Origen
Capítulo 23
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El rostro de Langdon seguía pegado al tepe de hierba artificial. El peso del agente que tenía encima resultaba aplastante.
Curiosamente, no sentía nada.
Sus emociones se sucedían de forma inconexa y enervante y, en su interior, se superponían sin orden distintas capas de tristeza, miedo e indignación: una de las personas más brillantes del mundo, además de un querido amigo, acababa de ser ejecutada en público de la forma más brutal. «Ha sido asesinado unos momentos antes de que revelara el mayor descubrimiento de su vida».
Langdon cayó en la cuenta de que, a la trágica pérdida de una vida humana, había que añadir una segunda pérdida: la científica.
«Ahora el mundo nunca llegará a saber qué había descubierto Edmond».
De inmediato, fue presa de una ira repentina y una firme resolución.
«Haré todo lo posible para desenmascarar al responsable de esto. Honraré tu legado, Edmond. Encontraré algún modo de compartir tu descubrimiento con el mundo».
—Ha reaccionado antes de tiempo —le dijo el agente al oído en un áspero tono de voz—. Lo he visto corriendo hacia el atril como si esperara que sucediera algo.
—Me… han avisado —consiguió decir Langdon, que apenas podía respirar.
—¡¿Quién?!
Langdon permanecía con el rostro pegado al suelo y el alambre de los auriculares se le clavaba en la mejilla.
—Los auriculares… están conectados a un guía informático. Es el ordenador de Edmond Kirsch. El guía ha encontrado una anomalía en la lista de invitados, un almirante de la Armada española retirado.
La cabeza del guardia estaba suficientemente cerca del oído de Langdon para que este pudiera oír la voz que de repente sonó en su audífono. Se trataba de alguien que hablaba en un tono imperioso aunque sin resuello y, a pesar de que el español del profesor no era muy bueno, pudo descifrar bastantes palabras como para enterarse de las malas noticias.
«… el asesino ha huido…».
«… salida bloqueada…».
«… uniforme militar blanco…».
Al oír las palabras «uniforme militar», el guardia que estaba encima de Langdon aflojó la presión que ejercía sobre este.
—¿Uniforme naval? —le preguntó a su compañero—. ¿Blanco… como de almirante?
La respuesta fue afirmativa.
«Un uniforme naval —se dijo a sí mismo Langdon—. Winston tenía razón».
El agente soltó al profesor y se puso de pie.
—Dese la vuelta.
Dolorido, Langdon hizo lo que le ordenaba y se incorporó apoyándose sobre los codos. La cabeza le daba vueltas y le dolía el pecho.
—No se mueva —dijo el agente.
Langdon no tenía ninguna intención de hacerlo. El agente que tenía delante era una mole de noventa kilos de sólidos músculos y ya le había dejado bien claro que se tomaba muy en serio su trabajo.
—¡Inmediatamente! —exclamó el miembro de la Guardia Real por su radiotransmisor.
A continuación, hizo una petición urgente para que las autoridades locales establecieran controles en las carreteras que rodeaban el museo.
«… policía local…».
«… controles de carretera…».
Desde el suelo, Langdon vio que Ambra Vidal todavía se encontraba tumbada cerca de la pared lateral. La mujer comenzó a levantarse, pero le flaquearon las piernas y estuvo a punto de volver a caer.
«¡Que alguien la ayude!», pensó el profesor.
Pero en ese momento el agente estaba dando órdenes a gritos en medio de la cúpula aunque no parecía haber nadie que lo escuchara.
—¡Las luces! ¡Y restauren la cobertura móvil!
Langdon se colocó bien los auriculares en la cabeza.
—¿Estás ahí, Winston?
El agente se volvió y se quedó mirando al profesor extrañado.
—Sí, estoy aquí —dijo Winston en un tono de voz desapasionado.
—Winston, han disparado a Edmond. Necesitamos que enciendas las luces y que restaures la cobertura telefónica. ¿Puedes hacerlo o ponerte en contacto con alguien que lo haga?
