Origen

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Capítulo 20

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A Robert Langdon le inquietaba el rumbo que había tomado el evento de esa noche.

La presentación de Edmond estaba derivando peligrosamente hacia una denuncia pública de la fe en general. El profesor se preguntaba si a Edmond se le habría olvidado que no solo estaba dirigiéndose al grupo de científicos agnósticos que había en la sala, sino también a los millones de personas de todo el mundo que contemplaban la retransmisión por internet.

«Está claro que esta presentación ha sido diseñada para crear controversia».

Le preocupaba sobre todo su aparición en la misma. Si bien no dudaba de que Edmond había pretendido rendirle tributo, Langdon ya había sido objeto de controversia religiosa en el pasado y prefería no repetir la experiencia.

Kirsch, sin embargo, había emprendido un premeditado asalto audiovisual contra la religión, y Langdon estaba comenzando a reconsiderar la despreocupación con que le había quitado importancia al mensaje de voz del obispo Valdespino.

La voz del futurólogo volvió a retumbar por la sala y las estrellas dieron paso a un collage de símbolos religiosos de todo el mundo.

—Debo admitir que tenía mis reservas sobre el anuncio de esta noche —declaró la voz—, sobre todo por cómo podía afectar a los creyentes. —Tras una pausa, prosiguió—: Por eso, hace tres días hice algo poco característico en mí y, en un esfuerzo por mostrarme respetuoso con los puntos de vista religiosos, así como para calibrar cómo recibirían mi descubrimiento los miembros de distintas fes, me reuní con tres destacados líderes clericales, concretamente del islam, el cristianismo y el judaísmo, y compartí mi hallazgo con ellos.

Los murmullos se extendieron por toda la sala.

—Tal y como esperaba, los tres clérigos reaccionaron con una mezcla de profunda sorpresa, preocupación y, sí, incluso ira. Y, a pesar de que su reacción fue negativa, quiero agradecerles que accedieran amablemente a reunirse conmigo. Por cortesía, no revelaré sus nombres, pero esta noche no quería dejar de dirigirme a ellos y darles las gracias por no haber intentado interferir en esta presentación. —Hizo otra pausa, y luego dijo—: Dios sabe que podrían haberlo hecho.

A Langdon le sorprendió la habilidad con que Edmond hacía equilibrios sobre una delgada línea y aseguraba todos sus pasos. La decisión de reunirse con los tres líderes religiosos sugería una amplitud de miras, una confianza y una imparcialidad del todo desconocidas hasta entonces en el futurólogo. El encuentro celebrado en Montserrat, sospechaba ahora, había sido en parte una misión de reconocimiento y en parte una maniobra de relaciones públicas.

«Una inteligente forma de obtener un salvoconducto para hacer lo que le dé la gana», pensó.

—Históricamente —continuó Edmond—, el fervor religioso siempre ha procurado impedir el progreso científico, de modo que esta noche imploro a los líderes religiosos de todo el mundo que reaccionen con moderación y tolerancia ante lo que voy a divulgar. Por favor, no repitamos los violentos episodios acaecidos a lo largo de la historia. No cometamos los mismos errores de nuestro pasado.

Las imágenes de la pantalla del techo dieron paso al dibujo de una ciudad amurallada. Se trataba de una metrópolis perfectamente circular situada en la ribera de un río que fluía a lo largo de un desierto.

Langdon reconoció de inmediato el trazado de la antigua ciudad de Bagdad: una inusual construcción circular fortificada mediante tres murallas concéntricas rematadas por almenas y troneras.

—En el siglo VIII —siguió diciendo Edmond— la ciudad de Bagdad se convirtió en el mayor centro académico del mundo, y sus universidades y bibliotecas acogían todas las religiones, las filosofías y las ciencias. Durante quinientos años, los avances científicos realizados en esta ciudad no tuvieron parangón, y su influencia todavía puede percibirse en el mundo de hoy en día.

Sobre las cabezas de los invitados reaparecieron las estrellas, muchas de las cuales llevaban su nombre al lado: Vega, Betelgeuse, Rigel, Algebar, Deneb, Acrab, Kitalpha.

