Origen
Capítulo 33
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El comandante Garza estaba hecho una furia y no dejaba de ir de un lado para otro del salón de la residencia del príncipe Julián mientras soportaba la santurrona perorata del obispo.
«¡Está metiéndose usted en un terreno que no le pertenece!», le habría gustado gritarle a Valdespino.
Una vez más, este se había inmiscuido en los asuntos políticos de Palacio. Había aparecido como un espectro en la oscuridad del aposento del príncipe Julián ataviado con la vestimenta litúrgica completa, y ahora estaba dándole un exaltado sermón al futuro rey sobre la importancia de las tradiciones de España, la devota religiosidad de los antiguos reyes y reinas del país, y la reconfortante influencia de la Iglesia en tiempos de crisis.
«Este no es el momento», pensó Garza enojado.
Esa noche, el príncipe debía desempeñar una delicada labor de relaciones públicas, y lo último que el comandante necesitaba era que los intentos de Valdespino de imponer su agenda religiosa lo distrajeran.
Convenientemente, el zumbido de su teléfono móvil interrumpió el monólogo del obispo.
—Sí, diga —contestó el comandante en voz alta, colocándose entre el obispo y el príncipe—. ¿Qué novedades hay?
—Señor, soy el agente Fonseca —dijo este apresuradamente—. Me temo que no hemos podido capturar al tirador. La empresa para la que trabaja el coche con el que ha huido ha perdido el contacto con él. El tirador parece haber anticipado nuestros actos.
Garza respiró hondo para disimular su ira y procuró que su tono de voz no desvelara su verdadero estado de ánimo.
—Comprendo —respondió con serenidad—. Ahora mismo, su preocupación principal es la seguridad de la señorita Vidal. El príncipe está esperándola en el palacio y le he asegurado que usted la traería en breve.
Se produjo un largo silencio en la línea. Demasiado largo.
—¿C-comandante? —dijo Fonseca, dudando—. Lo siento, señor, pero tengo malas noticias. La señorita Vidal y el profesor estadounidense se han marchado del edificio. —Hizo una pausa antes de proseguir—: Sin nosotros.
A Garza casi se le cae el teléfono al suelo.
—¿Perdón? ¿Podría… repetir eso?
—Sí, señor. La señorita Vidal y el profesor Robert Langdon han huido del edificio. Además, la señorita Vidal ha abandonado a propósito su teléfono móvil para que no pudiéramos localizarla. No tenemos ni idea de adónde han ido.
El comandante se dio cuenta de que se había quedado ligeramente boquiabierto y de que el príncipe estaba mirándolo con aparente preocupación. Arqueando las cejas con inconfundible interés, Valdespino también se había inclinado hacia adelante para intentar oír algo.
—¡Vaya! ¡Son unas noticias excelentes! —exclamó Garza de repente, asintiendo con convicción—. Buen trabajo. Los veremos en unas horas. Confirmemos antes los protocolos de transporte y seguridad. Un momento, por favor.
Garza tapó el auricular y sonrió al príncipe.
—Todo va bien. Paso un momento a otra habitación para concretar los detalles y darles a ustedes algo de privacidad.
El comandante no quería dejar a solas al príncipe con Valdespino, pero no podía contestar a Fonseca delante de ninguno de los dos, así que se dirigió a una de las habitaciones de invitados, entró y cerró la puerta tras de sí.
—¡¿Qué diablos ha pasado?! —dijo hecho una furia.
Fonseca le contó una historia que parecía completamente inventada.
—¿Dice que las luces se han apagado? —repitió Garza con incredulidad—. ¿Y que un ordenador se ha hecho pasar por guardia de seguridad del museo y los ha engañado? ¿Qué se supone que he de responder a eso?
—Entiendo que es difícil de concebir, señor, pero eso es justo lo que ha sucedido. Lo que no conseguimos comprender es por qué de repente el ordenador ha cambiado de parecer.
—¡¿Cambiado de parecer?! ¡Es un maldito ordenador!
—Lo que quiero decir es que al principio el ordenador colaboraba con nosotros. Ha identificado el nombre del tirador, ha intentado impedir el asesinato y ha descubierto que el coche con el que ha huido el asesino está afiliado a Uber. Luego, de repente, parece que ha comenzado a actuar en nuestra contra. Lo único que se nos ocurre es que Robert Langdon debe de haberle dicho algo, porque tras mantener una conversación con él todo ha cambiado.
«¿Ahora he de enfrentarme a un ordenador?». Garza decidió que estaba haciéndose demasiado viejo para este mundo moderno.
—Estoy seguro de que no hace falta que le explique, agente Fonseca, lo comprometedor que sería para el príncipe, tanto personal como políticamente, que llegara a saberse que su prometida ha huido con un estadounidense y que unos agentes de la Guardia Real han sido engañados por un ordenador.
