Origen
Capítulo 51
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Elevándose como una montaña de formas irregulares en la esquina de la calle Provença y el paseo de Gràcia, la obra maestra que Gaudí construyó entre 1906 y 1910 y que se conoce como Casa Milà es mitad edificio de apartamentos, mitad obra de arte atemporal.
Concebida por el arquitecto como una curva perpetua, esta estructura de nueve pisos es inmediatamente reconocible por su ondulante fachada de piedra caliza. Los sinuosos balcones y la irregular geometría del edificio le proporcionan un aura orgánica, como si los milenios que lleva soportando el azote del viento hubieran erosionado la fachada y creado huecos y curvas como las del cañón de un desierto.
Aunque al principio el sorprendente diseño modernista de Gaudí fue criticado por el vecindario, la Casa Milà fue celebrada por críticos de arte de todo el mundo y no tardó en convertirse en una de las principales joyas arquitectónicas de la ciudad. Durante tres décadas, Pere Milà, el empresario que había encargado el edificio, residió con su esposa en el espacioso apartamento principal, mientras que los veinte restantes los alquilaba. A día de hoy, esta residencia situada en el número 92 del paseo de Gràcia está considerada una de las más exclusivas y codiciadas de toda España.
Mientras conducía el Tesla de Kirsch a través del escaso tráfico de la elegante avenida bordeada de árboles, Robert Langdon tuvo la sensación de que estaban acercándose a su destino. El paseo de Gràcia era el equivalente local de los Champs-Élysées de París: una avenida ancha y majestuosa, impecablemente cuidada y llena de boutiques de las marcas más lujosas.
Chanel, Gucci, Cartier, Longchamp…
Finalmente, Langdon vio el edificio a unos doscientos metros.
La suave iluminación de la fachada, así como la piedra caliza pálida y picada y los balcones oblongos distinguían la Casa Milà de sus vecinos rectilíneos. Era como si la corriente marina hubiera arrastrado a la orilla una pieza de coral y en la actualidad esta descansara en una playa de bloques de hormigón.
—Me lo temía —dijo Ambra, señalando la acera de la elegante avenida—. Mira.
Langdon bajó la vista y vio que frente al edificio había media docena de unidades móviles de medios de comunicación. Una multitud de periodistas se apresuraban a realizar conexiones en directo usando la residencia de Kirsch de fondo. Además, varios guardias de seguridad impedían que los curiosos se acercaran a la entrada. Al parecer, la muerte de Edmond había convertido en noticia cualquier cosa relacionada con él.
El profesor miró a su alrededor en busca de un sitio para aparcar, pero no encontró ninguno y el tráfico lo obligó a seguir adelante.
—¡Agáchate! —le dijo a Ambra al darse cuenta de que no tenían otra elección salvo pasar por delante del lugar en el que estaba congregada toda la prensa.
La mujer se deslizó en su asiento y se agachó en el suelo para que no pudieran verla desde la calle. Langdon, por su parte, volvió la cara al otro lado.
—Parece que han rodeado la entrada principal —dijo él—. No vamos a poder acceder.
—Gira a la derecha —intervino Winston en un tono alegre y confiado—. Ya había previsto que podía pasar esto.
El bloguero Héctor Marcano levantó la mirada con tristeza hacia el ático de la Casa Milà. Todavía estaba intentando aceptar el hecho de que Edmond Kirsch hubiera muerto.
Durante tres años, este bloguero había estado escribiendo sobre asuntos tecnológicos en barcinno.com, una popular plataforma colaborativa de Barcelona para emprendedores y empresas innovadoras recién puestas en marcha. Para él, que Edmond viviera en la ciudad era como trabajar a los pies del mismísimo Zeus.
Héctor lo había conocido hacía más de un año, cuando el legendario futurólogo había accedido a participar en la llamada «FuckUp Night» que organizaba la citada web, un seminario mensual en el que emprendedores de éxito hablaban abiertamente sobre sus fracasos más sonados. Con timidez, Kirsch admitió que, en los últimos seis meses, se había gastado más de cuatrocientos millones de dólares para hacer realidad su sueño de construir lo que él llamaba el E-Wave, un ordenador cuántico con una velocidad de procesamiento tan rápida que impulsaría avances sin precedentes en todas las ciencias, sobre todo en modelados de sistemas complejos.
—Me temo que, hasta el momento, mi salto cuántico en la computación cuántica no es más que un fiasco cuántico —confesó Edmond.
