Origen
Capítulo 32
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El puente de la Salve de Bilbao cruza la ría del Nervión a tan escasa distancia del museo Guggenheim que, con frecuencia, ambas estructuras parecen fusionarse en una. Este puente, reconocible al instante por su único soporte —un alto pilón de color rojo brillante y con forma de «H» gigante— toma su nombre de los folclóricos relatos de los pescadores que volvían del mar por este río entonando oraciones de gratitud por haber regresado a salvo a casa.
Tras salir por la parte trasera del edificio, Langdon y Ambra habían recorrido rápidamente la pequeña distancia que había entre el museo y la ribera del río y, en esos momentos, estaban esperando debajo del puente tal y como les había indicado Winston.
«¿Esperando a qué?», se preguntó Langdon con inquietud.
Mientras permanecían ocultos en las sombras, el profesor reparó en que el delgado cuerpo de la mujer temblaba de frío bajo su deslumbrante vestido de noche. Él se quitó entonces la chaqueta y, tras colocársela a ella sobre los hombros, le frotó ligeramente los brazos para ayudarla a entrar en calor.
Sin advertencia previa, ella se dio la vuelta y se lo quedó mirando a los ojos.
Por un instante, Langdon temió haberse extralimitado, pero la expresión de Ambra no era de disgusto, sino de gratitud.
—Gracias —susurró—. Gracias por ayudarme.
Sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, Ambra extendió los brazos y tomó las manos del profesor entre las suyas como si estuviera intentando absorber la calidez o el consuelo que pudieran ofrecerle.
Y luego, con la misma rapidez, volvió a soltárselas.
—Lo siento —susurró ella—. Conducta inapropiada, como solía decir mi madre.
Langdon la tranquilizó con una sonrisa.
—Circunstancias extenuantes, como decía la mía.
La mujer consiguió devolverle la sonrisa, pero esta duró poco.
—Me siento muy mal —dijo ella, apartando la mirada—. Lo que le ha pasado a Edmond…
—Es terrible… Verdaderamente espantoso —afirmó Langdon, consciente de que el shock todavía le impedía expresar de forma adecuada sus emociones.
Ambra clavó la mirada en el agua.
—Y pensar que mi prometido, don Julián, está implicado…
Langdon percibió, en el tono de voz de la mujer, que se sentía traicionada y no supo bien cómo responder.
—Sé lo que parece —señaló, procurando abordar con tiento ese delicado asunto—, pero no podemos estar seguros de eso. Es posible que el príncipe Julián no tuviera conocimiento previo del asesinato que iba a tener lugar esta noche. El asesino podría haber actuado solo, o bajo las órdenes de alguien que no es el príncipe. No tiene mucho sentido que el futuro rey de España orqueste el asesinato público de un civil, y menos todavía si el rastro del crimen conduce directamente a él.
—Conduce a él solo porque Winston ha descubierto que Ávila ha sido añadido en el último momento a la lista de invitados. Puede que Julián contara con que nadie llegara a descubrir quién había apretado el gatillo.
Langdon debía admitir que su argumento tenía lógica.
—Nunca debería haber hablado de la presentación de Edmond con Julián —dijo Ambra, volviéndose hacia el profesor—. Él me insistió en que no participara, así que lo tranquilicé diciéndole que mi implicación sería mínima y que la presentación no consistiría nada más que en la proyección de un vídeo. Creo que incluso le expliqué que Edmond activaría la proyección desde un teléfono móvil. —La mujer hizo una pausa y luego continuó—: Eso significa que, si descubren que nos hemos llevado el móvil, se darán cuenta de que el hallazgo todavía puede hacerse público. Y no sé hasta dónde será capaz de llegar Julián para impedirlo.
Langdon se quedó estudiando un largo rato a la hermosa mujer.
—No confía para nada en su prometido, ¿verdad?
Ambra respiró hondo.
—Lo cierto es que no lo conozco tan bien como podría usted suponer.
—Entonces ¿por qué aceptó casarse con él?
—Básicamente, Julián me puso en una situación en la que no tuve elección.
Antes de que Langdon pudiera responder, un rumor que reverberaba en el espacio cavernoso de debajo del puente hizo temblar el cemento bajo sus pies. El ruido fue sonando cada vez más cerca. Parecía provenir del río.
