Origen
Capítulo 27
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De camino al atril, Langdon se aseguró de que Fonseca seguía enfrascado en su llamada al centro de atención telefónica de Uber y luego comprobó que Ambra se dirigía a su vez hacia el centro de la cúpula hablando también por el móvil (o al menos haciendo ver que lo hacía), tal y como él le había sugerido.
«Dígale a Fonseca que ha decidido llamar al príncipe Julián».
Al llegar al atril, el profesor posó la mirada sobre el cuerpo que yacía en el suelo. «Edmond». Con cuidado, apartó la manta que la mujer le había colocado encima. Los ojos del futurólogo, radiantes hasta hacía unos minutos, eran ahora dos agujeros sin vida bajo una frente en la que destacaba un orificio carmesí. Langdon sintió un escalofrío ante la horripilante imagen. El corazón le comenzó a latir con fuerza a causa del dolor y la ira que sentía por la pérdida de su amigo.
Por un instante, recordó al desgreñado estudiante que veinte años atrás había entrado en su aula lleno de esperanza y talento y que tantas cosas conseguiría en su breve vida. Esa noche, sin embargo, alguien había asesinado a ese ser humano increíblemente dotado, casi con toda seguridad con la intención de enterrar para siempre el descubrimiento que había hecho.
«Y, a no ser que actúe —sabía el profesor—, el mayor logro de mi antiguo alumno nunca verá la luz del día».
Colocándose de forma que el atril impidiera que Fonseca pudiera verlo bien, Langdon se arrodilló junto al cadáver de su amigo, cerró los ojos y entrelazó las manos como si fuera a rezar.
La ironía de orar por un ateo lo hizo sonreír. «Edmond, sé perfectamente que tú jamás habrías querido que nadie rezara por ti. No te preocupes, amigo mío, en realidad no me he acercado para eso».
Arrodillado junto al cuerpo sin vida de Edmond, el profesor reprimió asimismo un miedo creciente. «Antes te he asegurado que el obispo Valdespino era inofensivo. Si al final resulta que está implicado en esto…». El profesor alejó ese pensamiento de su mente.
En cuanto se hubo asegurado de que Fonseca lo había visto rezar, Langdon se inclinó discretamente hacia adelante y extendió una mano hacia la cazadora de piel de Edmond para coger su móvil extragrande.
Luego volvió a echar un rápido vistazo por encima del hombro. El agente parecía ahora más interesado en Ambra que en él. Esta seguía enfrascada en su propia llamada y se alejaba cada vez más de Fonseca.
El profesor bajó entonces la mirada al móvil que tenía en las manos y respiró hondo para tranquilizarse.
«Solo falta una cosa».
Con cuidado, cogió la mano derecha de Edmond, ya fría, la acercó al móvil y colocó con suavidad el dedo índice sobre el sensor de huellas digitales del aparato.
El móvil se desbloqueó con un clic.
Rápidamente, Langdon abrió el menú de ajustes y deshabilitó la opción de protección mediante lectura de huella digital. «Ahora estará siempre desbloqueado». Luego se guardó el teléfono en un bolsillo de la chaqueta y volvió a cubrir el cadáver con la manta.
Mientras tanto, Ambra permanecía sola en el centro de la sala desierta con el móvil pegado a la oreja, haciendo ver que estaba absorta en su conversación para desviar la atención de Fonseca. A lo lejos habían comenzado a oírse sirenas.
«Dese prisa, profesor».
Un minuto antes, Langdon había decidido colaborar con Ambra después de que esta le revelara una reciente conversación que había mantenido con Edmond Kirsch: dos noches atrás, en esa misma sala, ella y el futurólogo habían estado trabajando hasta tarde en los últimos detalles de la presentación. En un momento dado, él hizo una pausa para tomarse el tercer batido de espinacas de la noche. Ella se dio cuenta de lo agotado que se le veía.
—He de decir, Edmond, que no tengo muy claro que esta dieta vegana tuya esté funcionando. Tienes el rostro muy pálido y estás excesivamente delgado —dijo ella.
—¿Excesivamente delgado? —Se rio—. Mira quién habla.
—¡Yo no estoy demasiado delgada!
—Estás en el límite. —Él guiñó un ojo ante la expresión indignada de la mujer—. En cuanto a mi palidez, dame un respiro, mujer. Soy un friqui de la informática, me paso todo el día sentado ante el resplandor de una pantalla.
—Bueno, en un par de días te dirigirás a todo el mundo, y te iría bien tener algo más de color. Tal vez mañana podrías ir a dar un paseo o inventar una pantalla bronceadora.
—No es mala idea —reconoció él impresionado—. Deberías patentarla. —Y, tras soltar una carcajada, volvió a centrar la atención en el asunto que los ocupaba—: ¿Está claro el orden del programa del sábado noche?
Ambra bajó la mirada al guion que tenía en las manos y asintió.
—Doy la bienvenida a la gente en la antesala y luego hago pasar a todo el mundo a este auditorio para que vean el vídeo introductorio. Cuando este termine, tú aparecerás por arte de magia en un atril que estará situado ahí. —Señaló la parte delantera de la sala—. Y harás el anuncio.
