Origen
Capítulo 43
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Casi una década después de su creación, la llamada «internet profunda» sigue siendo un misterio para la mayoría de los internautas. Estas siniestras tinieblas de la red son inaccesibles mediante los motores de búsqueda tradicionales y proporcionan acceso anónimo a un asombroso menú de bienes y servicios ilegales.
Desde sus humildes inicios con páginas como Silk Road (el primer mercado negro digital de drogas ilegales), la internet profunda se había convertido en una gigantesca red de sitios ilícitos que ofrecían armas, pornografía infantil, secretos políticos e incluso los servicios de distintos profesionales, entre los cuales había prostitutas, hackers, espías, terroristas o asesinos.
Cada semana se realizaban literalmente millones de transacciones en la internet profunda y, esa noche, en la zona de los bares en ruinas de Budapest, una de ellas estaba a punto de ser completada.
El hombre de la gorra de béisbol y los pantalones vaqueros avanzaba furtivamente por las sombras de la calle Kazinczy en pos de su presa. En los últimos años, misiones como esa se habían convertido en su pan de cada día y siempre las negociaba a través de un puñado de redes populares como Unfriendly Solution, Hitman Network o BesaMafia.
La contratación de sicarios era un negocio que movía miles de millones de dólares y seguía creciendo a diario gracias fundamentalmente a las garantías que ofrecía la internet profunda para mantener el anonimato de las negociaciones y la posibilidad de realizar pagos irrastreables con monedas digitales como los bitcoin. La mayoría de los encargos estaban relacionados con asuntos como el fraude a las aseguradoras, las peleas entre socios de algún negocio o los matrimonios turbulentos, pero en realidad el motivo carecía de importancia para la persona que llevaba a cabo el trabajo.
«Nada de preguntas —dijo para sí el asesino—. Esta es la regla de oro que garantiza el buen funcionamiento de mi negocio».
El encargo de esa noche lo había aceptado varios días atrás. Su empleador anónimo le había ofrecido ciento cincuenta mil euros por vigilar la casa de un viejo rabino y permanecer «de guardia» por si había que completar la misión. En ese caso, eso significaba entrar en la casa del tipo e inyectarle una solución de cloruro de potasio, lo cual le provocaría la muerte inmediata a causa de un ataque al corazón.
Inesperadamente, sin embargo, el rabino había salido de casa en plena noche y había subido a un autobús. El asesino lo había seguido y luego había utilizado el programa de transmisión de mensajes encriptados de su teléfono móvil para informar a su empleador del desarrollo de los acontecimientos.
El objetivo ha salido. Ha ido a zona de bares.
¿Posible encuentro con alguien?
La respuesta de su empleador fue casi inmediata.
Ejecútelo
Ahora, entre los bares en ruinas y los callejones oscuros, lo que había comenzado como una mera operación de vigilancia se había convertido en un juego mortal del gato y el ratón.
Sudando y prácticamente sin aliento, el rabino Yehuda Köves recorría a toda velocidad la calle Kazinczy. Le ardían los pulmones y tenía la sensación de que su vieja vejiga estaba a punto de explotar.
«Lo único que necesito es un cuarto de baño y descansar un momento», pensó, deteniéndose en medio del gentío que había delante del bar Szimpla Kert (uno de los bares en ruinas más grandes y famosos de Budapest). La clientela formaba una mezcla tan diversa en cuanto a edades y profesiones que nadie se fijó en el viejo rabino.
«Me quedaré aquí un momento», decidió, y entró en el local.
Antaño una espectacular mansión de piedra de balcones señoriales y altos ventanales, el bar Szimpla Kert era ahora una estructura ruinosa cubierta de grafitis. Al cruzar el amplio pórtico de esa antigua residencia majestuosa, pasó debajo de un dintel en el que podía leerse un mensaje codificado: «EGG-ESH-AY-GED-RE!».
