Origen
Capítulo 36
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—Su misión todavía no ha terminado —anunció la persona que acababa de llamar a Ávila al móvil.
El almirante se irguió en el asiento trasero del coche en el que viajaba para escuchar con atención las novedades.
—Ha surgido una complicación inesperada —dijo su contacto—. Necesitamos que se redirija a Barcelona. Ahora mismo.
«¿A Barcelona?». A Ávila le habían dicho que iría a Madrid para realizar otra tarea.
—Tenemos razones para creer que dos compañeros del señor Kirsch viajarán esta noche a esa ciudad con la esperanza de encontrar un modo de activar de forma remota el resto de la presentación —prosiguió la voz.
Ávila se puso rígido.
—¿Es eso posible?
—Todavía no estamos seguros, pero, si lo consiguen, obviamente desbarataría todo el duro trabajo que ha realizado usted. Necesito a un hombre en Barcelona ahora mismo. Diríjase allí con la máxima discreción y lo más rápido que pueda. En cuanto llegue, llámeme.
Y, tras decir eso, la comunicación se cortó.
Curiosamente, Ávila celebró esas malas noticias. «Todavía soy necesario». Barcelona estaba más lejos que Madrid, pero en mitad de la noche seguían siendo apenas unas horas de autopista. Sin perder un solo momento, el almirante alzó el arma y se la colocó en la cabeza al conductor del coche. Las manos del tipo se tensaron visiblemente en el volante.
—Llévame a Barcelona —le ordenó Ávila.
El conductor tomó la salida de Vitoria-Gasteiz y luego la autopista A-1 en dirección este. Los únicos vehículos que había en la carretera a esas horas eran camiones con remolque, todos compitiendo para llegar cuanto antes a Pamplona, Huesca, Lleida o, finalmente, a una de las ciudades portuarias más grandes del Mediterráneo: Barcelona.
El almirante apenas se podía creer la extraña secuencia de acontecimientos que lo había llevado hasta ese momento. «Desde las profundidades de la desesperación más desgarradora me he alzado para llevar a cabo mi servicio más glorioso».
Por un oscuro instante, Ávila volvió a verse a sí mismo en ese pozo sin fondo, arrastrándose entre los escombros del altar repleto de humo de la catedral de Sevilla en busca de su esposa y su hijo y descubriendo al final que habían desaparecido para siempre.
Durante las semanas posteriores al ataque, no salió de casa. Permaneció tumbado en su sofá consumido por interminables pesadillas en las que hordas de demonios lo arrastraban a un oscuro abismo, envolviéndolo en negrura, ira y un sentimiento de culpa asfixiante.
—El abismo es el purgatorio —susurró una monja a su espalda, una de las cientos de psicoterapeutas formadas por la Iglesia para consolar a los supervivientes—. Su alma está atrapada en un limbo oscuro. La absolución es la única escapatoria. Debe encontrar un modo de perdonar a las personas que hicieron esto o la ira lo consumirá por entero. —Al decir eso, la monja se santiguó—. El perdón es su única salvación.
«¿El perdón?», intentó decir Ávila, pero los demonios le atenazaron la garganta. En ese momento, la venganza parecía la única salvación. «Pero ¿contra quién?». Nadie había reivindicado el atentado.
—Soy consciente de que los actos de terrorismo religioso parecen imperdonables —siguió diciendo la monja—. Y, sin embargo, no hay que olvidar que, hace siglos, nuestra religión fundó la Inquisición y mató a mujeres y niños inocentes en nombre de Dios. A causa de ello, hemos tenido que pedir perdón al mundo y también a nosotros mismos. Con el tiempo, sin embargo, hemos conseguido que las heridas cicatricen.
Luego le leyó la Biblia: «No ofrezcas resistencia a la maldad. Cuando alguien te abofetee la mejilla derecha, ofrécele la otra. Ama a tus enemigos, haz el bien a aquellos que te odian, bendice a aquellos que te maldicen, reza por aquellos que te injurian».
