Origen
Capítulo 35
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Ambra Vidal permanecía a solas en la cabina del taxi acuático envuelta en la chaqueta de Robert Langdon. Unos minutos antes, cuando este le había preguntado por qué había accedido a casarse con un hombre al que apenas conocía, ella le había dicho la verdad.
«No tuve elección».
Su compromiso matrimonial con Julián había sido un desafortunado acontecimiento que no se sentía con ganas de revivir esa noche. No con todo lo que había pasado.
«Me vi atrapada».
«Sigo atrapada».
En ese momento, mientras miraba su reflejo en la sucia ventanilla de la embarcación, se sintió atenazada por una soledad abrumadora. No solía entregarse a la autocompasión, pero los sucesos de esa noche habían hecho que su corazón fuera presa del desasosiego y se encontrara a la deriva. «Estoy prometida con un hombre que está implicado de algún modo en un brutal asesinato».
El príncipe había sellado el destino de Edmond con una llamada realizada apenas una hora antes del evento. Ambra estaba preparando frenéticamente la llegada de los invitados cuando una joven del personal de recepción del museo había entrado en su despacho agitando con nerviosismo un trozo de papel.
—¡Señorita Vidal! ¡Un mensaje para usted!
Casi sin aliento, la alborozada chica le explicó que acababa de recibir una llamada importante en recepción.
—¡Según el identificador de llamadas, se trataba del Palacio Real de Madrid, de modo que no he dudado en contestar! —añadió—. ¡Era alguien que llamaba de parte de la oficina del príncipe Julián!
—¿Y han llamado a recepción? —preguntó Ambra—. Si tienen mi número personal…
—El asistente del príncipe me ha explicado que ha intentado llamarla al móvil, pero que usted no ha contestado —replicó la joven.
Ambra consultó su teléfono. «Qué extraño…, no tengo ninguna llamada perdida». Luego cayó en la cuenta de que unos técnicos habían estado probando el nuevo sistema para bloquear la cobertura telefónica en el museo. El asistente de Julián debía de haber llamado en ese momento.
—Al parecer, el príncipe ha recibido hoy una llamada de un amigo muy importante de Bilbao que está interesado en asistir al evento de esta noche, y esperaba que usted pudiera añadir su nombre a la lista de invitados.
La chica le dio a Ambra el trozo de papel.
La mujer echó un vistazo al mensaje.
Almirante Luis Ávila (ret.)
Armada espanola
«¿Un oficial retirado de la Armada?».
—El asistente me ha dejado un número y me ha dicho que puede usted llamarlo directamente si hay algún problema, pero que Julián iba a entrar en una reunión, así que lo más probable es que no pueda hablar con él. También ha insistido en que el príncipe espera que no se tome esta petición como una imposición.
«¿Una imposición? —pensó Ambra un tanto irritada—. ¿Después de lo que me ha hecho pasar?».
—Yo me ocupo —dijo Ambra—. Gracias.
La joven se marchó tan radiante de felicidad como si acabara de transmitirle a la directora un mensaje de Dios en persona. Ambra bajó la mirada al papel con la petición del príncipe, molesta con que le hubiera parecido apropiado ejercer su influencia con ella de ese modo, sobre todo después de haber insistido tanto en que no participara en el evento.
«De nuevo, no me deja elección», pensó.
Si ignoraba la petición, cabía la posibilidad de que en la entrada del museo tuviera lugar un incómodo altercado con un prominente oficial de la Armada. El evento de esa noche estaba meticulosamente coreografiado y atraería una cobertura mediática sin parangón. «Lo último que necesito es un bochornoso escándalo con uno de los poderosos amigos de Julián».
El almirante Ávila no había recibido el visto bueno de seguridad ni figuraba en la lista de invitados «aprobados», pero Ambra sospechaba que solicitar una comprobación de identidad era innecesario, además de posiblemente insultante. Al fin y al cabo, se trataba de un distinguido oficial de la Armada con suficiente poder como para coger el teléfono, llamar al Palacio Real y pedirle un favor al futuro rey.
