Origen

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Capítulo 21

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A pesar de haber experimentado incontables momentos triunfales en escenarios de medio planeta y sentirse eternamente motivado por el éxito, Edmond Kirsch rara vez caía en la complacencia. En ese instante, sin embargo, mientras permanecía de pie en el escenario recibiendo esa tremenda ovación, se permitió a sí mismo disfrutar de la emocionante alegría de saber que estaba a punto de cambiar el mundo.

«Siéntense, amigos míos —dijo para sus adentros—. Lo mejor todavía está por llegar».

Mientras la niebla se disipaba, el futurólogo contuvo el impulso de levantar la mirada hacia el techo, donde sabía que un primer plano de su propio rostro estaba siendo proyectado en la pantalla y, al mismo tiempo, retransmitido a millones de personas alrededor del mundo a través de internet.

«Este acontecimiento es global —pensó con orgullo—. Trasciende fronteras, clases y credos».

Se volvió entonces hacia la izquierda para saludar con un movimiento de cabeza a Ambra Vidal, que estaba observándolo todo desde un rincón lateral y que había trabajado incansablemente con él para organizar ese espectáculo. Sin embargo, para su sorpresa, ella no estaba mirándolo a él sino al público, y en su rostro podía percibirse la sombra de la preocupación.

«Algo va mal», pensó la mujer con los ojos puestos en el público.

En el centro de la sala, un hombre alto y ataviado con un elegante atuendo se abría paso entre la gente sin dejar de agitar los brazos.

«¡Es Robert Langdon!», se dijo ella, tras reconocer al profesor estadounidense que acababa de ver en el vídeo de Kirsch.

Langdon se acercaba con rapidez, y los dos agentes de la Guardia Real se apartaron de inmediato de la pared dispuestos a interceptarlo.

«¡¿Qué querrá?!». Ambra reparó en la expresión de alarma del rostro del profesor.

Luego se volvió hacia Edmond, preguntándose si este también habría advertido la agitación de Langdon, pero el anfitrión no estaba mirando hacia el público, sino que la observaba directamente a ella.

«¡Edmond! ¡Algo va mal!», pensó la mujer.

En ese instante, una detonación ensordecedora resonó en el interior de la cúpula y la cabeza de Edmond dio una sacudida hacia atrás. Ambra observó horrorizada el cráter rojo que había aparecido en su frente. A pesar de que sus manos seguían agarradas con firmeza al atril, el futurólogo tenía los ojos ligeramente en blanco y todo su cuerpo se había vuelto rígido. Por un momento, se balanceó con una expresión de desconcierto y luego, como un árbol recién talado, se inclinó a un costado y cayó al suelo. Su cabeza ensangrentada rebotó con dureza en el tepe de hierba artificial.

Antes de que Ambra pudiera siquiera comprender qué había sido lo que acababa de presenciar, notó que uno de los agentes de la Guardia Real la empujaba al suelo y la cubría con su cuerpo.

El tiempo pareció detenerse.

Y, luego…, estalló el caos.

Hordas de invitados iluminados por la resplandeciente proyección del cadáver ensangrentado de Edmond huían en tropel hacia el fondo de la sala intentando escapar de más disparos.

En medio de la confusión general, Robert Langdon se quedó un momento inmóvil, paralizado por la conmoción. A escasos metros de distancia, su amigo yacía de lado, todavía de cara al público y, en la frente, tenía un agujero de bala del que manaba sangre. Su rostro sin vida seguía cruelmente iluminado por un haz de luz y enfocado por la cámara de televisión, que permanecía desatendida sobre un trípode. Las imágenes todavía estaban siendo proyectadas en la pantalla abovedada del techo y retransmitidas al mundo a través de internet.

Como si se encontrara en medio de un sueño, de repente Langdon se dirigió corriendo a la cámara y la enfocó al techo para que dejara de retransmitir las imágenes del rostro de Edmond. Luego se volvió hacia el atril y, a través de la muchedumbre de invitados que corría despavorida, vio a su amigo caído y no tuvo la menor duda de que había fallecido.

«¡Dios mío…! ¡He intentado avisarte, Edmond, pero la advertencia de Winston ha llegado demasiado tarde!».

En el suelo, a escasos metros del cadáver, vio entonces a un agente de la Guardia Real echado sobre Ambra Vidal, protegiéndola. Langdon corrió hacia ella, pero el agente, dejándose llevar por el instinto y, tras levantarse de un salto, dio tres largas zancadas y arremetió contra el profesor.

El hombro del agente impactó con fuerza contra el esternón de Langdon, dejándolo sin respiración y provocándole un intenso dolor que se le extendió por todo el cuerpo. El profesor salió volando por los aires y cayó sobre el tepe de hierba. Antes de que pudiera recobrar el aliento, unas poderosas manos le dieron la vuelta, le retorcieron el brazo y le presionaron el cráneo, inmovilizándolo completamente y aplastándole la mejilla izquierda contra el suelo.

—¡Ha reaccionado antes de que pasara nada! —exclamó el agente—. ¿Qué tiene usted que ver en todo esto?