Cuando Héctor se enteró de que Kirsch planeaba anunciar en el Guggenheim un descubrimiento de la máxima trascendencia, creyó que estaría relacionado con el E-Wave. «¿Habrá encontrado la clave para que funcione?». Sin embargo, tras el filosófico preámbulo que el futurólogo había hecho en la presentación, el bloguero se había dado cuenta de que estaba relacionado con algo completamente distinto.
«Me pregunto si algún día sabremos qué había descubierto», pensó Héctor. Se sentía tan afligido que no había acudido a casa de Kirsch para escribir luego en el blog, sino simplemente para rendirle un respetuoso homenaje.
—¡E-Wave! —exclamó alguien de repente—. ¡E-Wave!
La muchedumbre congregada alrededor de Héctor comenzó a señalar y a enfocar sus cámaras hacia el reluciente Tesla negro que en esos momentos estaba pasando por delante de ellos con los faros halógenos encendidos.
Héctor se quedó mirando el vehículo sin salir de su asombro.
El Tesla Model X con matrícula «E-Wave» de Kirsch era tan famoso en Barcelona como el papamóvil en Roma, y el futurólogo a veces hacía un pequeño número: aparcaba en doble fila enfrente de la joyería DANiEL ViOR de la calle Provença, bajaba del vehículo para firmar autógrafos y luego dejaba pasmado al gentío permitiendo que el coche realizara por sí solo la ruta preprogramada hasta la puerta del garaje. Luego esta se abría y el coche descendía lentamente la rampa en espiral en dirección al aparcamiento privado que había debajo de la Casa Milà.
Pese a que todos los Tesla contaban con la función de aparcamiento automático (lo cual les permitía abrir puertas de garaje, entrar y apagar el motor), Edmond había personalizado el sistema del suyo para que pudiera hacer una ruta más compleja.
Todo formaba parte del show.
Esa noche, sin embargo, el espectáculo era considerablemente más extraño. A pesar de que Kirsch había sido asesinado, su coche acababa de aparecer en la calle Provença, se había detenido delante del garaje y había comenzado a avanzar lentamente en dirección a la puerta mientras la gente se iba apartando para dejarle paso.
Los periodistas y los cámaras corrieron hacia el vehículo y, tras pegar las caras a sus ventanillas tintadas para tratar de ver algo, exclamaron sorprendidos:
—¡Está vacío! ¡No lo conduce nadie! ¡¿De dónde viene?!
Los guardias de seguridad de la Casa Milà parecían haber presenciado ese número con anterioridad y empezaron a apartar a la gente del camino del Tesla para que pudiera seguir adelante.
A Héctor, la visión del coche de Edmond vacío entrando en el garaje le hizo pensar en un perro regresando a casa tras haber perdido a su dueño.
Cual fantasma, el Tesla cruzó en silencio la puerta del garaje. Cuando, como tantas otras veces, el coche comenzó a descender la rampa en espiral del primer aparcamiento subterráneo que hubo en la ciudad, la multitud prorrumpió en un emotivo aplauso dedicado al querido coche de Kirsch.
—No sabía que fueras tan claustrofóbico —susurró Ambra, que se encontraba tumbada en el suelo del Tesla junto a Langdon.
Ambos permanecían apretujados en el pequeño espacio que había entre la segunda y la tercera hilera de asientos, ocultos debajo de la funda de vinilo negro del coche que Ambra había cogido del maletero. Nadie había podido verlos a través de las ventanillas tintadas.
—Sobreviviré —consiguió decir Langdon, más nervioso por el hecho de que el coche se condujera solo que por su fobia.
Podía notar que en esos momentos el vehículo estaba descendiendo por una espiral empinada y temía que pudiera chocar en cualquier momento.
Dos minutos antes, mientras permanecían aparcados en doble fila enfrente de la joyería DANiEL ViOR, Winston les había dado unas órdenes muy claras.
Sin salir del coche, Ambra y Langdon se habían agazapado en el suelo de la tercera hilera de asientos del vehículo y, presionando un botón del móvil de Edmond, la mujer había activado la función personalizada de aparcamiento automático.
Bajo la funda, Langdon notó entonces que el coche comenzaba a avanzar por sí solo y, sintiendo el cuerpo de Ambra pegado al suyo en ese estrecho espacio, no pudo evitar recordar su primera experiencia adolescente con una mujer guapa en el asiento trasero de un vehículo. «Estaba más nervioso que ahora», pensó, lo cual resultaba irónico teniendo en cuenta que estaba apretujado con la futura reina de España en el suelo de un coche sin conductor.
