Origen

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Capítulo 44

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A solas en el espacioso cuarto de baño del Gulfstream G550, Ambra Vidal se acercó al lavabo y, tras colocar las manos debajo del chorro de agua caliente, se miró en el espejo. Apenas podía reconocerse a sí misma.

«¿Qué he hecho?».

La mujer tomó otro sorbo de vino y recordó con añoranza la vida que había llevado hasta hacía unos pocos meses: anónima, soltera, dedicada plenamente a su trabajo en el museo. Su antiguo yo había dejado de existir. Se había evaporado en cuanto Julián le había propuesto matrimonio.

«No —se dijo—. Se evaporó en el momento en que aceptaste su propuesta».

El horror del asesinato de esa noche le atenazaba el estómago y su mente lógica comenzó a evaluar con temor todas las implicaciones.

«He invitado al asesino de Edmond al museo.

»Alguien del Palacio Real me ha engañado.

»Y ahora sé demasiadas cosas».

No tenía pruebas de que el príncipe estuviera detrás del sangriento asesinato ni, de hecho, de que estuviera siquiera al tanto del plan para cometerlo. Aun así, Ambra conocía suficientemente bien el funcionamiento interno de Palacio para saber que nada de eso podría haber sucedido sin el conocimiento de Julián, o sin su bendición, incluso.

«Le conté demasiadas cosas».

Esas últimas semanas, había sentido la creciente necesidad de justificar cada segundo que pasaba lejos de su celoso prometido, de modo que, en privado, había compartido con él muchos detalles sobre la inminente presentación de Edmond. Ahora temía haber cometido una imprudencia.

Tras cerrar el grifo y secarse las manos, Ambra cogió la copa de vino que prácticamente se había terminado y la vació del todo en el lavabo. La mujer que le devolvía la mirada en el espejo le resultaba desconocida: antaño profesional y segura de sí misma, ahora se sentía presa de los remordimientos y la vergüenza.

«La de errores que he cometido en unos pocos meses…».

Mientras su mente retrocedía en el tiempo, se preguntó qué podría haber hecho de otro modo. En una noche lluviosa de hacía cuatro meses, acudió a un evento para recaudar fondos que se celebraba en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid…

La mayoría de los invitados se habían congregado en la sala 206.06 para contemplar la obra más famosa del museo: el Guernica, un cuadro enorme, de casi ocho metros de largo, en el que Picasso evocaba el terrible bombardeo que había sufrido un pequeño pueblo vasco durante la guerra civil española. A Ambra, sin embargo, ese cuadro le parecía excesivamente duro en tanto que vívido recordatorio de la brutal opresión que España había sufrido con Franco entre 1939 y 1975.

En su lugar, pues, había optado por entrar en una sala más tranquila para disfrutar de la obra de una de sus artistas españolas favoritas, Maruja Mallo, una surrealista gallega cuyo éxito en los años treinta había contribuido a romper el techo de cristal que limitaba a las mujeres artistas en el país.

Mientras estaba contemplando La verbena (una sátira política repleta de complejos símbolos) oyó una voz profunda a su espalda.

—Es casi tan hermoso como usted —dijo el hombre.

«¿En serio?». Ambra puso los ojos en blanco y contuvo el impulso de volverse. En eventos como ese, a veces el museo parecía más un bar que un centro cultural.

—¿Qué cree que significa? —preguntó entonces el tipo a su espalda.

—No tengo ni idea —mintió ella en inglés con la esperanza de que el idioma extranjero ahuyentara al tipo—. Simplemente me gusta.

—A mí también —respondió él en un inglés casi sin acento—. Mallo era una adelantada a su tiempo. Por desgracia, para el ojo inexperto, la belleza superficial del cuadro puede camuflar la sustancia más profunda que se esconde en su interior. —Hizo una pausa y luego continuó—: Imagino que una mujer como usted debe de encontrarse cada dos por tres con este problema.

Ella dejó escapar una risa ahogada.

«¿De veras funciona esto con las mujeres?».

Y, con una sonrisa educada, se dio la vuelta dispuesta a deshacerse del tipo.

—Es muy amable de su parte, señor, pero…

Se calló de golpe.

El hombre que tenía delante era alguien a quien había visto toda su vida en televisión y en las revistas.

