Origen

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Capítulo 25

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«Ya habrá tiempo más adelante para llorar la muerte de Edmond —pensó Langdon, conteniendo una intensa emoción—. Ahora es momento de actuar».

Ya le había pedido a Winston que revisara las imágenes de las cámaras de seguridad en busca de cualquier dato que pudiera ayudarlos a atrapar al tirador. Luego había añadido en voz baja que buscara alguna conexión entre Ávila y el obispo Valdespino.

El agente Fonseca, todavía al teléfono, se acercó de nuevo a ellos.

—Sí… sí… —estaba diciendo en ese momento—. Claro. Inmediatamente.

El agente terminó la llamada y se volvió hacia Ambra, que permanecía a un lado, todavía aturdida.

—Debemos marcharnos, señorita Vidal —anunció Fonseca en un cortante tono de voz—. Don Julián ha pedido que la llevemos al Palacio Real cuanto antes.

El cuerpo de la mujer se tensó visiblemente.

—¡No voy a abandonar así a Edmond! —exclamó, volviéndose hacia el cadáver que yacía bajo la manta.

—Las autoridades locales ya se encargarán del asunto —respondió Fonseca—. Y el forense está de camino. El señor Kirsch será tratado con el respeto y el cuidado que merece. Ahora debemos irnos. Temo que pueda estar usted en peligro.

—¡Yo no corro peligro alguno! —gritó Ambra, dando un paso hacia él—. El asesino ha tenido oportunidad de dispararme y no lo ha hecho. ¡Está claro que su objetivo era Edmond!

—¡Señorita Vidal! —exclamó Fonseca con las venas del cuello hinchadas—. ¡El príncipe quiere que vaya usted a Madrid! ¡Está preocupado por su seguridad!

—No —respondió ella—. Está preocupado por las repercusiones políticas.

Fonseca exhaló un largo suspiro y bajó el tono de voz.

—Señorita Vidal, lo que ha sucedido esta noche ha sido un duro golpe tanto para España como para el príncipe. Que decidiera usted acoger el evento fue algo desafortunado.

De repente, Langdon oyó la voz de Winston en su cabeza.

—¿Profesor? El equipo de seguridad del museo ha estado analizando las imágenes de las cámaras externas del edificio. Parece que han encontrado algo.

Langdon escuchó lo que le decía el guía informático e hizo una seña con la mano a Fonseca para interrumpir la reprimenda que estaba recibiendo Ambra.

—Señor, el ordenador dice que una de las cámaras del tejado ha obtenido una imagen parcial de la parte superior del coche en el que ha huido Ávila.

—¿Cómo dice? —Fonseca se mostró sorprendido.

A medida que Winston iba proporcionándole a Langdon la información, este fue repitiéndosela al agente:

—Un sedán negro en un callejón de servicio… Matrícula ilegible desde ese ángulo… Una pegatina inusual en el parabrisas.

—¿Qué pegatina? —preguntó Fonseca—. Podemos alertar a las autoridades locales para que busquen al coche que la lleve.

—No la he reconocido —respondió Winston dirigiéndose a Langdon—, pero he comparado el símbolo que podía distinguirse en ella con todos los del mundo y he obtenido una coincidencia.

A Langdon le sorprendió la rapidez con la que Winston había conseguido hacer el cotejo.

—El símbolo con el que coincide es el de un antiguo proceso alquímico —dijo Winston—: la amalgama.

«¡¿Cómo?!». Langdon creía que se trataría del logotipo de algún garaje o de alguna organización política.

—¿La pegatina del coche coincide con el símbolo de la… amalgama?

Fonseca se lo quedó mirando, claramente confundido.

—Debe de haber algún error, Winston —dijo Langdon—. ¿Por qué iba alguien a llevar en el parabrisas del coche un símbolo alquímico?

—No lo sé —respondió Winston—. Es la única correspondencia que he obtenido, y coincide en un noventa y nueve por ciento.

Gracias a su memoria eidética, Langdon visualizó en un momento el símbolo en cuestión.

—Winston, detállame exactamente lo que ves en el parabrisas del coche.

—El símbolo consiste en una línea vertical atravesada por tres líneas transversales. Sobre el brazo vertical, descansa un arco que describe una curva ascendente.

«Exacto», pensó Langdon frunciendo el ceño.

—¿El arco que hay en la parte superior tiene remates?

—Sí. Unas líneas horizontales pequeñas encima de cada extremo.

«De acuerdo, se trata del símbolo de la amalgama».

—Winston, ¿podrías enviarnos la imagen de las cámaras de seguridad? —pidió entonces, intrigado.

—Por supuesto.

—Que la envíe a mi móvil —ordenó Fonseca.

Langdon le dio a Winston el número del agente y, un momento después, el teléfono móvil de este emitió un pitido. El profesor y Ambra se acercaron a él y contemplaron la granulosa imagen en blanco y negro. En ella se veía un sedán negro en un callejón de servicio desierto.

Y, efectivamente, en el rincón inferior izquierdo del parabrisas, Langdon divisó una pegatina con el símbolo que Winston acababa de describir.

«La amalgama. Qué extraño».

Desconcertado, el profesor extendió una mano y, con los dedos, amplió la imagen que se veía en la pantalla del móvil de Fonseca. Inclinándose para verla de más cerca, la examinó con atención.

De inmediato, se dio cuenta de cuál era el problema.

—No es el símbolo de la amalgama —anunció.

Aunque la imagen se parecía mucho a lo que Winston había descrito, no era exactamente el símbolo de ese proceso alquímico. En simbología, la diferencia entre «parecido» y «exacto» podía significar la diferencia entre una esvástica nazi y el símbolo budista de la prosperidad.

«Por eso la mente humana es a veces mejor que un ordenador».

—No es una sola pegatina —dijo Langdon—. Son dos ligeramente superpuestas. La que hay debajo es un crucifijo especial llamado «cruz papal». Es muy popular hoy en día, sobre todo en España.

Desde la elección del pontífice más progresista de la historia del Vaticano, miles de personas de todo el mundo mostraban su apoyo a las nuevas políticas del papa con reproducciones de la triple cruz (algo que sucedía incluso en Cambridge, Massachusetts, la ciudad de residencia de Langdon).

—El símbolo con forma de «U» que hay encima —continuó Langdon— es una pegatina distinta.

—Ahora me doy cuenta de que tiene razón —dijo Winston—. Buscaré el número de la empresa.

De nuevo, Langdon quedó estupefacto ante la velocidad de Winston. «¿Ya ha identificado el logotipo?».

—Excelente —dijo Langdon—. Si los llamamos, podremos localizar el coche.

Fonseca no salía de su asombro.

—¿Localizar el coche? ¿Cómo?

—Para huir, Ávila ha usado Uber —indicó Langdon, señalando la estilizada «U» del parabrisas.

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