Origen

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Capítulo 40

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El rabino Yehuda Köves salió a toda velocidad de su estudio, atravesó el jardín y, tras cruzar la puerta de entrada de su casa, descendió corriendo la escalinata en dirección a la acera.

«En casa ya no estoy a salvo —se dijo con el corazón acelerado—. Debo ir a la sinagoga».

La sinagoga de la calle Dohány no solo era su santuario, sino también una auténtica fortaleza. Los muros, las cercas con alambre de espino y los guardias apostados a las puertas las veinticuatro horas del día servían de recordatorio de la larga historia de antisemitismo de Budapest. Esa noche, Köves se sintió agradecido por tener las llaves de semejante ciudadela.

El templo se encontraba a tan solo quince minutos de su casa. El rabino hacía cada día ese pacífico paseo. Esa noche, sin embargo, mientras recorría la calle Kossuth Lajos, solo podía sentir miedo. Con la cabeza gacha, inspeccionó con cautela las sombras que tenía delante.

Casi al instante vio algo que lo puso en alerta.

Una oscura figura permanecía encorvada en un banco que había al otro lado de la calle. Se trataba de un hombre corpulento vestido con unos pantalones vaqueros y una gorra de béisbol. En ese momento estaba tecleando despreocupadamente algo en su teléfono móvil y el resplandor del aparato iluminaba su barbudo rostro.

«No es de este barrio», se dijo Köves, y apretó el paso.

El hombre de la gorra de béisbol levantó la mirada, observó un instante al rabino, y luego volvió a concentrarse en su móvil. Köves pasó por delante a toda velocidad. Y cuando hubo recorrido una manzana, echó un vistazo por encima del hombro. Para su consternación, el tipo ya no estaba sentado en el banco. Había cruzado la calle e iba por la acera en su dirección.

«¡Está siguiéndome!». El rabino aceleró todavía más el paso y se preguntó si no habría cometido una terrible equivocación al salir a la calle.

«¡Valdespino me ha dicho que me quedara en casa! ¿En quién he decidido confiar?».

Al principio, su intención era esperar la llegada de los hombres del obispo que iban a escoltarlo hasta Madrid, pero una llamada telefónica había sembrado rápidamente en su interior la oscura semilla de la duda y lo había cambiado todo.

«El objetivo de los hombres que le ha enviado el obispo no es trasladarlo, sino eliminarlo, igual que hizo con Syed al-Fadl», le había dicho la mujer. Luego le había expuesto unas pruebas tan persuasivas que Köves había entrado en pánico y había huido corriendo de casa.

Ahora, el rabino temía no llegar a tiempo a la sinagoga. El hombre de la gorra de béisbol aún iba detrás de él, siguiéndolo a unos cincuenta metros.

De repente, un ensordecedor chirrido sobresaltó a Köves. El ruido, advirtió aliviado, lo había hecho un autobús al frenar en la parada que había al final de la manzana. Con la sensación de que se trataba de una auténtica señal divina, corrió hacia él y subió a bordo. El vehículo estaba repleto de ruidosos estudiantes universitarios y dos de ellos tuvieron la educación de cederle un asiento en la parte delantera.

Köszönöm —dijo el rabino casi sin aliento. «Gracias».

Antes de que el autobús volviera a arrancar, sin embargo, el hombre de los vaqueros y la gorra de béisbol apretó a correr y consiguió llegar a tiempo para subir.

De inmediato, el rabino se puso rígido, pero el tipo pasó a su lado sin siquiera mirarlo y se sentó en la parte trasera. En el reflejo del parabrisas, Köves pudo ver que el hombre volvía a estar enfrascado en su teléfono móvil, aparentemente absorto en alguna especie de videojuego.

«No seas paranoico, Yehuda —se dijo—. No viene a por ti».

Cuando llegaron a la parada de la calle Dohány, Köves se quedó mirando las agujas de la sinagoga, que se encontraba a unas pocas manzanas, pero al final no se atrevió a dejar atrás la seguridad que le ofrecía aquel autobús lleno de estudiantes.

«Si bajo y el hombre me sigue…».

Decidió que era más seguro continuar rodeado de gente y permaneció en su asiento. «Será mejor que me quede un rato aquí y recupere el aliento», pensó, si bien deseó haber ido al cuarto de baño antes de salir de aquel modo tan inesperado de casa.

En cuanto el autobús dejó atrás la calle Dohány, sin embargo, Köves cayó en la cuenta del terrible fallo de su plan.

«Es sábado por la noche y todos los pasajeros del autobús son jóvenes».

Casi con toda seguridad bajarían en el mismo lugar: la siguiente parada, situada en pleno corazón del barrio judío.

Esa zona sufrió numerosos bombardeos durante la segunda guerra mundial, pero en la actualidad se había convertido en el emplazamiento de una de las escenas nocturnas más vibrantes de Europa: los famosos «bares en ruinas», modernos clubes alojados en esqueletos de edificios sin restaurar. Cada fin de semana, hordas de estudiantes y turistas se congregaban en las estructuras ruinosas de almacenes y de viejas mansiones reconvertidas en bares dotados de los equipos de sonido más modernos y decorados con grafitis, luces de colores y eclécticas obras de arte.

Efectivamente, cuando el autobús se detuvo en la siguiente parada, todos los estudiantes que lo atestaban descendieron en tropel. El hombre de la gorra, en cambio, permaneció sentado en la parte trasera, todavía enfrascado en su teléfono móvil. El instinto le dijo a Köves que bajara del autobús lo más rápido que pudiera, de modo que se puso de pie, recorrió el pasillo a toda velocidad y salió a la calle.

El vehículo arrancó, pero de repente volvió a detenerse y sus puertas se abrieron para que descendiera un último pasajero: el hombre de la gorra de béisbol. Köves notó que el pulso se le aceleraba de nuevo, pero el tipo no lo miró en ningún momento. En vez de eso, le dio la espalda al gentío y se marchó a paso rápido en otra dirección mientras llamaba con el móvil.

«Deja de imaginar cosas», se dijo el rabino, procurando serenarse.

El autobús volvió a arrancar y el grupo de estudiantes comenzó a caminar en dirección a los bares. Por seguridad, el rabino decidió permanecer a su lado tanto rato como fuera posible. En cuanto pudiera, giraría bruscamente a la izquierda y se dirigiría a la sinagoga a toda velocidad.

«Está a unas pocas manzanas», se dijo, ignorando la pesadez de las piernas y la creciente presión que sentía en la vejiga.

Los bares en ruinas estaban atestados y su bulliciosa clientela se agolpaba en las puertas. Por todas partes se oía el rítmico latido de la música electrónica, y el penetrante olor de la cerveza que impregnaba el aire de la calle se mezclaba con el aroma dulzón de los cigarrillos Sopianae y los pasteles con forma de chimenea, los kürtöskalács.

Al llegar a la esquina, Köves todavía tenía la inquietante sensación de que estaba siendo observado, de modo que aminoró el paso y echó un último vistazo por encima del hombro. Por suerte, no vio por ninguna parte al hombre de los pantalones vaqueros y la gorra de béisbol.

El sujeto, que se había agazapado en la oscura entrada de una casa, permaneció inmóvil durante diez largos segundos antes de asomarse cuidadosamente y mirar hacia la esquina.

«Buen intento, vejestorio», pensó a sabiendas de que se había agachado justo a tiempo.

El hombre volvió a comprobar la jeringuilla que llevaba en el bolsillo. Luego salió de las sombras, se ajustó la gorra y fue detrás de su objetivo.

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