Origen
Capítulo 37
Página 42 de 113
37
Situada en la planta baja del palacio, la biblioteca real está formada por una serie de salas de una ornamentación espectacular y que contienen miles de libros de valor incalculable (entre los cuales el Libro de Horas de la reina Isabel, las biblias personales de varios reyes y un códice de la época de Alfonso XI).
Garza no quería dejar al príncipe a solas demasiado rato en las garras de Valdespino. Todavía estaba intentando encontrarle algún sentido al hecho de que este se hubiera reunido con Kirsch unos días atrás y hubiera decidido mantenerlo en secreto. «¡Incluso después de la presentación y del asesinato de Edmond!».
El comandante recorrió a toda velocidad la oscura biblioteca en dirección a la coordinadora de relaciones públicas, Mónica Martín, que estaba esperándolo en las sombras con su resplandeciente tableta en las manos.
—Sé que está usted muy ocupado, señor, pero nos encontramos ante una situación verdaderamente apremiante —dijo Martín—. He ido a buscarlo porque nuestro centro de seguridad ha recibido un preocupante correo electrónico de ConspiracyNet.com.
—¿De quién?
—ConspiracyNet es una popular página web dedicada a las teorías conspirativas. El nivel de su periodismo es pésimo y los artículos parece que los haya escrito un niño, pero tienen millones de seguidores. En mi opinión, propagan noticias falsas, pero es una página que cuenta con el máximo respeto de los teóricos de las conspiraciones.
A Garza, los términos «máximo respeto» y «teóricos de las conspiraciones» le parecían mutuamente excluyentes.
—Llevan toda la noche publicando primicias sobre el asunto de Kirsch —siguió diciendo Martín—. No sé de dónde sacan la información, pero la página se ha convertido en fuente informativa de blogueros de noticias y teóricos de las conspiraciones, e incluso las grandes cadenas están consultándola para conocer la última hora.
—Vaya al grano —le ordenó Garza.
—ConspiracyNet tiene nueva información relacionada con Palacio —señaló Martín, colocándose bien las gafas en el puente de la nariz—. Van a publicarla en diez minutos y querían darnos antes la posibilidad de hacer algún comentario al respecto.
Garza se quedó mirando a la joven con incredulidad.
—¡La Casa Real no comenta cotilleos sensacionalistas!
—Al menos échele un vistazo, señor. —Martín le mostró la tableta.
El comandante cogió el aparato y vio una segunda foto del almirante de la Armada Luis Ávila. No estaba centrada y parecía haber sido tomada por casualidad. En ella se veía al almirante con el atuendo de gala de la Armada caminando por el pasillo de un museo. Parecía como si hubiera sido tomada por alguien que estuviera intentando fotografiar una obra de arte y, sin querer, hubiera capturado a Ávila cuando, de forma inadvertida, este pasaba por delante.
—Ya sé qué aspecto tiene Ávila —dijo Garza, ansioso por regresar cuanto antes junto al príncipe y Valdespino—. ¿Por qué está enseñándome esto?
—Pase a la siguiente foto.
El comandante así lo hizo. Se trataba de una ampliación de la misma fotografía en la que podía verse la mano derecha del almirante. De inmediato, Garza distinguió el símbolo que tenía en la palma. Parecía un tatuaje.

El comandante se quedó mirando la imagen un buen rato. Como muchos otros españoles, sobre todo los de cierta edad, conocía bien ese emblema.
«El símbolo de Franco».
Ese distintivo adornó muchos lugares de España durante gran parte del siglo XX y era sinónimo de la ultraconservadora dictadura del general Francisco Franco, cuyo brutal régimen propugnaba el nacionalismo, el autoritarismo, el militarismo, el antiliberalismo y el nacionalcatolicismo.
Garza sabía que ese antiguo símbolo estaba compuesto por seis letras que, ordenadas, formaban una palabra latina que definía a la perfección la imagen que Franco tenía de sí mismo.
«Víctor».
Cruel, violento e intransigente, Francisco Franco se había hecho con el poder con la ayuda militar de la Alemania nazi y la Italia de Mussolini. Mató a miles de oponentes antes de tomar el control del país en 1939 y proclamarse a sí mismo caudillo, el equivalente español del Führer. Durante la guerra civil y los primeros años de la dictadura, aquellos que se atrevieron a oponerse a él desaparecieron en campos de concentración (donde se estima que fueron ejecutadas unas trescientas mil personas).
Franco, que se consideraba defensor de la «España católica» y enemigo del comunismo impío, ostentaba una mentalidad rigurosamente machista que excluía de manera oficial a las mujeres de cualquier posición de poder en la sociedad y apenas les daba derechos académicos, judiciales o bancarios, además de impedirles incluso el derecho a abandonar a un marido abusivo. Prohibió todo matrimonio que no se celebrara de acuerdo con la doctrina católica y, entre otras restricciones, declaró ilegales el divorcio, la contracepción, el aborto y la homosexualidad.
Afortunadamente, ahora todo había cambiado.
Aun así, a Garza le sorprendía la rapidez con la que el país había olvidado uno de los períodos más oscuros de su historia.
El «pacto de olvido» español (un acuerdo político nacional para «dejar atrás» todo aquello que había tenido lugar bajo el vil mando de Franco) había supuesto que a los niños se les enseñara muy poco en la escuela sobre el dictador. Una encuesta llevada a cabo recientemente en el país había revelado que a los adolescentes les resultaba más fácil reconocer al actor James Franco que a Francisco Franco.