Köves tardó un instante en darse cuenta de que no era más que la transcripción fonética de la palabra húngara egészségedre, que significa «¡salud!».
Al entrar, contempló con incredulidad el interior cavernoso del bar. La decrépita mansión estaba construida alrededor de un patio amplio en el que había algunos de los objetos más extraños que había visto en su vida: una bañera reconvertida en un sofá, unos maniquíes montando en bicicletas suspendidas en el aire o un destartalado Trabant de Alemania del Este que ahora servía de improvisado asiento para los clientes.
El patio estaba rodeado por unos muros altos y decorados con numerosos grafitis pintados con espray, pósteres de la era soviética, esculturas clásicas y plantas colgantes cuyas ramas embellecían los balcones interiores repletos de clientes que se balanceaban al ritmo de la música. El aire olía a cigarrillos y cerveza, y había parejas jóvenes besándose apasionadamente a la vista de todo el mundo mientras otros clientes fumaban con discreción pequeñas pipas y bebían chupitos de pálinka, un popular aguardiente húngaro de frutas.
Al rabino siempre le había parecido irónico que, a pesar de ser la creación más sublime de Dios, los seres humanos siguieran siendo meros animales y su comportamiento se rigiera en gran medida por la búsqueda de comodidades materiales. «Buscamos el bienestar de nuestros cuerpos físicos con la esperanza de que se extienda también a nuestras almas». El rabino dedicaba gran parte de su tiempo a ofrecer consejo a aquellos que se entregaban a las tentaciones animales del cuerpo (básicamente a la comida y al sexo) y, a causa del aumento de gente adicta a internet y a las drogas de diseño baratas, su trabajo se volvía cada vez más desafiante.
La única comodidad material que Köves necesitaba en ese momento era un cuarto de baño, de modo que no pudo evitar desanimarse al ver que, para entrar en él, había una cola de por lo menos diez personas. Como no podía esperar más, subió al primer piso, donde le habían dicho que encontraría muchos otros. Una vez allí, el rabino se adentró en un laberinto de salones y dormitorios contiguos, cada uno con su pequeño bar o zona de asientos. Finalmente, le preguntó a uno de los camareros por el cuarto de baño más cercano y el hombre le señaló un pasillo que había a lo lejos y al que se accedía a través de un largo balcón que daba al patio.
Köves se dirigió corriendo al balcón y, con una mano en la barandilla, comenzó a recorrerlo mientras miraba distraídamente el bullicio de la planta baja, donde un mar de jóvenes se movía al ritmo del profundo latido de la música.
Entonces lo vio.
El rabino se quedó petrificado.
Allí, en medio de la multitud, el hombre de la gorra de béisbol y los pantalones vaqueros estaba mirándolo a los ojos. Durante un breve instante, se quedaron observándose el uno al otro. Un momento después, el hombre reanudó la marcha y, con la velocidad de una pantera, se abrió camino entre los clientes en dirección a la escalera.
El asesino subió a toda prisa los escalones examinando con atención el rostro de cada persona con la que se cruzaba. Conocía bien el bar Szimpla Kert y no tardó en llegar al balcón en el que había visto a su objetivo.
El rabino ya no estaba allí.
«No nos hemos cruzado —pensó el asesino—, lo cual significa que te has escondido en el interior del local».
El tipo divisó entonces un oscuro pasillo que había más adelante y no tuvo ninguna duda de dónde debía de haberse ocultado su presa.
El pasillo estaba repleto de gente y olía a orina. Al fondo había una puerta de madera combada.
Cuando llegó ante esta, la aporreó con fuerza con el puño.
Silencio.
Volvió a hacerlo.
Al otro lado, una voz grave le dijo que el baño estaba ocupado.
—Bocsásson meg! —se disculpó el asesino en un alegre tono de voz, y fingió que se alejaba, procurando hacer ruido para que el ocupante del baño lo oyera.