Un momento después, el profesor notó que el vehículo dejaba atrás la rampa, daba unos cuantos giros y finalmente se detenía del todo.
—Ya han llegado —anunció Winston.
Acto seguido, Ambra sacó la cabeza de debajo de la funda y echó un vistazo por la ventanilla.
—No hay nadie —dijo, y bajó del coche.
Langdon lo hizo detrás de ella y se alegró de salir al fin y de encontrarse en un amplio garaje.
—Los ascensores están en el vestíbulo principal —informó Ambra, señalando la rampa de entrada.
Langdon, sin embargo, se quedó de piedra al ver algo completamente inesperado. De la pared de cemento del aparcamiento subterráneo colgaba un cuadro enmarcado de un paisaje marino.
—¿Ambra? —dijo el profesor—. ¿Edmond decoró su plaza con un cuadro?
Ella asintió.
—Yo le hice la misma pregunta. Él me explicó que así cada noche una radiante belleza le daba la bienvenida.
Langdon se rio entre dientes. «Solteros».
—El autor es alguien a quien Edmond admiraba mucho. ¿Lo reconoce? —intervino Winston a través del altavoz del móvil.
El profesor no lo reconoció. El cuadro no parecía más que una acuarela lograda de un paisaje marino. No tenía nada que ver con las obras vanguardistas que tanto solían gustar a su amigo asesinado.
—Es de Churchill —dijo Ambra—. Edmond lo citaba siempre.
«Churchill». Langdon necesitó un momento para darse cuenta de que la mujer no se refería a otro que al mismísimo Winston Churchill, el celebrado estadista inglés que, además de héroe militar, historiador, orador y escritor ganador del premio Nobel, también había sido un pintor de talento destacable. El profesor recordó entonces que, en una ocasión, su amigo había citado al primer ministro inglés en respuesta a un comentario que alguien hizo sobre el hecho de que la gente religiosa lo odiara: «¿Tienes enemigos? Bien. ¡Eso significa que has defendido algo!».
—La diversidad del talento de Churchill era lo que más impresionaba a Edmond —dijo Winston—. Los seres humanos rara vez dan muestras de competencia en un espectro tan amplio de actividades.
—¿Y por eso te llamó «Winston»?
—Así es —afirmó el asistente informático—. Un gran elogio por su parte.
«Me alegro de haberlo preguntado», pensó Langdon, quien hasta entonces había imaginado que el nombre era una alusión a Watson, el ordenador de IBM que una década atrás había dominado el programa de televisión «Jeopardy!». Seguramente, en la actualidad Watson estaría considerado algo así como una bacteria unicelular en la escala evolutiva de la inteligencia sintética.
—Bueno —dijo Langdon, dirigiéndose hacia los ascensores—. Subamos de una vez al apartamento a ver si encontramos lo que hemos venido a buscar.
En ese preciso momento, en el interior de la catedral de la Almudena de Madrid, el comandante Diego Garza se aferraba con fuerza a su teléfono móvil y escuchaba con incredulidad lo que estaba contándole la coordinadora de relaciones públicas, Mónica Martín: «¿Valdespino y el príncipe Julián han abandonado el recinto real?».
Garza era incapaz de concebir en qué debían de estar pensando.
«¿Van por Madrid en el coche de un acólito y sin seguridad? ¡Eso es una locura!».
—Podemos ponernos en contacto con las autoridades del transporte metropolitano —dijo Martín—. Suresh cree que pueden usar las cámaras de tráfico para ayudarnos a…
—¡No! —exclamó Garza—. ¡Alertar a cualquiera del hecho de que el príncipe está fuera del palacio sin seguridad es demasiado peligroso!
—Comprendido, señor —respondió Martín en un tono repentinamente intranquilo—. Hay algo más que debería saber. Se trata del registro de una llamada telefónica hecha desde el palacio y que ha sido borrado.
—Un momento —pidió Garza, distraído por la aparición de sus cuatro agentes de la Guardia Real, quienes, para su desconcierto, al llegar a su lado lo rodearon y, antes de que pudiera reaccionar, le quitaron el arma y el móvil.
—Comandante Garza —dijo el agente al mando con el rostro impasible—. Tengo órdenes directas de detenerlo.