Unos segundos después, las luces de la cúpula se encendieron de golpe, deshaciendo con ello la ilusión mágica del prado iluminado por la luz de la luna y dejando a la vista una desierta extensión de hierba artificial cubierta por cientos de mantas abandonadas.
El agente se mostró desconcertado ante el inesperado poder de Langdon. Un momento después, extendió una mano y lo ayudó a ponerse de pie. Los dos hombres se quedaron cara a cara bajo las potentes luces.
El agente era más o menos de la misma estatura que el profesor, llevaba la cabeza afeitada y se le marcaban los músculos bajo el blazer azul. Tenía el rostro pálido y en sus anodinos rasgos destacaban unos ojos penetrantes que, en ese instante, no se apartaban del profesor.
—Usted aparecía en el vídeo de esta noche. Es Robert Langdon.
—Sí, Edmond Kirsch fue alumno mío y éramos amigos.
—Yo soy el agente Fonseca, de la Guardia Real —anunció el tipo en un perfecto inglés—. Explíqueme cómo sabía lo del uniforme de la Armada.
Langdon se volvió hacia el cadáver de Kirsch, que yacía inmóvil junto al atril. Ambra Vidal estaba arrodillada a su lado con dos guardias de seguridad y un miembro del personal médico que ya había abandonado toda esperanza de reanimarlo. Al final, la mujer cubrió con cuidado el cuerpo con una manta.
Estaba claro que Edmond había muerto.
A Langdon todavía le costaba asimilar lo que había sucedido y no podía apartar los ojos de su amigo asesinado.
—Ya no podemos hacer nada por él —dijo entonces el agente—. Dígame cómo se ha enterado de lo que iba a suceder.
Langdon se volvió hacia Fonseca, cuyo tono de voz no dejaba lugar a malinterpretaciones. Se trataba de una orden.
El profesor le explicó rápidamente lo que Winston acababa de decirle: el programa había detectado que alguien había abandonado sus auriculares y, poco después, un guía humano los había encontrado en un cubo de la basura. El programa había comprobado entonces a qué invitado se los habían asignado y había descubierto que se trataba de una incorporación de última hora a la lista de invitados.
—Imposible —dijo el agente entornando los ojos—. La lista de invitados se cerró ayer y se investigó a todo el mundo.
—No a este hombre —le anunció Winston a Langdon a través de los auriculares—. Acabo de buscar información sobre él y he descubierto que se trata de un antiguo almirante de la Armada española. Lo licenciaron a causa del alcoholismo y el estrés postraumático que sufría tras un ataque terrorista que tuvo lugar en Sevilla hace cinco años.
Langdon le repitió la información al agente.
—¿El bombardeo de la catedral? —preguntó Fonseca con incredulidad.
—Al descubrir que el oficial no tenía relación alguna con Kirsch, me he alarmado y enseguida me he puesto en contacto con los guardias de seguridad del museo para avisarlos. Sin embargo, a falta de datos más conclusivos, estos me han sugerido que tal vez era mejor no arruinar el evento, sobre todo teniendo en cuenta que estaba siendo retransmitido en directo a todo el mundo. A sabiendas de lo mucho que Edmond había trabajado en la presentación de esta noche, me ha parecido que su lógica tenía sentido y he optado por contactar con usted con la esperanza de que divisara al tipo para que yo pudiera enviar con discreción a un equipo de guardias de seguridad a por él. Debería haber actuado con más decisión. Le he fallado a Edmond.
A Langdon le pareció algo inquietante que la máquina de su amigo experimentara sentimientos de culpa. Luego echó un vistazo al cadáver cubierto de Edmond y vio que Ambra Vidal se acercaba a ellos.
Fonseca ni siquiera la miró. Toda su atención seguía puesta en el profesor.
—¿Y el ordenador no le ha dado el nombre del oficial en cuestión? —preguntó.
Langdon asintió.
—Se trata del almirante Luis Ávila.
Al decir el nombre, la mujer se detuvo de golpe y se quedó mirando al profesor con una expresión de horror absoluto.
