Origen
Capítulo 50
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El comandante Diego Garza y cuatro agentes armados de la Guardia Real cruzaron la plaza de la Armería con la mirada al frente e ignorando el tumulto de los medios de comunicación que había al otro lado de la verja. Estos los estaban enfocando con las cámaras y les pedían a gritos un comentario.
«Al menos pueden ver que alguien ha pasado a la acción».
Cuando él y su equipo llegaron a la catedral, la entrada principal estaba cerrada (algo normal a esa hora), de modo que comenzó a llamar a la puerta con la culata de su arma.
No hubo ninguna respuesta.
Él siguió llamando.
Finalmente, se oyó cómo descorrían los cerrojos y la puerta se abrió. Garza se encontró entonces ante una mujer de la limpieza, comprensiblemente alarmada por el pequeño ejército que había en la puerta.
—¿Dónde está el obispo Valdespino? —preguntó Garza.
—Y-yo… no lo sé —respondió la mujer.
—Sé que el obispo ha entrado aquí con el príncipe Julián —dijo Garza—. ¿No los ha visto?
Ella negó con la cabeza.
—Acabo de llegar. Limpio los sábados por la noche después de…
Garza la hizo a un lado y les indicó a sus hombres que se desplegaran por la oscura catedral.
—Cierre la puerta —le ordenó Garza a la mujer de la limpieza—. Y procure no estorbar.
Tras decir eso, el comandante amartilló el arma y se dirigió directamente al despacho de Valdespino.
Al otro lado de la plaza, en la sala de control subterránea del palacio, Mónica Martín se encontraba junto al dispensador de agua fumando un cigarrillo que había pospuesto desde hacía mucho rato. Gracias al movimiento de progresismo «políticamente correcto» que se había extendido por toda España, desde hacía un tiempo estaba prohibido fumar en las oficinas del palacio. Sin embargo, teniendo en cuenta la gravedad de los supuestos crímenes de los que se acusaba a la Casa Real esa noche, Martín dio por hecho que un poco de humo supondría una infracción tolerable.
Ante ella, un panel de monitores con el volumen apagado emitía los informativos de cinco canales de televisión. Todos seguían retransmitiendo su cobertura en directo de la muerte de Edmond Kirsch y no dejaban de repetir una y otra vez las imágenes del brutal asesinato. Por supuesto, cada una de las retransmisiones estaba precedida de la habitual advertencia.
AVISO: las siguientes escenas contienen imágenes que pueden herir la sensibilidad de algunos espectadores
«¡Qué vergüenza!», pensó, a sabiendas de que esas advertencias no eran una muestra de sensibilidad de los precavidos canales sino más bien un inteligente anzuelo para asegurarse de que nadie cambiara de canal.
Martín le dio otra calada al cigarrillo y siguió mirando las distintas pantallas, en la mayoría de las cuales se seguían exprimiendo las crecientes teorías conspirativas con titulares de «Novedades» y rótulos sensacionalistas sobreimpresionados al pie de la pantalla:
¿Futurólogo asesinado por la Iglesia?
¿Descubrimiento científico perdido para siempre?
¿Asesino contratado por la familia real?
«Se supone que deberíais informar —refunfuñó para sí—, no propagar rumores malintencionados en forma de pregunta».
Martín siempre había creído en la importancia del periodismo responsable y lo consideraba un auténtico pilar de la libertad y la democracia, de modo que cada dos por tres se sentía decepcionada por los periodistas que fomentaban la controversia al difundir ideas que eran descaradamente absurdas (evitando las posibles repercusiones legales al formular cada una de sus ridículas declaraciones como una pregunta).
Últimamente, incluso los respetados canales científicos lo hacían y les preguntaban a sus espectadores cosas como: «¿Es posible que este templo de Perú fuera construido por alienígenas?».
«¡No! —quería gritar en esos casos Martín—. ¡No es posible de ninguna maldita manera! ¡Dejad de hacer preguntas estúpidas!».
En una de las pantallas de televisión pudo ver que la CNN hacía lo posible por mostrarse respetuosa:
En memoria de Edmond Kirsch
Profeta. Visionario. Creador
Martín cogió el mando a distancia y subió el volumen.
