Origen

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Capítulo 17

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El apacible prado que había en el interior del museo Guggenheim se había quedado en silencio tan pronto como la voz de Edmond Kirsch había retumbado desde los cielos. Cientos de invitados permanecían tumbados sobre las mantas, mirando la cúpula estrellada sin pronunciar palabra. Presa de una creciente intriga, Robert Langdon se había situado cerca del centro del campo.

—Esta noche volveremos a ser niños —continuó la voz de Kirsch—. Yaceremos bajo las estrellas con la mente abierta a todas las posibilidades.

Langdon pudo sentir cómo una oleada de excitación recorría la multitud de invitados.

—Esta noche seremos como los primeros exploradores —anunció Kirsch—. Aquellos que lo dejaron todo atrás para surcar los vastos océanos… Aquellos que vislumbraron por primera vez una tierra ignota… Aquellos que, sobrecogidos, cayeron de rodillas al descubrir que el mundo era mucho más grande de lo que sus mentes se habían atrevido a imaginar y que vieron cómo sus afianzadas creencias se desintegraban bajo la luz de nuevos hallazgos. Esta es la disposición de ánimo que debemos adoptar.

«Impresionante», pensó Langdon, y se preguntó si habrían grabado la narración previamente o si el mismo Edmond estaría leyendo en esos momentos algún guion.

—Amigos míos —prosiguió la retumbante voz sobre sus cabezas—, han sido congregados hoy aquí para oír el anuncio de un importante descubrimiento. Les pido paciencia mientras les proporciono el marco adecuado. Como en el caso de todos los cambios que han tenido lugar en la filosofía humana, esta noche es crucial que comprendamos el contexto histórico en el que se produce un acontecimiento como este.

Justo en ese momento, un trueno estalló a lo lejos. Langdon pudo sentir en las entrañas los profundos graves de los altavoces.

—Para entrar en materia —siguió diciendo Edmond—, tenemos la fortuna de contar con la colaboración de un celebrado académico que es toda una leyenda en el mundo de los símbolos, los códigos, la historia, la religión y el arte. También es un querido amigo. Damas y caballeros, por favor, den la bienvenida al profesor de la Universidad de Harvard Robert Langdon.

Este se incorporó y se apoyó en los codos mientras los invitados aplaudían con entusiasmo y las estrellas que había sobre sus cabezas se disolvían y daban paso a la imagen en gran angular de un auditorio enorme repleto de gente. Sobre el escenario, podía verse al mismo Langdon ataviado con su habitual americana de tweed Harris y deambulando de un lado a otro ante un público embelesado.

«De modo que este es el papel que ha mencionado Edmond…», pensó al tiempo que volvía a descansar la cabeza sobre la hierba.

—Los antiguos —comenzó a decir el Langdon de la pantalla— mantenían con el universo una relación de asombro, especialmente respecto a los fenómenos que no podían comprender de forma racional. Para resolver esos misterios, crearon un vasto panteón de dioses y diosas que explicaban todo aquello que estaba más allá de su comprensión: los truenos, las mareas, los terremotos, los volcanes, la infertilidad, las plagas o incluso el amor.

«Esto es surrealista», pensó Langdon tumbado de espaldas y viéndose a sí mismo en la gigantesca pantalla que había en el techo.

—Los primeros griegos atribuían las mareas del océano a los cambios de humor de Poseidón.

En el techo, la imagen del profesor se disipó y, en su lugar, apareció la de una marejada amenazadora que estremeció a toda la sala. Langdon contempló maravillado cómo esas grandes olas daban paso a su vez a una desolada tundra azotada por el viento. De repente, comenzó a soplar un viento helado sobre el prado de la sala del Guggenheim.

—El paso estacional al invierno —continuó la voz de Langdon— se debía a la tristeza que sentía el planeta por la estancia anual de Perséfone en el inframundo.

Acto seguido, el aire volvió a ser cálido y, en medio del paisaje helado, surgió una montaña que fue haciéndose cada vez más alta y cuyo pico despedía fuego, humo y lava.

—Para los romanos, los volcanes eran el hogar de Vulcano, el herrero de los dioses, y la gran fragua a los pies del volcán en la que este trabajaba era la causante de las llamas que escupía.

Langdon percibió entonces un leve olor a azufre y le sorprendió el ingenio con el que Edmond había convertido su lección en una experiencia multisensorial.

El estruendo del volcán se detuvo de golpe y los grillos volvieron a cantar y una cálida brisa comenzó a soplar de nuevo por el prado.