—Somos perfectamente conscientes de eso.
—¿Tiene alguna idea de qué puede haber motivado su huida? Parece algo del todo injustificado y temerario.
—El profesor Langdon ha mostrado cierta resistencia cuando le he dicho que tendría que venir con nosotros a Madrid. Ha dejado claro que no quería hacerlo.
«¿Y por eso ha huido del escenario de un crimen?». Garza tenía la sensación de que algo más estaba pasando, pero no tenía claro de qué se trataba.
—Escúcheme con atención. Es absolutamente crucial que localice a Ambra Vidal y la traiga al palacio antes de que todo esto se filtre a los medios.
—Lo comprendo, señor, pero Díaz y yo somos los dos únicos agentes del cuerpo que hay en Bilbao. Es imposible que podamos cubrir toda la ciudad. Tenemos que alertar a las autoridades locales, disponer de acceso a las cámaras de tráfico, contar con soporte aéreo, cualquier posible…
—¡Ni hablar! —respondió el comandante—. No podemos permitirnos hacer el ridículo. Haga su trabajo. Tendrán que encontrarlos ustedes dos solos y traer a la señorita Vidal a Madrid lo antes posible.
—Sí, señor.
Garza colgó, todavía presa de la incredulidad.
Al salir de la habitación, vio a una pálida joven que corría por el pasillo en su dirección. Llevaba sus habituales gafas de culo de botella y unos pantalones de vestir de color beige. En una mano sostenía con fuerza una tableta.
«¡Oh, Dios mío! —pensó—. Ahora no».
Mónica Martín era la nueva «coordinadora de relaciones públicas», un puesto que comprendía las tareas de enlace con los medios, estratega de RR. PP. y directora de comunicaciones, y que la joven parecía desempeñar en constante estado de alerta máxima.
A sus veintiséis años de edad, tenía un grado en Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid y, tras realizar un curso de posgrado en una de las facultades de informática más importantes del mundo (la de la Universidad de Tsinghua, en Pekín), había conseguido un trabajo de relaciones públicas en el Grupo Planeta y luego había ocupado un importante cargo en Antena 3.
El año anterior, en un desesperado intento por conectar digitalmente con los jóvenes del país y seguir el ritmo del vertiginoso crecimiento en cuanto a influencia de Twitter, Facebook, los blogs y demás medios digitales, el Palacio había despedido a un profesional de las relaciones públicas que tenía décadas de experiencia con los medios de comunicación tradicionales y lo había reemplazado por esa millennial experta en tecnología.
«Martín se lo debe todo al príncipe Julián», se dijo Garza.
El nombramiento de la joven había sido una de las pocas contribuciones de Julián a las operaciones diarias de la Casa Real. Una de las pocas ocasiones en que había hecho valer su postura frente a la de su padre. Martín estaba considerada una de las mejores en su ramo, pero al comandante, su constante paranoia y su energía nerviosa le resultaban agotadoras.
—Teorías conspirativas —anunció Martín al llegar a su lado, sin dejar de agitar la tableta en el aire—. Están extendiéndose por toda la red.
Garza se quedó mirando a su coordinadora de relaciones públicas con incredulidad. «¿Acaso parece que me preocupe eso?». Tenía cosas más importantes de las que preocuparse que la rumorología conspirativa.
—¿Podría decirme qué está haciendo en la residencia real?
—He consultado la localización de su dispositivo GPS en la sala de control. —La joven señaló el móvil que el comandante llevaba en el cinturón.
Garza cerró los ojos y respiró hondo para reprimir la irritación que sentía. Además de una nueva coordinadora de relaciones públicas, el Palacio había implementado un nuevo Departamento de Seguridad Electrónica que ofrecía al equipo de Garza servicios GPS, vigilancia digital, evaluación de perfiles y minería de datos preventiva. Cada día, el personal del comandante era más variado y joven.
«Nuestra sala de control parece la clase de informática de un campus universitario».
Al parecer, la nueva tecnología implementada para conocer la localización de los agentes de la Guardia Real también revelaba la del mismo Garza. A este lo ponía nervioso pensar que un puñado de muchachos en un sótano pudiera conocer su ubicación a cada instante.
—He acudido a usted personalmente porque sabía que querría ver esto —dijo Martín, sosteniendo su tableta en alto.
El comandante cogió el artilugio y echó un vistazo a la pantalla. En ella podía verse una fotografía de archivo y la biografía de un español de barba canosa que había sido identificado como el tirador de Bilbao: el almirante de la Armada Luis Ávila.
—Hay muchos comentarios negativos —continuó Martín—, y la mayoría están relacionados con el hecho de que Ávila hubiera trabajado para la familia real.