—… un hombre que amaba el arte, la tecnología y la innovación —dijo con tristeza el presentador—. Un hombre cuya capacidad casi mística para predecir el futuro lo convirtió en una persona conocida por todo el mundo. Según sus colegas, todas y cada una de las predicciones que hizo en el campo de la ciencia informática terminaron convirtiéndose en realidad.
—Así es, David —intervino su copresentadora—. Desearía poder decir lo mismo de sus predicciones personales.
A continuación, emitieron unas imágenes de archivo en las que se veía a un Edmond Kirsch robusto y bronceado ofreciendo una rueda de prensa en la acera de enfrente del Rockefeller Center de Nueva York.
—Hoy cumplo treinta años —decía—, y mi expectativa de vida es solo de sesenta y ocho años. Sin embargo, con los futuros avances en medicina, la tecnología de la longevidad y la regeneración de los telómeros, predigo que viviré para cumplir ciento diez. De hecho, estoy tan convencido que acabo de reservar la habitación Rainbow para celebrar ese cumpleaños. —En ese momento, Kirsch sonreía y levantaba la mirada hacia lo alto del edificio—. Acabo de pagar la factura con ochenta años de antelación, incluyendo un cálculo del aumento de la inflación.
La copresentadora volvió a aparecer en pantalla y exhaló un sombrío suspiro.
—Como dice el viejo refrán: «El hombre propone y Dios dispone».
—Muy cierto —afirmó el copresentador—. Y además de la intriga que rodea el asesinato de Kirsch, también existe una montaña de especulaciones sobre la naturaleza de su descubrimiento —y, mirando fijamente a la cámara, añadió—: ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos? Dos preguntas fascinantes.
—Para contestar a esas preguntas, contamos con la intervención de dos cualificadas mujeres, una pastora episcopal de Vermont y una bióloga evolutiva de UCLA. Después de la publicidad conoceremos sus opiniones —dijo la copresentadora con entusiasmo.
Martín ya conocía sus opiniones. «Son radicalmente opuestas, o no estarían en el programa». Sin duda, la pastora diría algo como «Venimos de Dios y vamos hacia Dios», a lo que la bióloga respondería: «Hemos evolucionado del simio y nos extinguiremos».
«No demostrarán nada salvo que los espectadores somos capaces de ver cualquier cosa si nos la venden bien», concluyó Martín.
—¡Mónica! —exclamó de repente Suresh.
Martín se volvió y vio que el director del Departamento de Seguridad Electrónica aparecía por la esquina, prácticamente a la carrera.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—El obispo Valdespino acaba de llamarme —dijo Suresh casi sin aliento.
La joven bajó el volumen del televisor.
—¿El obispo te ha llamado… a ti? ¡¿Te ha explicado qué demonios está haciendo?!
Suresh negó con la cabeza.
—No se lo he preguntado y él no me lo ha dicho. Me ha llamado para ver si podía mirar algo en nuestros servidores.
—No lo entiendo.
—¿Sabes que ConspiracyNet asegura que alguien de dentro de Palacio ha llamado al Guggenheim poco antes del evento de esta noche para que añadieran el nombre de Ávila a la lista de invitados?
—Sí. Y te he pedido que lo comprobaras.
—Bueno, Valdespino ha secundado tu solicitud. Me ha llamado para preguntarme si podía conectarme a los servidores del palacio para encontrar el registro de esa llamada y ver así desde qué lugar del palacio se había realizado. De este modo, podría tener una mejor idea de quién podría haberla hecho.
Martín se sentía confundida. Estaba convencida de que el mismo Valdespino era el sospechoso más probable.
—Según el Guggenheim —prosiguió Suresh—, poco antes del evento han recibido en recepción una llamada del número de teléfono principal del Palacio Real de Madrid. Figura en su registro telefónico. Pero hay un problema. He comprobado en nuestros servidores el listado de llamadas realizadas a esa hora y no he encontrado nada —dijo negando con la cabeza—. Alguien ha borrado el registro de la llamada al Guggenheim.
Martín examinó un momento a su colega.
—¿Y quién tiene acceso para hacer algo así?
—Eso es justo lo que me ha preguntado Valdespino. Y le he dicho la verdad. Le he explicado que, como director del Departamento de Seguridad Electrónica, yo podría haber borrado el registro de esa llamada, pero que no lo he hecho. La única otra persona con autorización para acceder a nuestros servidores es el comandante Garza.
Martín se lo quedó mirando.