—Los antiguos inventaron a incontables dioses para explicar no solo los misterios del planeta sino también los de sus propios cuerpos —siguió explicando la voz de Langdon.

Sobre sus cabezas reaparecieron las parpadeantes constelaciones de estrellas, ahora con las imágenes superpuestas de los dioses a los que representaban.

—La infertilidad estaba causada por la pérdida del favor de la diosa Juno. El amor era el resultado de las maniobras de Eros. Las epidemias se debían a un castigo de Apolo.

Nuevas constelaciones fueron iluminándose con las imágenes de nuevos dioses.

—Si han leído mis libros —prosiguió la voz de Langdon—, habrán visto que uso la expresión «dios de las lagunas». Con ella me refiero a que, cuando los antiguos se encontraban con una laguna a la hora de comprender el mundo que los rodeaba, echaban mano de un dios.

Un enorme collage de cuadros y estatuas que representaban docenas de deidades antiguas ocupó el cielo.

—Incontables dioses suplían incontables lagunas —dijo Langdon—. Sin embargo, con el transcurrir de los siglos el conocimiento científico fue en aumento.

El collage pasó a ser ahora de símbolos matemáticos y técnicos.

—Y, a medida que las lagunas de nuestro conocimiento del mundo natural iban disminuyendo, nuestro panteón de dioses fue encogiéndose.

La representación de Poseidón ocupó entonces el primer plano.

—Por ejemplo, cuando averiguamos que las mareas estaban causadas por los ciclos lunares, el dios marino dejó de ser necesario, de modo que pasó a considerarse un mito ridículo de una época supersticiosa.

La imagen de Poseidón se evaporó en medio de una nube de humo.

—Como saben, todos los dioses sufrieron el mismo destino. Uno a uno, fueron muriendo a medida que iban perdiendo relevancia para nuestros intelectos cada vez más cultivados.

Sobre las cabezas de los invitados fueron desapareciendo las imágenes de los dioses del trueno, de los terremotos, de las plagas y demás.

Y a medida que el número de imágenes disminuía, Langdon añadió:

—Pero no se llamen a engaño. Estos dioses no desaparecieron «dócilmente en la apacible noche». Para las culturas supone un proceso penoso abandonar a sus deidades. Las creencias espirituales están profundamente arraigadas en nuestras mentes, pues nos las inculcaron cuando éramos pequeños aquellos que más amamos y en quienes más confiamos: nuestros padres, nuestros maestros o nuestros líderes espirituales. Así pues, los cambios religiosos tardan varias generaciones en producirse y suelen provocar un gran malestar y, con frecuencia, también derramamientos de sangre.

Un estruendo de gritos y espadas entrechocando acompañó la desaparición gradual de los dioses, cuyas imágenes fueron apagándose una a una. Finalmente, en la pantalla quedó solo la imagen de un único dios: el icónico rostro de un anciano con una larga barba blanca.

—¡Zeus…! —anunció Langdon con un potente tono de voz—. El dios de todos los dioses. La más temida y reverenciada de todas las divinidades paganas. Zeus más que ningún otro resistió su propia extinción y presentó batalla para evitar la muerte de su propia luz tal y como habían hecho los dioses a los que él mismo había reemplazado.

En el techo aparecieron imágenes de Stonehenge, de las tablillas cuneiformes sumerias y de las grandes pirámides de Egipto. Luego regresó el busto de Zeus.

—Sus seguidores se resistían tanto a abandonar a su dios que la victoriosa fe del cristianismo no tuvo más remedio que adoptar su rostro para representar la imagen de su nuevo dios.

En la pantalla, el barbudo busto de Zeus se fundió con un fresco de otro rostro igualmente barbudo: el del dios cristiano pintado por Miguel Ángel en La creación de Adán sobre el techo de la capilla Sixtina.

—Hoy en día ya no creemos en historias como las de Zeus, un chico criado por una cabra y que debía su poder a unas criaturas de un solo ojo llamadas «cíclopes». Para nosotros, estos cuentos no son más que mitos; relatos folclóricos de ficción que nos proporcionan una entretenida muestra de nuestro supersticioso pasado.

En la pantalla del techo apareció entonces la fotografía del polvoriento estante de una biblioteca en la que los tomos sobre mitología antigua encuadernados en piel languidecían en la oscuridad junto a libros sobre la adoración de la naturaleza, sobre Baal, Inanna, Osiris e innumerables teologías primigenias.

—¡Ahora las cosas son distintas! —dijo Langdon en un profundo tono de voz—. ¡Más avanzadas!

