Origen
Capítulo 30
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El cuerpo de seguridad más antiguo y prestigioso de España, la Guardia Real, cuenta con una firme tradición que se remonta a la época medieval. Los agentes de dicho cuerpo consideran un deber para con Dios garantizar la seguridad de la familia real, así como proteger sus propiedades y defender su honor.
El comandante Diego Garza, supervisor de los prácticamente dos mil agentes del cuerpo, era un hombre bajo y enclenque de sesenta años, tez morena, ojos diminutos y pelo negro ralo que llevaba peinado hacia atrás con gomina y a través del cual podía distinguirse su cuero cabelludo. Sus rasgos de roedor y su pequeña estatura lo hacían casi invisible en medio del gentío, lo cual lo ayudaba a camuflar la enorme influencia que tenía dentro de los muros del palacio.
Garza había aprendido tiempo atrás que el verdadero poder no emanaba de la fuerza física, sino de la influencia política que poseyera uno. Ciertamente, el mando de la Guardia Real le confería autoridad, pero era su presciente sagacidad política lo que lo había convertido en la persona a quien acudir ante una amplia variedad de asuntos tanto personales como profesionales.
Como todo buen confidente, Garza nunca había traicionado la confianza que depositaban en él. La reputación de su discreción inalterable, junto con su extraordinaria capacidad para resolver los problemas más delicados, lo habían convertido en alguien indispensable para el rey. Ahora, sin embargo, el enfermo monarca vivía sus últimos días en el Palacio de la Zarzuela, y Garza y otros miembros de su entorno se encontraban ante un futuro incierto.
Bajo su reinado, se había establecido en el turbulento país una monarquía parlamentaria tras los treinta y seis años que había durado la sangrienta dictadura del general ultraconservador Francisco Franco. Desde la muerte de este en 1975, el rey había procurado trabajar mano a mano con el gobierno para cimentar el proceso democrático de España y llevar muy lentamente al país de vuelta a la izquierda.
Para los jóvenes, los cambios eran demasiado lentos.
Para los tradicionalistas, sin embargo, suponían una blasfemia.
Muchos miembros de la clase dirigente seguían defendiendo la doctrina conservadora de Franco, sobre todo en lo que respectaba a su consideración del catolicismo como «religión de Estado» y columna moral de la nación. No obstante, cada vez eran más los jóvenes españoles que se oponían a esa forma de pensar denunciando con ímpetu la hipocresía de la religión organizada y abogando por una mayor separación entre Iglesia y Estado.
Nadie estaba seguro de la dirección que tomaría el príncipe Julián cuando ascendiera al trono. Durante décadas, este había cumplido a la perfección con sus deberes ceremoniales, dejando a su padre las cuestiones políticas y sin revelar en ninguna ocasión sus opiniones personales. Y si bien muchas autoridades en la materia sospechaban que era mucho más progresista que su progenitor, en realidad nadie estaba del todo seguro.
Esa noche, sin embargo, el velo sería retirado.
A la luz de los acontecimientos de Bilbao, y teniendo en cuenta la incapacidad del rey para hablar en público a causa de su enfermedad, el príncipe no tendría otra opción salvo pronunciarse respecto a la preocupante situación.
Varios cargos de importancia del gobierno, entre los cuales se encontraba el mismo presidente del país, ya habían condenado el asesinato, pero habían declinado realizar más comentarios hasta que el Palacio Real se pronunciara, dejando enteramente el espinoso asunto en manos del príncipe Julián. A Garza no le sorprendía; la implicación de la futura reina en el evento lo convertía en una granada política que nadie quería tener cerca.
«Esta noche el príncipe será puesto a prueba —pensó Garza, mientras subía a toda velocidad la majestuosa escalera del palacio en dirección a los aposentos reales—. Necesitará consejo y, con su padre incapacitado, tendré que ser yo quien se lo ofrezca».
El comandante recorrió aprisa el pasillo de la residencia y cuando llegó finalmente a la puerta del príncipe Julián, respiró hondo y llamó con los nudillos.
«Qué extraño —pensó al no recibir respuesta—. Sé que está aquí dentro». El agente Fonseca le había dicho que el príncipe acababa de llamarlo a Bilbao desde sus aposentos para asegurarse de que Ambra se encontraba bien, cosa que, gracias a Dios, era así.
El comandante volvió a llamar. De nuevo, no obtuvo respuesta y su preocupación fue en aumento.
Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta y entró.
—¡¿Don Julián?! —exclamó.
La residencia estaba a oscuras salvo por la parpadeante luz del televisor en el salón.
—¿Hola?
Garza se adentró en la estancia y vio al príncipe Julián de pie en la oscuridad y mirando por la ventana: una silueta inmóvil todavía vestida de forma impecable con el traje hecho a medida que había llevado esa mañana a sus reuniones. Ni siquiera se había aflojado la corbata.
Observándolo en silencio, el comandante de la Guardia Real no pudo evitar sentir una creciente inquietud ante el ensimismamiento del príncipe. «Esta crisis parece haberlo dejado aturdido».
Finalmente, se aclaró la garganta para hacer notar su presencia.