De modo que, apurada a causa del escaso tiempo del que disponía, Ambra había tomado la única decisión posible. Había incluido el nombre del almirante en la lista de la entrada y, a continuación, lo había añadido asimismo a la base de datos para que el nuevo invitado también tuviera a su disposición unos auriculares.
Luego había seguido con los preparativos del evento.
«Y ahora Edmond está muerto», pensó la mujer en la oscuridad del taxi acuático. Al intentar apartar de su mente esos recuerdos dolorosos, cayó en la cuenta de algo extraño.
«En ningún momento he llegado a hablar directamente con Julián… Toda comunicación ha tenido lugar mediante terceras personas».
Esa idea le proporcionó un pequeño rayo de esperanza.
«¿Es posible que Langdon tenga razón y Julián sea inocente?».
Lo consideró un instante y luego salió a toda velocidad de la cabina.
Vio al profesor estadounidense de pie en la proa de la embarcación, con las manos en la barandilla y la mirada al frente. En cuanto se unió a él, a la mujer le sorprendió comprobar que el taxi había dejado el río propiamente dicho y que ahora se dirigía hacia el norte por un pequeño afluente que parecía más un canal peligroso que un río. Las aguas poco profundas, las márgenes altas y embarradas y el escaso espacio navegable la pusieron algo nerviosa, pero el capitán parecía impertérrito y avanzaba por el estrecho canal a toda velocidad iluminando el camino con los potentes faros de la embarcación.
Ella le contó lo de la llamada de la oficina de Julián.
—Lo único que sé es que en el museo hemos recibido una llamada desde el Palacio Real de Madrid. Técnicamente, cualquier persona que se encontrara allí podría haberse hecho pasar por el asistente de Julián y haber telefoneado.
Langdon asintió.
—Esa debe de ser la razón por la que esa persona ha preferido que le transmitieran el mensaje en vez de hablar directamente con usted. ¿Alguna idea de quién puede estar implicado?
Teniendo en cuenta el encontronazo de Edmond con Valdespino, sus sospechas se decantaban por el obispo.
—Podría ser cualquiera —dijo Ambra—. Son tiempos turbulentos para la Casa Real. Con el inminente ascenso de Julián al trono, muchos de los antiguos consejeros del rey están nerviosos y hacen todo lo posible por obtener el favor del príncipe y asegurarse de que tienen acceso directo a él. El país está cambiando, y creo que muchos de los integrantes de la vieja guardia están desesperados por aferrarse al poder.
—Bueno —dijo Langdon—, esperemos que, quienquiera que esté implicado, no descubra que estamos intentando encontrar la contraseña de Edmond para hacer público su descubrimiento.
En cuanto pronunció esas palabras, fue consciente de la extrema simplicidad de su desafío.
Y también del tremendo peligro que conllevaba.
«Edmond ha sido asesinado para evitar que esta información saliera a la luz».
Por un instante, Langdon se preguntó si la opción más segura no sería volar directamente a casa y dejar que otra persona se ocupara de todo eso.
«Sería más seguro, sí, pero no es una opción…», pensó.
Tenía un profundo sentido del deber hacia su antiguo alumno, además de una indignación moral justificada ante el hecho de que un hallazgo científico pudiera ser censurado con esa brutalidad. Asimismo, no dejaba de azuzarlo una intensa curiosidad intelectual por saber qué era exactamente lo que había descubierto Edmond.
«Y, por último, está Ambra Vidal».
No había duda de que la mujer estaba en crisis, y cuando antes lo había mirado a los ojos y le había pedido ayuda, Langdon había percibido en ellos una profunda convicción personal y una gran seguridad en sí misma…, pero también unas densas nubes de miedo y pesar. «Esconde secretos oscuros y que la aprisionan —le había parecido—. Está pidiendo ayuda».
De repente, Ambra levantó la mirada como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba pensando Langdon.
—Parece que tiene frío —dijo ella—. Deje que le devuelva la chaqueta.
Él sonrió ligeramente.
—Estoy bien.
—¿Está pensando que debería marcharse de España en cuanto lleguemos al aeropuerto?
El profesor se rio.
—Lo cierto es que se me ha pasado por la cabeza.
—Por favor, no lo haga.
Ambra extendió un brazo hasta la barandilla y colocó una suave mano encima de las de él.