En el cielo aparecieron nuevas imágenes: nítidas y lustrosas fotografías de la exploración espacial, chips de ordenador, un laboratorio médico, un acelerador de partículas, aviones de reacción…

—Hemos evolucionado intelectual y tecnológicamente. Ya no creemos en herreros gigantescos que trabajan a los pies de un volcán ni en dioses que controlan las mareas o las estaciones. No tenemos nada que ver con nuestros ancestros.

«¿O tal vez sí?», murmuró Langdon para sí al unísono con la grabación.

—¿O tal vez sí? —entonó al mismo tiempo su voz a través de los altavoces—. Nos consideramos a nosotros mismos individuos modernos y racionales y, sin embargo, la religión más extendida de nuestra especie incluye toda una serie de premisas mágicas: humanos que regresan de forma inexplicable de entre los muertos, vírgenes que dan a luz milagrosamente, vengativos dioses que envían plagas e inundaciones, promesas místicas de una vida de ultratumba en cielos de nubes esponjosas o en infiernos en llamas.

Mientras tanto, en la pantalla del techo fueron apareciendo conocidas imágenes cristianas de la Resurrección, la Virgen María, el Arca de Noé, la separación de las aguas del mar Rojo, el cielo y el infierno.

—De modo que, por un momento —continuó la grabación de Langdon—, imaginemos la reacción de los futuros historiadores y antropólogos de la humanidad. Con el beneficio de la perspectiva, ¿considerarán nuestras creencias religiosas meras mitologías de una época supersticiosa? ¿Verán a nuestros dioses tal y como vemos nosotros a Zeus? ¿Cogerán nuestras Sagradas Escrituras y las relegarán a ese polvoriento estante de la historia?

La cuestión quedó suspendida un momento en el aire.

Y, de repente, Edmond Kirsch rompió el silencio.

—Sí, profesor —retumbó su voz desde las alturas—. Creo que todo eso sucederá. Que las futuras generaciones se preguntarán cómo es posible que una especie tecnológicamente avanzada como la nuestra llegara a creer la mayoría de las cosas que las religiones nos enseñan hoy en día.

La voz de Kirsch fue aumentando de intensidad a medida que una nueva serie de imágenes se sucedía en la pantalla del techo: Adán y Eva, una mujer envuelta en un burka, unos hindús caminando sobre el fuego.

—Creo que, al examinar nuestras tradiciones actuales —continuó Kirsch—, las futuras generaciones concluirán que estamos viviendo una época de supersticiones. Para argumentarlo, les bastará con señalar creencias como la de que hemos sido creados divinamente en un jardín mágico, o que nuestro omnipotente creador exige que nuestras mujeres se cubran la cabeza, o el hecho de que nos arriesguemos a sufrir graves quemaduras para honrar a nuestros dioses.

Más imágenes aparecieron en la pantalla. Se trataba de un rápido montaje con fotografías de ceremonias religiosas de todo el mundo: de exorcismos a bautismos, pasando por piercings corporales o sacrificios animales. El montaje concluía con el perturbador vídeo de un sacerdote hinduista sujetando un bebé en el borde de una torre de quince metros de altura. De repente, el clérigo lo soltaba y el bebé caía hasta aterrizar en una manta extendida que, cual red de bombero, sujetaban unos alegres lugareños.

«El templo de Grishneshwar», recordó Langdon. Sus feligreses creían que si el bebé sobrevivía a la caída de la torre, contaría con el favor de los dioses.

Afortunadamente, el inquietante vídeo terminó.

La pantalla se fundió en el negro más absoluto y Kirsch siguió hablando.

—¿Cómo es posible que la mente humana sea capaz de realizar los análisis más lógicos y, sin embargo, nos permita al mismo tiempo aceptar creencias religiosas que deberían venirse abajo ante el menor escrutinio racional?

Sobre las cabezas de los invitados se iluminaron de nuevo las estrellas.

—Resulta que la respuesta es muy simple —concluyó Edmond.

De repente, las estrellas se volvieron más brillantes y entre ellas aparecieron una serie de fibras que formaban una red infinita de nodos interconectados.

«Neuronas», cayó en la cuenta Langdon justo cuando Edmond comenzaba a hablar de nuevo.

—¿Por qué el cerebro humano cree en lo que cree? —preguntó Kirsch.

En el techo, varios nodos emitieron un destello, enviando a través de las fibras un pulso eléctrico a otras neuronas.

