Origen
Capítulo 52
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La Casa Milà tiene forma de signo infinito: una curva interminable que se repliega sobre sí misma y delimita dos abismos ondulantes que penetran en la construcción. Son dos patios de luces de unos treinta metros de profundidad, recurvados como una tubería parcialmente aplastada, que desde el aire parecen dos enormes lagunas en la cubierta del edificio.
Desde el punto donde se encontraba Langdon, en el fondo del más estrecho de los dos patios, el efecto de levantar la vista al cielo era decididamente inquietante, como de estar atrapado en la garganta de una bestia gigantesca.
A sus pies, el suelo de baldosas era inclinado e irregular. Una escalera helicoidal subía en espiral por el interior del pozo, con una barandilla de hierro forjado que imitaba con su enrejado las cámaras desiguales de una esponja marina. Una pequeña jungla de hiedras retorcidas y gráciles palmas desbordaba los pasamanos, como si estuviera a punto de invadir todo el espacio.
«Arquitectura viva», reflexionó Langdon, maravillado ante la capacidad de Gaudí de impregnar su obra de una cualidad casi biológica.
Su mirada siguió subiendo por las paredes de la «garganta» y escalando los sinuosos muros, donde un rompecabezas de baldosas verdes y marrones se mezclaba con frescos de plantas y flores, que parecían crecer hacia la mancha alargada del cielo nocturno en lo alto del pozo.
—Los ascensores están por aquí —susurró Ambra, al tiempo que lo guiaba en torno al patio de luces—. El apartamento de Edmond está arriba de todo.
Mientras entraban en un ascensor estrecho e incómodo, Langdon recordó el último piso del edificio; lo había visitado una vez para ver una pequeña exposición de Gaudí. Tal y como lo recordaba, el ático de la Casa Milà era una sucesión sinuosa de habitaciones oscuras con muy pocas ventanas.
—Edmond era capaz de vivir en cualquier parte —dijo Langdon cuando el ascensor se puso en marcha—. Aun así, todavía no me puedo creer que haya alquilado un lugar como ese.
—Es un apartamento extraño —convino Ambra—. Pero ya sabes que Edmond era bastante excéntrico.
Cuando el ascensor llegó a la última planta, salieron a un vestíbulo señorial y subieron un tramo más de enroscada escalera, hasta un rellano privado en lo más alto del edificio.
—Aquí está —anunció Ambra, mientras se dirigía a una lustrosa puerta metálica sin picaporte ni cerradura.
La futurista entrada parecía totalmente fuera de lugar en el edificio y era evidente que la había añadido Edmond.
—¿Sabes dónde escondía las llaves? —preguntó Langdon.
Ambra levantó el móvil de Edmond.
—En el mismo lugar donde por lo visto lo escondía todo.
Acercó el teléfono a la puerta metálica, que emitió tres pitidos breves, seguidos del ruido de apertura de una serie de cerrojos de seguridad. Se guardó el aparato en el bolsillo y empujó la puerta.
—Después de ti —dijo, con una reverencia.
Langdon cruzó el umbral y entró en un vestíbulo en penumbra, con techos y paredes de ladrillo visto de color claro. El suelo era de piedra y el aire resultaba extrañamente neutro.
Avanzando por el pasillo hacia la amplia sala que se abría a continuación, se encontró cara a cara con un cuadro enorme colgado de la pared del fondo, impecablemente iluminado por una serie de focos de calidad museística.
Cuando vio la obra, se detuvo en seco.
—Dios mío, ¿es… el original?
Ambra sonrió.
—Sí, iba a decírtelo en el avión, pero preferí que te sorprendieras.
Sin habla, Langdon avanzó hacia la obra maestra. El cuadro medía casi un metro y medio de largo y cuarenta centímetros de alto, y era mucho más grande de lo que lo recordaba desde la última vez que lo había visto en el Museo de Bellas Artes de Boston. «Sabía que se lo habían vendido a un coleccionista anónimo, pero ¡no tenía idea de que fuera Edmond!».
—La primera vez que vine a este apartamento —dijo la mujer—, no me podía creer que Edmond tuviera especial predilección por este estilo artístico. Pero ahora que sé lo que estuvo haciendo en el último año, el cuadro me parece misteriosamente apropiado.
El profesor hizo un gesto afirmativo, aunque seguía sin salir de su asombro.