—Más de dos tercios de las estrellas fueron descubiertas por astrónomos del mundo árabe, de modo que hoy en día aún poseen un nombre en ese idioma —dijo Edmond.

El cielo se llenó rápidamente con tantas estrellas con nombres árabes que lo ocuparon por completo. Al poco, esos nombres volvieron a disiparse.

—Y, por supuesto, si queremos contarlas…

Unos números romanos aparecieron junto a las estrellas más brillantes.

«I, II, III, IV, V…».

La cuenta se detuvo de golpe y los números desaparecieron.

—No usamos números romanos —anunció Edmond—, sino arábigos.

Volvieron a aparecer los mismos dígitos, pero esta vez según el sistema numérico arábigo:

«1, 2, 3, 4, 5…».

—Y puede que también reconozcan las siguientes invenciones de la cultura arábiga —dijo Edmond—, ya que todavía nos referimos a ellas por sus nombres árabes.

La palabra ÁLGEBRA flotó a lo largo del cielo, rodeada por una serie de ecuaciones multivariables. A continuación, apareció ALGORITMO junto a una diversa colección de fórmulas. Luego AZIMUT, con un diagrama que representaba los ángulos del horizonte de la Tierra. La sucesión de palabras fue acelerándose: NADIR, CENIT, ALQUIMIA, QUÍMICA, CIFRA, ELIXIR, ALCOHOL, ALCALINO, CERO…

Mientras esas familiares palabras se sucedían, Langdon pensó en lo trágico que resultaba que para tantos estadounidenses Bagdad solo fuera una de las muchas ciudades polvorientas de Oriente Próximo devastadas por la guerra y que desconocieran que antaño había sido el mismísimo centro del progreso científico de la humanidad.

—A finales del siglo XI —prosiguió Edmond—, los principales avances científicos del mundo tenían lugar en Bagdad y sus alrededores. Luego, casi de un día para otro, eso cambió. Un brillante erudito llamado Hamid al-Ghazali, hoy en día considerado uno de los musulmanes más influyentes de la historia, escribió una serie de persuasivos textos que cuestionaban la lógica de Platón y Aristóteles y calificaban las matemáticas de «filosofía del diablo». Esto marcó el inicio de una serie de acontecimientos que socavaron el pensamiento científico. El estudio de la teología se volvió obligatorio y, finalmente, todo el movimiento científico islámico desapareció.

Las palabras científicas se evaporaron y fueron reemplazadas por textos religiosos.

—La revelación sustituyó a la investigación. Y, a día de hoy, el mundo científico islámico todavía está intentando recuperarse. —Edmond hizo una pausa y luego continuó—: Por supuesto, al cristiano no le ha ido mucho mejor.

Las efigies de los astrónomos Copérnico, Galileo y Bruno aparecieron en el techo.

—El sistemático asesinato, encarcelamiento y denuncia de algunas de las mentes científicas más brillantes de la historia que ha llevado a cabo la Iglesia católica a lo largo de los siglos ha retrasado al menos en cien años el progreso de la humanidad. Afortunadamente, gracias a que comprendemos mejor los beneficios de la ciencia, hoy en día la Iglesia ha moderado sus ataques… —Edmond exhaló un suspiro—. ¿Sí? ¿De verdad lo ha hecho?

En la pantalla apareció un logotipo compuesto por un globo terráqueo con una cruz y una serpiente entrelazada a ella y el siguiente texto:

Declaración de Madrid – Congreso Ciencia y Vida

—Recientemente, la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas ha declarado la guerra a la ingeniería genética aquí en España afirmando que «la ciencia carece de alma» y que, por lo tanto, debería estar bajo el control de la Iglesia.

De repente, el globo terráqueo se transformó en un círculo distinto: los planos de un enorme acelerador de partículas.

—Y este era el Supercolisionador Superconductor de Texas. Iba a ser el mayor acelerador de partículas del mundo, con potencial para explorar todos y cada uno de los momentos de la Creación. Irónicamente, estas instalaciones estaban situadas en el corazón del llamado «cinturón de la Biblia» de Estados Unidos.