—Como si de un ordenador orgánico se tratara —prosiguió Edmond—, el cerebro cuenta con un sistema operativo. Una serie de reglas que organizan y definen el caótico batiburrillo de datos que percibimos durante todo el día: palabras, una melodía pegadiza, una sirena, el sabor del chocolate… Como pueden imaginar, este flujo de información entrante es frenéticamente constante y diverso, y el cerebro debe darle sentido a todo. De hecho, es la programación misma del sistema operativo del cerebro lo que define nuestra percepción de la realidad. Por desgracia, quienquiera que escribiera dicha programación tenía un sentido del humor perverso. En otras palabras, no es culpa nuestra que creamos los disparates en los que creemos.

Las sinapsis de la pantalla se activaron con un destello y una serie de imágenes familiares emergió del interior del cerebro: cartas astrológicas; Jesús caminando sobre el agua; el fundador de la cienciología, L. Ron Hubbard; el dios egipcio Osiris; Ganesha, el dios-elefante hindú de cuatro brazos, y una estatua de mármol de la Virgen derramando auténticas lágrimas.

—Así pues, en tanto que programador, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué tipo de extraño sistema operativo sería capaz de crear un razonamiento tan ilógico? Si pudiéramos echar un vistazo al cerebro humano y examinar su sistema operativo, encontraríamos algo así.

Cuatro enormes palabras aparecieron sobre las cabezas de los invitados:

RECHAZAR CAOS

CREAR ORDEN

—Estas son las directrices fundamentales de nuestro cerebro —dijo Edmond—. Y, por lo tanto, así actuamos los humanos: contra el caos y a favor del orden.

La sala se sobresaltó con el cacofónico estruendo de cuatro notas de piano discordantes. Era como si un niño estuviera aporreando el instrumento. Ni Langdon ni los invitados que lo rodeaban pudieron evitar ponerse en tensión.

Edmond alzó la voz por encima del estruendo.

—¡El sonido que hace alguien al golpear aleatoriamente las teclas de un piano resulta insoportable! ¡Y, sin embargo, si cogemos esas mismas notas y las colocamos en otro orden…!

El cacofónico estrépito se interrumpió de golpe y fue reemplazado por la balsámica melodía del «Claro de luna», de Debussy.

Langdon sintió que los músculos se le relajaban y la tensión de la sala pareció evaporarse.

—Nuestro cerebro las disfruta —dijo Edmond—. Son las mismas notas y el mismo instrumento. Pero Debussy crea orden. Y es ese mismo deleite en la creación de orden lo que insta a los humanos a resolver puzles o enderezar un cuadro torcido en una pared. Nuestra predisposición al orden está escrita en nuestro ADN, de modo que no debería sorprendernos que la mayor invención que la mente humana ha creado hasta la fecha sea el ordenador, una máquina diseñada específicamente para convertir el caos en orden. De hecho, la palabra misma lo pone de manifiesto: «ordenador», literalmente, «aquello que crea orden».

En la pantalla apareció la imagen de un superordenador con un hombre sentado ante una terminal solitaria.

—Imaginen que cuentan con un potente ordenador con acceso a toda la información del mundo. Pueden hacerle las preguntas que quieran. La probabilidad sugiere que, en un momento dado, le harán las dos preguntas fundamentales que han cautivado a los seres humanos desde que tomaron conciencia de sí mismos.

El hombre tecleó algo en la terminal y un texto apareció en la pantalla:

¿De dónde venimos?

¿Adónde vamos?

—En otras palabras —dijo Edmond—, le preguntarían sobre nuestro origen y nuestro destino. Y cuando le hicieran esas preguntas, esta sería la respuesta del ordenador:

DATOS INSUFICIENTES PARA PROPORCIONAR UNA RESPUESTA PRECISA

—Una contestación poco útil —dijo Kirsch—, pero al menos es honesta.

Volvió a aparecer la imagen de un cerebro humano.

—Sin embargo, si le preguntan a este pequeño ordenador biológico de dónde venimos, les dará una respuesta completamente distinta.

Del cerebro de la pantalla emergió una sucesión de imágenes religiosas: Dios extendiendo la mano para insuflar de vida a Adán, Prometeo moldeando con barro un ser humano primigenio, Brahma creando humanos a partir de distintas partes de su propio cuerpo, un dios africano separando las nubes y enviando a dos humanos a la Tierra, un dios escandinavo creando a un hombre y una mujer a partir de restos de madera encontrados en una playa.

—Y lo mismo si le preguntan «¿Adónde vamos?» —prosiguió Edmond.

