Origen
Capítulo 48
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Mientras el Uber de Ávila avanzaba a través de la oscuridad en dirección este, el almirante pensó en la cantidad de veces que había recalado en el puerto de Barcelona como oficial de la Armada.
Su vida anterior le parecía ahora muy lejana. Había terminado en Sevilla con un destello cegador. El destino era una amante cruel e impredecible y, sin embargo, en la actualidad parecía haber alcanzado un equilibrio inquietante. El mismo destino que le había destrozado la vida en la catedral de Sevilla le había otorgado una segunda oportunidad, un nuevo comienzo que había nacido en el interior de los muros de una catedral muy distinta.
Irónicamente, la persona que lo llevó hasta allí fue un simple fisioterapeuta llamado Marco.
—¿Un encuentro con el papa? —le había preguntado con incredulidad cuando meses atrás le había propuesto la idea—. ¿Mañana? ¿En Roma?
—Mañana en España —le había contestado el joven—. El papa está aquí.
Ávila se lo quedó mirando como si estuviera loco.
—Los medios de comunicación no han dicho nada de que Su Santidad se encuentre en el país.
—Un poco de confianza, almirante —le respondió el fisioterapeuta con una sonrisa—. ¿Acaso tiene alguna otra cosa que hacer mañana?
Ávila bajó la mirada a su maltrecha pierna.
—Saldremos a las nueve —dijo Marco—. Le prometo que nuestro corto viaje será mucho menos doloroso que los ejercicios de rehabilitación.
A la mañana siguiente, Ávila se puso el uniforme que el joven había ido a buscarle a casa, cogió un par de muletas y subió al viejo Fiat del fisioterapeuta. Este dejó atrás las instalaciones del hospital y, dirigiéndose al sur por la avenida de la Raza, salió de la ciudad y tomó la autopista N-IV.
—¿Adónde vamos? —preguntó Ávila, de repente intranquilo.
—Relájese y confíe en mí —pidió Marco con una sonrisa—. No tardaremos más de media hora.
Ávila sabía que durante unos ciento cincuenta kilómetros no había más que campos desérticos y comenzó a pensar que había cometido una equivocación terrible. Al cabo de media hora, sin embargo, llegaron a la altura del siniestro pueblo fantasma de El Torbiscal, una localidad agrícola antaño próspera cuya población había ido disminuyendo hasta desaparecer del todo. «¿Adónde me lleva?». El fisioterapeuta siguió unos minutos más por la autopista y luego tomó una salida y se dirigió hacia el norte.
—¿Puede verla? —le dijo Marco señalando un punto al otro lado de un campo en barbecho.
Ávila no veía nada. O bien el joven estaba alucinando o sus ojos estaban envejeciendo.
—¿No es asombrosa? —declaró Marco.
Ávila aguzó la mirada y finalmente divisó una forma oscura en el horizonte. A medida que se iban acercando, sus ojos fueron abriéndose con incredulidad.
«¿Eso es… una catedral?».
El edificio tenía unas dimensiones que solo cabía esperar en lugares como Madrid o París. Ávila había vivido en Sevilla toda su vida, pero no tenía la menor idea de que en medio de la nada hubiera una catedral como esa. Cuanto más se acercaban, más impresionante parecía el complejo. Sus altos muros proporcionaban un nivel de seguridad que Ávila solo había visto en la Ciudad del Vaticano.
Marco dejó atrás la carretera principal y comenzó a recorrer el corto camino de acceso al edificio hasta que llegaron ante una alta puerta metálica que impedía el paso. Cuando se detuvieron, el joven cogió una tarjeta apergaminada de la guantera y la colocó en el salpicadero.
En ese momento, un guardia de seguridad se acercó al coche, miró la tarjeta y luego echó un vistazo en el interior del vehículo. Al ver a Marco, una amplia sonrisa se le dibujó en el rostro.
—Bienvenidos —dijo el guardia—. ¿Qué tal, Marco?
Los dos hombres se estrecharon la mano y el fisioterapeuta le presentó al almirante Ávila.
—Ha venido a conocer al papa —le explicó al guardia.
Este asintió y, tras admirar las medallas que colgaban del pecho del almirante, les indicó que pasaran. Cuando la gigantesca puerta se abrió, Ávila tuvo la sensación de que estaban entrando en un castillo medieval.
