Origen
Capítulo 39
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—¿Aquí? ¿Quieren que yo detener aquí? Aeropuerto más lejos. Yo llevo allí. —El capitán del taxi acuático parecía confundido, pero al final logró hacerse entender en inglés.
—Gracias, haremos el resto del camino a pie —dijo Langdon siguiendo el consejo de Winston.
El capitán se encogió de hombros y detuvo la embarcación junto a un pequeño puente con un letrero en el que se podía leer PUERTO BIDEA. Ahí, la margen estaba cubierta de hierbas altas y parecía más o menos accesible. Un segundo después, Ambra ya había desembarcado y estaba ascendiendo por la pendiente que había junto a la ribera.
—¿Cuánto le debemos? —le preguntó Langdon al capitán.
—Usted no pagar —dijo el hombre—. El inglés hacer antes. Tarjeta crédito. Pagar triple.
«¿Winston ya ha pagado? —Langdon aún no se había acostumbrado a trabajar con el asistente informático de Kirsch—. Es una especie de Siri pero hasta arriba de esteroides».
El estadounidense era consciente de que las habilidades de Winston no deberían sorprenderlo tanto. A diario veía noticias de programas de inteligencia artificial con robots que realizaban todo tipo de tareas complejas, entre las cuales se encontraba incluso la escritura de novelas (de hecho, un libro escrito por un programa así casi ganó un premio literario japonés).
Langdon le dio las gracias al capitán y desembarcó. Antes de ascender por la colina que había junto a la ribera, se dio la vuelta hacia el desconcertado conductor, se llevó un dedo índice a los labios y le dijo:
—Discreción, por favor.
—¡Sí, sí! —le aseguró el capitán y, tapándose los ojos, añadió—: ¡No he visto nada!
Y, tras eso, Langdon se apresuró a subir la pendiente, cruzó unas vías de tren y se unió a Ambra en una calle desierta bordeada por varias tiendas pintorescas.
—Según el mapa —dijo la voz de Winston a través del altavoz del móvil de Edmond—, deberían encontrarse en la intersección del camino del Puerto y el río Asúa. ¿Ven una pequeña rotonda más adelante?
—¡Sí, la veo! —respondió Ambra.
—Perfecto. De la rotonda sale un camino señalizado como Beikabidea. Síganlo en dirección a las afueras del pueblo.
Dos minutos después, Langdon y Ambra habían dejado atrás la rotonda y estaban recorriendo una desierta carretera rural desde la que se divisaban varios caseríos de piedra en medio de unas pasturas cubiertas de hierba. A medida que avanzaban por el campo, el profesor comenzó a presentir que algo iba mal. A su derecha, sobre la cima de una pequeña colina, podía ver una brumosa cúpula de contaminación lumínica.
—Si esas son las luces de la terminal —dijo—, estamos muy lejos.
—El aeropuerto se encuentra a tres kilómetros de donde están ustedes —los informó Winston.
Ambra y Langdon intercambiaron una mirada de alarma. Winston les había dicho que la caminata sería solo de ocho minutos.
—Según los mapas de Google —siguió diciendo Winston—, a su derecha debería haber un gran campo. ¿Pueden atravesarlo?
Langdon echó un vistazo al henar que tenían a la derecha. Este se extendía por la suave pendiente de la colina en dirección a las luces de la terminal.
—Bueno, podríamos subir la colina —dijo Langdon—, pero tres kilómetros nos llevarán…
—Háganlo y limítense a seguir mis instrucciones, profesor —les aconsejó Winston en el mismo tono educado y carente de emoción de siempre.
Langdon, sin embargo, tuvo la sensación de que acababa de reprenderlo.
—Felicidades —se burló Ambra, mientras comenzaban a ascender la colina—. Es lo más irritado que he oído nunca a Winston.
—EC346, aquí la torre de control —dijo la voz a través de los auriculares de Siegel—. Deben ustedes despejar la rampa y despegar o regresar al hangar para proseguir con la reparación. ¿Cuál es su estado?
—Todavía estamos en ello —mintió Siegel echando un vistazo por el espejo retrovisor. Seguía sin ver ningún avión, solo las débiles luces de la torre de control—. Necesitamos un minuto más.
—De acuerdo. Manténgannos informados.
El copiloto le dio unos golpecitos a Siegel en el hombro y le señaló algo a través del parabrisas.
Siegel miró el lugar que le indicaba su compañero, pero solo vio la alta valla que había delante del avión. De repente, al otro lado de la alambrada, vislumbró una visión fantasmal. «¿Qué coj…?».
En el oscuro campo que había al otro lado de la valla, dos figuras espectrales aparecieron en medio de la negrura, descendiendo la pendiente de una colina en dirección al avión. Al acercarse, Siegel pudo distinguir la distintiva franja negra y diagonal del vestido blanco que había visto por televisión.
«¿Es esa Ambra Vidal?».
