Origen
Capítulo 24
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A unos doscientos metros del Palacio Real, en el interior de la catedral de la Almudena, el obispo Valdespino se había quedado momentáneamente sin aliento. Todavía llevaba puesto el atuendo ceremonial y seguía sentado a su escritorio con la mirada clavada en el ordenador portátil de su despacho, consternado ante las imágenes procedentes de Bilbao.
«Mañana esto abrirá los informativos de todo el mundo».
Por lo que podía comprobar, la prensa de todas partes ya estaba en pleno frenesí. Los principales medios de noticias se habían puesto en contacto con distintas autoridades sobre ciencia y religión para especular sobre la presentación de Edmond Kirsch, y todos ofrecían hipótesis sobre quién podía haberlo asesinado y por qué. Parecía haber consenso en que, a juzgar por las apariencias, alguien había querido asegurarse de que su descubrimiento no viera la luz del día.
Después de un largo momento de reflexión, el obispo cogió su teléfono móvil y realizó una llamada.
El rabino Köves contestó al primer tono.
—¡Es terrible! —dijo casi gritando—. ¡Lo he visto por la televisión! ¡Debemos acudir ahora mismo a las autoridades y contarles lo que sabemos!
—Rabino —contestó Valdespino con serenidad—, estoy de acuerdo en que los acontecimientos han dado un giro verdaderamente horroroso, pero antes de actuar deberíamos considerar bien cuáles han de ser nuestros pasos.
—¡No tenemos nada que considerar! —replicó Köves—. ¡Está claro que hay gente que no piensa detenerse ante nada para enterrar el descubrimiento de Kirsch! ¡Son unos asesinos! Y estoy seguro de que también mataron a Syed. Deben de saber quiénes somos y ahora vendrán a por nosotros. Usted y yo tenemos la obligación moral de acudir a las autoridades y explicarles lo que nos contó Kirsch.
—¿La obligación moral? —dijo Valdespino desafiante—. Más bien se diría que usted quiere hacer público el descubrimiento de Kirsch para que nadie tenga motivos para querer silenciarnos.
—Sin duda, nuestra seguridad es algo que debemos tener en cuenta —argumentó el rabino—, pero también tenemos una obligación moral para con el mundo. Soy consciente de que este descubrimiento pondrá en duda algunas creencias religiosas fundamentales, pero si hay algo que he aprendido en mi larga vida es que la fe siempre sobrevive, incluso a las más duras adversidades. Y creo que también sobrevivirá a la revelación del hallazgo de Kirsch.
—Entiendo lo que quiere decir, amigo mío —convino el obispo, procurando mantenerse lo más calmado posible—. Percibo la resolución en su tono de voz y respeto su forma de pensar. Sin embargo, le suplico que, si vamos a revelar este descubrimiento al mundo, lo hagamos juntos. A la luz del día. De un modo honorable. No a la desesperada a causa de este horrible asesinato. Planeémoslo, ensayémoslo y contextualicemos adecuadamente la información.
Köves no dijo nada, pero Valdespino podía oír la respiración del anciano al otro lado de la línea.
—Rabino —prosiguió el obispo—, ahora mismo el asunto más apremiante es nuestra seguridad. Estamos tratando con asesinos, y si se deja ver demasiado, como, por ejemplo, acudiendo a las autoridades o a un estudio de televisión, la cosa podría terminar mal. Temo sobre todo por su seguridad. Aquí, en el complejo del palacio, yo cuento con protección, pero usted… ¡está solo en Budapest! No hay duda de que el descubrimiento de Kirsch es un asunto de vida o muerte. Así que, por favor, deje que yo me encargue de su protección.
Köves permaneció un momento en silencio y finalmente dijo:
—¿Desde Madrid? Pero cómo va a…
—Tengo a mi disposición los recursos en materia de seguridad de la familia real. Permanezca dentro de su casa con las puertas cerradas. Haré que dos agentes de la Guardia Real vayan a recogerlo y lo traigan a Madrid. Aquí podremos asegurarnos de que esté a salvo en el complejo del palacio, y usted y yo podremos sentarnos cara a cara y discutir cuál es el mejor modo de proceder.
—Y una vez en Madrid, ¿qué sucederá si no conseguimos ponernos de acuerdo sobre cómo actuar? —dijo el rabino, que no estaba muy convencido.
—Lo haremos —le aseguró el obispo—. Sé que estoy chapado a la antigua, pero también soy realista, como usted. Juntos encontraremos la mejor línea de actuación, tengo fe en eso.
—¿Y si su fe se equivoca? —insistió Köves.
Valdespino sintió que se le tensaba el estómago y se quedó un momento callado. Luego exhaló un suspiro y respondió lo más tranquilamente que pudo.
—Rabino Köves, si al final usted y yo no conseguimos ponernos de acuerdo sobre cómo actuar, cada uno seguirá su camino y hará lo que crea más conveniente. Tiene mi palabra.
—Gracias —respondió Köves—. En ese caso, iré a Madrid.
—Fantástico. Mientras tanto, cierre la puerta de su casa con llave, haga las maletas y no hable con nadie. Yo lo llamaré con los detalles tan pronto como los tenga. —Valdespino hizo una pausa y luego dijo—: Y tenga fe. Nos veremos pronto.