—¡Vaya! —consiguió decir finalmente—. Es usted…

—¿Presuntuoso? —aventuró el apuesto hombre—. ¿Torpemente atrevido? Lo siento, vivo algo alejado de la realidad y no se me dan muy bien este tipo de cosas. —Sonrió y extendió una mano—. Me llamo Julián.

—Me parece que ya sé su nombre —le dijo ella, sonrojándose mientras estrechaba la mano del futuro rey de España.

Era mucho más alto de lo que había imaginado y lucía una sonrisa que irradiaba seguridad en sí mismo.

—No sabía que iba a estar aquí esta noche —siguió diciendo ella, recobrando la compostura con rapidez—. Creía que sería usted más aficionado al Prado. Ya sabe: Goya, Velázquez… Los clásicos.

—¿Quiere decir «conservador» y «anticuado»? —Se rio afectuosamente—. Creo que me ha confundido con mi padre. A mí me gustan más Mallo o Miró.

Ambra y el príncipe estuvieron hablando durante varios minutos, y a ella la impresionó lo mucho que sabía sobre arte. Aunque claro, el hombre se había criado en el Palacio Real de Madrid, hogar de una de las mejores colecciones del país; probablemente, de pequeño tenía un Greco en la habitación.

—Soy consciente de que esto puede parecerle algo atrevido —dijo al final el príncipe ofreciéndole una tarjeta de visita con relieves dorados—, pero me gustaría invitarla a una cena que celebro mañana por la noche. Mi número de teléfono está en la tarjeta. Solo tiene que llamarme.

—¿Una cena? —bromeó ella—. ¡Si ni siquiera sabe mi nombre!

—Ambra Vidal —dijo él despreocupadamente—. Tiene treinta y nueve años. Se graduó en historia de arte en la Universidad de Salamanca. Es la directora del Museo Guggenheim Bilbao. No hace mucho, se ha referido en público a la controversia que rodea a Luis Quiles, y estoy de acuerdo con usted en que su obra es un reflejo gráfico de los horrores de la vida moderna y que no es apropiada para los niños, pero no estoy tan seguro de que tenga similitudes con la de Banksy. Nunca se ha casado. No tiene hijos. Y le sienta de maravilla el negro.

Ambra se quedó boquiabierta.

—¡Dios mío! ¿De veras le funciona esta forma de ligar?

—No tengo ni idea —dijo él con una sonrisa—. Supongo que ahora lo averiguaremos.

En ese momento, aparecieron dos agentes de la Guardia Real y el príncipe se marchó con ellos a otra sala para relacionarse con algunas personalidades.

Ambra bajó la mirada a la tarjeta de visita que tenía en la mano y sintió algo que no había sentido en muchos años. Mariposas. «¿Acaba de pedirme una cita un príncipe?».

De adolescente, era alta y delgada, y los chicos que querían salir con ella siempre habían tenido la impresión de estar a su altura. Más adelante, sin embargo, cuando su belleza hubo florecido, Ambra descubrió que los hombres se sentían intimidados por su presencia y cuando estaban con ella se mostraban torpes, cohibidos y excesivamente deferenciales. Esa noche, sin embargo, uno poderoso se le había acercado con decisión y había tomado el control. Eso la hizo sentirse femenina. Y joven.

Al día siguiente, un conductor recogió a Ambra en su hotel y la llevó al Palacio Real, donde participó en una cena junto a dos docenas de invitados, a muchos de los cuales reconoció por las páginas de sociedad o política. El príncipe la presentó como su «encantadora nueva amiga» e inició una conversación sobre arte en la que ella no tuvo ningún problema en participar. En un momento dado, le dio la sensación de estar pasando un examen, pero, por alguna razón, no le importó. Se sintió halagada.

Al finalizar la velada, Julián la llevó a un lado y le dijo:

—Espero que se lo haya pasado bien. Desearía volver a verla. —Sonrió—. ¿Qué le parece el jueves por la noche?

—Me encantaría —contestó ella—, pero he de regresar a Bilbao por la mañana.

—Entonces yo también iré a Bilbao —dijo él—. ¿Ha ido al restaurante Etxanobe?

Ella no pudo evitar reírse. Etxanobe era una de las experiencias gastronómicas más selectas de la ciudad. La decoración vanguardista y la colorista cocina del restaurante, uno de los favoritos entre los aficionados al arte de todo el mundo, hacían que el comensal se sintiera como si estuviera sentado en un paisaje pintado por Marc Chagall.

