Origen

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Capítulo 53

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A la tenue luz del apartamento, Ambra Vidal recorría con la mirada las hileras de libros que tapizaban las paredes de la biblioteca de Edmond.

«Su colección es más extensa de lo que recordaba».

Edmond había transformado un tramo ancho de corredor curvo en una impresionante biblioteca, instalando estanterías entre los soportes verticales de los arcos gaudinianos. Era inesperadamente grande y estaba bien abastecida, sobre todo teniendo en cuenta su intención expresa de no quedarse más de dos años.

«Es como si se hubiera establecido aquí para siempre».

Contemplando las atestadas estanterías, Ambra se dio cuenta de que localizar el verso favorito de Edmond les llevaría mucho más tiempo del previsto. Mientras caminaba a lo largo de las librerías, recorriendo rápidamente con la vista los lomos de los libros, no veía más que obras científicas sobre cosmología, teoría de la conciencia o inteligencia artificial:

El gran cuadro

Fuerzas de la naturaleza

Los orígenes de la conciencia

La biología de la creencia

Algoritmos inteligentes

Nuestra invención final

Cuando llegó al final de la sección, rodeó una de las costillas arquitectónicas y pasó al siguiente tramo de estanterías, donde encontró una amplia variedad de temas científicos: termodinámica, química primordial, psicología…

«Ni rastro de poesía».

Al notar que Winston llevaba un buen rato callado, sacó del bolsillo el teléfono de Kirsch.

—Winston, ¿seguimos conectados?

—Aquí estoy —resonó la familiar voz con acento británico.

—¿Sabes si Edmond realmente había leído todos estos libros?

—Sí, en efecto —contestó Winston—. Era un consumidor voraz de palabras impresas y se refería a su biblioteca como su «sala de trofeos del conocimiento».

—¿Y no tendría, por casualidad, una sección de poesía?

—Los únicos títulos que conozco específicamente son los volúmenes de narrativa que me hizo leer en formato electrónico, para comentar después su contenido conmigo. Sospecho que el ejercicio iba más orientado a mi educación que a la suya. Por desgracia, no tengo catalogada toda su biblioteca, por lo que solo una búsqueda física les permitirá encontrar lo que desean.

—Entiendo.

—Mientras tanto, hay una cosa que quizá le interese: las noticias de última hora de su prometido, el príncipe Julián, desde Madrid.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Ambra, que de repente se quedó paralizada.

La posible implicación del príncipe en el asesinato de Kirsch aún le despertaba un torbellino de emociones. «No hay ninguna prueba —se obligó a recordar—. Nada confirma que Julián ayudase a que se incluyera el nombre de Ávila en la lista de invitados».

—Acaban de anunciar que se está formando una agitada concentración a las puertas del Palacio Real —dijo Winston—. Los indicios siguen apuntando a un complot del obispo Valdespino para asesinar a Edmond, probablemente con la ayuda de alguien de dentro, quizá del propio príncipe. Los seguidores de Kirsch se están manifestando. ¡Véalo usted misma!

En la pantalla del móvil de Edmond, aparecieron unas imágenes de la tumultuosa protesta delante del palacio. Un manifestante sujetaba un cartel donde podía leerse: PONCIO PILATO MATÓ A VUESTRO PROFETA. ¡VOSOTROS MATASTEIS AL NUESTRO!

Otros sostenían pancartas fabricadas con sábanas y pintadas con aerosol, en las que aparecía una sola palabra —¡APOSTASÍA!— acompañada por un logo que se estaba volviendo cada vez más corriente en las calles de Madrid.

«¡Apostasía!» se había convertido en el grito de guerra de la juventud progresista española. «¡Renunciad a la Iglesia!».

—¿Ya ha salido el príncipe a hacer declaraciones? —preguntó Ambra.

—Ese es el problema. Ni una palabra de don Julián, ni del obispo, ni de nadie de Palacio. Y que sigan en silencio alimenta las sospechas. Las teorías conspirativas se multiplican y la prensa nacional empieza a preguntarse dónde estará Ambra Vidal y por qué tampoco ha hecho ninguna declaración sobre esta crisis.

—¡¿Yo?! —preguntó Ambra, horrorizada ante la idea de ser entrevistada al respecto.

—Usted ha sido testigo presencial del asesinato y además es la futura reina y el gran amor del príncipe. El pueblo quiere escuchar de su boca que don Julián no ha tenido nada que ver en esto.

La intuición le decía a Ambra que Julián no podía estar al corriente de la conspiración para matar a Edmond. Cuando recordaba su manera de cortejarla, lo veía como un hombre tierno y sincero, quizá también un poco ingenuo, romántico e impulsivo, pero ni por asomo como un asesino.

—Ahora empiezan a dudar también respecto al profesor Langdon —dijo Winston—. La prensa comienza a preguntarse por qué ha desaparecido sin hacer ningún comentario, sobre todo después de ocupar un lugar tan prominente en la presentación de Edmond. Varios blogs especializados en teorías conspirativas han vinculado su desaparición con su participación en el asesinato.

—Pero ¡eso es una locura!

—La idea está cobrando fuerza. La teoría tiene en cuenta los antecedentes de Langdon en la búsqueda del Santo Grial y la descendencia de Cristo. Al parecer, los herederos sálicos de Cristo tendrían una vinculación histórica con el movimiento carlista. Además, el tatuaje del asesino…

—¡Basta! —lo interrumpió Ambra—. Todo eso es absurdo.

—Otros especulan con la posibilidad de que Langdon haya desaparecido porque su vida también corría peligro esta noche. La gente juega a ser detective. Gran parte del mundo está colaborando en este preciso instante para tratar de desvelar los misterios descubiertos por Edmond… y averiguar quién quería silenciarlo.

