Origen

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Capítulo 28

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Iluminando el camino con las linternas de sus teléfonos móviles, el agente Fonseca y su compañero, Díaz, cruzaron a toda velocidad la cúpula a oscuras y se adentraron en el túnel por el que Langdon y Ambra acababan de desaparecer.

En mitad del mismo, Fonseca encontró el móvil de la mujer tirado en el suelo enmoquetado. Eso lo dejó atónito.

«¿Ambra se ha deshecho de su teléfono móvil?».

Con su permiso, la Guardia Real usaba una aplicación para saber en todo momento dónde se encontraba. Solo podía haber una explicación para que lo hubiera tirado: que quisiera escapar de su protección.

Esa idea puso muy nervioso a Fonseca, aunque no tanto como la perspectiva de tener que informar a su jefe de la desaparición de la futura reina consorte de España. El comandante de la Guardia Real era obsesivo e implacable en lo que respectaba a la protección de los intereses del príncipe. Y esa noche le había dado a Fonseca una directriz muy clara: «Mantener en todo momento a Ambra Vidal a salvo y alejada de problemas».

«¡No puedo mantenerla a salvo si no sé dónde está!».

Los dos agentes recorrieron el túnel a la carrera y llegaron a la antesala, donde ahora parecía estar teniendo lugar una convención de fantasmas: en ella había una multitud de personas en shock con los rostros iluminados por el resplandor de sus teléfonos móviles. Todos estaban comunicándole al mundo exterior lo que acababan de presenciar.

—¡Enciendan las luces! —exclamaban algunos.

De repente, el móvil del agente sonó.

—Agente Fonseca, lo llamamos del Departamento de Seguridad del museo —dijo una joven—. Sabemos que se han quedado sin luz. Parece que se trata de un fallo informático. En breve restableceremos la electricidad.

—¿Las cámaras de seguridad internas siguen en funcionamiento? —preguntó Fonseca, a sabiendas de que contaban con infrarrojos.

—Sí, sí, están en marcha.

Fonseca examinó la sala a oscuras.

—Ambra Vidal acaba de entrar en la antesala que hay junto al auditorio en el que tenía lugar la presentación. ¿Puede ver hacia dónde ha ido?

—Un momento, por favor.

Fonseca esperó. El corazón le latía de frustración. Acababa de recibir la noticia de que Uber tenía dificultades para localizar el coche en el que había huido el tirador.

«¿Puede ir mal alguna cosa más esta noche?».

Era la primera vez que se encargaba de la seguridad de Ambra Vidal. Como agente sénior, normalmente le asignaban solo la del príncipe Julián, pero esa mañana su jefe lo había llevado a un lado y le había dicho:

—Esta noche, la señorita Vidal celebrará un evento en contra de los deseos del príncipe. Usted la acompañará y se asegurará de que esté a salvo.

Fonseca nunca habría podido imaginar que dicho evento consistiría en un demoledor ataque a la religión rematado con un asesinato público. Todavía estaba intentando digerir la airada negativa de la mujer a contestar la llamada de don Julián.

Le parecía inconcebible y, sin embargo, el extraño comportamiento de Ambra no había hecho sino ir a más. Todo indicaba que estaba intentando deshacerse de sus guardaespaldas para poder huir con el profesor estadounidense.

«Como el príncipe Julián se entere de esto…».

—¿Agente Fonseca? —dijo de repente la voz de la guardia de seguridad por el móvil—. La señorita Vidal y un acompañante acaban de salir de la antesala y, tras recorrer una pasarela, han entrado en la sala donde se expone las Celdas, de Louise Bourgeois. Al salir de la antesala giren a la derecha y luego entren en la segunda sala a la derecha.

—¡Gracias! ¡Sigan vigilando sus movimientos!

Fonseca y Díaz salieron de la antesala y, desde lo alto de la pasarela, vieron las hordas de invitados que cruzaban el vestíbulo a toda velocidad en dirección a la salida.

Tal y como les había indicado la guardia de seguridad, en el acceso a la segunda sala a la derecha había un letrero en el que podía leerse: ESTRUCTURAS DE LA EXISTENCIA: LAS CELDAS.