—Eso sería estupendo —se oyó decir a sí misma.

En el Etxanobe, mientras daban cuenta de unos deliciosos platos de atún soasado con zumaque y espárragos con trufas, Julián le habló de los desafíos políticos a los que debía enfrentarse ahora que estaba comenzando a emerger de la sombra de su enfermo padre, así como de la presión personal que sentía para darle continuidad a la dinastía real. Ambra reconoció en él la inocencia de un niño que se había pasado toda la vida enclaustrado, pero también las hechuras de un líder con una pasión entusiasta por su país. Le pareció una combinación atractiva.

Esa noche, después de que los agentes de la Guardia Real hubieran llevado de vuelta a Julián a su avión privado, Ambra supo que sentía algo por él.

«Apenas lo conoces —se recordó—. Tómatelo con calma».

Los siguientes meses parecieron pasar en un instante. Ambra y Julián se vieron muy a menudo: cenas en el palacio, pícnics en los terrenos de su casa de campo o incluso una matiné cinematográfica. Su relación fluía con facilidad, y ella no recordaba haber sido nunca más feliz. El príncipe era entrañablemente anticuado y solía cogerla de la mano o darle algún beso furtivo, pero nunca había cruzado los límites del decoro y ella apreciaba sus maneras refinadas.

Hacía tres semanas, Ambra había viajado a Madrid para participar en una sección de un programa de la televisión nacional para hablar de una de las próximas exposiciones del museo Guggenheim. Ese programa matinal lo veían millones de personas en todo el país, y a ella la ponía algo nerviosa aparecer en directo en televisión, pero era consciente de que eso le proporcionaría una gran publicidad al museo.

La noche anterior al programa, ella y Julián habían mantenido una cena deliciosamente informal en la Trattoria Malatesta y luego habían ido a dar una vuelta por el parque del Retiro. Al ver a su alrededor familias paseando y grupos de niños riendo y corriendo, Ambra no pudo evitar sentirse en plena armonía con esa escena idílica.

—¿Te gustan los niños? —preguntó Julián.

—Me encantan —respondió ella honestamente—. De hecho, a veces creo que es lo único que me falta en la vida.

Una gran sonrisa se dibujó en el rostro del príncipe.

—Conozco esa sensación.

En ese instante, ella notó que él la miraba de un modo distinto y supo por qué le había hecho esa pregunta. De inmediato, sintió que una oleada de miedo la sacudía y una voz en su cabeza comenzó a exclamar: «¡Díselo! ¡Díselo ahora!».

Intentó hacerlo, pero fue incapaz de articular sonido alguno.

—¿Estás bien? —preguntó él preocupado.

Ella sonrió.

—Es por el programa. Estoy un poco nerviosa.

—Respira hondo. Lo harás de maravilla.

Julián sonrió, luego se inclinó hacia adelante y le dio un fugaz beso en los labios.

A la mañana siguiente, Ambra acudió al plató de televisión y mantuvo una conversación en directo sorprendentemente agradable con las tres presentadoras del programa, que resultaron ser encantadoras. Se entregó con tal entusiasmo a sus explicaciones sobre la exposición del museo que apenas reparó en las cámaras ni en el público, ni tampoco recordó que cinco millones de personas estaban viéndola desde sus casas.

«Gracias, Ambra. Muy interesante —dijo una de las presentadoras al concluir la sección—. Ha sido un verdadero placer conocerte».

Ella asintió y esperó a que la sección terminara.

Sin embargo, le pareció extraño que esa misma presentadora le dedicara una tímida sonrisa antes de volverse hacia la cámara para dirigirse directamente al público.

—Esta mañana —empezó a decir—, un invitado muy especial ha visitado por sorpresa el estudio del programa y nos gustaría que saliera un momento a saludar a nuestro público.

Las tres presentadoras se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir al tiempo que un hombre alto y elegante entraba en el plató. Cuando el público lo vio, también se levantó de un salto y estalló en vítores.

Ambra se puso asimismo de pie, completamente en shock.

«¿Julián?».

El príncipe saludó al público y les estrechó la mano a las tres presentadoras. Luego se acercó a Ambra y le rodeó la cintura con un brazo.