Luego se dio la vuelta en silencio y pegó la oreja a la puerta. En el interior del cuarto de baño, el rabino susurraba desesperado.
—¡Alguien está intentando matarme! ¡Estaba esperándome fuera de casa! ¡Ahora estoy atrapado en el bar Szimpla Kert! ¡Por favor, envíen ayuda!
Al parecer, su objetivo había llamado al 112. Era sabido que el tiempo de respuesta del número de emergencias era largo, pero el asesino no tenía intención de esperar mucho más.
Tras echar un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que no lo veía nadie, retrocedió unos pasos y sincronizó la embestida contra la puerta con el retumbante bombo de la música.
El viejo cerrojo cedió al primer intento y la puerta se abrió de golpe. El asesino entró en el cuarto de baño, cerró tras de sí y se encaró con su presa.
Agazapado en un rincón, el rabino parecía tan confuso como aterrorizado.
El asesino le quitó el móvil, apretó un botón para finalizar la llamada y tiró el aparato al retrete.
—¿Q-quién lo envía? —tartamudeó.
—Lo bueno de mi situación es que no tengo forma de saberlo —respondió el atacante.
El anciano resollaba y sudaba profusamente. De repente, soltó un grito ahogado y, abriendo los ojos como platos, se llevó las manos al pecho.
«¿De verdad? —pensó el atacante con una sonrisa—. ¿Está teniendo un ataque al corazón?».
Con la mirada suplicante y el rostro enrojecido, el rabino se llevó las manos al pecho y, tras doblarse por la mitad, cayó de cara al sucio suelo de baldosas, donde permaneció tumbado y temblando mientras su vejiga se vaciaba y un pequeño charco de orina comenzaba a extenderse por el suelo.
Finalmente, se quedó inmóvil.
El asesino se agachó a su lado y le comprobó la respiración. Nada.
Luego volvió a ponerse de pie aún sonriendo.
—Has hecho mi trabajo mucho más fácil de lo que esperaba.
Y, tras decir eso, se dirigió a la puerta.
Los pulmones de Köves no podrían aguantar mucho más.
Acababa de interpretar la actuación de su vida.
Al borde de la inconsciencia por la falta de oxígeno, el rabino permaneció inmóvil mientras oía cómo los pasos de su atacante se alejaban por el cuarto de baño. Acto seguido, la puerta se abrió y luego volvió a cerrarse.
Silencio.
El rabino se obligó a aguardar otro par de segundos para asegurarse de que el asesino había dejado atrás el pasillo y ya no podía oírlo. Finalmente, incapaz de esperar un instante más, abrió la boca y aspiró una gran bocanada de aire. Incluso el aire rancio de aquel cuarto de baño sabía a gloria.
Abrió los ojos despacio. Tenía la vista borrosa a causa de la falta de oxígeno. Y, aunque le retumbaba la cabeza, cuando la levantó, empezó a recuperar la visión. Sin embargo, para su desconsuelo, de repente vio que en el cuarto de baño había una sombra.
El hombre de la gorra de béisbol estaba mirándolo con una amplia sonrisa.
Al rabino se le heló la sangre. «¡No ha llegado a salir!».
El atacante se acercó al rabino en dos zancadas y, como si tuviera un par de tenazas en lugar de manos, lo agarró por el cuello y le estampó la cara contra las baldosas del suelo.
—Puedes dejar de respirar —se burló el asesino—, pero no detener los latidos de tu corazón. —Y, tras soltar una carcajada, añadió—: No te preocupes, yo te ayudaré con eso.
Un instante después, el rabino notó un pinchazo en el cuello y sintió que un fuego líquido se le extendía por la garganta y le inundaba el cráneo. Esa vez, cuando su corazón sufrió el ataque, lo hizo de verdad.
Tras haber dedicado la mayor parte de su vida a los misterios del Shamayim (la morada de Dios y de las almas de los justos), el rabino Yehuda Köves supo que todas las respuestas estaban al fin a un latido de distancia.