La imagen desapareció y dio paso a la de una enorme estructura de cemento circular que se extendía a lo largo del desierto de Texas. Estaba a medio construir y cubierta de polvo y tierra. Parecía abandonada.

—Este acelerador de partículas podría habernos ayudado a mejorar enormemente nuestra comprensión del universo, pero el proyecto fue cancelado a causa de los sobrecostes y de la presión política realizada por una fuente sorprendente.

En la pantalla, las imágenes de un informativo mostraban a un joven telepredicador agitando en una mano el libro superventas La partícula de Dios al tiempo que exclamaba: «¡Deberíamos estar buscando a Dios en nuestros corazones, no dentro de los átomos! ¡Gastarse miles de millones de dólares en este absurdo experimento es una vergüenza para el estado de Texas y una afrenta a Dios!».

Luego volvió a oírse la voz de Edmond.

—Estos conflictos que he descrito, en los que la superstición religiosa ha boicoteado a la razón, son meras escaramuzas de una guerra en curso.

De pronto, en la pantalla del techo aparecieron una serie de imágenes contemporáneas violentas: manifestantes a las puertas de unos laboratorios de investigación genética, un sacerdote prendiéndose fuego después de una conferencia transhumanista, evangelistas agitando el puño y sosteniendo en alto el libro del Génesis, un pez cristiano comiéndose a otro darwiniano, vallas publicitarias religiosas con iracundos mensajes de condena a la investigación de células madre, a los derechos de los homosexuales o al aborto, y otras tantas vallas igualmente iracundas en respuesta a las primeras.

Tumbado en la oscuridad, Langdon notó cómo de repente el corazón comenzaba a latirle con fuerza. Por un momento, tuvo la impresión de que el suelo vibraba como si se acercara el metro. Luego, a medida que las vibraciones fueron haciéndose más fuertes, se dio cuenta de que efectivamente la tierra estaba temblando. A través de la hierba podía notar las profundas trepidaciones en la espalda y un gran estruendo hacía que toda la cúpula se estremeciera.

Finalmente, Langdon cayó en la cuenta de que ese fragor era el de los ensordecedores rápidos de un río atronando a través de los altavoces que había debajo de la hierba artificial. De repente, sintió que una bruma fría y húmeda le empapaba el rostro y el cuerpo, como si estuviera en medio de un agitado río.

—¡¿Oyen ese ruido?! —exclamó Edmond por encima del estruendo de los rápidos—. ¡Es la inexorable crecida del río del Conocimiento Científico! —El agua rugió todavía con más fuerza y la niebla humedeció las mejillas de Langdon.

—¡Desde que el hombre descubrió el fuego —prosiguió a gritos Edmond—, el caudal de este río no ha dejado de crecer! Cada descubrimiento que hemos hecho se ha convertido en una herramienta mediante la que realizar todavía más descubrimientos, añadiendo una gota más al río. ¡Hoy en día, estamos surcando la ola de un tsunami que avanza con una fuerza imparable!

La sala se estremeció aún más.

—¡¿De dónde venimos?! —exclamó Edmond—. ¡¿Adónde vamos?! ¡Nuestro destino siempre ha sido encontrar la respuesta a estas preguntas! ¡Nuestros métodos de estudio no han dejado de evolucionar exponencialmente durante milenios!

Un brumoso viento azotaba ahora la sala, y el fragor del río resultaba casi ensordecedor.

—¡Consideren lo siguiente! —anunció Edmond—. Más de un millón de años pasaron desde el descubrimiento del fuego hasta la invención de la rueda. Luego, solo unos pocos miles hasta la invención de la imprenta. Y después de esto, apenas un par de cientos hasta la construcción del telescopio. ¡En los siglos que siguieron a este, pasamos de la máquina de vapor a los automóviles impulsados por gasolina, y de estos al transbordador espacial! ¡Y a partir de entonces solo nos ha llevado dos décadas comenzar a modificar nuestro propio ADN! ¡Hoy en día, el progreso científico avanza a un ritmo abrumador y lo medimos en meses! —exclamó—. No pasará mucho tiempo hasta que el superordenador más rápido que hay en la actualidad parezca un simple ábaco, o hasta que los métodos quirúrgicos más avanzados sean considerados una barbarie. ¡Dentro de poco, las fuentes de energía que usamos nos parecerán tan arcaicas como el uso de las velas para iluminar una habitación!