Ambra había volado en algunas ocasiones con Edmond Kirsch, y Siegel siempre había sentido una pequeña palpitación cuando aquella española increíblemente hermosa se encontraba a bordo. No comprendía qué estaba haciendo en una pradera junto al aeropuerto de Bilbao.
El hombre alto que iba a su lado también parecía ir vestido de gala, y Siegel cayó en la cuenta de que también había participado en la presentación de esa noche.
«Es el profesor Robert Langdon, de Estados Unidos».
De repente, volvió a oír la voz de Winston.
—Señor Siegel, en estos momentos debe de estar viendo a dos individuos al otro lado de la valla y, sin duda, los habrá reconocido a ambos. —Al piloto la calma del inglés le resultaba inquietante—. Por favor, tenga en cuenta que hay circunstancias que de momento no puedo explicarle, pero debo pedirle, en nombre del señor Kirsch, que siga mis instrucciones. —Winston hizo una pausa breve y luego añadió—: Lo único que necesita saber ahora mismo es que la gente que ha asesinado a Edmond Kirsch está intentando matar a Ambra Vidal y a Robert Langdon. Para mantenerlos a salvo, requerimos su asistencia.
—P-pero… por supuesto —tartamudeó Siegel, mientras procuraba procesar la información.
—La señorita Vidal y el profesor Langdon tienen que subir a bordo de la nave ahora mismo.
—¡¿Aquí?! —preguntó el piloto.
—Soy consciente del pequeño problema técnico que supone tener que revisar la lista de embarque, pero…
—¡¿Y es usted consciente del pequeño problema técnico que supone la valla de seguridad de tres metros que rodea el aeropuerto?!
—Sí —dijo Winston muy sereno—. Y, señor Siegel, si bien soy consciente de que usted y yo solo hemos trabajado juntos durante unos pocos meses, necesito que ahora confíe en mí. Lo que voy a sugerirle es justo lo que Edmond habría querido que hiciera en esta situación.
El piloto escuchó con incredulidad el plan que le detalló Winston.
—¡Lo que está sugiriendo es imposible! —argumentó Siegel.
—Al contrario —dijo Winston—. Es absolutamente factible. El empuje de cada motor del avión es de más de 60 kN y el cono de proa está diseñado para soportar más de setecientos…
—¡No es la física del asunto lo que me preocupa —lo interrumpió Siegel—, sino su legalidad y la posibilidad de que me retiren la licencia de piloto!
—Lo entiendo, señor Siegel —respondió Winston sin perder la calma—. Pero la futura reina consorte de España se encuentra en grave peligro y sus acciones pueden salvarle la vida. Créame, cuando la verdad salga a la luz, no recibirá usted ninguna reprimenda, sino una medalla de manos del rey.
De pie en medio de las altas hierbas, Langdon y Ambra tenían los ojos puestos en la valla de seguridad que iluminaban los faros del avión.
Siguiendo las instrucciones de Winston, se habían apartado unos metros y estaban observando cómo el avión se ponía en marcha. En vez de girar por la curva de la rampa de acceso, el aparato cruzó las líneas de seguridad pintadas en el asfalto y salió de la pista en dirección a la valla.
El profesor se fijó en que el cono de proa del avión se acercaba a uno de los gruesos postes de acero que sostenían la valla. En cuanto entraron en contacto con uno de los postes, los motores del avión aceleraron ligeramente.
Langdon supuso que opondría más resistencia, pero, al parecer, los dos motores Rolls-Royce y las más de cuarenta toneladas que pesaba el aparato eran más de lo que la valla podía soportar. Con un quejido metálico, el poste se inclinó hacia ellos levantando un gran trozo de asfalto sujeto a su base como si de las raíces de un árbol se tratara.
El profesor corrió hasta la valla y la empujó hacia abajo para que él y Ambra pudieran saltarla. Para cuando llegaron a la pista, la escalerilla del avión ya había sido desplegada y un piloto uniformado estaba haciéndoles señas para que subieran.
Ambra miró a Langdon con una sonrisa en los labios.
—¿Todavía dudas de Winston?
El profesor no sabía qué decir.
Tras subir la escalera y entrar en el lujoso interior del avión, Langdon oyó que el segundo piloto de la cabina hablaba con la torre de control.
—Sí, torre de control, los oigo —estaba diciendo—, pero su radar debe de estar descalibrado. No hemos salido de la pista de acceso. Repito, todavía nos encontramos en la pista de acceso. La luz de emergencia ya se ha apagado y estamos listos para despegar.
El copiloto cerró la puerta al tiempo que el piloto comenzaba a dar marcha atrás para alejarse de la valla. Un instante después, el aparato dio la vuelta para regresar a la pista.
Sentado frente a Ambra, Robert Langdon cerró un momento los ojos y respiró hondo. Los motores del avión aceleraron y sintió la presión del aparato al recorrer la pista de despegue.
Unos segundos más tarde, la aeronave comenzó a ascender por los aires inclinada hacia el sudeste y se dispuso a atravesar la noche en dirección a Barcelona.