Origen
Capítulo 38
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«Mi jefe ha sido asesinado».
El capitán Josh Siegel notaba cómo le temblaban las manos mientras conducía el Gulfstream G550 de Edmond Kirsch hasta la pista principal del aeropuerto de Bilbao.
«No estoy en condiciones de volar», pensó, y sabía que su copiloto estaba tan alterado como él.
Hacía muchos años que pilotaba aviones privados para Edmond Kirsch, y su terrible asesinato lo había sumido en un shock devastador. Una hora antes, él y su copiloto habían estado viendo la presentación del museo Guggenheim en la sala de espera del aeropuerto.
—Un evento tan fastuoso como cabía esperar de Edmond —había bromeado Siegel, impresionado por la capacidad de su jefe para atraer a esa gran cantidad de gente.
Mientras veía la presentación, sin embargo, se había descubierto a sí mismo inclinándose hacia adelante como el resto de los espectadores de la sala de espera, sintiendo cómo su curiosidad iba en aumento hasta que, de repente, la velada había estallado en el caos.
Luego, Siegel y su copiloto se habían quedado aturdidos, viendo la cobertura de las noticias y preguntándose qué debían hacer a continuación.
El teléfono de Siegel había sonado diez minutos después. Era Winston, el asistente personal de Edmond. No lo conocía en persona, pero, a pesar de que le parecía un poco rarito, se había acostumbrado a coordinar vuelos con él.
—Si todavía no saben lo que ha sucedido, deberían encender el televisor —le había dicho.
—Lo hemos visto —le había contestado Siegel—. Estamos los dos destrozados.
—Necesitamos que regresen a Barcelona —había dicho entonces Winston en un tono extrañamente desapasionado teniendo en cuenta lo que acababa de ocurrir—. Prepárense para despegar, yo volveré a ponerme en contacto con ustedes en breve. Por favor, no despeguen antes de que volvamos a hablar.
Siegel no tenía ni idea de si las instrucciones de Winston se habrían ajustado a los deseos de Edmond, pero, de momento, se alegraba de que le indicaran qué debía hacer.
Siguiendo las órdenes de Winston, Siegel y su copiloto habían cumplimentado la lista de embarque del vuelo a Barcelona indicando que llevarían cero pasajeros (un «vuelo de traslado», tal y como se conocía en la jerga de las aerolíneas) y luego habían salido del hangar y habían iniciado las comprobaciones previas al vuelo.
Treinta minutos después, el asistente volvió a llamar.
—¿Están listos para el despegue?
—Sí.
—Fantástico. Imagino que usarán la pista habitual, la que está orientada hacia el este.
—Así es.
A veces, Siegel encontraba a Winston fatigosamente meticuloso y extrañamente bien informado.
—De acuerdo. Pónganse en contacto con la torre de control y soliciten permiso para despegar. Luego diríjanse al extremo del aeropuerto, pero no accedan a la pista de despegue.
—¿Quiere que nos detengamos en el acceso a la pista?
—Sí, solo un minuto. Por favor, avísenme cuando hayan llegado.
Siegel y su copiloto se miraron entre sí con desconcierto. La petición de Winston no tenía ningún sentido.
«Los de la torre de control tendrán algo que decir al respecto».
Aun así, Siegel condujo el avión por varias rampas y pistas hasta llegar al extremo oeste del aeropuerto. En ese momento, estaba recorriendo los últimos cientos de metros de la pista de acceso, donde el pavimento describía una curva de noventa grados a la derecha y se unía al principio de la de despegue.
—¿Winston? —preguntó Siegel al tiempo que echaba un vistazo a la valla de seguridad que rodeaba el perímetro del aeropuerto—. Ya hemos llegado al final de la pista de acceso.
—Esperen un momento, por favor —les contestó el asistente—. En nada vuelvo a ponerme en contacto con ustedes.
«¡No puedo detenerme aquí!», pensó Siegel, preguntándose qué demonios estaba haciendo Winston. Afortunadamente, al mirar por el espejo retrovisor no vio ningún avión detrás, de modo que al menos no estaba bloqueando el tráfico. Las únicas luces que veía eran las de la torre de control, un leve resplandor al otro extremo de la pista, a casi tres kilómetros.
Pasaron sesenta segundos.
—Aquí la torre de control —dijo una voz a través de los auriculares del piloto—. EC346, tiene permiso para despegar en la pista número uno. Repito, tiene permiso.
Al piloto nada le habría gustado más que hacer lo que le decían, pero seguía esperando la llamada del asistente de Edmond.
—Gracias, torre de control —contestó—. Tenemos que esperar un momento. Estamos comprobando una luz de emergencia que acaba de encenderse.
—Mensaje recibido. Por favor, avísennos cuando estén listos para el despegue.