Origen
Capítulo 45
Página 50 de 113
45
El Departamento de Seguridad Electrónica de la Guardia Real está ubicado en una madriguera formada por varios habitáculos sin ventanas que hay en el sótano del Palacio Real. El cuartel general de ese departamento, aislado de manera intencionada de los amplios barracones y el arsenal del cuerpo, está compuesto por una docena de cubículos con ordenadores, una centralita telefónica y un panel de monitores de seguridad. Su equipo de ocho personas (todos de menos de treinta y cinco años) es el responsable de garantizar la seguridad de las redes de comunicación del personal de Palacio y de la Guardia Real, así como de apoyar a la vigilancia electrónica del palacio en sí.
Como siempre, esa noche el aire en los habitáculos subterráneos estaba viciado y hedía a pasta recalentada en el microondas y a palomitas. Las luces fluorescentes zumbaban ruidosamente.
«Aquí es donde les pedí que estuviera mi despacho», pensó Martín.
Aunque en teoría el puesto de coordinadora de relaciones públicas no formaba parte de la Guardia Real, el trabajo de Martín requería tener acceso a ordenadores potentes y disponer de personal con conocimientos tecnológicos. Por esas razones, el Departamento de Seguridad Electrónica le pareció un lugar más lógico para ella que un despacho insuficientemente equipado en las plantas superiores.
«Esta noche voy a necesitar toda la tecnología disponible», pensó Martín.
Durante los últimos meses, su preocupación principal había sido supervisar las comunicaciones de Palacio durante la paulatina transferencia de poder al príncipe Julián. No había sido tarea fácil. La transición entre líderes había proporcionado una oportunidad para que los contrarios a la monarquía alzaran la voz.
Según la Constitución española, la monarquía era un perdurable «símbolo de la unidad y permanencia de España», pero Martín sabía que en el país hacía tiempo que no existía esa unidad. En 1931, la Segunda República había marcado el final de la monarquía y, en 1936, el golpe de Estado del general Franco había conducido al país a una guerra civil.
En la actualidad, a pesar de que la reinstaurada monarquía estaba considerada una democracia liberal, muchos progresistas seguían acusando al rey de ser un vestigio obsoleto de un pasado religioso-militar opresivo, así como un recordatorio diario de que a España todavía le faltaba un trecho para llegar a formar parte completamente del mundo moderno.
Los comunicados que Mónica Martín había emitido durante ese último mes habían incluido los habituales retratos del rey como un apreciado símbolo sin poder real. Por supuesto, eso resultaba difícil de vender cuando el soberano era jefe de Estado y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.
«Jefe de Estado en un país en el que la separación entre Iglesia y Estado siempre ha sido controvertida», pensó Martín. Durante muchos años, la relación del monarca con el obispo Valdespino había sido una espina en el costado de los progresistas laicos.
«Y luego está el príncipe Julián», pensó.
Martín sabía que le debía su empleo, pero no había duda de que últimamente el príncipe había estado haciéndole el trabajo más difícil. Unas pocas semanas atrás, este había cometido el mayor error en lo que a relaciones públicas se refería que ella había visto en su vida.
Ante las cámaras de la televisión nacional, había hincado una rodilla en el suelo y le había pedido la mano a Ambra Vidal. Ese penoso momento solo podría haber sido más embarazoso si ella hubiera decidido rechazarlo (cosa que, por suerte, la mujer había tenido el buen juicio de no hacer).
Sin embargo, la señorita Vidal había resultado ser más difícil de manejar de lo que Julián había anticipado, y las repercusiones de su comportamiento extracurricular durante el último mes se habían convertido en una de las principales preocupaciones de Martín.
Esa noche, no obstante, las indiscreciones de Ambra habían quedado en segundo plano. El torbellino de actividad mediática generado por los acontecimientos de Bilbao había alcanzado una magnitud sin precedentes. En la última hora, una proliferación viral de teorías conspirativas se había extendido por todo el mundo, y entre ellas había varias hipótesis que implicaban al obispo Valdespino.
La novedad más significativa estaba relacionada con el asesino, que había logrado acceder al evento celebrado en el Guggenheim siguiendo «órdenes de alguien del Palacio Real». Ese dañino dato había desatado una tormenta de teorías que acusaban al rey y al obispo de haber conspirado para cometer el asesinato de Edmond Kirsch, prácticamente un semidiós en el mundo digital y un héroe estadounidense muy querido que había elegido vivir en España.
«Esto va a destrozar a Valdespino», pensó Martín.
—¡Atención todo el mundo! —exclamó Garza al entrar en la sala de control—. ¡El príncipe Julián y el obispo Valdespino han desaparecido, pero se encuentran en algún lugar del palacio! ¡Revisen las cámaras de seguridad y encuéntrenlos! ¡Ahora!
Luego, el comandante entró en el despacho de Martín y la puso al corriente de la situación.
—¿Dice que han desaparecido? —preguntó ella con incredulidad—. ¿Y que han dejado sus móviles en la caja fuerte del príncipe?
Garza se encogió de hombros.
—Supongo que no querían que pudiéramos localizarlos.
—Pues será mejor que lo hagamos —dijo Martín—. El príncipe Julián tiene que hacer una declaración a los medios cuanto antes y distanciarse de Valdespino tanto como sea posible.