A unos veinte metros de allí, el agente de la Guardia Real Rafa Díaz se abría paso entre la multitud de invitados que huía aterrada. Quería llegar al punto de la pared de tela en el que había visto el destello de un arma de fuego.

«Ambra Vidal está a salvo», se dijo aliviado. Había visto a su compañero echarla al suelo y cubrirla con su cuerpo. En cuanto a la víctima, Díaz tenía claro que nada podía hacerse por ella. «Edmond Kirsch ha muerto antes de caer».

Misteriosamente, había reparado en que uno de los invitados había apretado a correr hacia el atril con los brazos en alto un instante antes de que se produjera el disparo.

Fuera cual fuese el motivo, Díaz sabía que el tipo ese podía esperar.

En ese momento, él solo tenía un cometido.

«Detener al tirador».

Al llegar al punto en el que había visto el delatador destello, descubrió que había una rasgadura en la tela y, tras meter la mano en la abertura, tiró violentamente de ella y la abrió hasta el suelo. Una vez fuera de la cúpula, se encontró en un laberinto de andamios.

A su izquierda, el agente divisó la silueta de un hombre alto ataviado con un uniforme militar blanco que se dirigía corriendo hacia la salida de emergencia que había al fondo del enorme espacio. Un instante después, el tipo cruzó la puerta y desapareció.

Díaz empezó a correr detrás de él y, tras serpentear entre los equipos electrónicos que había fuera de la cúpula, salió apresuradamente por la puerta y llegó a una escalera de cemento. Echó un vistazo rápido por encima de la barandilla y vio que el fugitivo estaba dos pisos más abajo, descendiendo la escalera a toda velocidad. Díaz fue tras él saltando los escalones de cinco en cinco. En un momento dado, el agente oyó cómo la puerta de salida de la planta baja se abría ruidosamente y luego volvía a cerrarse de golpe.

«¡Ha abandonado el edificio!».

Cuando llegó a la planta baja, el agente se dirigió disparado hacia una puerta de doble hoja con barras horizontales antipánico y la embistió con el cuerpo. En vez de abrirse de golpe como la del piso de arriba, la puerta apenas se movió un par de centímetros y se atascó. El hombro de Díaz impactó con fuerza contra la pared de acero causándose un dolor tremebundo.

Aturdido, el agente retrocedió y volvió a intentarlo.

Las hojas de la puerta se abrieron lo suficiente para dejar a la vista el problema.

Extrañamente, las manillas exteriores habían sido atadas con una sarta de cuentas. La confusión del agente aumentó cuando se percató de que el patrón de las cuentas le resultaba familiar, tal y como le habría pasado a cualquier buen católico.

«¿Es un rosario?».

Usando todas sus fuerzas, Díaz volvió a arremeter contra las puertas con su dolorido hombro, pero la sarta de cuentas no cedió. Volvió a mirarla a través de la estrecha abertura, desconcertado tanto por la presencia del rosario como por su incapacidad para romperlo.

—¡¿Hola?! —exclamó por la abertura—. ¡¿Hay alguien?!

Silencio.

A través de la rendija, Díaz pudo ver una pared alta de cemento y un callejón de servicio desierto. Sería difícil que por allí apareciera alguien que pudiera hacerle el favor de desanudar el rosario de las manillas. Al no ver ninguna otra opción, cogió la pistola de la cartuchera que llevaba oculta debajo del blazer, la amartilló y, tras deslizar el cañón por la abertura de las hojas, lo apuntó a la sarta de cuentas.

«¿Voy a dispararle a un santo rosario? ¡Que Dios me perdone!».

Los restos del crucifijo se balanceaban ante los ojos de Díaz.

Este apretó el gatillo.

El rosario estalló en mil pedazos y las hojas de la puerta se abrieron de golpe. El agente salió corriendo al callejón al mismo tiempo que las cuentas se desperdigaban a su alrededor rebotando por el pavimento.

Pero el asesino de blanco ya no estaba.

A cien metros de allí, el almirante Luis Ávila permanecía sentado en silencio en el asiento trasero de un Renault negro que se alejaba a toda velocidad del museo.

La gran resistencia a la tensión de la fibra Vectran que había usado para hacer el rosario había cumplido su función y había retrasado a sus perseguidores el tiempo suficiente.

«Y ahora ya me he escapado».

Mientras el coche en el que iba aceleraba en dirección noroeste siguiendo la serpenteante ría del Nervión y desaparecía entre los vehículos que avanzaban por la avenida Abandoibarra, el almirante Ávila se permitió exhalar una bocanada de aire.

La misión de esa noche no podía haber ido mejor.

Mentalmente, comenzó a oír los alegres acordes del himno Oriamendi, cuya antigua letra fue entonada en una sangrienta batalla acaecida en el mismo Bilbao. «¡Por Dios, por la Patria y el Rey!», cantó para sí.

Ese grito de batalla hacía mucho que había quedado en el olvido…, pero la guerra no había hecho más que comenzar.

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