—No sé muy bien qué es lo que nos espera, pero usted y Edmond tenían una estrecha relación y él me dijo en más de una ocasión lo mucho que valoraba su amistad y que confiaba en su opinión. Tengo miedo, profesor, y no estoy segura de que yo sola pueda hacer frente a todo esto.
Esa muestra de vulnerable franqueza desconcertó a Langdon, pero también le pareció absolutamente cautivadora.
—De acuerdo. Hemos de encontrar esa contraseña y hacer público su hallazgo. Se lo debemos a Edmond y, para ser sinceros, también a la comunidad científica —dijo él asintiendo.
Ambra esbozó media sonrisa.
—Gracias.
Langdon echó un vistazo por encima del hombro.
—Imagino que, a estas alturas, los agentes de la Guardia Real ya deben de haberse dado cuenta de que hemos salido del museo.
—Sin duda. Pero la actuación de Winston ha sido impresionante, ¿verdad?
—Asombrosa —respondió Langdon, que estaba comenzando a tomar conciencia del salto cuántico que Edmond había realizado en lo que respectaba al desarrollo de la inteligencia artificial.
Fueran cuales fuesen las «tecnologías propietarias» que hubiera creado, estaba claro que supondrían un cambio radical en la interacción entre los seres humanos y las máquinas.
Esa noche, Winston había demostrado ser un fiel sirviente de su creador así como un inestimable aliado para Langdon y Ambra. En cuestión de minutos, había identificado una amenaza en la lista de invitados, intentado impedir el asesinato de Edmond, identificado el coche en el que había huido el tirador y les había facilitado a ellos dos la forma de escapar del museo.
—Esperemos que Winston haya avisado a los pilotos de Edmond —dijo Langdon.
—Estoy segura de que lo ha hecho —respondió la mujer—. Pero tiene razón, debería llamarlo para comprobarlo.
—Un momento —pidió Langdon sorprendido—. ¿Puede llamar a Winston? Cuando hemos salido del museo y la cobertura de los auriculares se ha perdido, he pensado que…
Ambra se rio y negó con la cabeza.
—Robert, si me permites que te tutee, Winston no se encuentra físicamente en el museo, sino en el servidor de unas instalaciones secretas y es posible acceder a ese servidor de forma remota. ¿De veras crees que Edmond habría creado un recurso como Winston sin tener en cuenta la posibilidad de comunicarse con él en todo momento desde cualquier parte del mundo? Edmond hablaba con él a todas horas: cuando estaba en casa, de viaje, cuando salía a dar un paseo… Podía conectar con él con una simple llamada. Vi a Edmond charlar durante horas con Winston. Lo usaba de asistente personal para hacer reservas en restaurantes o coordinarse con sus pilotos, por ejemplo. Para todo aquello que necesitara, la verdad. De hecho, cuando estábamos organizando el evento de esta noche, yo misma hablé a menudo con él por teléfono.
Ambra metió una mano en el bolsillo de la chaqueta de Langdon, sacó el móvil con la funda de color turquesa de Edmond y lo encendió (el profesor lo había apagado en el museo para ahorrar batería).
—Tú también deberías encender el teléfono para que ambos tengamos acceso a Winston —dijo ella.
—¿No te preocupa que si encendemos los móviles puedan localizarnos?
Ambra negó con la cabeza.
—Las autoridades no han tenido tiempo suficiente para solicitar una orden judicial. Creo que merece la pena correr el riesgo; sobre todo si Winston puede darnos noticias sobre los avances de la Guardia Real o el lugar hacia el que debemos dirigirnos en el aeropuerto.
Todavía receloso, Langdon presionó un botón de su móvil y se quedó mirando cómo se encendía. En cuanto la pantalla cobró vida, aguzó la vista para verla bien y no pudo evitar sentirse vulnerable, como si de repente todos los satélites del espacio pudieran localizarlo.
«Has visto demasiadas películas de espías», se dijo.
De inmediato, su móvil comenzó a emitir pitidos y a vibrar. Estaban entrando de golpe todos los mensajes que había recibido a lo largo de la tarde. Para su asombro, desde que lo había apagado le habían enviado más de doscientos mensajes y correos electrónicos.
