Origen
Capítulo 15
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El túnel, de unos seis metros de ancho y que describía una ligera curva hacia la izquierda, estaba recubierto por una tela negra que se extendía a lo largo de unos arcos de apoyo. En el suelo había una moqueta mullida, también negra, y la única iluminación la proporcionaban dos hileras de luces en la base de las paredes.
—Por favor, quítense los zapatos y llévenlos en la mano —le susurraba un guía a la gente que iba entrando.
Langdon se quitó los zapatos de charol y los pies se le hundieron en la suave moqueta. Al instante, sintió que se le relajaba todo el cuerpo. Y a su alrededor pudo oír docenas de suspiros agradecidos.
Tras avanzar unos metros más por el túnel, al fin vio el extremo del pasadizo: una cortina negra ante la que unos guías entregaban a los invitados lo que parecía una toalla gruesa de playa antes de hacerlos pasar al otro lado.
En el interior del túnel, la algarabía previa se había convertido en un silencio de incerteza. Al llegar a la cortina, un guía le dio a Langdon un trozo de tela doblada que —advirtió entonces— no era una toalla sino una manta pequeña con una almohada cosida en un extremo. Le dio las gracias al guía y pasó al otro lado.
Por segunda vez esa noche, se vio obligado a detenerse de golpe. Aunque no podía decir que hubiera imaginado lo que iba a encontrarse, desde luego no estaba preparado para la escena que tenía ante sí.
«¿Estamos… al aire libre?».
Se encontraba en el borde de un vasto prado. Sobre su cabeza, se extendía el cielo estrellado y, a lo lejos, una fina luna creciente acababa de asomarse por detrás de un arce solitario. Los grillos canturreaban y una cálida brisa le acariciaba el rostro. La atmósfera estaba impregnada de la fragancia terrosa de la hierba recién cortada que podía notar bajo los pies.
—¿Señor? —susurró un guía, tomándolo del brazo e invitándolo a avanzar—. Por favor, busque un sitio en la hierba y túmbese sobre la manta que acaban de darle.
Langdon se adentró en el espacio junto a otros atónitos invitados, muchos de los cuales ya estaban extendiendo las mantas sobre el vasto prado. La cuidada extensión de hierba tenía el tamaño aproximado de una pista de hockey y estaba rodeada por árboles, festucas y espadañas que la brisa mecía con suavidad.
Tardó un momento en darse cuenta de que todo era una ilusión, una gigantesca obra de arte.
«Estoy dentro de un planetario elaborado al detalle», pensó, maravillándose ante la impecable atención que le habían prestado al lugar.
El cielo estrellado era una proyección que incluía una luna, nubes esponjosas y lejanas colinas. Los árboles susurrantes y la hierba, en cambio, estaban realmente ahí: o eran soberbias imitaciones o se trataba de un pequeño bosque de plantas vivas con sus correspondientes macetas escondidas. Ese nebuloso perímetro de vegetación disimulaba con mucha habilidad las paredes del recinto, proporcionando así la sensación de que se trataba de un entorno natural.
Langdon se agachó y palpó la hierba, que era suave y parecía real a pesar de estar completamente seca. Había leído algo sobre los nuevos tipos de césped artificial, capaces de engañar incluso a los atletas profesionales, pero Kirsch parecía haber ido un paso más allá y había creado un terreno un tanto desigual, con pequeñas hondonadas y montículos como los de un prado auténtico.
Recordaba bien la primera vez que sus sentidos lo engañaron. Era un niño e iba en un pequeño bote que surcaba las aguas de un puerto en el que un barco pirata se había enzarzado en una batalla a cañonazos ensordecedora. A su joven mente le costó aceptar que no se encontraba en ningún puerto bajo la luz de la luna, sino en el cavernoso teatro subterráneo en el que tenía lugar la clásica atracción de Disney World «Piratas del Caribe».
Esa noche, el efecto era igual de abrumadoramente realista, y los invitados que había a su alrededor parecían estar admirándolo todo con su mismo deslumbramiento y asombro. Tenía que reconocerle el mérito a Edmond no tanto de haber creado esa sorprendente ilusión como de haber convencido a cientos de adultos para que se descalzaran, se tumbaran en la hierba y levantaran la mirada al cielo.
«De niños solíamos hacer cosas así, pero, en algún momento, dejamos de hacerlas».
Langdon se reclinó y apoyó la cabeza en la almohada, dejando que el cuerpo se fundiera con la suave hierba.
En lo alto, las estrellas parpadeaban y, por un instante, Langdon volvió a sentirse como el adolescente que se tumbaba en los cuidados hoyos del campo de golf de Bald Peak a media noche para conversar con su mejor amigo sobre los misterios de la vida. «Con un poco de suerte —pensó—, puede que esta noche Edmond Kirsch nos explique algunos de esos misterios».
En la parte de atrás, el almirante Luis Ávila inspeccionó una última vez el espacio y, retrocediendo en silencio, se deslizó sin que nadie lo viera por la misma cortina por la que acababa de entrar. A solas en el túnel, pasó una mano por la tela de las paredes hasta que localizó un cierre de velcro. Lo más silenciosamente posible, lo abrió, cruzó al otro lado y volvió a cerrarlo tras de sí.
Todas las ilusiones se evaporaron.
El almirante ya no estaba en un prado.
Ahora se encontraba en un espacio rectangular enorme dominado por una burbuja gigantesca con forma oval. «Una sala dentro de una sala». La construcción que tenía ante sí —una especie de teatro abovedado— estaba rodeada por un ingente exoesqueleto de elevados andamiajes que sostenían una maraña de cables, luces y altavoces. Una cantidad enorme de videoproyectores relucían al unísono proyectando sus amplios haces de luz hacia la superficie traslúcida de la cúpula para crear la ilusión del cielo estrellado y las suaves colinas.
El almirante admiró el gusto de Kirsch por el dramatismo, aunque el futurólogo no se imaginaba hasta qué punto esa noche terminaría siendo dramática.
«Recuerda lo que está en juego. Eres un soldado combatiendo en una guerra noble. Parte de un todo mayor».
Ávila había ensayado mentalmente esa misión en numerosas ocasiones. Metió una mano en el bolsillo y sacó el rosario extragrande. En ese momento, a través de la hilera de altavoces que había en la parte superior de la cúpula, la voz de un hombre retumbó como si fuera la del mismo Dios.
—Buenas noches, amigos. Me llamo Edmond Kirsch.