La enorme catedral que apareció ante ellos tenía ocho altas torres, cada una de las cuales estaba coronada por un campanario de tres pisos. Un trío de enormes cúpulas remataba el cuerpo principal de la estructura, cuyo exterior estaba hecho de una piedra de color marrón oscuro y blanco que le proporcionaba una apariencia moderna e inusual.
Ávila bajó la mirada al camino de acceso, que se ramificaba en tres vías paralelas bordeadas por hileras de palmeras. Para su sorpresa, toda la zona estaba repleta de cientos de vehículos aparcados: lujosos sedanes, autobuses destartalados, ciclomotores cubiertos de barro…, todo vehículo imaginable estaba allí.
Marco los dejó todos atrás y condujo el coche directamente hasta el patio delantero de la iglesia. Al verlos, un guardia de seguridad consultó la hora en su reloj y les indicó que aparcaran en una plaza vacía que claramente habían reservado para ellos.
—Llegamos un poco tarde —dijo el fisioterapeuta—. Deberíamos darnos prisa.
Ávila iba a contestar, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
Acababa de ver el letrero que había delante de la catedral:
IGLESIA CATÓLICA PALMARIANA
«¡Dios mío! —pensó el almirante sobresaltado—. ¡Yo he oído hablar de esta iglesia!».
Intentando controlar los fuertes latidos de su corazón, se volvió hacia el joven.
—¿Es esta tu iglesia, Marco? —dijo procurando no sonar alarmado—. ¿Eres… palmariano?
El fisioterapeuta sonrió.
—Pronuncia usted la palabra como si fuera una especie de enfermedad. Yo solo soy un católico devoto que opina que Roma ha perdido el rumbo.
Ávila volvió a alzar la mirada hacia la catedral. La extraña afirmación que le había hecho su fisioterapeuta acerca de que conocía al papa cobraba sentido ahora. «Efectivamente, el papa está aquí en España».
Unos pocos años antes, Canal Sur había emitido un documental titulado La Iglesia oscura cuyo propósito era desvelar algunos de los secretos de la Iglesia palmariana. Al almirante le sorprendió descubrir la existencia de esa extraña secta, por no mencionar su numerosa congregación y creciente influencia.
La Iglesia palmariana había sido fundada después de que algunos residentes locales aseguraran haber sido testigos de una serie de visiones místicas en un campo cercano. Supuestamente, la Virgen María se les había aparecido y les había advertido de que la Iglesia católica se había entregado a la «herejía de la modernidad» y que la auténtica fe debía ser protegida.
La Virgen María los alertó asimismo de que el papa del Vaticano no era el verdadero vicario de Cristo y los instó a fundar una iglesia alternativa. A esta convicción de que el papa de la Iglesia católica no es el auténtico pontífice se la denomina «sedevacantismo»; es decir, la creencia de que el «asiento» de san Pedro está literalmente «vacante».
Los palmarianos aseguraron tener pruebas de que el «verdadero» papa era en realidad su propio fundador, un hombre llamado Clemente Domínguez y Gómez, que adoptó el nombre de Gregorio XVII (un «antipapa» para los católicos). Bajo su papado, la Iglesia palmariana creció de forma constante hasta que, en el año 2005, este murió mientras presidía la misa del Domingo de Pascua. Sus fieles consideraron esa coincidencia una señal de los cielos y la confirmación de que estaba directamente vinculado a Dios.
Ávila siguió contemplando la gigantesca catedral y no pudo evitar la sensación de que se trataba de un lugar siniestro.
«No importa quién sea el actual antipapa, no tengo ningún interés en conocerlo».
Además de las críticas por sus injuriosas declaraciones sobre el papado, la Iglesia palmariana había recibido numerosas acusaciones de lavado de cerebro, intimidación sectaria e incluso de ser la responsable de varias muertes misteriosas como la de Bridget Crosbie, antiguo miembro de la Iglesia quien, según sus familiares, había sido «incapaz de escapar» de la rama radicada en Irlanda.
Ávila no quería ser maleducado con su nuevo amigo, pero eso no era ni mucho menos lo que esperaba de ese viaje.
—Marco —dijo tras exhalar un suspiro—. Lo siento, pero no creo que pueda hacerlo.
—Suponía que diría usted eso —respondió el fisioterapeuta, aparentemente impertérrito—. Y debo admitir que yo tuve la misma reacción cuando vine por primera vez. Yo también había oído todos los rumores y las oscuras habladurías, pero puedo asegurarle que no es más que una campaña de difamación orquestada por el Vaticano.
