Origen

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Capítulo 49

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El parabrisas del Tesla Model X de Edmond era enorme y el lugar en el que se unía al techo quedaba detrás de la cabeza de Langdon, provocándole a este la desorientadora sensación de estar flotando en el interior de una burbuja de cristal.

Mientras conducía el coche por la boscosa autopista norte de Barcelona, el profesor se sorprendió sobrepasando el límite de velocidad de ciento veinte kilómetros por hora. El silencioso motor eléctrico del vehículo y su aceleración lineal hacían que prácticamente no se notaran las variaciones de velocidad.

A su lado, Ambra había entrado en internet con el ordenador situado en el enorme salpicadero y estaba leyendo las noticias que los medios de comunicación habían comenzado a publicar sobre los sucesos de esa noche. Entre estas, había surgido un rumor según el cual el obispo Valdespino habría estado financiando al antipapa de la Iglesia palmariana, quien, al parecer, tenía vínculos militares con los carlistas conservadores y sería responsable no solo del asesinato de Edmond, sino también de las muertes de Syed al-Fadl y del rabino Yehuda Köves.

Al leer las noticias en voz alta, a ambos les quedó claro que todos los medios de comunicación estaban preguntándose lo mismo: ¿qué podía haber descubierto Edmond que fuera tan amenazante como para que un destacado obispo y una secta católica conservadora hubieran decidido asesinarlo para silenciarlo?

—Es increíble la cantidad de gente que está pendiente de estas noticias —dijo Ambra, levantando la mirada de la pantalla—. El interés público que ha despertado este suceso no tiene precedentes… Parece que todo el mundo se ha quedado horrorizado.

En ese instante, Langdon se percató de un posible aspecto positivo del terrible asesinato de Edmond. Con todo ese seguimiento mediático, la audiencia global había crecido mucho más de lo que su amigo habría podido imaginar. En esos momentos, incluso desde el más allá, Kirsch contaba con la atención de todo el mundo.

Eso hizo que el profesor se sintiera todavía más decidido a lograr su objetivo: encontrar la contraseña de cuarenta y siete caracteres y retransmitir la presentación al mundo.

—Julián todavía no ha realizado ninguna declaración —dijo Ambra algo desconcertada—. Ni una sola palabra de la Casa Real. No tiene sentido. Conozco personalmente a su coordinadora de relaciones públicas y sé que está a favor de la transparencia y de compartir la información antes de que la prensa pueda tergiversar las cosas. Estoy segura de que ahora mismo está urgiendo a Julián a hacer una declaración.

El profesor sospechó que tenía razón. Considerando que los medios de comunicación estaban acusando de conspiración (o incluso de asesinato) al principal consejero religioso de Palacio, parecía lógico que el príncipe hiciera una declaración de algún tipo, aunque solo fuera para decir que estaban investigando dichas acusaciones.

—Especialmente, si tenemos en cuenta que la futura reina consorte del país estaba al lado de Edmond cuando le han disparado —añadió Langdon—. Podrías haber sido tú, Ambra. El príncipe debería decir al menos que se siente aliviado de que estés a salvo.

—No estoy segura de que se sienta así —dijo ella en un tono inexpresivo, después de lo cual cerró el navegador y se recostó en el asiento.

Langdon se volvió hacia ella.

—Bueno, si te sirve de algo, yo sí me alegro de que estés a salvo. No estoy seguro de si me las podría haber arreglado yo solo con todo lo que ha sucedido esta noche.

—¿Usted solo? —preguntó una voz con acento británico a través de los altavoces del coche—. ¡Qué pronto nos olvidamos de los demás!

Langdon se rio ante el arrebato de indignación del asistente informático.

—Winston, ¿acaso te programó Edmond para mostrar inseguridad y estar a la defensiva?

—No —dijo Winston—. Me programó para observar, escuchar, aprender e imitar el comportamiento humano. Mi tono pretendía ser más bien humorístico, algo que Edmond me animó a desarrollar. El humor no puede programarse…, debe aprenderse.

—Pues estás aprendiéndolo bien.

—¿Sí? —preguntó Winston y, en un tono suplicante, añadió—: ¿Podría decirlo de nuevo?

Langdon soltó una carcajada.

—Como he dicho, estás aprendiéndolo bien.