Esa noche Ávila se observó en el espejo. Se sentía solo y desconsolado. El hombre que le devolvía la mirada era un desconocido. Las palabras de la monja no habían conseguido que el dolor disminuyera.
«¿Perdón? ¿Ofrecer la otra mejilla?
»¡He presenciado una maldad para la que no hay absolución!».
Presa de un arrebato de ira, el almirante hizo añicos el espejo de un puñetazo y luego se derrumbó sollozando en el suelo del cuarto de baño.
Como oficial de la Armada, Ávila siempre había tenido el control de la situación. Su vida se había regido por la disciplina, el honor y la cadena de mando. Ese hombre, sin embargo, ya no existía. En unas semanas, había caído en un trance neblinoso a causa de una potente mezcla de alcohol y fármacos. Pronto, las ansias que sentía por los efectos insensibilizadores de los productos químicos ocuparon cada una de las horas que pasaba despierto, convirtiéndolo en un recluso hostil.
Al cabo de unos meses, fue discretamente obligado a retirarse. Ávila, antaño un poderoso barco de guerra, estaba ahora varado en un dique seco y sabía que nunca volvería a salir al mar. La Armada, a la que había entregado su vida, lo había dejado solo con un modesto estipendio con el que apenas podía vivir.
«A mis cincuenta y ocho años no tengo nada», cayó en la cuenta.
Se pasaba los días sentado a solas en el salón de su casa, viendo la televisión, bebiendo vodka y esperando la aparición de algún rayo de esperanza. «La hora más oscura es la que precede al alba —se decía una y otra vez, pero el viejo aforismo de la Armada demostraba ser siempre falso—. El amanecer nunca llega».
La lluviosa mañana del jueves en el que cumplía cincuenta y nueve años, Ávila se quedó mirando la botella vacía de vodka y la orden de desahucio que había recibido, y reunió la valentía necesaria para coger la vieja pistola de servicio que guardaba en el armario, cargarla y colocarse el cañón en la sien.
—Perdóname —susurró, y cerró los ojos.
Luego apretó el gatillo. La detonación fue mucho más débil de lo esperado. Más un ruido seco que un disparo.
El arma había fallado. Al parecer, tantos años guardada en el armario polvoriento sin ser limpiada habían pasado factura a la barata pistola de servicio del almirante. Parecía que incluso un simple acto de cobardía como ese se encontraba más allá de sus capacidades.
Enfurecido, arrojó el arma a la pared. Esa vez, la detonación resonó por toda la estancia. Al instante, Ávila sintió que una intensa quemazón le atravesaba la pantorrilla y su ebria neblina se disipó de golpe dejando paso a un dolor cegador. El almirante cayó al suelo gritando y agarrándose la pierna ensangrentada.
Asustados, los vecinos echaron la puerta abajo y luego se oyeron sirenas. Al poco, Ávila se encontró en el Hospital Provincial San Lázaro de Sevilla tratando de explicar cómo podía ser que hubiera intentado suicidarse disparándose a la pierna.
A la mañana siguiente, mientras permanecía tumbado en la sala de recuperación, deshecho y humillado, el almirante Ávila recibió una visita.
—Es usted un pésimo tirador —dijo un joven—. No me extraña que lo obligaran a retirarse.
Antes de que Ávila pudiera contestar, el visitante subió la persiana para que entraran los rayos del sol. El almirante se protegió los ojos con la mano y vio a un joven musculoso con el pelo cortado a cepillo. Llevaba una camiseta con el rostro de Jesús.
—Me llamo Marco —dijo con acento andaluz—. Soy el fisioterapeuta. He pedido que me asignaran su rehabilitación porque tenemos algo en común.
—¿El ejército? —preguntó Ávila, percibiendo la autoridad de su tono.
—No. —El joven miró a Ávila directamente a los ojos—. Yo también estuve allí ese domingo por la mañana. En la catedral. Cuando tuvo lugar el ataque terrorista.
Ávila se lo quedó mirando con incredulidad.
—¿Estuviste allí?