—¡Ávila era miembro de la Armada! —farfulló Garza.
—Sí, pero, técnicamente, el rey es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, de modo que…
—¡No diga nada más! —le ordenó el comandante, devolviéndole la tableta—. Sugerir que el rey es cómplice de algún modo en un acto terrorista es una fantasía absurda surgida de las desquiciadas mentes de unos fanáticos de las conspiraciones y resulta absolutamente irrelevante para la situación en la que nos encontramos. Considerémonos afortunados y volvamos al trabajo. Al fin y al cabo, este lunático podría haber asesinado a la futura reina, pero en vez de eso ha optado por matar a un ateo estadounidense. ¡Podría haber sido peor!
La joven no pestañeó.
—Hay otra cosa más relacionada con la familia real, señor. No quería que lo pillara por sorpresa.
Los dedos de la joven revolotearon a toda velocidad sobre la superficie de la tableta y abrieron la ventana de otra página web.
—Esta foto lleva varios días circulando por la red, pero nadie le había dado ninguna importancia. No obstante, ahora que todo lo relativo a Edmond Kirsch está viralizándose en internet, ha comenzado a aparecer en todos los medios.
La joven le mostró la tableta a Garza.
El comandante leyó el titular: «¿Es esta la última fotografía del futurólogo Edmond Kirsch?».
Una fotografía borrosa lo mostraba vestido con un traje oscuro, de pie junto a un rocoso acantilado.
—Fue tomada hace tres días, mientras Kirsch estaba de visita en el monasterio de Montserrat —dijo Martín—. Un trabajador del lugar lo reconoció y le hizo la foto, una de las últimas del futurólogo.
—¿Y esto qué tiene que ver con nosotros? —preguntó el comandante.
—Vea la siguiente.
Así lo hizo Garza. Y al ver la segunda imagen, tuvo que apoyarse en la pared.
—Esto… no puede ser verdad.
Era la versión sin recortar de la misma fotografía. En ella, se veía a Edmond Kirsch junto a un hombre ataviado con una tradicional sotana católica con fajín púrpura. Se trataba del obispo Valdespino.
—Así es, señor —señaló Martín—. Valdespino se reunió con Kirsch hace unos días.
—Pero… —El comandante vaciló, y por un momento se quedó sin habla—. ¿Cómo puede ser que el obispo no lo haya mencionado? ¡Sobre todo teniendo en cuenta lo que ha pasado esta noche!
Martín asintió con expresión recelosa.
—Por eso quería hablar primero con usted.
«¡Valdespino se reunió con Kirsch! —Garza no podía creérselo—. ¡Y el obispo no lo ha mencionado en ningún momento!». Esa noticia era alarmante, y el comandante estaba ansioso por avisar al príncipe.
—Por desgracia, hay mucho más —añadió la joven, y volvió a teclear algo en la pantalla.
—¿Comandante? —se oyó de repente que decía una voz desde el salón—. ¿Hay alguna novedad sobre el traslado de la señorita Vidal?
Mónica Martín levantó de golpe la cabeza con los ojos abiertos como platos.
—¿Es el obispo? —susurró—. ¿Valdespino está aquí, en la residencia?
—Sí. Asesorando al príncipe.
—¡¿Comandante?! —volvió a exclamar el obispo—. ¡¿Está usted ahí?!
—Créame —dijo Martín en voz baja y cierto con temor—, hay más cosas que debe usted conocer de inmediato, antes de que les diga una palabra más al obispo o al príncipe. Confíe en mí cuando le aseguro que el impacto de la crisis de esta noche es mucho más profundo de lo que pueda imaginar.
Garza se quedó mirando un momento a su coordinadora de relaciones públicas y tomó una decisión.
—Nos vemos en la biblioteca. Bajo en un minuto.
Martín asintió y se marchó.
Una vez a solas, Garza respiró hondo y procuró relajar la expresión de su rostro con la esperanza de borrar todo rastro de la creciente ira y de la confusión que sentía. Cuando por fin estuvo en calma, volvió al salón.
—Buenas noticias —anunció con una sonrisa al entrar—. La señorita Vidal no tardará en llegar a Madrid. Voy a bajar a la sala de control para supervisar en persona su transporte. —Garza se despidió del príncipe Julián con un movimiento de cabeza y luego se volvió hacia el obispo Valdespino—. Regresaré en breve. No se vaya.
Y, tras decir eso, se marchó.
Mientras el comandante salía de la estancia, el obispo Valdespino se lo quedó mirando con el ceño fruncido.
—¿Sucede algo? —preguntó el príncipe al ver la expresión del obispo.
—Sí —respondió este—. Hace cincuenta años que tomo confesión. Reconozco una mentira en cuanto la oigo.