—Mi padre siempre ha sido un romántico —dijo, hablándole directamente a la cámara para dirigirse a los espectadores—. Cuando mi madre murió, nunca dejó de quererla. Yo he heredado su romanticismo, y creo que, cuando un hombre encuentra el amor, lo sabe de inmediato. —Miró a Ambra y le sonrió con cariño—. Así pues…

El príncipe retrocedió un paso y se volvió hacia ella.

Cuando Ambra se dio cuenta de lo que estaba a punto de suceder, se quedó paralizada por completo. «¡No! ¡Julián! ¿Qué estás haciendo?».

Sin previo aviso, el heredero de la Corona de España hincó una rodilla en el suelo.

—Ambra Vidal, no te lo pido como príncipe sino simplemente como un hombre enamorado —dijo él con los ojos empañados.

Y las cámaras se apresuraron a obtener un primer plano de su rostro.

—Te quiero. ¿Quieres casarte conmigo?

Tanto el público como las presentadoras del programa dejaron escapar un grito ahogado de felicidad y, en ese momento, Ambra sintió cómo millones de ojos de todo el país se posaban sobre ella. La sangre acudió de inmediato a su rostro y, de repente, la luz de los focos pareció quemarle la piel. Se quedó mirando a Julián con el corazón latiéndole con fuerza y mil pensamientos arremolinándose en su cabeza.

«¿Cómo puedes ponerme en esta situación? ¡Acabamos de conocernos! ¡Hay cosas que todavía no te he contado sobre mí…! ¡Cosas que podrían cambiarlo todo!».

Ambra no tenía ni idea de cuánto tiempo permaneció en silencio, pero al final una de las presentadoras sonrió con incomodidad y dijo:

—¡Creo que la señorita Vidal está en trance! ¿Señorita Vidal? ¡Un apuesto príncipe se ha arrodillado ante usted y le ha declarado su amor delante de todo el mundo!

Ella estaba intentando pensar en alguna forma elegante de salir de la encerrona. Pero lo único que podía oír era el silencio, y sabía que estaba atrapada. Solo había un modo de poner fin a ese momento embarazoso, y público.

—Estoy vacilando porque no puedo creerme que este cuento de hadas vaya a tener un final feliz. —Relajó los hombros y sonrió con cariño al príncipe—. Por supuesto que quiero casarme contigo, Julián.

El público prorrumpió en un aplauso lleno de entusiasmo.

El príncipe se puso de pie y estrechó a Ambra entre sus brazos. En ese momento, ella se dio cuenta de que nunca antes habían compartido un abrazo largo.

Diez minutos después, los dos iban sentados en la parte trasera de la limusina de él.

—Pareces algo turbada —dijo Julián—. Lo siento. Estaba intentando ser romántico. Me siento muy atraído por ti y…

—Julián —lo interrumpió ella—. ¡Yo también me siento atraída por ti, pero me has puesto en una posición muy difícil! ¡Nunca pensé que fueras a declararte tan pronto! Apenas nos conocemos. Hay cosas sobre mí que no sabes… y que debo decirte. Cosas importantes sobre mi pasado.

—Tu pasado no importa.

—Esto sí. Y mucho.

Él sonrió y negó con la cabeza.

—Te quiero. No importa. De veras.

Ella se lo quedó mirando. «De acuerdo». Sin duda no era así como quería que se desarrollara esa conversación, pero él no le había dejado otra.

—Está bien. Ahí va, Julián. Cuando era pequeña sufrí una infección terrible que casi me mata.

—¡Vaya!

Mientras hablaba, Ambra sintió que un vacío profundo se extendía por su interior.

—Y el resultado fue que mi sueño de tener hijos…, bueno, pues eso, que se quedó en un sueño.

—No te entiendo.

—Julián —dijo ella con aspereza—, no puedo tener hijos. Los problemas de salud que tuve de pequeña me dejaron estéril. Siempre he querido tener hijos, pero no puedo quedarme embarazada. Lo siento. Sé lo importante que es para ti, pero acabas de proponerle matrimonio a una mujer que no puede darte un heredero.

Julián se puso lívido.

Ella se lo quedó mirando fijamente a la espera de que dijera algo. «Este es el momento en el que deberías estrecharme entre tus brazos y decirme que no pasa nada. El momento en el que me dices que no importa y que me quieres de todos modos».

Y entonces sucedió.

Julián se apartó ligeramente de ella.

En ese instante, Ambra supo que todo había terminado.

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