Origen

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Capítulo 26

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A juzgar por la expresión de asombro de Fonseca, Langdon no estaba seguro de qué era lo que había sorprendido más al agente: la velocidad con la que habían identificado la pegatina del parabrisas o la extraña elección del almirante Ávila para huir de la escena del crimen.

«¿Ha usado Uber?», pensó Langdon, preguntándose si esa decisión era brillante o una auténtica estupidez.

El ubicuo servicio de conductores «bajo demanda» de Uber había supuesto una auténtica revolución mundial en los últimos años. Con un móvil, cualquiera que necesitara que lo llevaran a algún lugar podía ponerse en contacto al instante con un creciente ejército de conductores que ganaban un dinero extra ofreciendo sus vehículos como taxis improvisados. Este servicio había sido legalizado recientemente en España, y la empresa exigía a sus conductores españoles que llevaran en el parabrisas la pegatina con el logotipo corporativo. Al parecer, el conductor del coche en el que había huido Ávila era, además, seguidor del nuevo papa.

—Agente Fonseca —dijo Langdon—, Winston se ha tomado la libertad de enviar la imagen del coche a las autoridades locales para que la distribuyan por los controles de carretera.

Fonseca se quedó boquiabierto y Langdon advirtió que el experimentado agente no estaba acostumbrado a ir a la zaga de otros. Parecía que no sabía si darle las gracias al guía o decirle que se metiera en sus malditos asuntos.

—Y ahora está llamando al número de emergencias de Uber.

—¡No! —ordenó Fonseca—. Deme a mí el número de la empresa. Ya llamaré yo. Es más probable que hagan caso a un miembro sénior de la Guardia Real que a un ordenador.

Langdon debía admitir que probablemente Fonseca tenía razón. Además, parecía más lógico que, en vez de malgastar sus aptitudes trasladando a Ambra a Madrid, el agente los ayudara en la búsqueda del asesino.

En cuanto obtuvo el número de teléfono de Uber, Fonseca llamó y Langdon se mostró convencido de que conseguirían atrapar al asesino en cuestión de minutos. Localizar vehículos era en lo que se basaba el negocio de Uber: cualquier cliente con un móvil podía acceder literalmente a la ubicación exacta de todos y cada uno de los conductores asociados al servicio en todo el mundo. Lo único que Fonseca tenía que hacer era pedirle a la empresa que comprobara qué conductor acababa de recoger a un pasajero en la parte trasera del museo Guggenheim de Bilbao.

—¡Hostia! —exclamó Fonseca—. ¡Es un contestador!

Marcó un número en el teclado de su móvil y esperó. Al parecer, se había topado con un servicio automatizado de atención telefónica y debía elegir entre las distintas opciones del menú que le ofrecía. Mientras esperaba más instrucciones, aprovechó para dirigirse a Langdon:

—Profesor, en cuanto hable con alguien y localice el coche, dejaré este asunto en manos de las autoridades locales para que el agente Díaz y yo podamos trasladarlos a usted y a la señorita Ambra a Madrid.

—¿A mí? —respondió Langdon desconcertado—. Yo no puedo ir con ustedes.

—Puede y lo hará —advirtió Fonseca—. Y también su juguete informático —añadió señalando los auriculares.

—Lo siento —contestó Langdon, endureciendo su tono de voz—. No tengo la menor intención de acompañarlos a Madrid.

—Qué raro —respondió Fonseca—. Pensaba que era usted profesor en Harvard.

Langdon se lo quedó mirando desconcertado.

—Y lo soy.

—Genial —dijo rápidamente Fonseca—. Entonces imagino que es lo bastante inteligente para darse cuenta de que no tiene otra elección.

Y, tras decir eso, el agente se apartó y volvió a dedicar toda su atención a la llamada telefónica.

Langdon observó cómo se alejaba. «Pero ¡¿qué demonios…?!».

—¿Profesor? —susurró Ambra, que se había acercado a Langdon por detrás—. Necesito que me escuche. Es muy importante.

Langdon se volvió y comprobó que la expresión de la mujer era de pánico absoluto. Su muda estupefacción parecía haber remitido y ahora hablaba en un tono de voz agitado pero coherente.

