Origen
Capítulo 16
Página 21 de 113
16
En Budapest, el rabino Köves deambulaba nervioso de un lado a otro de su házikó. Aferrado al mando del televisor, no dejaba de cambiar de canal mientras esperaba con inquietud más noticias del obispo Valdespino.
Hacía diez minutos que varios canales de noticias habían interrumpido su programación habitual para retransmitir en directo el evento que iba a tener lugar esa noche en el museo Guggenheim de Bilbao. Los presentadores comentaban los diferentes logros de Kirsch y especulaban sobre el misterioso anuncio que estaba a punto de hacer. Köves no pudo evitar sentir un estremecimiento al comprobar el desmesurado interés que este había despertado.
«Yo ya sé qué va a anunciar».
Tres días atrás, en la montaña de Montserrat, Edmond Kirsch les había mostrado a Köves, a Al-Fadl y a Valdespino el supuesto «montaje preliminar» de un vídeo. Ahora, sospechaba el rabino, el mundo estaba a punto de ver una presentación que incluía esas mismas imágenes.
«Esta noche todo cambiará», concluyó con gran pesar.
El timbre del teléfono sacó a Köves de su ensimismamiento. Descolgó el auricular.
Valdespino comenzó a hablar sin preámbulos.
—Yehuda, me temo que tengo más noticias.
Y, en un sombrío tono de voz, le comunicó el extraño suceso acaecido en los Emiratos Árabes Unidos.
Horrorizado, Köves se cubrió la boca.
—¿El ulema Al-Fadl… se ha suicidado?
—Eso es lo que especulan las autoridades. Lo han encontrado hace unas horas en pleno desierto… como si simplemente se hubiera adentrado en él a pie para morir. —Valdespino hizo una pausa y luego prosiguió—: Yo sospecho que al final no ha podido soportar la tensión de estos últimos días.
Köves consideró esa posibilidad y se sintió abatido por el desconsuelo y la confusión. A él también le estaba costando aceptar las implicaciones del descubrimiento de Kirsch, y, sin embargo, la idea de que el ulema Al-Fadl se hubiera suicidado en un acto de desesperación le parecía del todo improbable.
—Hay algo muy extraño en todo esto —declaró Köves—. Me cuesta creer que hiciera algo así.
Valdespino permaneció en silencio durante un largo rato.
—Me alegro de que diga eso. —El obispo se mostró de acuerdo—. He de admitir que a mí también me resulta difícil aceptar que se haya suicidado.
—Entonces… ¿quién podría ser el responsable?
—Todo el que quisiera que el descubrimiento de Edmond Kirsch permaneciera en secreto —respondió rápidamente el obispo—. Alguien que, como nosotros, creyera que el anuncio no iba a realizarse hasta dentro de unas semanas.
—Pero ¡Kirsch dijo que nadie más estaba al tanto de su descubrimiento! —argumentó Köves—. ¡Solo usted, el ulema Al-Fadl y yo!
—Tal vez Kirsch también nos mintiera sobre eso. De todos modos, incluso en el caso de que nosotros tres fuéramos de verdad los únicos a quienes reveló su hallazgo, no se olvide de que Al-Fadl quería hacerlo público. Podría ser que el ulema compartiera la información con algún colega en los Emiratos y que, al igual que yo, este opinara que el descubrimiento de Kirsch podía tener peligrosas repercusiones.
—¿Qué está sugiriendo? —preguntó enfadado el rabino—. ¿Que un colega de Al-Fadl lo ha asesinado para que el descubrimiento de Kirsch no saliera a la luz? ¡Eso es ridículo!
—Rabino —respondió el obispo sin perder la calma—, obviamente, no sé qué ha sucedido. Solo estoy conjeturando posibles respuestas, como usted.
Köves exhaló un suspiro.
—Lo siento. Todavía estoy intentando asimilar la noticia de la muerte de Al-Fadl.
—Y yo. Y si Al-Fadl ha sido asesinado por lo que sabía, entonces nosotros también debemos tener cuidado. Es posible que ahora también quieran matarnos.
Köves consideró esa posibilidad.
—En cuanto el descubrimiento se haga público, pasaremos a ser irrelevantes.
—Cierto, pero todavía no se ha anunciado.
—Su Excelencia, solo faltan unos minutos para que comience la presentación. Todos los canales van a retransmitirla.
—Ya… —Valdespino dejó escapar un suspiro—. Parece que tendré que aceptar que mis oraciones no han servido de nada.
Köves se preguntó si realmente el obispo había rezado para que Dios interviniera e hiciera cambiar de parecer a Kirsch.
—Pero me temo que ni siquiera cuando esto se haga público estaremos a salvo —dijo Valdespino—. Sospecho que Kirsch se deleitará explicándole al mundo que tres días atrás se puso en contacto con varios líderes religiosos. Me pregunto si el verdadero motivo que lo llevó a convocar la reunión sería la voluntad de transmitir una imagen de transparencia ética… La cuestión es que, si menciona nuestros nombres, bueno, me temo que usted y yo nos convertiremos en el centro de un intenso escrutinio y quizá incluso seremos objeto de crítica por parte de nuestros feligreses, quienes tal vez piensen que deberíamos haber hecho algo al respecto. Lo siento, yo solo… —El obispo vaciló como si quisiera decir algo más.
—¿Qué sucede? —insistió Köves.
—Ya lo discutiremos más tarde. Volveré a llamarlo cuando hayamos visto la presentación de Kirsch. Hasta entonces, por favor, no salga de casa. Cierre la puerta con llave. No hable con nadie. Y manténgase a salvo.
—Está usted preocupándome.
—No era mi intención —respondió Valdespino—. Lo único que podemos hacer es esperar y ver cómo reacciona el mundo. Ahora esto está en manos de Dios.