El joven se levantó una de las perneras del pantalón de chándal para dejar a la vista una extremidad protésica.
—Sé que ha pasado por un infierno, pero yo jugaba al fútbol semiprofesional, así que no espere demasiada compasión por mi parte. Creo más bien que Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos.
Antes de que Ávila se diera cuenta, Marco lo había levantado de la cama y lo había sentado en una silla de ruedas. Luego lo llevó a un pequeño gimnasio que había al final del pasillo y lo dejó entre dos barras paralelas.
—Esto va a dolerle —explicó el chico—, pero intente llegar al otro lado. Hágalo una vez. Luego podrá desayunar.
El dolor resultó casi insoportable, pero Ávila no iba a quejarse delante de alguien que solo tenía una pierna, de modo que, apoyando la mayor parte del peso en los brazos, consiguió llegar con gran esfuerzo hasta el otro extremo de las barras.
—Muy bien —dijo Marco—. Ahora hacia el otro lado.
—Pero me has dicho que…
—Ya. Le he mentido. Vuelva a hacerlo.
El almirante se quedó mirando al chico con estupefacción. Hacía muchos años que no recibía una orden y, por extraño que pareciera, encontró algo reconfortante en ello. Lo hizo sentir joven; como cuando era un recluta novato. Al instante, dio la vuelta y comenzó a recorrer las barras hacia el otro extremo.
—Dígame: ¿todavía va a misa a la catedral de Sevilla? —le preguntó Marco.
—Nunca.
—¿Miedo?
Ávila negó con la cabeza.
—Ira.
Marco se rio.
—Ya. Deje que lo adivine. Las monjas le han dicho que perdone a los terroristas…
Ávila se detuvo de golpe.
—¡Exactamente!
—A mí también me lo dijeron. Y lo intenté. Es imposible. Las monjas dan unos consejos terribles. —Se rio de nuevo.
Ávila se fijó en la camiseta de Jesús que llevaba el joven.
—Pero parece que tú todavía…
—Sí, claro. En ningún momento he dejado de ser cristiano. Soy más devoto que nunca. Solo que he tenido la suerte de encontrar mi misión: ayudar a las víctimas de los enemigos de Dios.
—Una noble causa —dijo Ávila con envidia y sintiendo que su propia vida carecía de sentido sin su familia o la Armada.
—Un gran hombre me ayudó a encontrar el camino de vuelta a Dios —continuó diciendo Marco—. Ese hombre, por cierto, fue el papa. Me he reunido personalmente con él varias veces.
—¿Cómo dices…? ¡¿El papa?!
—Sí.
—¿Te refieres… al líder de la Iglesia católica?
—Sí. Si quiere, puedo conseguirle una audiencia.
Ávila se quedó mirando al joven como si hubiera perdido la chaveta.
—¿Tú puedes conseguirme una audiencia con el papa?
Marco se mostró dolido.
—Soy consciente de que es usted un oficial importante de la Armada y que le cuesta imaginar que un fisioterapeuta lisiado de Sevilla tenga acceso al vicario de Cristo, pero estoy diciéndole la verdad. Si quiere, puedo organizar un encuentro con él. Probablemente, él podrá ayudarlo tal y como hizo conmigo.
Ávila se apoyó en las barras paralelas sin saber qué contestar. Idolatraba al papa que había por aquel entonces, un líder estricto y conservador que pregonaba el tradicionalismo y la ortodoxia. Por desgracia, ese hombre no dejaba de recibir críticas de todas partes de un mundo cada vez más modernizado, y había rumores de que pronto se retiraría a causa de la creciente presión progresista.
—Sería un honor para mí conocerlo, pero…
—De acuerdo —lo interrumpió Marco—. Intentaré organizar una audiencia para mañana.
Ávila nunca habría podido imaginar que al día siguiente accedería al interior de un seguro santuario y se encontraría cara a cara con un poderoso líder que le enseñaría la lección religiosa más trascendental de toda su vida.
«Muchos caminos conducen a la salvación.
»El perdón no es el único posible».