Las generaciones de más edad, sin embargo, nunca lo olvidarían. Al igual que la esvástica nazi, el símbolo de Víctor todavía provocaba un profundo temor en el corazón de todos aquellos lo bastante mayores para recordar esos brutales años. A día de hoy, algunos alertaban de que una facción secreta de seguidores franquistas ocupaba las más altas esferas del gobierno español y la Iglesia católica. Se trataría de una fraternidad oculta de tradicionalistas que habría jurado devolver a España sus extremistas convicciones del siglo pasado.
Garza tenía que admitir que muchos mayores contemplaban con horror el caos y la apatía espiritual de la España contemporánea. Para ellos, el país solo podría salvarse con una religión estatal más poderosa, un gobierno más autoritario y la imposición de unas directrices morales más claras.
«¡Mirad nuestra juventud! —solían exclamar—. ¡Ha perdido el rumbo!».
Durante los últimos meses, ante la inminencia del ascenso al trono del joven príncipe Julián, había crecido entre los tradicionalistas el temor de que el Palacio Real pudiera convertirse en otra voz del cambio progresista del país. El compromiso matrimonial del príncipe con Ambra Vidal no había hecho sino alimentar su preocupación. Esta mujer no solo era vasca sino que además era una agnóstica declarada y, cuando fuera reina consorte de España, sin duda tendría influencia en las decisiones que tomara el rey en cuestiones de Iglesia y Estado.
«Corren tiempos peligrosos —opinaba Garza—. Estamos asistiendo a un enconado conflicto entre el pasado y el futuro».
Además de sufrir una brecha religiosa cada vez más profunda, España se encontraba asimismo ante una disyuntiva política. ¿Mantendría el país su monarquía o sería esta abolida para siempre como en Austria, Hungría y tantos otros países europeos? Solo el tiempo podría decirlo. En la calle, los antiguos tradicionalistas ondeaban banderas de España, mientras que los jóvenes progresistas llevaban con orgullo los colores púrpura, amarillo y rojo de la vieja bandera republicana.
«Julián va a heredar un polvorín».
—Cuando he visto el tatuaje de Franco —dijo Martín, haciendo que la atención del comandante volviera a la tableta—, he pensado que tal vez había sido añadido digitalmente a la fotografía. Ya sabe, para generar controversia. Todas las páginas dedicadas a las conspiraciones compiten por conseguir tráfico y un vínculo franquista les proporcionaría una respuesta masiva, sobre todo teniendo en cuenta la naturaleza anticristiana de la presentación de Kirsch.
Garza sabía que tenía razón. «Los fanáticos de las teorías conspirativas se volverán locos con esto».
Martín señaló la tableta.
—Lea la noticia que pretenden publicar.
Temiendo lo peor, Garza echó un vistazo al largo texto que acompañaba a la foto.

NOVEDADES SOBRE EDMOND KIRSCH
A pesar de las sospechas iniciales de que el asesinato de Edmond Kirsch había sido obra de extremistas religiosos, el descubrimiento de este ultraconservador símbolo franquista sugiere que el crimen puede tener asimismo una motivación política. Se sospecha que importantes conservadores que ocupan puestos en las más altas esferas del gobierno de España, e incluso dentro del Palacio Real, están ahora haciendo todo lo posible para hacerse con el control del poder durante el vacío dejado por la ausencia del rey ante su inminente muerte…
—Patético —dijo Garza, que ya había leído suficiente—. ¿Toda esta especulación a causa de un tatuaje? No significa nada. Con la excepción de la presencia de Ambra Vidal en el tiroteo, esta situación no tiene nada que ver con la política del Palacio Real. No haremos ningún comentario.
—Señor —insistió Martín—. Si lee toda la noticia, verá que están intentando vincular al obispo Valdespino directamente con el almirante Ávila. Sugieren que el obispo podría ser un franquista encubierto que ha estado aprovechando su influencia con el rey para impedir que este realizara cambios de calado en el país. —La joven hizo una pausa y luego siguió—: Esta acusación está cogiendo mucha fuerza en la red.
De nuevo, Garza se encontró a sí mismo sin saber qué decir. Ya no reconocía el mundo en el que vivía.
«Hoy en día las noticias falsas tienen tanto peso como las verdaderas».
Garza miró a Martín a los ojos y procuró hablar con la mayor serenidad posible:
—Mónica, todo esto es una ficción creada por fantasiosos escritores de blogs para su propio disfrute. Puedo asegurarle que Valdespino no es franquista. Ha servido fielmente al rey durante décadas, y es imposible que tenga relación alguna con un asesino franquista. La Casa Real no realizará ningún comentario; ¿he sido claro?
Garza se volvió hacia la puerta, ansioso por regresar junto al príncipe y Valdespino.
—¡Espere, señor!
Martín extendió una mano y lo agarró por el brazo.
El comandante se detuvo de golpe e, indignado, bajó la mirada hacia la mano de su empleada.
Martín lo soltó de inmediato.
—Lo siento, señor, pero ConspiracyNet también nos ha enviado la grabación de una conversación telefónica que acaba de tener lugar en Budapest. —La joven parpadeó nerviosamente detrás de sus gruesas gafas—. Esto tampoco va a gustarle.