La afamada pintura era una de las obras más emblemáticas del pintor postimpresionista francés Paul Gauguin, gran innovador y cabeza de fila del movimiento simbolista de finales del siglo XIX, que preparó el terreno para el arte moderno.
Mientras Langdon se acercaba al cuadro, notó enseguida las coincidencias entre la paleta de Gauguin y los colores del vestíbulo de la Casa Milà: una combinación de verdes, marrones y azules orgánicos para ilustrar también una escena sumamente naturalista.
Sin prestar atención al enigmático conjunto de personas y animales presentes en el lienzo, la mirada del profesor se desplazó con rapidez hacia la esquina superior izquierda del cuadro: una mancha amarilla brillante en la que aparecía escrito el título de la obra.
Leyó para sí las palabras con escepticismo: «D’ où Venons Nous? Que Sommes Nous? Où Allons Nous?».
«¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?».
Pensó si el hecho de toparse todos los días con esas preguntas, cada vez que entraba en su casa, le habría servido a Edmond de inspiración.
Ambra se reunió con el profesor delante del cuadro.
—Me dijo que quería que estas preguntas lo motivaran todos los días, cuando volviera a casa.
«Debía de ser difícil no verlas», pensó el profesor.
Ante la prominencia que Edmond le había otorgado a la obra maestra, Langdon se dijo que quizá la propia pintura podía esconder alguna pista sobre lo que su amigo había descubierto. A primera vista, el tema del cuadro parecía demasiado primitivo para ofrecer algún indicio sobre un descubrimiento científico avanzado. Sus pinceladas anchas e irregulares representaban una selva de Tahití habitada por una diversidad de personas y animales de la isla.
Langdon conocía bien el cuadro y, según podía recordar, Gauguin quería que se leyera de derecha a izquierda, en el sentido opuesto a la lectura de un texto en francés. Por eso, su mirada recorrió rápidamente las familiares figuras en dirección inversa.
A la derecha, un recién nacido dormido sobre una roca representaba el comienzo de la vida. «¿De dónde venimos?».
En el centro, una diversidad de personas de diferentes edades atendía las actividades cotidianas de la vida. «¿Qué somos?».
A la izquierda, una anciana solitaria aparecía sumida en sus pensamientos, como si reflexionara sobre su propia mortalidad. «¿Adónde vamos?».
A Langdon le sorprendió no haber pensado de inmediato en esa pintura cuando Edmond le había descrito el objeto de su descubrimiento. «¿Cuál es nuestro origen? ¿Qué destino nos espera?».
Contempló los otros elementos del cuadro: perros, gatos y pájaros que no parecían hacer nada en particular, la imagen de un ídolo primitivo al fondo, una montaña, raíces retorcidas y árboles. Y, por supuesto, la famosa ave: el «extraño pájaro blanco» de Gauguin, situado junto a la anciana, que según el artista representaba «la futilidad de las palabras».
«Fútiles o no —pensó Langdon—, las palabras son el motivo por el que estamos aquí. Preferiblemente, palabras que sumen cuarenta y siete caracteres».
Por un instante, se preguntó si el inusual título de la pintura guardaría relación directa con la contraseña que estaban buscando, pero un rápido recuento tanto en francés como en inglés le demostró que no era así.
—Muy bien. Lo que buscamos es un verso —dijo Langdon esperanzado.
—La biblioteca de Edmond está por allí —le indicó Ambra, señalando a la izquierda un pasillo blanco que, según pudo ver el profesor, estaba jalonado por elegantes piezas de mobiliario, intercaladas con vitrinas y objetos selectos de la obra de Gaudí.
«¿Edmond vivía en un museo?». Todavía le costaba asimilarlo. El ático de la Casa Milà no era precisamente el lugar más acogedor que pudiera imaginar. Construido de piedra y ladrillo, consistía sobre todo en una sucesión de doscientos setenta arcos parabólicos de diversas alturas, dispuestos a intervalos aproximados de un metro. Había pocas ventanas y el aire era seco y aséptico, sometido sin duda a un escrupuloso tratamiento para proteger las piezas del arquitecto.
—Ahora vuelvo —dijo Langdon—. Antes tengo que visitar el baño de Edmond.
Ambra lanzó una mirada incómoda a la puerta de entrada.
—Edmond siempre me pedía que usara el lavabo del vestíbulo… Por alguna razón, no le gustaba que la gente entrara en su cuarto de baño.