La sala era enorme y albergaba una colección de extrañas jaulas en cuyo interior había distintos objetos y unas esculturas blancas amorfas.

—¡Señorita Vidal! —exclamó Fonseca—. ¡Señor Langdon!

Al no recibir respuesta alguna, los agentes se adentraron en ella.

Justo en ese momento, sin embargo, Langdon y Ambra estaban trepando con cuidado por el laberinto de andamios que había fuera del auditorio abovedado, en dirección al letrero de SALIDA tenuemente iluminado que había al fondo de la sala.

Gracias al plan que Langdon y Winston habían urdido a toda prisa, el profesor y la mujer habían engañado a los agentes.

En cuanto había recibido el aviso de Langdon, Winston había apagado las luces para sumergir la cúpula en la oscuridad. Previamente, el profesor había tomado nota mental de la distancia que había entre la posición en la que se encontraban y el túnel de salida. Había hecho un cálculo casi exacto. Al llegar a la entrada del túnel, Ambra había tirado su teléfono móvil al interior del oscuro pasadizo. Luego, en vez de entrar en él, habían dado media vuelta y se habían quedado dentro del auditorio abovedado. Con las manos pegadas a la tela, habían seguido entonces la pared interior hasta llegar a la rasgadura por la que el agente de la Guardia Real había salido para perseguir al asesino de Edmond. Tras escapar por el agujero de la cúpula, el profesor y la mujer se habían dirigido hacia el letrero iluminado que había en la pared del fondo de la sala y que señalizaba la salida a la escalera de emergencia.

A Langdon todavía le sorprendía la rapidez con la que Winston había decidido ayudarlos.

—Si la presentación de Edmond se puede reproducir mediante una contraseña —había dicho—, debemos encontrarla y usarla de inmediato. Mi directiva original era ayudar a Edmond en todo lo posible para que el anuncio de esta noche fuera un éxito. Obviamente, le he fallado y haré lo que haga falta para corregir ese fracaso.

»Si yo pudiera acceder directamente a su presentación lo haría de inmediato —había añadido Winston—. Sin embargo, tal y como ha dicho la señorita Vidal, está guardada en un servidor seguro que se encuentra fuera del museo. Parece que lo único que necesitamos para reproducirla es el móvil de Edmond y la contraseña. Ya he analizado todos los textos publicados en busca de un verso de cuarenta y siete letras y, lamentablemente, las posibilidades son cientos de miles, si no más, dependiendo de cómo divida uno las estrofas. Encima, como las interfaces de Edmond suelen bloquear al usuario después de varios intentos fallidos, es imposible realizar un ataque de fuerza bruta. Esto nos deja una única opción: debemos encontrar la contraseña de algún otro modo. Estoy de acuerdo con la señorita Vidal en que lo mejor es ir cuanto antes al piso de Edmond en Barcelona. Parece lógico que, si este tenía un verso favorito, tuviera también el libro en el que se recoge ese poema. Es posible incluso que señalara el verso de algún modo. Por consiguiente, calculo que hay una probabilidad muy alta de que Edmond hubiera querido que fuera usted a Barcelona, encontrara la contraseña y la usara para hacer público su descubrimiento. Además, acabo de confirmar que, tal y como ha dicho la señorita Vidal, la llamada de última hora solicitando que el almirante Ávila fuera incluido en la lista de invitados se ha hecho desde el Palacio Real de Madrid. Así pues, creo que no debemos confiar en los agentes de la Guardia Real. Buscaré un modo de distraerlos para facilitarles la huida.

Y, por increíble que pudiera parecer, Winston había encontrado una forma de conseguir exactamente eso.

Langdon y Ambra llegaron a la salida de emergencia. Procurando hacer el menor ruido posible, él abrió la puerta, la hizo pasar y, en cuanto ambos hubieron salido, cerró la puerta tras de sí.

—Perfecto. Han llegado a la escalera de emergencia —dijo Winston.

—¿Y los agentes de la Guardia Real? —preguntó Langdon.