La voz de Edmond y el fragor del río siguieron retumbando en la oscuridad.

—Los antiguos griegos tenían que volver la vista a siglos atrás para estudiar culturas anteriores. Nosotros, en cambio, solo tenemos que fijarnos en la generación anterior para encontrar una sociedad que vivió sin la tecnología que hoy damos por sentada. La línea cronológica del desarrollo humano está comprimiéndose y el espacio que separa lo «antiguo» de lo «moderno» es cada vez menor. ¡Y, por eso, les doy mi palabra de que, en los próximos años, el desarrollo humano resultará impactante, disruptivo y completamente inimaginable!

Y, sin advertencia previa, el fragor del río se detuvo de golpe.

El cielo estrellado volvió a aparecer en la pantalla y, con él, regresaron la brisa cálida y el canto de los grillos.

Los invitados de la sala parecieron exhalar un suspiro al unísono.

En medio del repentino silencio volvió a oírse la voz de Edmond, ahora en un tono casi susurrante.

—Amigos míos, sé que están aquí porque he prometido revelarles un descubrimiento. Les agradezco la paciencia que han tenido durante este pequeño preámbulo. Ahora quitémonos los grilletes del pensamiento del pasado. Ha llegado el momento de que compartamos la emoción del hallazgo.

Y, con esas palabras, una niebla baja comenzó a extenderse por todos los rincones, y el cielo se aclaró como si estuviera a punto de salir el sol, iluminando débilmente la audiencia que había debajo.

De repente, se encendió un foco y su haz se movió hacia el fondo de la sala. Prácticamente todos los invitados se incorporaron con la cabeza vuelta para intentar vislumbrar al anfitrión en carne y hueso entre la niebla. Unos segundos después, sin embargo, el foco iluminó de nuevo la parte delantera del recinto.

La audiencia se volvió con él.

Sonriendo bajo el resplandor se encontraba Edmond Kirsch. Sus manos descansaban relajadas en los laterales de un atril con pedestal que unos segundos atrás no estaba ahí.

—Buenas noches, amigos míos —dijo afablemente el gran showman al tiempo que la niebla comenzaba a disiparse.

Unos segundos después, todos los invitados se habían puesto de pie y habían prorrumpido en una gran ovación. Langdon se unió a ellos, incapaz de contener una sonrisa.

«No ha podido evitar aparecer en medio de una nube de humo».

A pesar de la hostilidad que había mostrado hacia la fe religiosa, hasta el momento la presentación había sido un tour de force provocador e implacable, como el mismo Kirsch. Langdon comprendió por qué la creciente población de librepensadores del mundo lo idolatraba tanto.

«Cuando menos, dice lo que piensa de un modo en que muy pocos se atreverían a hacerlo».

Un primer plano del rostro de Edmond apareció en la pantalla del techo, y Langdon se dio cuenta de que se le veía menos pálido que antes. Era evidente que había pasado por las manos de una maquilladora profesional. Aun así, todavía podía percibir que su amigo estaba exhausto.

Los aplausos continuaron con tanta fuerza que Langdon apenas notó la vibración en el bolsillo del pecho. Instintivamente, fue a coger el teléfono móvil, pero de repente cayó en que estaba apagado. La vibración procedía del otro aparato que llevaba encima: los auriculares de conducción ósea. A través de estos, Winston parecía estar diciendo algo a gritos.

«No podría haber elegido un momento peor».

Langdon cogió el artilugio del bolsillo de la chaqueta y se lo colocó. En cuanto las almohadillas entraron en contacto con su mandíbula, la voz de Winston se materializó en su cabeza.

—¿… fesor Langdon? ¿Está usted ahí? La cobertura telefónica está bloqueada. Es usted mi único contacto. ¿Profesor Langdon?

—¡Sí…! ¿Winston? Estoy aquí —respondió Langdon por encima del ruido de los aplausos.

—¡Menos mal! —dijo Winston—. Escúcheme con atención. Es posible que tengamos un serio problema.

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