—Profesor —volvió a decir—, Edmond ha dejado claro el enorme respeto que sentía por usted al incluirlo en su presentación. Eso me lleva a pensar que puedo confiar en usted. Necesito contarle algo.

Langdon se la quedó mirando sin comprender qué quería decirle.

—Han asesinado a Edmond por mi culpa —murmuró ella al tiempo que las lágrimas comenzaban a asomar a sus intensos ojos castaños.

—¿Cómo dice?

Ambra miró nerviosamente a Fonseca. Este parecía encontrarse lo bastante lejos para no poder oírla.

—La lista de invitados —dijo, volviéndose otra vez hacia el profesor—. El nombre añadido a última hora.

—Sí, «Luis Ávila».

—Yo he añadido ese nombre —confesó con voz quebrada—. ¡He sido yo!

«Winston tenía razón…», pensó Langdon anonadado.

—Lo han asesinado por mi culpa —repitió ella, a punto de romper a llorar—. Yo he permitido que el asesino entrara en el edificio.

—Un momento —dijo el profesor, colocando una mano sobre el trémulo hombro de la mujer—. ¿Puede decirme por qué ha añadido su nombre a la lista de invitados?

Ambra echó otro vistazo a Fonseca, que seguía hablando por teléfono a unos veinte metros.

—Profesor, en el último momento he recibido una llamada de alguien en quien confío mucho. Esta persona me ha pedido como favor personal que incluyera al almirante Ávila en la lista. Esto ha sucedido unos pocos minutos antes de que abrieran las puertas y, como yo estaba muy ocupada, lo he hecho sin darle mayor importancia. ¡Se trataba de un almirante de la Armada! ¿Cómo iba yo a saber que era peligroso? —La mujer volvió a mirar el cadáver de Edmond y se cubrió la boca con una de sus delgadas manos—. Y ahora…

—Señorita Vidal —susurró Langdon—, ¿quién le ha pedido que añadiera el nombre de Ávila?

La mujer tragó saliva.

—Mi prometido… El príncipe heredero de la Corona de España. Don Julián.

Langdon se quedó mirándola con incredulidad e intentó procesar sus palabras. La directora del museo Guggenheim acababa de decirle que el príncipe de España había ayudado a orquestar el asesinato de Edmond Kirsch. «Eso es imposible».

—Estoy segura de que en Palacio no esperaban que yo llegara a descubrir la identidad del asesino —prosiguió ella—. Ahora que la conozco… temo estar en peligro.

Langdon volvió a colocarle una mano en el hombro.

—Aquí está completamente a salvo.

—¡No! —dijo ella elevando el tono de voz—. Hay cosas que usted no sabe. Tenemos que salir de aquí. ¡Ahora!

—No podemos huir corriendo —contestó él—. Nunca…

—Por favor, escúcheme —insistió ella—. Sé cómo ayudar a Edmond.

—¿Perdón? —Langdon pensó que la mujer debía de seguir bajo los efectos del shock—. Ya no podemos ayudarlo.

—Sí que podemos —insistió ella; ahora su tono transmitía lucidez—. Pero para eso tenemos que ir primero a su casa de Barcelona.

—¡¿Cómo dice?!

—Escúcheme con atención, por favor. Sé que Edmond habría querido que lo hiciéramos.

Durante los siguientes quince segundos, Ambra le contó en voz baja a Langdon lo que sabía. A medida que iba hablando, el profesor pudo sentir cómo su pulso iba en aumento. «¡Dios mío! —pensó—. Tiene razón. Esto lo cambia todo».

Cuando hubo terminado, la mujer se lo quedó mirando con una expresión desafiante.

—¿Entiende ahora por qué tenemos que marcharnos?

Él asintió sin vacilación.

—Winston —dijo entonces dirigiéndose a los auriculares—. ¿Has oído lo que Ambra acaba de contarme?

—Sí, profesor.

—¿Estabas al tanto de eso?

—No.

El profesor eligió sus siguientes palabras con mucho cuidado:

—No sé si los ordenadores son capaces de sentir lealtad hacia sus creadores, pero si tú puedes hacerlo, este es tu momento. Nos iría bien tu ayuda.

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