Ahora era el turno de Garza de mostrar incredulidad.
—Son todo rumores. Es imposible que el obispo esté detrás del asesinato.
—Tal vez. Pero parece ser que el asesinato está relacionado con la Iglesia católica. Alguien acaba de encontrar un vínculo entre el tirador y una importante figura eclesiástica. Eche un vistazo.
Martín le mostró la última actualización de ConspiracyNet, que volvía a estar acreditada al informante llamado monte@iglesia.org.
—Acaban de publicarla hace unos minutos.
Garza bajó la mirada y comenzó a leer la noticia.
—¡¿El papa?! —exclamó—. ¿Ávila tiene una relación personal con…?
—Siga leyendo.
Cuando hubo terminado, el comandante levantó la vista y parpadeó varias veces como si estuviera intentando espabilarse tras haber tenido una pesadilla.
En ese momento, se oyó una voz masculina procedente de la sala de control.
—¿Comandante Garza? ¡Los he localizado!
Garza y Martín fueron corriendo hasta el cubículo de Suresh Bhalla, el director del Departamento de Seguridad Electrónica. Este especialista en vigilancia nacido en la India les mostró en el monitor las imágenes de una cámara de seguridad. En ellas podían verse dos figuras, una con sotana y la otra ataviada con un traje. Parecían estar recorriendo un sendero de tierra.
—Jardín este —dijo Suresh—. Hace dos minutos.
—¡¿Han salido del edificio?! —preguntó Garza.
—Un momento, señor.
Suresh fue avanzando a velocidad rápida las imágenes grabadas y cambiando de cámara para seguir el recorrido de los dos hombres. En un momento dado, se veía cómo estos dejaban atrás el jardín y atravesaban un patio cerrado.
—¡¿Adónde demonios han ido?!
Martín creía tener alguna idea al respecto, y se había dado cuenta de que Valdespino había tomado un rodeo que los había mantenido alejados de las unidades móviles de los medios de comunicación que había apostadas en la calle Bailén.
Tal y como la joven había supuesto, las imágenes mostraban finalmente cómo los dos hombres llegaban a la puerta de servicio sur de la catedral de la Almudena. Una vez allí, el obispo la abría y hacía pasar al príncipe. Luego la puerta se cerraba tras ellos y ambos hombres desaparecían.
Garza se quedó mirando en silencio la pantalla. Le estaba costando encontrar algún sentido a lo que acababa de ver.
—Manténgame informado —le dijo al final a Suresh, y llevó a Martín a un lado.
En cuanto estuvo seguro de que nadie podía oírlos, le susurró a la joven:
—No sé por qué razón el obispo ha convencido al príncipe para que lo acompañara a la catedral y no se llevara el móvil, pero está claro que don Julián desconoce las acusaciones que están circulando contra Valdespino; de no ser así se habría alejado inmediatamente de él.
—Estoy de acuerdo —dijo Martín—. Y lamento especular sobre cuál puede ser el objetivo final de Valdespino, pero… —Se quedó callada.
—Pero ¿qué? —quiso saber Garza.
La joven exhaló un suspiro.
—Diría que Valdespino acaba de hacerse con un rehén extremadamente valioso.
Unos cuatrocientos kilómetros al norte de allí, en el atrio del museo Guggenheim, el móvil del agente Fonseca comenzó a sonar. Era la sexta vez que lo hacía en los últimos veinte minutos. Cuando bajó la mirada a la pantalla y vio de quién se trataba, se apresuró a contestar.
—¿Sí? —respondió con el corazón acelerado.
La voz al otro lado de la línea habló despacio y demostrando mucha sangre fría:
—Agente Fonseca, como bien sabe, esta noche la futura reina consorte de España ha dado algunos pasos en falso terribles, asociándose con la gente equivocada y causando un gran malestar en el Palacio Real. Para evitar mayores daños, es crucial que la traiga de vuelta cuanto antes.
—Me temo que en estos momentos desconocemos el paradero de la señorita Vidal.
—Hace cuarenta minutos, el avión de Edmond Kirsch ha despegado del aeropuerto de Bilbao con dirección a Barcelona —explicó la voz—. Creemos que la señorita Vidal va a bordo.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Fonseca, y al instante lamentó su tono impertinente.
—Si hubiera hecho su trabajo, usted también lo sabría —respondió la voz en un tono cortante—. Quiero que usted y su compañero vayan inmediatamente tras ella. Un transporte militar está esperándolos en estos momentos en el aeropuerto.
—Si la señorita Vidal se encuentra en ese avión, es probable que vaya acompañada de Robert Langdon, el profesor estadounidense —dijo Fonseca.
—Así es —convino la voz al otro lado de la línea sin disimular su enojo—. No tengo ni idea de cómo ha conseguido persuadir a la señorita Vidal para que abandonara a sus guardaespaldas y huyera con él, pero está claro que el señor Langdon es un problema. La misión de ustedes dos es encontrar a la señorita Vidal y traerla de vuelta. Por la fuerza si es necesario.
—¿Y si Langdon intenta impedírnoslo?
Hubo un largo silencio.
—Haga todo lo posible para evitar daños colaterales —dijo la voz—, pero esta crisis es lo bastante grave como para que la baja del profesor Langdon pueda ser considerada aceptable.