—Es un piso de soltero. Lo más probable es que tuviera el baño hecho un desastre y le avergonzara enseñarlo.
Ambra sonrió.
—Creo que está por ahí —dijo, señalando en la dirección contraria a la biblioteca, al final de un pasillo sumido en la oscuridad.
—Gracias. Vuelvo enseguida.
Ambra se dirigió al estudio de Edmond, y Langdon echó a andar en sentido opuesto por el estrecho corredor, un impresionante túnel de arcos de ladrillo que lo hacía sentirse en una gruta subterránea o en una catacumba medieval. Mientras avanzaba por el pasadizo de piedra, sucesivas baterías de tenues focos sensibles al movimiento se encendían en la base de cada arco parabólico y le iluminaban el camino.
Dejó atrás una acogedora área de lectura, una pequeña sala de gimnasia e incluso una despensa, todas ellas decoradas con vitrinas con bocetos y croquis arquitectónicos de Gaudí y maquetas de sus proyectos.
Sin embargo, al pasar junto a un panel iluminado con piezas biológicas, tuvo que detenerse, sorprendido por su contenido: un fósil de pez prehistórico, una elegante concha de nautilo y el sinuoso esqueleto de una serpiente. Por un instante, Langdon supuso que el propio Edmond había montado esa exposición científica, tal vez por alguna causa relacionada con sus estudios del origen de la vida. Pero entonces reparó en la leyenda y comprendió que las piezas habían pertenecido a Gaudí y reflejaban varios detalles arquitectónicos del edificio donde se encontraban: las escamas de pez repetían el dibujo de las baldosas de las paredes; el nautilo era la rampa recurvada que bajaba al garaje, y el esqueleto de serpiente, con sus cientos de costillas regularmente espaciadas, representaba ese mismo pasillo.
Acompañaban la exposición las humildes palabras del arquitecto:
Nadie inventa nada, porque todo está escrito en la naturaleza. La originalidad consiste en volver al origen.
ANTONI GAUDÍ
Langdon volvió la vista hacia el sinuoso corredor abovedado y se sintió una vez más en las entrañas de un ser vivo.
«Un hogar perfecto para Edmond —se dijo—. Arte inspirado en la ciencia».
Al doblar el primer recodo del túnel que evocaba el esqueleto de la serpiente, el espacio se ensanchó y se encendieron otras luces que se activaron por el movimiento. La mirada del profesor se posó de inmediato en una gran vitrina de cristal que había en el centro de la sala.
«Una maqueta con curvas catenarias», pensó, maravillado como siempre ante los ingeniosos proyectos de Gaudí. «Catenaria» es un término técnico referido a la curva que forma una cadena o una cuerda suspendida de sus dos extremos, como una hamaca o como la cuerda de terciopelo que cuelga de dos postes a la entrada de las salas de cine.
En la maqueta que Langdon tenía delante, docenas de cadenas colgaban blandamente de lo alto de la vitrina, trazando largas líneas que descendían en picado para luego ascender y generar curvas suspendidas en forma de «U». Como la catenaria es la curva óptima para minimizar las tensiones, Gaudí podía estudiar la forma exacta que asumía una cadena suspendida por su propio peso y reproducir esa misma figura para resolver los problemas arquitectónicos planteados por la compresión.
«Pero para eso hace falta un espejo mágico», reflexionó Langdon, mientras se acercaba a la vitrina. Tal y como esperaba, la base de la caja era un espejo, y al contemplar las imágenes reflejadas, el efecto mágico se hacía realidad: la maqueta se invertía y las curvas colgantes se transformaban en torres.
En la imagen que reflejaba el espejo, reconoció enseguida una vista aérea de la imponente basílica de la Sagrada Família, cuyas torres de gráciles curvas posiblemente habían sido diseñadas utilizando esa misma maqueta.
Siguiendo por el mismo pasillo, llegó a una elegante alcoba, en la que pudo ver una cama antigua con dosel, un armario de madera de cerezo y una cómoda taraceada. Decoraban las paredes unos bocetos de Gaudí que Langdon no tardó en reconocer como parte de la exposición original del museo.
El único cuadro que parecía haber sido añadido por Edmond era un texto caligrafiado y enmarcado que había colgado en el cabecero de la cama. El profesor solo tuvo que leer las tres primeras palabras para saber quién era el autor.
Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo vamos a consolarnos, asesinos de todos los asesinos?