La pantalla del ordenador del salpicadero volvió a mostrar la página principal por defecto: un programa de navegación en el que podía verse un pequeño «avatar» del coche sobre una fotografía tomada por satélite. Langdon comprobó entonces que habían dejado atrás la serpenteante carretera que atravesaba la sierra de Collserola y que acababan de entrar en la ronda de circunvalación de la ciudad. Al sur de donde se encontraban, divisó algo inusual que le llamó la atención: un área boscosa enorme en medio de la extensión urbana.

—¿Eso es el Parc Güell? —preguntó.

Ambra echó un vistazo a la pantalla y asintió.

—Buen ojo.

—Edmond solía detenerse allí a menudo de camino a casa desde el aeropuerto —añadió Winston.

A Langdon eso no le sorprendió. El Parc Güell era una de las obras maestras más conocidas del arquitecto Antoni Gaudí (autor asimismo del diseño que Edmond lucía en la funda del móvil). «Se parecían mucho —pensó—. Ambos eran unos visionarios innovadores que no se regían por las reglas convencionales».

Devoto estudiante de la naturaleza, Antoni Gaudí tomó su principal inspiración arquitectónica de las formas orgánicas y recurrió al «mundo natural de Dios» para diseñar unas estructuras biomórficas fluidas que parecían haber brotado por sí mismas del suelo. «En la naturaleza no hay líneas rectas», afirmó en una ocasión el arquitecto catalán y, por consiguiente, en su obra había muy pocas líneas rectas.

Gaudí, a quien solía describirse como el progenitor de la «arquitectura viva» y del «diseño biológico», inventó asimismo técnicas nunca vistas para trabajar la madera, el hierro, el cristal o la cerámica y recubrir sus edificios con «pieles» deslumbrantes y coloristas.

Incluso ahora, casi un siglo después de su fallecimiento, turistas de todo el mundo viajaban a Barcelona para poder ver en directo su inimitable estilo modernista. Sus trabajos incluían parques, edificios públicos, mansiones privadas y, por supuesto, su obra maestra: la Sagrada Família, la enorme basílica católica cuyas altas torres poríferas dominaban el perfil de Barcelona y que para los críticos no tenía parangón en la historia del arte.

A Langdon siempre lo había maravillado la audaz visión de Gaudí para el templo de la Sagrada Família. Su tamaño era tal que, casi ciento cuarenta años después de haberse iniciado, su construcción aún no se había terminado.

Esa noche, al ver la imagen de satélite del famoso Parc Güell, Langdon no pudo evitar rememorar su primera visita al lugar, realizada cuando todavía era un estudiante universitario: un paseo a través de un fantasioso mundo de columnas con forma de troncos de árboles retorcidos que sostenían plataformas elevadas, bancos de formas nebulosas, grutas con fuentes que parecían dragones y peces y una pared blanca ondulante tan distintivamente fluida que parecía una gigantesca criatura unicelular.

—A Edmond le encantaba Gaudí —dijo Winston—. En particular su concepción de la naturaleza como arte orgánico.

Langdon recordó la presentación de Edmond («Naturaleza. Organismos. La Creación».), y pensó en los famosos «panots», unas losetas hexagonales diseñadas por Gaudí que decoraban las aceras del paseo de Gràcia. En cada una de ellas aparecían unos garabatos remolineantes aparentemente sin sentido que, al colocarse en su sitio junto a las demás baldosas, dejaban a la vista un patrón inesperado: un paisaje submarino formado por estrellas de mar, amonites y algas. La «sopa primordial», como solían llamar los entendidos al diseño.

A Langdon volvió a sorprenderlo la perfección con la que la ciudad de Barcelona encajaba con la curiosidad de Edmond sobre el origen de la vida. La teoría científica imperante sostenía que los inicios de la vida en la Tierra habían tenido lugar en esa «sopa primordial», nombre coloquial que recibían esos océanos primigenios repletos de ricos componentes químicos vertidos por las emanaciones de los volcanes y que no dejaban de sufrir el bombardeo de los rayos de interminables tormentas… hasta que de repente, cual golem microscópico, la primera criatura unicelular cobró vida.

—Tú diriges un museo, Ambra, de modo que debiste de hablar a menudo sobre arte con Edmond —dijo de repente Langdon—. ¿Te dijo en alguna ocasión qué era exactamente lo que le interesaba tanto de Gaudí?

—Solo lo que ha mencionado Winston —respondió ella—. Su arquitectura es como si hubiera sido creada por la naturaleza misma. Las grutas de Gaudí parecen haber sido formadas por el viento y la lluvia, sus columnas dan la impresión de haber crecido en la tierra y sus baldosas recuerdan a la primitiva vida marina. —La mujer se encogió de hombros—. Fuera cual fuese la razón, Edmond admiraba lo bastante a Gaudí para mudarse a España.