Cuando Su Alteza habló, lo hizo sin apartar la mirada de la ventana.
—Antes he llamado a Ambra, pero se ha negado a hablar conmigo —dijo en un tono que dejaba entrever más perplejidad que dolor.
Garza no tuvo claro qué contestar. Teniendo en cuenta los acontecimientos de esa noche, parecía incomprensible que el príncipe Julián estuviera pensando en su relación con aquella mujer. Ese compromiso matrimonial había sido problemático desde su precipitado principio.
—Supongo que todavía estará en shock —respondió al fin el comandante—. El agente Fonseca la traerá de vuelta dentro de poco. Cuando esté aquí podrán hablar con calma. Y permítame que le diga lo aliviado que me siento de que se encuentre a salvo.
El príncipe Julián asintió con aire ausente.
—En estos momentos están persiguiendo al tirador —dijo Garza para cambiar de tema—. Fonseca me ha asegurado que en breve detendrán a ese terrorista. —Usó la palabra «terrorista» adrede para sacar al príncipe de su ensimismamiento.
Este, sin embargo, volvió a asentir, distraído.
—El presidente ha condenado el asesinato —continuó Garza—, pero el gobierno espera que usted haga también alguna declaración… a causa de la implicación de Ambra en el evento de esta noche. —Hizo una pausa—. Soy consciente de que, teniendo en cuenta su compromiso matrimonial, la situación es delicada, pero le sugeriría que simplemente dijera que una de las cosas que más admira de su prometida es su independencia y que, si bien usted sabe que ella no comparte las opiniones políticas de Edmond Kirsch, aplaude su decisión de cumplir con sus compromisos como directora del museo. Si quiere, puedo escribirle algo. Deberíamos realizar una declaración a tiempo para la primera edición de las noticias.
Julián seguía sin apartar la mirada de la ventana.
—Antes de dirigirme a los medios me gustaría conocer la opinión del obispo Valdespino.
Garza apretó los puños y procuró disimular su desaprobación. La España posterior a Franco era un Estado aconfesional, lo cual significaba que ya no había una religión de Estado y que la Iglesia no tenía voz ni voto en cuestiones políticas. La amistad íntima de Valdespino con el rey, sin embargo, siempre había proporcionado al obispo una influencia inusual en los asuntos cotidianos de Palacio. Lamentablemente, su conservadurismo político y su celo religioso dejaban escaso margen para la diplomacia y el tacto que requería una crisis como la de esa noche.
«¡Esta situación precisa de tacto y sutileza, no de dogmatismo y fuegos artificiales!».
El comandante había descubierto hacía mucho que el piadoso exterior del obispo ocultaba una verdad muy simple: siempre anteponía sus necesidades a las de Dios. Hasta hacía poco, era algo que había podido ignorar, pero ahora que el equilibrio del poder estaba cambiando, la idea de que Valdespino revoloteara alrededor del príncipe era motivo de gran preocupación.
«A mi parecer, la relación del obispo con el príncipe ya es demasiado estrecha».
Garza sabía que don Julián siempre había considerado a Valdespino un miembro de su «familia»; más un tío de confianza que una autoridad religiosa. En tanto que confidente principal del rey, al obispo se le había encomendado la tarea de supervisar su desarrollo moral, y lo había hecho con dedicación y fervor, vetando a todos sus tutores e introduciéndolo en las doctrinas de la fe (o, incluso, aconsejándolo en cuestiones del corazón). Ahora, años después, a pesar de que no compartían los mismos puntos de vista, su vínculo seguía siendo fuerte.
—Don Julián —dijo Garza en un sereno tono de voz—. Estoy firmemente convencido de que la situación de esta noche es algo de lo que deberíamos ocuparnos usted y yo a solas.
—¿Ah, sí? —dijo la voz de un hombre a su espalda.
Garza se dio la vuelta y se sobresaltó al ver a un fantasma ataviado con sotana y sentado en las sombras.
«¡Valdespino!».
—Debo decir, comandante, que yo estaba convencido de que especialmente usted se daría cuenta de lo necesario que soy esta noche —dijo Valdespino en un susurro.
—Estamos ante una situación política, no religiosa —contestó con firmeza Garza.
Valdespino respondió en un tono de mofa:
—El hecho de que afirme algo así me indica hasta qué punto he sobrestimado su perspicacia en cuestiones políticas. En mi opinión, solo hay una respuesta adecuada a esta crisis. Debemos asegurar de inmediato a la nación que el futuro rey de España es un hombre profundamente religioso y un devoto católico.
—Estoy de acuerdo… e incluiremos una mención a la fe del príncipe don Julián en todas las declaraciones que haga.
—Y cuando el príncipe aparezca ante la prensa, yo estaré a su lado con una mano sobre su hombro, para simbolizar lo fuerte que es su vínculo con la Iglesia. Esa imagen reconfortará más a la nación que cualquier palabra que pueda escribir usted.
Garza echaba humo.
—El mundo acaba de ser testigo de un brutal asesinato en directo acaecido en suelo español —anunció Valdespino—. En tiempos de violencia, nada consuela más que la mano de Dios.