Más imágenes surgieron del cerebro: cielos prístinos, infiernos volcánicos, jeroglíficos del Libro de los muertos egipcio, grabados en piedra de proyecciones astrales, representaciones griegas de los Campos Elíseos, descripciones cabalísticas del Gilgul neshamot, diagramas budistas e hinduistas sobre la reencarnación, los círculos teosóficos del Summerland.

—Para el cerebro humano, cualquier respuesta es mejor que ninguna. Sentimos un tremendo desasosiego cuando nos encontramos ante «datos insuficientes», de modo que el cerebro los inventa para ofrecernos al menos una ilusión de orden mediante una miríada de filosofías, mitologías y religiones que nos aseguran que existe orden y estructura en el mundo.

Las imágenes religiosas seguían sucediéndose, y Edmond iba hablando cada vez con mayor intensidad.

—«¿De dónde venimos?». «¿Adónde vamos?». Estas preguntas fundamentales sobre la existencia humana siempre me han obsesionado, y durante años he soñado con encontrar las respuestas. —Hizo una pausa y luego continuó en un tono más sombrío—: Desgraciadamente, a causa de los dogmas religiosos, millones de personas creen conocer las respuestas a estas grandes preguntas y, como no todas las religiones ofrecen las mismas, culturas enteras terminan declarándoles la guerra a otras para decidir cuáles son las correctas y qué versión de la historia de Dios es la verdadera.

En la pantalla aparecieron entonces imágenes de tiroteos y proyectiles de mortero; un violento montaje con fotos de distintas guerras religiosas, seguidas por imágenes de refugiados llorando, familias desplazadas y cadáveres de civiles.

—Desde el principio de la historia de las religiones, nuestra especie se ha encontrado en medio de un fuego cruzado incesante. Ateos, cristianos, musulmanes, judíos, hinduistas…, fieles de todas las religiones. Y lo único que nos une a todos es nuestro profundo deseo de paz.

Las atronadoras imágenes de distintas disputas bélicas desaparecieron y fueron reemplazadas por el silencioso cielo de relucientes estrellas.

—Imaginen qué sucedería si milagrosamente descubriéramos las respuestas a las grandes incógnitas de la vida… Si de repente vislumbráramos la misma prueba irrefutable y nos diéramos cuenta de que no tenemos otra opción salvo abrir los brazos y aceptarla… todos juntos, como especie.

En la pantalla apareció la imagen de un sacerdote con los ojos cerrados.

—La meditación siempre ha pertenecido al ámbito de la religión, que nos anima a tener una fe ciega en sus enseñanzas, aunque no posean demasiado sentido lógico.

En la pantalla apareció entonces un collage de imágenes en el que podía verse a fervorosos creyentes con los ojos cerrados, cantando, haciendo reverencias, entonando salmos, rezando…

—Pero, por definición —dijo Edmond—, la fe requiere que uno deposite su confianza en algo que no puede ver ni definir; que acepte como si fuera un hecho algo de lo cual no existe ninguna prueba empírica. Así pues, no es de extrañar que terminemos depositando dicha fe en distintas cosas, pues no hay ninguna verdad universal. —Hizo una pausa, y luego prosiguió—: Sin embargo…

Las imágenes del techo se disiparon y apareció una única fotografía: la de una estudiante con los ojos abiertos y mirando por un microscopio.

—La ciencia es la antítesis de la fe —continuó Kirsch—. Por definición, la ciencia consiste en el empeño de encontrar pruebas físicas para aquello que se desconoce o no se ha definido todavía, y rechazar la superstición y las interpretaciones parciales en favor de los hechos observables. Cuando la ciencia ofrece una respuesta, esta es universal. Los humanos no declaran la guerra por ella, sino que se congregan a su alrededor.

La pantalla mostró entonces imágenes históricas de los laboratorios de la NASA, el CERN y algunos otros en los que científicos de varias razas saltaban y se abrazaban de alegría tras haber realizado algún descubrimiento.

—Amigos míos —susurró Edmond—, he hecho muchas predicciones. Y esta noche voy a hacer otra. —Respiró hondo—. La era de la religión está llegando a su fin y la de la ciencia acaba de comenzar.

Un murmullo recorrió la sala.

—Y, esta noche, la humanidad está a punto de dar un salto cuántico en esa dirección.

Esas palabras provocaron que Langdon sintiera un escalofrío inesperado. Fuera cual fuese el misterioso descubrimiento, estaba claro que iba a suponer una afrenta importante a las religiones del mundo.

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