—Muy lejos —contestó el guía informático—. Ahora mismo estoy al teléfono con ellos. Me he hecho pasar por una guardia de seguridad del museo y los he engañado para que se dirijan a una sala que se encuentra al otro lado del edificio.

«Increíble», pensó Langdon al tiempo que hacía a Ambra una señal con la cabeza para indicarle que el camino estaba despejado.

—Sigamos adelante —propuso Langdon.

—Bajen por la escalera hasta la planta baja y salgan del museo —siguió indicándole Winston al profesor—. Tengan presente que, en cuanto abandonen las instalaciones, los auriculares dejarán de estar conectados a mí.

«Maldita sea». Eso no se le había ocurrido a Langdon.

—Winston —dijo, mientras él y Ambra bajaban por la escalera—. ¿Sabías que la semana pasada Edmond compartió su descubrimiento con una serie de líderes religiosos?

—Sí, lo ha comentado en la introducción de esta noche —respondió Winston—. Teniendo en cuenta que, al parecer, su hallazgo tiene profundas implicaciones religiosas, imagino que quería conocer la opinión de distintos líderes clericales.

—Así es. Uno de esos religiosos, sin embargo, fue el obispo Valdespino de Madrid.

—Interesante. Veo en la red que se trata de un importante consejero del rey.

—Efectivamente —dijo Langdon—. ¿Y sabías que, después de ese encuentro, Valdespino le dejó a Edmond un mensaje de voz amenazador?

—No tenía ni idea. Debió de recibirlo en su línea privada.

—Yo he podido oírlo y, en él, Valdespino instaba a Edmond a cancelar la presentación y también le advertía de que los clérigos con los que se había reunido estaban considerando llevar a cabo un anuncio preventivo para intentar desacreditarlo de algún modo antes de que llegara a hacer público su hallazgo. —Todavía en la escalera, Langdon dejó que Ambra se adelantase y, bajando el tono de voz, preguntó—: ¿Puedes mirar si hay alguna conexión entre Valdespino y el almirante Ávila?

Winston se quedó callado unos segundos.

—No encuentro ningún vínculo directo, pero eso no significa que no exista, solo que no está documentado.

El profesor y la mujer llegaron por fin a la planta baja.

—Si me permite el comentario, profesor… —prosiguió Winston—, diría que, a juzgar por los acontecimientos de esta noche, la lógica sugiere que gente muy poderosa está intentando enterrar el descubrimiento de Edmond. Teniendo en cuenta que en su presentación señalaba que usted había sido la persona que lo había inspirado a realizarlo, es posible que ahora los enemigos de Edmond lo consideren un cabo suelto.

Langdon no había contemplado esa posibilidad y no pudo evitar sentir una repentina punzada de miedo. Para entonces, Ambra ya estaba abriendo la puerta metálica de la salida de emergencia.

—Cuando salgan del museo se encontrarán en un callejón —le dijo Winston—. Giren a la izquierda y rodeen el edificio en dirección al río. Allí les facilitaré un transporte para que los lleve al lugar que me ha pedido.

«BIO-EC346 —recordó Langdon—. El lugar en el que Edmond y yo debíamos encontrarnos después del evento».

Unos minutos antes, el profesor había descifrado finalmente el código: BIO-EC346 no era el nombre de ningún club científico secreto ni nada de eso, sino algo mucho más mundano. Y el profesor esperaba que fuera la clave de su huida de Bilbao.

«Siempre y cuando podamos llegar sin que nos descubran, claro está… —pensó, a sabiendas de que pronto habría controles de carretera por todas partes—. Tenemos que movernos con rapidez».

En cuanto salieron al callejón oscuro, a Langdon le sorprendió ver lo que parecían las cuentas de un rosario desperdigadas por el suelo. No tuvo tiempo de preguntarse qué hacían allí. Winston seguía hablando.

—Cuando lleguen a la ribera del río —estaba indicándole al profesor—, esperen debajo del puente de la Salve hasta que…

Unas ensordecedoras interferencias ahogaron de repente la voz del guía.

—¡¿Winston?! —exclamó Langdon—. ¡¿A qué debemos esperar?!

Pero la puerta metálica acababa de cerrarse a su espalda interrumpiendo la comunicación.

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