Langdon se volvió a la derecha y vio una oscura forma que iba hacia ellos: era una embarcación de motor que llevaba las luces apagadas. Al acercarse a la plataforma de cemento, el pequeño barco aminoró la marcha y se deslizó más lentamente hasta llegar a su lado.
El profesor se quedó mirando la embarcación y negó con la cabeza. Hasta ese momento, no había estado seguro de hasta qué punto debían tener fe en el guía informático de Edmond, pero ahora, al ver el taxi acuático de color amarillo acercándose a la ribera, se dio cuenta de que Winston era el mejor aliado con el que podían contar.
El desaliñado capitán de la embarcación les indicó con la mano que subieran a bordo.
—Su amigo inglés llamar —se expresó el hombre con torpeza—. Él decir que clientes vip pagar triple por… ¿cómo decir? ¿Velocidad y discreción? ¡Yo hacer eso! ¿Ustedes ver? ¡No luces!
—Sí, gracias —respondió Langdon.
«Bien pensado, Winston. Velocidad y discreción».
El capitán extendió el brazo para ayudar a Ambra a subir a bordo y, mientras esta desaparecía en el interior de la pequeña cabina cubierta, sonrió a Langdon con los ojos abiertos como platos.
—¿Esta ser la vip? ¿Señorita Ambra Vidal?
—Velocidad y discreción —le recordó Langdon.
—¡Sí, sí!
El hombre se colocó detrás del timón y puso el motor en marcha. Al poco, la embarcación ya estaba deslizándose por la superficie del Nervión hacia el oeste.
A babor, Langdon pudo ver la gigantesca viuda negra de la explanada del Guggenheim siniestramente iluminada por las luces giratorias de los coches de policía. Sobre sus cabezas, el helicóptero de un medio de comunicación cruzaba el cielo en dirección al museo.
«El primero de muchos», sospechó Langdon.
El profesor sacó la críptica nota de Edmond del bolsillo de sus pantalones. «BIO-EC346». Este le había dicho que se la diera al conductor del taxi, aunque seguramente el profesor no imaginaba que el vehículo en cuestión sería acuático.
—¡Supongo que nuestro amigo inglés ya le ha dicho adónde vamos!… —exclamó el profesor por encima del estruendo de los motores.
—¡Sí, sí! Yo advierto a él que barco solo poder llegar cerca, pero él decir que no problema, ustedes caminar trescientos metros, ¿sí? —dijo, recurriendo al poco inglés que sabía.
—Perfecto. ¿A qué distancia se encuentra de aquí?
El hombre señaló la autopista que se extendía a lo largo de la ribera derecha del río.
—El letrero decir siete kilómetros, pero en barco un poco más.
Langdon echó un vistazo al letrero reflectante.
Aeropuerto de Bilbao (BIO)
El profesor sonrió con tristeza al recordar la voz de su amigo. «Es un código rematadamente simple», le había dicho, y tenía razón. Cuando por fin lo había descifrado, no había podido evitar avergonzarse por haber tardado tanto.
Efectivamente, «BIO» era un código, si bien no más difícil de descifrar que otros similares que había en todo el mundo: BOS, LAX, JFK…
«Se trata del código del aeropuerto local.
»EC346».
Langdon nunca había visto el avión privado de Edmond, pero sabía que tenía uno y no dudaba de que su matrícula comenzaría con la «E» de España.
«EC346 es un avión privado».
Estaba claro que si un taxi lo hubiera llevado al aeropuerto de Bilbao, le habría podido enseñar la tarjeta de Edmond a algún guardia de seguridad y este lo habría escoltado directamente hasta el avión.
«Espero que Winston se haya puesto en contacto con los pilotos para avisarlos de que estamos a punto de llegar», pensó el profesor, echando un vistazo por encima del hombro al museo. El edificio se veía cada vez más pequeño en la distancia.
Luego consideró la posibilidad de unirse a Ambra en la cabina, pero el aire fresco estaba sentándole bien y decidió dejarle a la mujer un par de minutos para que se recompusiera.
«A mí también me irá bien estar un momento a solas», pensó, y se dirigió a proa.
En la parte delantera de la embarcación el viento le agitaba el pelo con fuerza. Langdon se desató entonces la pajarita y se la guardó en el bolsillo. Luego se desabrochó el botón del cuello ópera de la camisa y respiró tan profundamente como pudo, dejando que el aire nocturno le llenara los pulmones.
«Edmond —pensó—, ¿qué has hecho?».