Valdespino colgó con un mal presentimiento; sospechaba que seguir controlando a Köves requeriría algo más que una simple apelación a la racionalidad y a la prudencia.
«Está dejándose llevar por el pánico… como Syed.
»Al igual que el ulema, es incapaz de considerar todos los aspectos de este asunto».
Valdespino cerró el portátil, se lo metió debajo del brazo y abandonó su oscuro despacho. Todavía ataviado con el atuendo ceremonial, salió de la catedral al fresco aire nocturno y cruzó la plaza en dirección a la reluciente fachada blanca del Palacio Real.
Sobre la entrada principal podía verse el escudo de armas del Estado español, un blasón flanqueado por dos columnas de Hércules y el antiguo lema «PLUS ULTRA», que significaba «más allá». Algunos creían que la expresión se refería a las ambiciones expansionistas del imperio durante su Siglo de Oro. Otros, que reflejaba la asentada creencia en el país de que existía una vida en el paraíso más allá de la terrenal.
En cualquier caso, Valdespino tenía la sensación de que se trataba de un lema cada día menos relevante. Al echar un vistazo a la bandera española que ondeaba sobre el palacio, suspiró con tristeza y pensó en su enfermo rey.
«Lo echaré de menos cuando no esté.
»Le debo tanto…».
Durante meses, el obispo había visitado a diario a su querido amigo, que se encontraba postrado en una cama del Palacio de la Zarzuela. Unos días atrás, el rey había convocado a Valdespino a su dormitorio.
—Antonio —le susurró con una mirada llena de preocupación—. Me temo que el compromiso matrimonial de mi hijo ha sido… precipitado.
«“Descabellado” sería una descripción más acertada», pensó Valdespino.
Dos meses antes, cuando el príncipe le había confiado al obispo que tenía la intención de pedirle la mano a Ambra Vidal a pesar del poco tiempo que hacía que se conocían, Valdespino, estupefacto, le había suplicado que fuera más prudente. El príncipe había argumentado entonces que estaba enamorado y que su padre se merecía ver a su único hijo casado. Además, añadió, si él y Ambra iban a formar una familia, la edad de ella requería que no esperaran demasiado.
Valdespino sonrió serenamente a su rey.
—Sí, estoy de acuerdo. La propuesta de matrimonio de don Julián nos ha cogido a todos por sorpresa. Pero él solo quiere hacerlo feliz.
—¡Su deber es para con el país, no para conmigo! —dijo el rey elevando la voz—. Y por más que la señorita Vidal sea encantadora, no sabemos nada de ella, es ajena a nuestro mundo. Dudo de los motivos por los que ha aceptado la propuesta de don Julián. Ha sido todo demasiado apresurado, y una mujer realmente honrada lo habría rechazado.
—Tiene razón —respondió Valdespino.
Aunque en defensa de Ambra había que decir que el príncipe no le había dejado muchas opciones.
El rey extendió con cuidado un brazo y tomó la huesuda mano del obispo entre las suyas.
—Amigo mío, no sé adónde ha ido a parar el tiempo. Hemos envejecido. Quiero darte las gracias. Me has aconsejado con sabiduría a lo largo de los años y me has ayudado mucho en momentos difíciles como la pérdida de mi mujer o los cambios acaecidos en el país. Me he beneficiado mucho de la fortaleza de tus convicciones.
—Nuestra amistad es un honor que atesoraré para siempre.
El rey sonrió débilmente.
—Antonio, sé que has hecho grandes sacrificios para estar conmigo. Rechazaste ir a Roma, por ejemplo.
Valdespino se encogió de hombros.
—Ser cardenal no me habría acercado a Dios. Mi lugar siempre ha estado aquí, con usted.
—Tu lealtad siempre ha sido una bendición.
—Y yo nunca olvidaré la compasión que me mostró años atrás.
El rey cerró los ojos, y estrechó con fuerza la mano del obispo.
—Antonio… Estoy preocupado. Mi hijo pronto se encontrará al mando de un enorme barco que todavía no está preparado para gobernar. Guíalo, por favor. Sé su estrella polar. Coloca tu firme mano en el timón, sobre todo cuando las aguas estén agitadas. Pero, por encima de todo, cuando pierda el rumbo, te suplico que lo ayudes a encontrar el camino… de vuelta a todo aquello que es puro.
—Amén —susurró el obispo—. Tiene mi palabra.
Ahora, mientras cruzaba la plaza bajo el fresco aire nocturno, Valdespino alzó la mirada al cielo.
«Su Majestad, sepa que estoy haciendo todo lo posible para cumplir sus deseos», pensó.
Valdespino se consoló con la idea de que el rey estaba demasiado débil para ver la televisión.
«Si hubiera seguido la retransmisión de esta noche, le habría dado algo al ver en lo que ha degenerado su querido país».
A la derecha de Valdespino, al otro lado de la verja de hierro, las unidades móviles de muchos medios de comunicación se habían congregado en la calle Bailén y ahora estaban extendiendo las antenas parabólicas.
«Buitres», pensó Valdespino al tiempo que el aire azotaba las faldas de su casulla.