Origen
Capítulo 29
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Unos kilómetros más al sur, en las afueras de Bilbao, un coche afiliado a la compañía Uber iba por la autopista AP-68 en dirección a Madrid. En el asiento trasero, el almirante Ávila se había quitado la guerrera blanca y la gorra y se relajaba al fin rememorando su impecable huida.
«Ha salido todo tal y como el Regente me había prometido».
Nada más subir al vehículo, el almirante había desenfundado la pistola y, tras colocar la punta del cañón en la cabeza del trémulo conductor, le había ordenado que tirara su teléfono móvil por la ventanilla para interrumpir así la única conexión establecida entre el vehículo y las oficinas centrales de Uber.
Luego había registrado la cartera del tipo y había memorizado su dirección y los nombres de su esposa y sus dos hijos. «Haz lo que digo o tu familia morirá», le había ordenado. Los nudillos del hombre se volvieron blancos a causa de la fuerza con que agarraba el volante, y Ávila no tuvo ninguna duda de que contaría con un devoto conductor para lo que quedaba de noche.
«Ahora soy invisible», pensó, mientras veía los coches de policía que iban en dirección contraria, a toda velocidad y con las sirenas en marcha.
Ávila se recostó en el asiento y se dispuso a disfrutar de la sensación de bienestar provocada por la oleada de adrenalina que se extendía por su cuerpo. «He servido bien a la causa —pensó y, bajando la mirada al tatuaje que tenía en la palma de la mano, decidió que la protección que proporcionaba había sido una precaución innecesaria—. Al menos de momento».
Con la seguridad de que el aterrorizado conductor obedecería sus órdenes, Ávila dejó de apuntarlo con la pistola. Poco después, reparó en las dos pegatinas que había en el parabrisas del coche.
«¿Qué probabilidades había?», pensó.
La primera pegatina cabía esperarla: el logotipo de Uber. La segunda, sin embargo, solo podía ser una señal divina.
«La cruz papal». Últimamente, ese símbolo estaba por todas partes. Con él, católicos de todo el mundo mostraban su solidaridad con el nuevo papa, elogiando su progresismo arrollador y apoyando la modernización de la Iglesia que había emprendido.
Resultaba irónico, pero descubrir que el conductor era un devoto de ese papa tan progresista había convertido el hecho de apuntarlo con una pistola en una experiencia casi placentera para Ávila. Al almirante lo horrorizaba que las masas displicentes adoraran a un pontífice que, como si de un bufet libre se tratara, permitía que los seguidores de Cristo decidieran qué leyes de Dios les resultaban atractivas. Casi de un día para otro, cuestiones como el control de natalidad, el matrimonio homosexual, el sacerdocio femenino y otras causas progresistas estaban abiertas a discusión. Dos mil años de tradición parecían estar evaporándose en un abrir y cerrar de ojos.
«Por suerte, todavía hay gente que está dispuesta a luchar por la tradición».
En ese momento, Ávila comenzó a oír en su cabeza las primeras notas del himno de Oriamendi.
«Y yo me siento honrado de servir en sus filas».