Origen
Capítulo 42
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Mientras el Gulfstream G550 ascendía para llegar a su altitud de crucero, Robert Langdon miraba distraídamente por la ventanilla ovalada e intentaba poner en orden sus pensamientos. Las últimas dos horas habían sido un torbellino de emociones: del apasionante desarrollo de la presentación de Edmond al espeluznante horror de su espantoso asesinato. Cuanto más pensaba en el anuncio que iba a realizar su amigo, más le parecía que aumentaba su misterio.
«¿Qué había descubierto?
»¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?».
Recordó entonces las palabras que le había dicho esa noche Edmond en la escultura en espiral: «Robert, el descubrimiento que he hecho… contesta con toda claridad ambas preguntas».
Kirsch le había asegurado que había obtenido la respuesta a los dos mayores misterios de la historia de la humanidad y, sin embargo, a Langdon le resultaba imposible imaginar que fuera algo tan peligrosamente disruptivo que pudiera motivar su asesinato.
Lo único que tenía claro era que se trataba de algo relativo al origen y al destino de la humanidad.
«¿Qué origen sorprendente descubrió Edmond?
»¿Qué destino misterioso?».
Kirsch se había mostrado particularmente optimista respecto al futuro, de modo que parecía improbable que su predicción fuera de carácter apocalíptico. «¿Qué es entonces lo que inquietó tanto a los clérigos?».
—¿Robert?
Ambra apareció a su lado con una taza de café caliente.
—¿Has dicho que lo querías solo?
—Perfecto, sí, gracias.
Langdon aceptó la taza con la esperanza de que un poco de cafeína lo ayudara a poner en claro sus ideas.
La mujer se sentó delante de él y se sirvió una copa de vino tinto de una botella con una elegante etiqueta.
—Edmond llevaba una caja de Château Montrose en el avión. Me ha parecido una pena desperdiciarlo.
Langdon solo había probado ese vino una vez, en una cava secreta situada en un sótano del Trinity College de Dublín, adonde había ido para investigar un manuscrito iluminado conocido como Libro de Kells.
Ambra sostenía la copa de vino con ambas manos y, al llevársela a los labios, miró a Langdon por encima del borde. De nuevo, él se sintió extrañamente desarmado ante la elegancia natural de aquella mujer.
—Antes has mencionado que Edmond estuvo en Boston y te preguntó sobre varios mitos de la Creación, ¿no? —dijo ella.
—Así es. Hará cosa de un año. Estaba interesado en las distintas formas en las que las principales religiones habían contestado la pregunta «¿de dónde venimos?».
—Entonces, ese puede que sea un buen punto de partida para averiguar en qué estaba trabajando —dijo ella.
—Estoy del todo a favor de comenzar por el principio —respondió él—, pero no estoy seguro de saber cuál es. Solo hay dos escuelas de pensamiento sobre nuestro origen: la idea religiosa de que Dios nos creó completamente formados y el modelo darwiniano, según el cual surgimos del caldo primigenio y evolucionamos hasta convertirnos en seres humanos.
—¿Y si Edmond dio con una tercera posibilidad? —preguntó Ambra, y sus ojos castaños centellearon—. ¿Y si eso forma parte de su descubrimiento? ¿Y si demostró que los seres humanos no proceden ni de Adán y Eva ni de la evolución darwiniana?
Langdon tenía que admitir que un descubrimiento semejante (un relato alternativo sobre el origen del ser humano) tendría una importancia trascendental, pero era incapaz de imaginar cuál podría ser ese hallazgo.
—No hay duda de que la teoría de la evolución de Darwin está asentada porque se basa en hechos científicos observables, e ilustra con claridad cómo los organismos evolucionan y con el tiempo se adaptan a su entorno —dijo Langdon—. Es una teoría plenamente aceptada por las mentes científicas más prestigiosas.
—¿Sí? —dijo la mujer—. He visto muchos libros que afirman que Darwin estaba completamente equivocado.
—Lo que dice la señorita Vidal es cierto —intervino Winston a través del altavoz del teléfono, que estaba cargándose en la mesilla que había entre el profesor y Ambra—. Solo en las últimas dos décadas se han publicado más de cincuenta títulos al respecto.
Langdon se había olvidado de que Winston aún estaba con ellos.
—Y algunos fueron un gran éxito de ventas —añadió el asistente informático—. Lo que Darwin malinterpretó, Derrotando al darwinismo, La caja negra de Darwin, Juicio a Darwin, El lado oscuro de Charles Darw…
—Sí, sí… —lo interrumpió Langdon, consciente de la amplia colección de libros que aseguraban refutar las teorías de Darwin—. Yo mismo llegué a leer un par.
—¿Y…? —preguntó Ambra.
Langdon sonrió con educación.
—Bueno, no puedo hablar de todos ellos, pero los dos que leí se basaban en puntos de vista fundamentalmente cristianos. Uno llegaba incluso a sugerir que los fósiles habían sido dejados en la Tierra por Dios «para poner a prueba nuestra fe».
Ambra frunció el ceño.
—O sea que no te hicieron cambiar de parecer.
—No, pero despertaron mi curiosidad, de modo que le pedí su opinión a un profesor de biología de Harvard. —Langdon sonrió—. Ese profesor, por cierto, es el difunto Stephen J. Gould.
—¿De qué me suena ese nombre? —preguntó la mujer.
—Stephen J. Gould fue un renombrado biólogo y paleontólogo —contestó de inmediato Winston—. Su teoría del «equilibrio puntuado» explica algunos de los huecos en el registro fósil y respalda el modelo darwiniano de la evolución.