NIETZSCHE
«Dios ha muerto» eran las tres palabras más famosas escritas por Friedrich Nietzsche, el célebre filósofo alemán del siglo XIX, conocido por su ateísmo y sus mordaces críticas a la religión, pero también por sus reflexiones sobre la ciencia —en particular, sobre la teoría de la evolución de Darwin—, que en su opinión había llevado a la humanidad al borde del nihilismo, es decir, a la convicción de que la vida carece de sentido o de propósito superior, y no ofrece ninguna prueba directa de la existencia de Dios.
Al ver esa cita en el cabecero de la cama, Langdon se preguntó si Edmond, pese a toda su ostentación antirreligiosa, no se habría cuestionado íntimamente su papel en el intento de librar al mundo de Dios.
Si no recordaba mal, la cita de Nietzsche acababa con estas palabras: «¿No es excesiva para nosotros la grandeza de este acto? ¿Tendremos que convertirnos en dioses para estar a su altura?».
La osadía de esa idea —la necesidad de que el hombre se convirtiera en Dios para poder matar a la divinidad— era un elemento central del pensamiento de Nietzsche y quizá explicaba en parte, en opinión de Langdon, el «complejo de Dios» que padecían muchos de los geniales pioneros de la tecnología, entre ellos Edmond. «Los que acaban con Dios… deben convertirse en dioses».
Mientras reflexionaba sobre ese concepto, cayó en la cuenta de algo más.
«Nietzsche no solo era filósofo; ¡también era poeta!».
De hecho, él mismo tenía en casa El pavo real y el búfalo, una recopilación de doscientos setenta y cinco poemas y aforismos de Nietzsche, con pensamientos sobre Dios, la muerte y la mente humana.
Rápidamente contó los caracteres del texto enmarcado. El recuento no coincidía; aun así, sintió que lo invadía una oleada de esperanza. «¿Puede ser Nietzsche el autor del verso que estamos buscando? Y de ser así, ¿encontraremos un libro de poemas de Nietzsche en el estudio de Edmond?». En cualquier caso, pensaba pedirle a Winston que accediera a una recopilación digital de los poemas de Nietzsche y los repasara en busca de un verso de cuarenta y siete caracteres.
Ansioso por volver con Ambra para hacerla partícipe de sus reflexiones, atravesó a paso rápido el dormitorio para llegar al cuarto de baño, que acababa de localizar.
Cuando entró, las luces interiores revelaron una sala decorada con gusto, con un lavabo de pedestal, una cabina de ducha y un inodoro.
Dirigió la mirada de inmediato hacia una mesa baja y antigua, atiborrada de artículos de higiene y otros efectos personales. Al ver los objetos, sofocó una exclamación y dio un paso atrás.
«Dios mío, Edmond…, ¡no!».
La mesa que tenía delante parecía el laboratorio de drogas de un tugurio: jeringuillas, frascos con pastillas, cápsulas abiertas e incluso unas gasas manchadas de sangre.
Sintió que se le encogía el corazón.
«¿Edmond se drogaba?».
Sabía que la adicción a ciertas sustancias era dolorosamente habitual en los últimos tiempos, incluso entre los ricos y los famosos. La heroína ya era más barata que la cerveza y algunos consumían opiáceos como quien se toma un ibuprofeno.
«Sin duda, la adicción explicaría su reciente pérdida de peso», pensó Langdon, mientras se decía que el supuesto veganismo de Edmond quizá había sido una excusa para justificar su delgadez y sus ojos hundidos.
Se acercó a la mesa, levantó uno de los frascos y leyó la etiqueta, esperando encontrar uno de los opiáceos más comunes, como OxyContin o Targin.
En lugar de eso, leyó: «DOCETAXEL».
Desconcertado, miró otro frasco: «GEMCITABINA».
«¿Qué son estos medicamentos?», se preguntó, mientras miraba un tercer envase: «FLUOROURACILO».
Se quedó helado. Había oído hablar del fluorouracilo a un colega suyo de Harvard, y de inmediato sintió una profunda aprensión. Enseguida distinguió un folleto olvidado entre los frascos. Su título: «¿Es eficaz la dieta vegana para detener el avance del cáncer pancreático?».
Boquiabierto, Langdon comprendió de pronto la verdad.
Edmond no era drogadicto.
Estaba luchando en secreto contra un cáncer mortífero.