Langdon se volvió hacia ella, sorprendido. Sabía que Edmond tenía casas en varios países del mundo, pero en los últimos años había decidido establecerse en España.

—¿Estás diciendo que Edmond se trasladó a Barcelona por Gaudí?

—Eso creo —dijo ella—. Una vez le pregunté por qué se había instalado en España y me dijo que había tenido la oportunidad de alquilar una propiedad única, sin igual en todo el mundo. Supongo que se refería a su apartamento —concluyó.

—¿Dónde está ese apartamento?

—Edmond vivía en la Casa Milà, Robert —respondió ella.

Él se quedó anonadado.

—¿Te refieres a la Casa Milà?

—Esa misma —respondió ella con un asentimiento—. El año pasado alquiló todo el ático.

Langdon necesitó un momento para procesar esa noticia. La Casa Milà era una de las construcciones más famosas de Gaudí. Se trataba de un original edificio de apartamentos cuya fachada escalonada y con ondulantes balcones de piedra le proporcionaban el aspecto de una montaña excavada, lo cual a su vez había motivado su apodo popular: «la Pedrera».

—¿No hay en el ático un museo dedicado a Gaudí? —preguntó Langdon, recordando una de sus visitas al edificio.

—Sí —intervino Winston—, pero Edmond realizó una donación a la Unesco, que hace décadas declaró el edificio Bien Cultural del Patrimonio Mundial, y los administradores del bloque accedieron a cerrar temporalmente el museo para dejar que viviera en él durante dos años. Al fin y al cabo, en Barcelona hay muchas muestras del arte de Gaudí.

«¿Edmond vivía en una exposición de Gaudí en la Casa Milà? —pensó Langdon desconcertado—. ¿Y se trasladó solo por dos años?».

—Incluso ayudó a la Casa Milà a crear un nuevo vídeo didáctico sobre su arquitectura. Merece la pena verlo —añadió el asistente informático.

—El vídeo es realmente impresionante —coincidió Ambra, inclinándose hacia adelante y tocando la pantalla táctil del ordenador. En ella apareció un teclado y escribió «lapedrera.com»—. Deberías verlo.

—Bueno, ahora mismo estoy conduciendo —respondió Langdon.

Ambra extendió una mano hacia la columna de dirección y accionó una pequeña palanca. De inmediato, Langdon notó que el volante se ponía rígido y que, de repente, el coche parecía conducir por sí mismo, sin dejar por ello de avanzar perfectamente centrado en su carril.

—Piloto automático —dijo ella.

El efecto resultaba algo intranquilizador, y Langdon no pudo evitar seguir con las manos sobre el volante y los pies en los pedales.

—Relájate. —Ambra le colocó una mano en el hombro para reconfortarlo—. Es mucho más seguro que si condujera una persona.

A regañadientes, Langdon apartó las manos del volante y las dejó sobre el regazo.

—Así me gusta. —Ella sonrió—. Ahora ya puedes ver el vídeo de la Casa Milà.

Este comenzaba con el espectacular plano de una agitada marejada que parecía haber sido tomado desde un helicóptero volando a unos pocos metros del océano. A lo lejos podía verse una montaña de piedra con unos acantilados que se elevaban cientos de metros por encima de las violentas olas.

A continuación, un texto aparecía sobre la montaña.

La Pedrera no fue creada por Gaudí

Langdon contempló cómo durante el vídeo, que apenas llegaba al minuto, la marejada esculpía la montaña hasta darle el distintivo aspecto orgánico de la Casa Milà. Luego, el mar entraba en su interior y creaba huecos y estancias cavernosas en los cuales las cascadas convertían las rocas en escaleras, los zarcillos de las plantas trepadoras crecían y se retorcían hasta dar forma a las barandillas y el musgo que cubría la piedra terminaba transformándose en las alfombras que decoraban los suelos.

Finalmente, la cámara volvía a salir de la casa y podía verse la famosa fachada de la Casa Milà, «la cantera»:

La Pedrera

Una obra maestra de la naturaleza

Langdon debía admitir que Edmond tenía un gran talento para la espectacularidad. Al ver ese vídeo generado por ordenador le entraron ganas de volver a visitar el famoso edificio.

El profesor posó de nuevo los ojos sobre la carretera, desactivó el autopiloto y tomó otra vez el control del coche.

—Esperemos que el apartamento de Edmond contenga lo que estamos buscando. Tenemos que encontrar esa contraseña.

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