Echó un vistazo a la bandeja de entrada y vio que los mensajes eran todos de amigos y colegas. En los primeros no hacían más que felicitarlo («¡Gran presentación! ¡No puedo creer que estuvieses allí!»), pero, de repente, el tono cambiaba y pasaban a mostrar inquietud y una profunda preocupación, como en el que le había enviado su editor, Jonas Faukman: «¡¡¡DIOS MÍO!!! ¿¿¿ESTÁS BIEN, ROBERT???». Langdon nunca había visto a su erudito editor usar mayúsculas en toda una frase ni más de un signo de exclamación o interrogación a la vez.
Hasta el momento, el profesor se había sentido maravillosamente invisible en la oscuridad de las vías fluviales de Bilbao, como si los sucesos del museo fueran un sueño lejano.
«La noticia del misterioso descubrimiento y brutal asesinato de Kirsch se ha extendido por todo el mundo… junto con mi nombre y mi rostro», descubrió entonces.
—Winston ha estado intentando ponerse en contacto con nosotros —dijo Ambra con los ojos puestos en la resplandeciente pantalla del móvil de Kirsch—. Edmond ha recibido cincuenta y tres llamadas perdidas en la última media hora, todas del mismo número y cada treinta segundos exactos. —Soltó una risa ahogada—. Una de las muchas virtudes de Winston es su incansable persistencia.
Justo entonces, el teléfono móvil de Edmond comenzó a sonar.
Langdon sonrió a Ambra.
—Me pregunto quién será.
Ella le pasó el móvil.
—Contesta tú.
El profesor cogió el aparato y presionó el botón del altavoz.
—¿Hola?
—Profesor Langdon —sonó la voz de Winston con su ya familiar acento británico—. Me alegro de que volvamos a estar en contacto. He estado intentando hablar con usted.
—Sí, acabo de verlo —respondió él, impresionado por que el ordenador sonara tan sereno y flemático después de cincuenta y tres llamadas consecutivas.
—Hay novedades —dijo Winston—. Existe la posibilidad de que las autoridades del aeropuerto hayan sido alertadas y conozcan sus nombres. De nuevo, les sugiero que sigan mis instrucciones al pie de la letra.
—Estamos en tus manos, Winston —aseguró Langdon—. Dinos qué debemos hacer.
—En primer lugar, profesor —dijo Winston—, si todavía no se ha deshecho de su teléfono móvil, hágalo cuanto antes.
—¿De verdad? —Langdon se aferró con más fuerza a él—. ¿No necesitan las autoridades una orden judicial antes de…?
—En una serie policíaca estadounidense quizá, pero están ustedes tratando con la Guardia Real y el Palacio Real de España. Harán lo que sea necesario.
Langdon miró su teléfono. Le parecía extraño, pero se sentía reacio a separarse de él. «Toda mi vida está ahí».
—¿Y qué hay del teléfono de Edmond? —preguntó Ambra alarmada.
—Es ilocalizable —respondió Winston—. A Edmond le preocupaba mucho el espionaje industrial y los posibles hackeos, de modo que él mismo diseñó un programa que modificaba los códigos IMEI e IMSI así como los valores C2 de su móvil para eludir cualquier interceptor GSM.
«Claro —pensó Langdon—. Para el genio que creó a Winston, eludir a una compañía telefónica local debía de ser pan comido».
Langdon se quedó mirando con el ceño fruncido su teléfono móvil aparentemente inferior. De repente, Ambra extendió un brazo y se lo quitó de las manos. Luego, sin decir palabra, lo tiró por encima de la barandilla. El profesor vio cómo su móvil caía en las oscuras aguas de aquel afluente del Nervión. Cuando se hundió bajo la superficie, no pudo evitar sentir una punzada de dolor por su pérdida y, mientras la embarcación seguía adelante a toda velocidad, se quedó con la vista puesta en el punto en el que había desaparecido.
—Recuerda las sabias palabras de la princesa Elsa de Disney, Robert —susurró Ambra.
Langdon se volvió.
—¿Cómo dices?
La mujer sonrió ligeramente.
—«¡Suéltalo!».