Fonseca reparó en su reacción e inmediatamente se acercó a ella.
—¿Señorita Vidal? ¿Le resulta familiar ese nombre?
Ella parecía incapaz de responder. Bajó la vista y se quedó mirando el suelo como si acabara de ver un fantasma.
—Señorita Vidal —repitió Fonseca—, ¿sabe quién es el almirante Luis Ávila?
Su expresión de desconcierto dejaba escaso lugar a dudas: Ambra conocía al asesino. Al cabo de un momento, parpadeó dos veces y sus ojos oscuros comenzaron a aclararse como si emergieran de una especie de trance.
—No… no me suena ese nombre —susurró mirando a Langdon y luego a su guardia de seguridad—. Yo solo… me ha sorprendido oír que el asesino era un oficial de la Armada española.
«Está mintiendo —advirtió Langdon, sin comprender por qué querría ella disfrazar su reacción—. Lo he visto. Ha reconocido el nombre del tipo».
—¿Quién estaba a cargo de la lista de invitados? —preguntó Fonseca dando otro paso hacia Ambra—. ¿Quién añadió ese nombre?
—Yo… no tengo ni idea —dijo ella con los labios trémulos.
De repente, las preguntas del agente fueron interrumpidas por una cacofonía de timbrazos y pitidos que comenzaron a sonar por toda la cúpula. Al parecer, Winston había encontrado el modo de restablecer la cobertura. Uno de los móviles que estaba sonando era el que Fonseca llevaba en el bolsillo del blazer.
El agente de la Guardia Real lo cogió y, al ver en la pantalla el nombre de la persona que estaba llamándolo, respiró hondo antes de contestar.
—Ambra Vidal está a salvo —anunció.
Langdon se volvió hacia la agitada mujer. Lo estaba observando. Y cuando sus miradas se encontraron, permanecieron así durante un buen rato.
Entonces Langdon oyó la voz de Winston en su cabeza.
—Profesor —susurró el guía informático—, Ambra Vidal sabe perfectamente cómo consiguió Luis Ávila que lo incluyeran en la lista. Ella misma ha añadido el nombre.
Langdon necesitó un momento para asimilar esa información.
«¿La señorita Vidal ha incluido el nombre del asesino en la lista de invitados?».
«¿Y ahora está mintiendo al respecto?».
Antes de que Langdon pudiera procesar del todo esa información, Fonseca extendió una mano para pasarle el móvil a Ambra.
—Don Julián quiere hablar con usted —dijo el agente.
Ella casi pareció retroceder ante la cercanía del móvil.
—Dígale que estoy bien —respondió—. Lo llamaré más tarde.
El agente se la quedó mirando con la más absoluta incredulidad. Luego tapó el auricular con una mano y, susurrando, le dijo a la mujer:
—Su alteza don Julián, el príncipe, ha pedido…
—Me da igual que sea el príncipe —respondió ella enojada—. Si va a ser mi marido tiene que aprender a darme espacio cuando lo necesito. ¡Acabo de presenciar un asesinato y necesito un minuto para mí! Dígale que lo llamaré más tarde.
Fonseca se quedó mirando fijamente a la mujer con una expresión que se acercaba al desprecio. Luego se volvió y se apartó para continuar con su llamada en privado.
A Langdon esa breve discusión le había resuelto un pequeño misterio. «¿Ambra Vidal está prometida con el príncipe Julián?». Eso explicaba el tratamiento de celebridad que recibía de todo el mundo así como la presencia de la Guardia Real, aunque no la negativa a aceptar la llamada de su prometido. «Si el príncipe ha visto por televisión lo que ha sucedido debe de estar muy preocupado».
Casi al instante, Langdon cayó en la cuenta de algo más siniestro.
«¡Dios mío…! ¡Ambra Vidal está relacionada con el Palacio Real!».
Esa inesperada coincidencia hizo que sintiera un escalofrío al recordar el amenazador mensaje de voz que el obispo Valdespino le había dejado a Edmond.