«¿Y los culpas? —se preguntó Ávila—. ¡Tu Iglesia los considera ilegítimos!».
—Roma necesitaba una razón para excomulgarnos, de modo que se inventó todas esas mentiras. Durante años, el Vaticano ha estado propagando información falsa sobre los palmarianos.
Ávila volvió a contemplar esa catedral construida en medio de la nada. Algo en ella le resultaba extraño.
—No lo entiendo —dijo—. Si no estáis vinculados al Vaticano, ¿de dónde salen los fondos?
—Le sorprendería saber la cantidad de adeptos secretos que los palmarianos tienen dentro de la clerecía católica. Aquí, en España, hay muchas parroquias conservadoras que no aprueban los cambios progresistas que están teniendo lugar en Roma y se dedican a financiar a escondidas iglesias como la nuestra, donde se mantienen los valores tradicionales.
Esa respuesta fue inesperada, pero a Ávila le pareció perfectamente verosímil. Él también había advertido un cisma cada vez mayor en la Iglesia católica, una brecha entre aquellos que consideraban que debía modernizarse o morir y los que opinaban, en cambio, que su verdadero propósito consistía en mantenerse inalterable en medio de un mundo cambiante.
—El papa actual es un hombre admirable —dijo Marco—. Le he contado su historia y dice que se sentiría honrado de dar la bienvenida a nuestra iglesia a un condecorado oficial militar y que le encantaría conocerlo en persona después del servicio. Al igual que sus predecesores, antes de encontrar a Dios sirvió en el ejército y comprende por lo que está pasando. De veras creo que es alguien que puede ayudarlo a hallar la paz.
El fisioterapeuta abrió la puerta del coche para bajar del vehículo, pero Ávila era incapaz de moverse. Permaneció sentado contemplando la gigantesca estructura y sintiéndose culpable por albergar un ciego prejuicio contra esa gente. Lo cierto era que no sabía nada sobre la Iglesia palmariana salvo los rumores que había oído, y el Vaticano mismo no estaba libre de escándalos. Además, su Iglesia no lo había ayudado lo más mínimo después del ataque. «Perdona a tus enemigos —le había dicho la monja—. Ofrece la otra mejilla».
—Escúcheme, almirante —susurró Marco—. Sé que lo he engañado un poco para traerlo hasta aquí, pero mis intenciones son buenas… Me gustaría que conociera usted a ese hombre. Sus ideas cambiaron radicalmente mi vida. Después de perder la pierna, me encontraba en la misma situación en la que está usted ahora. Quería morir. Estaba hundiéndome en la oscuridad, y las palabras del papa palmariano me dieron un propósito. Venga y oiga su sermón.
Ávila vaciló.
—Me alegro por ti, Marco, pero creo que podré apañármelas solo.
—¿Apañárselas solo? —El joven se rio—. ¡Hace una semana se colocó una pistola en la sien y apretó el gatillo! Usted no está bien, amigo mío.
«Tiene razón —admitió Ávila—. Y cuando dentro de una semana haya terminado la rehabilitación, volveré a encontrarme en casa solo y perdido».
—¿De qué tiene miedo? —insistió Marco—. ¡Es usted un oficial de la Armada! ¡Un adulto que estaba al mando de un barco! ¿Acaso teme que el papa le lave el cerebro en diez minutos y lo retenga como rehén?
«No estoy seguro de qué es lo que temo», pensó Ávila, bajando la mirada a su pierna herida y sintiéndose extrañamente pequeño e impotente. Durante la mayor parte de su vida, había sido él quien había estado al mando y dado órdenes. No le convencía la idea de tener que obedecer las de otra persona.
—No importa —dijo Marco, volviendo a abrocharse el cinturón de seguridad—. Lo siento. Ya veo que está usted incómodo. No quería presionarlo.
El joven extendió una mano para poner el coche en marcha.
Ávila se sintió idiota. Marco apenas tenía un tercio de su edad. No era más que un niño al que le faltaba una pierna y que estaba intentando ayudar a otro inválido. Él, sin embargo, se lo agradecía con ingratitud, escepticismo y condescendencia.
—No —dijo finalmente el almirante—. Perdóname, Marco. Será un honor para mí escuchar el sermón del papa.