un murmullo de excitación recorrió la sala.
La mujer de pelo negro sonrió divertida.
—Por supuesto, no he dejado de suplicarle a Edmond que me dijera qué había descubierto, pero se ha negado a darme ni siquiera una pista.
A las risas que provocó el comentario le siguieron más aplausos.
—El evento especial de esta noche —continuó ella— estará presentado en inglés, la lengua materna del señor Kirsch, pero la emisión en directo en internet cuenta con traducción simultánea a más de veinte idiomas.
La imagen de la pantalla LCD se actualizó y Ambra añadió:
—Y por si alguien dudaba de la seguridad de Edmond, este es el comunicado de prensa que se ha enviado hace quince minutos a medios de comunicación de todo el mundo.
Langdon miró la pantalla.
Esta noche, en directo a las 20.00 horas (hora central europea), el futurólogo Edmond Kirsch anunciará un descubrimiento que cambiará la faz de la ciencia para siempre
«De modo que así es como se consiguen tres millones de espectadores en cuestión de minutos», pensó Langdon.
Cuando volvió a centrar la atención en el podio, reparó en dos personas que no había visto antes: un par de guardias de seguridad imperturbables que permanecían de pie en una pared lateral inspeccionando con detenimiento a los asistentes. A Langdon le sorprendió el monograma que llevaban bordado en sus blazers azules a juego.
«¡¿La Guardia Real?! ¿Qué hace aquí el cuerpo de seguridad del rey?».
Parecía improbable que algún miembro de la realeza estuviera presente en la sala. Como acérrimos católicos que eran, sin duda evitarían cualquier asociación pública con un ateo como Edmond Kirsch.
En tanto que monarca parlamentario, el rey de España contaba con un poder oficial muy limitado, pero la influencia que ejercía sobre los corazones y las mentes de sus súbditos seguía siendo enorme. Para algunos españoles, la Corona todavía era símbolo de la rica tradición religiosa de los Reyes Católicos y el Siglo de Oro español. Para ellos, el Palacio Real de Madrid se alzaba como un compás espiritual y un monumento a una larga historia de férreas convicciones religiosas.
Langdon lo había oído en español: «El Parlamento gobierna, pero el rey reina». Durante siglos, los reyes que habían presidido los asuntos diplomáticos de España habían sido todos católicos profundamente devotos y conservadores. «Y el rey actual no es ninguna excepción». Recordaba haber leído algo sobre sus arraigadas convicciones religiosas y sus valores tradicionales.
Al parecer, desde hacía unos meses, el anciano monarca estaba postrado en cama aquejado de una grave enfermedad. Así pues, el país estaba preparándose para una eventual transición de poder a su único hijo, el príncipe Julián. Según la prensa, este había vivido toda su vida bajo la alargada sombra de su padre, y ahora el país se preguntaba qué tipo de dirigente sería.
«¿Ha enviado el príncipe Julián a unos agentes de la Guardia Real para que supervisen el evento de Edmond?».
Langdon recordó el amenazador mensaje de voz que el obispo Valdespino le había dejado a Edmond. A pesar de su inquietud, tenía la sensación de que la atmósfera en la sala era agradable, entusiasta y segura. Recordaba que su viejo amigo le había dicho que las medidas de seguridad esa noche eran increíblemente elevadas, por eso, tal vez, la presencia de la Guardia Real no fuera más que un elemento adicional de protección para asegurar que la velada discurría sin problemas.
—Aquellos de ustedes que ya conozcan la pasión de Kirsch por la espectacularidad —prosiguió Ambra Vidal— sabrán que este nunca habría ideado que permaneciéramos de pie en esta sala estéril durante mucho rato.
A continuación señaló una puerta de dos hojas que había en un extremo.
—Al otro lado de esa puerta, Edmond Kirsch ha construido un «espacio experimental» en el que mostrar su dinámica presentación multimedia. Está completamente informatizada y será retransmitida por internet a todo el mundo. —Hizo una pausa para consultar la hora en su reloj—. El evento de esta noche está programado al detalle, y Edmond me ha pedido que los hiciera pasar a ese otro espacio para que pudiéramos comenzar a las ocho y cuarto en punto. Solo quedan unos minutos, de modo que, si me hacen el favor de acceder a su interior, podremos ver al fin lo que el asombroso Edmond Kirsch nos ha preparado.
Justo en ese momento, las hojas de la puerta se abrieron.
Langdon echó un vistazo creyendo que al otro lado habría otra sala más. No pudo evitar sorprenderse, pues, al ver lo que parecía un túnel oscuro.
El almirante Ávila se quedó un momento rezagado mientras los asistentes comenzaban a desplazarse en dirección al pasadizo tenuemente iluminado. Al mirar el túnel, le satisfizo comprobar lo oscuro que estaba.
Eso haría mucho más fácil su trabajo.
Sin dejar de acariciar el rosario que llevaba en el bolsillo, repasó mentalmente los detalles que acababa de recibir sobre la misión.
«Será crucial escoger el momento adecuado».