—¿Crees que el comandante ha saboteado los registros de las llamadas?
—Tiene sentido —dijo Suresh—. Al fin y al cabo, el trabajo de Garza consiste en proteger a la familia real y, de este modo, si hay alguna investigación, en lo que respecta al Palacio esa llamada nunca se ha realizado. Técnicamente hablando, pues, no existe ninguna prueba material. Borrando el registro de esa llamada conseguiría que la familia real quedara libre de toda responsabilidad.
—¿Libre de toda responsabilidad? —preguntó Martín—. ¡No hay ninguna duda de que esa llamada se ha hecho! ¡Ambra ha incluido a Ávila en la lista de invitados! ¡Y la recepcionista del Guggenheim verificará…!
—Cierto, pero ahora es la palabra de la joven recepcionista de un museo contra la de todo el Palacio Real. En lo que respecta a nosotros, la llamada simplemente no ha tenido lugar.
A Martín, esa conclusión le pareció demasiado optimista.
—¿Y le has contado todo eso a Valdespino?
—Solo es la verdad. Le he explicado que, tanto si realizó la llamada como si no, Garza parece haber borrado su registro para proteger a la familia real. —Suresh hizo una pausa—. Pero después de colgar me he dado cuenta de otra cosa.
—¿El qué?
—Técnicamente, hay una tercera persona con acceso al servidor. —Suresh miró con nerviosismo alrededor de la sala y se acercó a Martín—. El príncipe Julián tiene acceso completo a todos los sistemas.
—¡Eso es ridículo! —exclamó Martín.
—Sé que parece una locura —dijo él—, pero el príncipe estaba a solas en su residencia del palacio a la hora en la que se realizó la llamada. No habría tenido ningún problema para hacerla y luego conectarse al servidor y borrar el registro. El programa es sencillo de usar y el príncipe sabe más sobre tecnología de lo que la gente cree.
—Suresh —le respondió Martín—, ¿de veras piensas que el príncipe Julián, el futuro rey de España, ha enviado personalmente un asesino al museo Guggenheim para matar a Edmond Kirsch?
—No lo sé —contestó—. Lo único que estoy diciendo es que es factible.
—¡¿Y por qué querría el príncipe Julián hacer algo así?!
—Si hay alguien que debería saberlo eres tú. ¿Acaso ya no recuerdas la cantidad de prensa negativa con la que tuviste que lidiar a causa del tiempo que estaban pasando juntos Ambra y Edmond Kirsch? ¿Y la noticia de que la había llevado en su avión privado a su apartamento de Barcelona?
—¡Estaban trabajando! ¡Se trataba de algo estrictamente profesional!
—La política es cuestión de apariencias, fuiste tú quien me lo enseñó —dijo Suresh—. Y tú y yo sabemos que la propuesta de matrimonio del príncipe no ha tenido el efecto público que él había imaginado.
En ese momento, el móvil de Suresh emitió un pitido. En cuanto leyó el mensaje entrante, la incredulidad oscureció su rostro.
—¿Qué sucede? —preguntó Martín.
Sin decir una palabra, el hindú se dio la vuelta y apretó a correr en dirección al centro de seguridad.
—¡Suresh!
Martín apagó el cigarrillo y salió a toda prisa detrás de él hasta una de las estaciones de trabajo, en las que un técnico les mostró las imágenes pixeladas de una cámara de seguridad.
—¿Qué estamos viendo? —preguntó la joven.
—La salida trasera de la catedral —dijo el técnico—. Hace cinco minutos.
Martín y Suresh se inclinaron hacia adelante y contemplaron cómo un joven acólito salía por la puerta, recorría a paso rápido un trecho de la calle Mayor, relativamente tranquila, abría la puerta de un destartalado Opel y subía al vehículo.
«No lo entiendo —pensó Martín—. Se marcha a casa después de misa. ¿Y qué?».
En las imágenes, el Opel arrancaba a continuación, recorría una pequeña distancia y luego aparcaba muy cerca de la puerta trasera de la catedral, la misma por la que el acólito acababa de salir. Casi al instante, dos figuras oscuras salían del edificio y subían al asiento trasero del vehículo. Sin lugar a dudas, esos dos pasajeros eran el obispo Valdespino y el príncipe Julián.
Un momento después, el coche volvía a arrancar, doblaba la esquina y desaparecía del plano.