—Gould se limitó a reír entre dientes y me dijo que la mayoría de los libros que se oponían a las teorías de Darwin estaban publicados por editoriales como la del Instituto para la Investigación de la Creación, una organización que, según la información que ella misma proporciona, considera la Biblia un relato infalible y literal de hechos científicos e históricos —explicó Langdon.
—Lo cual quiere decir que creen en zarzas ardientes que hablan, que Noé metió a todas las especies de animales en un arca o que la gente puede convertirse en estatuas de sal. No son los cimientos más firmes para una organización dedicada a la investigación científica —añadió Winston.
—Cierto —convino Langdon—. Y, sin embargo, hay también algunos libros no religiosos que intentan desacreditar a Darwin desde un punto de vista histórico, acusándolo de haber robado su teoría al naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck, el primero en proponer que los organismos se transformaban en respuesta a su entorno.
—Esa línea de pensamiento es irrelevante, profesor —dijo Winston—. Que Darwin sea culpable o no de plagio no tiene relación alguna con la veracidad de su teoría de la evolución.
—Eso es innegable —intervino Ambra—. Así pues, Robert, supongo que si le hubieras preguntado al profesor Gould «¿de dónde venimos?», este habría contestado que sin duda alguna hemos evolucionado de los simios.
Langdon asintió.
—Esencialmente, Gould me aseguró que entre los verdaderos científicos no hay ninguna duda de que la evolución está teniendo lugar. Es un proceso comprobable de forma empírica. Para él, tenía más sentido preguntarse «¿por qué sucede la evolución?» y «¿cómo comenzó todo?».
—¿Y te ofreció alguna respuesta? —preguntó la mujer.
—Ninguna que yo pudiera comprender, pero ilustró sus argumentos con un experimento mental llamado «Pasillo Infinito». —Langdon hizo una pausa y le dio un sorbo al café.
—Ciertamente, se trata de un ejemplo muy útil —dijo Winston antes de que el profesor pudiera continuar su explicación—. Dice así —le explicó entonces a Ambra—: imagínese que está caminando por un pasillo tan largo que es imposible ver dónde comienza y dónde termina.
Langdon asintió, impresionado por la amplitud de los conocimientos de Winston.
—De repente, oye a su espalda el ruido de una pelota rebotando —continuó Winston—. Y, al volverse, comprueba que así es, que se acerca a usted una pelota. Esta está cada vez más próxima y, en un momento dado, la adelanta y sigue rebotando hasta que al final desaparece de su vista.
—Correcto —dijo Langdon—. La pregunta no es si la pelota está rebotando, pues claramente está haciéndolo. Podemos observarlo. En todo caso las preguntas serían: «¿por qué está rebotando?», «¿cómo empezó a rebotar?», «¿le ha dado alguien una patada?», «¿se trata de una pelota especial a la que simplemente le gusta rebotar?», «¿son las leyes de la física de este pasillo las culpables de que la pelota no tenga otro remedio que rebotar para siempre?».
—Lo que quería decir Gould —concluyó Winston— es que, al igual que sucede con la evolución, carecemos de la perspectiva suficiente para saber cómo empezó el proceso.
—Exacto —dijo Langdon—. Lo único que podemos hacer es comprobar qué está pasando.
—Es algo similar al desafío que supone tratar de comprender el big bang —añadió Winston—. Los cosmólogos han diseñado elegantes fórmulas para describir el universo en expansión en cualquier momento dado del pasado o del futuro: «T». Sin embargo, cuando intentan esclarecer el instante mismo en el que el big bang sucedió, donde «T» equivale a cero, las matemáticas resultan insuficientes para describir lo que parece un punto místico de calor y densidad infinitos.
Impresionados, Langdon y Ambra se miraron entre sí.
—Correcto de nuevo —dijo el profesor—. Y como a la mente humana no se le da demasiado bien trabajar con el concepto de «infinito», la mayoría de los científicos se ocupan del universo únicamente después del big bang, donde «T» es mayor que cero, asegurándose así de que sus cálculos matemáticos no se vuelven místicos.
Uno de los colegas de Langdon en Harvard (un solemne profesor de física) se hartó tanto de los estudiantes de filosofía que asistían a su seminario sobre los orígenes del universo que acabó colgando un letrero en la puerta de su aula en el que se podía leer:
En mi clase, T > 0
Para todas las preguntas en las que T = 0,
por favor, visiten el Departamento de Religión
—¿Y qué hay de panspermia? —preguntó Winston—. Me refiero a la idea de que la vida en la Tierra llegó de otro planeta mediante un meteorito o el polvo cósmico. Panspermia está considerada una posibilidad científicamente válida para explicar la existencia de vida en la Tierra.
—Aunque eso resultara ser cierto —respondió Langdon—, no contestaría la pregunta de cómo comenzó en primer lugar la vida en el universo. Seguiríamos ignorando el origen de la pelota que rebota y posponiendo la gran pregunta: «¿De dónde proviene la vida?».
Winston se quedó en silencio.
Ambra tomó un sorbo de vino, encantada con la conversación.
En cuanto el Gulfstream alcanzó su altitud de crucero, Langdon se encontró a sí mismo imaginando lo que significaría que Edmond hubiera descubierto realmente la respuesta a la vieja cuestión del origen de la humanidad.
Y, sin embargo, según Edmond, esa respuesta solo era una parte del secreto.
Fuera cual fuese la verdad, su viejo amigo había protegido los detalles de su descubrimiento con una contraseña larga: un único verso de cuarenta y siete caracteres. Si todo salía según el plan, Langdon y Ambra pronto la encontrarían en el apartamento que Edmond tenía en Barcelona.