—Perfecto —dijo él—. Solo un detalle más. —Sonrió—. Mi intervención desde el atril será más bien un interludio para dar la bienvenida en persona a mis invitados, dejar que todo el mundo estire un momento las piernas y prepararlos un poco más antes de dar comienzo a la segunda mitad de la velada: la presentación multimedia que explica mi descubrimiento.
—Entonces ¿el anuncio ya está grabado? ¿Como la introducción?
—Sí, terminé el vídeo hace unos días. La nuestra es una cultura visual, y las presentaciones multimedia siempre resultan más interesantes que un simple científico hablando desde el atril.
—Tú no eres lo que se dice «un simple científico» —apuntó Ambra—, pero estoy de acuerdo. Me muero de ganas de verla.
Ella sabía que, por razones de seguridad, la presentación de Edmond estaba alojada en sus propios servidores privados. Todo se retransmitiría en directo a través del sistema de proyección del museo desde una localización remota.
—Cuando estemos listos para la segunda mitad, ¿quién activará la presentación, tú o yo? —preguntó Ambra.
—Lo haré yo con esto —dijo él, mostrándole el teléfono móvil extragrande con la funda turquesa de motivos gaudinianos—. Todo forma parte del show. Muy sencillo, me conectaré a mi servidor remoto mediante una señal encriptada.
Edmond presionó unos pocos botones y el móvil emitió un pitido y se conectó al servidor. Acto seguido, una voz computarizada dijo a través del altavoz del aparato:
—BUENAS NOCHES, EDMOND. POR FAVOR, INTRODUCE TU CONTRASEÑA.
El futurólogo sonrió.
—Y, entonces, ante la mirada de todo el mundo, teclearé la contraseña y mi descubrimiento será retransmitido al público del museo y, simultáneamente, a todo el mundo a través de internet.
—Espectacular —dijo Ambra impresionada—. A no ser, claro está, que te olvides de la contraseña.
—Sin duda, eso sería muy embarazoso.
—Espero que la tengas escrita —dijo ella en tono burlón.
—¡Me ofendes! —exclamó él con una sonrisa—. Los científicos informáticos jamás guardamos las contraseñas por escrito. Pero no hay nada que temer. La mía solo tiene cuarenta y siete letras. Estoy seguro de que no me olvidaré de ella.
Ella abrió los ojos como platos.
—¡¿Cuarenta y siete?! Pero ¡si yo ni siquiera recuerdo el PIN de cuatro dígitos de mi tarjeta de seguridad del museo! ¿Cómo vas a recordar cuarenta y siete caracteres aleatorios?
Él se rio ante la inquietud de la mujer.
—No tengo que hacerlo. No son aleatorios. —Y, bajando el tono de voz, añadió—: La contraseña es mi verso favorito.
Ambra se mostró confusa.
—¿La contraseña es un verso?
—¿Por qué no? Mi verso favorito tiene exactamente cuarenta y siete letras.
—Bueno, no parece algo muy seguro.
—¿No? ¿Crees que puedes adivinar cuál es mi verso favorito?
—Ni siquiera sabía que te gustaba la poesía.
—Ahí lo tienes. E incluso si alguien averiguara que la contraseña es un verso y, luego, el verso exacto entre millones de posibilidades, todavía tendría que saber el largo número de teléfono que uso para conectar con mi servidor seguro.
—¿El número de teléfono al que acabas de acceder mediante una de las teclas de marcación rápida de tu móvil?
—Sí, un móvil protegido mediante un sensor de huellas digitales y que nunca abandona el bolsillo del pecho de mi cazadora.
Ambra se rindió alzando los brazos y sonriendo divertida.
—De acuerdo, tú mandas —dijo ella—. Por cierto, ¿quién es tu poeta favorito?
—Buen intento —reconoció él, diciéndole que no con un dedo—. Tendrás que esperar al sábado. El verso que he elegido es perfecto. —Sonrió—. Trata sobre el futuro, es una profecía, y me alegra decir que ya está haciéndose realidad.
Los pensamientos de Ambra regresaron al presente. Se volvió hacia el cadáver de Edmond y sintió una oleada de pánico al no ver a Langdon a su lado.
«¡¿Dónde se ha metido?!».
Justo en ese momento, la mujer advirtió asimismo que el segundo agente de la Guardia Real, Díaz, volvía a entrar en la cúpula a través de la rasgadura de la pared de tela y que, tras examinar el auditorio, comenzaba a caminar hacia ella.
«¡No va a permitir que me vaya!».
De repente, Langdon apareció al lado de la mujer y, colocándole una mano en la zona baja de la espalda, comenzó a llevarla a paso rápido hacia el extremo de la cúpula en el que se encontraba el pasadizo por el que había entrado todo el mundo.
—¡Señorita Vidal! —exclamó Díaz—. ¡¿Adónde van?!
—¡Ahora volvemos! —exclamó a su vez el profesor, empujando con más fuerza a la mujer a través de la sala desierta en dirección a la parte trasera y el túnel de salida.
—¡Señor Langdon! —Ahora era el agente Fonseca quien lo llamaba—. ¡Tienen prohibido salir de esta sala!
Ambra notó que Langdon aumentaba la presión en la espalda.
—Winston —susurró él dirigiéndose a sus auriculares—. ¡Ahora!
Acto seguido, la cúpula se quedó completamente a oscuras.