El sonido de los pasos apresurados de Langdon por el pasillo desvió la atención de Ambra, que se volvió en el momento justo para verlo aparecer.

—Ambra —la llamó el profesor con voz tensa—, ¿tú sabías que Edmond estaba gravemente enfermo?

—¿Enfermo? —contestó ella sorprendida—. No.

Langdon le contó lo que había visto en el baño del científico.

Ambra no salía de su asombro.

«¿Cáncer de páncreas? ¿Por eso estaba tan pálido y delgado?».

Le parecía increíble que Edmond no le hubiera dicho ni una sola palabra de su enfermedad. Ahora comprendía su obsesivo interés por el trabajo durante los últimos meses. «Sabía que se le estaba agotando el tiempo».

—Winston —dijo—, ¿y tú? ¿Estabas al corriente de la enfermedad de Edmond?

—Sí —respondió Winston sin vacilaciones—. Lo llevaba con mucha discreción. Se enteró de que estaba enfermo hace veintidós meses y de inmediato cambió de dieta y empezó a trabajar con más intensidad. También se mudó a este apartamento, para respirar el aire controlado de un museo y protegerse de la radiación ultravioleta. Tenía que permanecer el mayor tiempo posible en la oscuridad, porque la medicación que tomaba lo volvía fotosensible. De hecho, logró superar por un margen considerable la esperanza de vida que le pronosticaron los médicos. En los últimos tiempos, sin embargo, había empezado a empeorar. Teniendo en cuenta la información empírica que recogí de bases de datos de todo el mundo acerca del cáncer de páncreas, analicé el deterioro de Edmond y calculé que le quedaban nueve días de vida.

«¿Nueve días? —pensó Ambra, abrumada por la culpa de haberse reído de su dieta vegana y de su empeño en trabajar más de la cuenta—. ¡Estaba enfermo! Corría sin tregua para llegar a su momento de gloria, antes de que se le acabara el tiempo». Aquella triste revelación reforzó la determinación de Ambra de localizar el poema y terminar lo que Edmond había comenzado.

—Todavía no he encontrado ningún libro de poesía —le dijo a Langdon—. De momento, es todo ciencia.

—Creo que el poeta que estamos buscando podría ser Friedrich Nietzsche —contestó él, antes de mencionarle el texto enmarcado que había visto en el cabecero de la cama de Edmond—. Ese pasaje en particular no tiene cuarenta y siete letras, pero es un indicio claro de que nuestro amigo era un gran admirador de Nietzsche.

—Winston —dijo Ambra—, ¿podrías buscar todos los poemas de Nietzsche y señalar los versos que tengan exactamente cuarenta y siete letras?

—Por supuesto. ¿En alemán o en su traducción al inglés?

La mujer vaciló un momento, sin saber qué contestar.

—Empieza por las traducciones —intervino Langdon—. Edmond tenía que introducir la contraseña en su teléfono, y no le habría resultado fácil escribir con su teclado la letra «eszett», ni las diéresis alemanas.

Ambra asintió. «Bien visto».

—Ya está —anunció Winston unos segundos más tarde—. He encontrado casi trescientos poemas traducidos, entre los cuales hay ciento noventa y dos versos que cuentan exactamente con cuarenta y siete letras.

Langdon suspiró.

—¿Tantos?

—Winston —lo apremió Ambra—, Edmond describió su verso favorito como una «profecía»…, una predicción del futuro…, algo que pronto se hará realidad. ¿Hay algo que coincida con esa descripción?

—Lo siento —contestó Winston—. No veo nada parecido a una profecía. Desde un punto de vista lingüístico, los versos en cuestión han sido extraídos de estrofas más largas y parecen pensamientos incompletos. ¿Quieren verlos en pantalla?

—Son demasiados —respondió Langdon—. Nuestra única esperanza es encontrar un libro físico y confiar en que Edmond haya señalado de alguna manera su verso favorito.

—Entonces les sugiero que se den prisa —dijo Winston—, porque su presencia aquí ya no es un secreto.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Langdon.

—Los medios locales están informando de que un avión militar acaba de aterrizar en el aeropuerto de El Prat, en Barcelona, con dos agentes de la Guardia Real a bordo.

En las afueras de Madrid, el obispo Valdespino agradecía la suerte de haber escapado del palacio antes de que se cerrara el cerco sobre él. Sentado junto al príncipe Julián en el estrecho asiento trasero del pequeño Opel sedán de su acólito, Valdespino confiaba en que las medidas extremas que estaba tomando con discreción lo ayudaran a recuperar el control de una noche que se había desbocado por completo.

—A la Casita del Príncipe —le ordenó al acólito, mientras el joven al volante del Opel los alejaba del palacio.

La finca mencionada se encontraba aislada en una zona rural, a unos cuarenta minutos de Madrid. Pese a su nombre, era en realidad una lujosa mansión que había servido de residencia privada al heredero de la Corona española desde mediados del siglo XVIII. Era un refugio apartado donde los jóvenes podían hacer de las suyas antes de sentar cabeza y ocuparse de los asuntos de Estado. Valdespino le había aconsejado a Julián pasar la noche allí, y no en el palacio, por motivos de seguridad.

«Solo que no pienso llevarlo a la Casita», pensó el obispo, observando de reojo al príncipe, que a su vez miraba por la ventanilla, aparentemente perdido en sus pensamientos.

Valdespino se preguntó si don Julián sería de verdad tan ingenuo como parecía o si, al igual que su padre, tendría la habilidad de mostrar al mundo solo las facetas de sí mismo que quería enseñar.

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