Origen
Capítulo 59
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Mientras buscaba en las últimas secciones de la biblioteca de Edmond, Robert Langdon sintió que sus esperanzas se desvanecían. Fuera, las sirenas bitonales de la policía fueron subiendo de volumen, hasta que callaron abruptamente delante de la Casa Milà. A través de las pequeñas ventanas del desván, el profesor percibió el destello de las luces giratorias de los coches patrulla.
«Estamos acorralados —observó—. Si no encontramos la contraseña de cuarenta y siete letras, no podremos salir».
Por desgracia, aún no había visto ni un solo libro de poesía.
En las pocas secciones restantes, había estanterías con más fondo que las del resto de la biblioteca. Por lo visto, Edmond conservaba allí su colección de libros de arte de gran formato. En un repaso rápido de las librerías, Langdon vio volúmenes que reflejaban la pasión de su amigo por las últimas tendencias en materia de arte contemporáneo.
Serra… Koons… Hirst… Bruguera… Basquiat… Banksy… Abramović…
La colección terminaba bruscamente en una serie de tomos más pequeños, que Langdon examinó con más detenimiento, esperando que fueran de poesía.
«Nada».
Eran ensayos y críticas sobre arte abstracto, y entre ellos figuraban algunos de los títulos que Edmond solía enviarle para que leyera.
¿Qué miras?
Por qué no habría podido hacerlo tu hijo de cinco años
Cómo sobrevivir al arte moderno
«Yo aún estoy intentando sobrevivir a él», pensó Langdon, mientras seguía adelante. Rodeó otra de las costillas del corredor y empezó a buscar en la siguiente sección.
«Libros de arte moderno —pensó. Le bastó un vistazo para deducir que esa parte de la biblioteca estaba dedicada a un período anterior—. Por suerte, estamos retrocediendo en el tiempo… hacia un tipo de arte que soy capaz de comprender».
Su mirada recorrió rápidamente los lomos de los libros. Eran biografías y catálogos de los pintores impresionistas, cubistas y surrealistas que habían asombrado al mundo entre 1870 y 1960, con obras que redefinieron por completo el concepto de arte.
Van Gogh… Seurat… Picasso… Munch… Matisse… Magritte… Klimt… Kandinsky… Johns… Hockney… Gauguin… Duchamp… Degas… Chagall… Cézanne… Cassatt… Braque… Arp… Albers…
Las estanterías terminaban en un último arco, que Langdon dejó atrás para pasar a la sección final de la biblioteca. Los volúmenes que allí se incluían parecían estar dedicados al grupo de artistas que a Edmond le divertía llamar, en presencia de Langdon, «la aburrida escuela de los hombres blancos muertos», compuesta esencialmente por todo lo que fuera anterior al movimiento modernista de mediados del siglo XIX.
A diferencia de Edmond, allí era donde Langdon se sentía más a gusto: rodeado de los antiguos maestros.
Vermeer… Velázquez… Tiziano… Tintoretto… Rubens… Rembrandt… Rafael… Poussin… Miguel Ángel… Lippi… Goya… Giotto… Ghirlandaio… el Greco… Durero… Da Vinci… Corot… Caravaggio… Botticelli… el Bosco…
Los últimos metros de la estantería final correspondían a una extensa vitrina, cerrada con un aparatoso cerrojo. A través del cristal, Langdon vio una caja de cuero de aspecto vetusto, que hacía las veces de envoltorio protector para un libro antiguo de grandes dimensiones. La inscripción en el exterior de la caja apenas resultaba legible, pero el profesor consiguió ver lo suficiente para descifrar el título del volumen que contenía.
«¡Dios mío! —pensó, comprendiendo de pronto por qué estaba encerrado el libro en una vitrina, a salvo de las manos de los visitantes—. ¡Debe de valer una fortuna!».
Sabía que se conservaban muy pocos ejemplares de las primeras ediciones de la obra de ese artista legendario.
«No me sorprende que Edmond haya invertido en esto», pensó, mientras recordaba que su amigo se había referido en una ocasión a ese artista británico como «el único premoderno con algo de imaginación».
Langdon no estaba de acuerdo con aquella definición, pero no le costaba comprender el apego especial que Edmond sentía por aquel. «Los dos estaban cortados por el mismo patrón».
Se agachó y contempló a través del cristal los motivos dorados de la caja: Obras completas de William Blake.
William Blake —susurró Langdon—, el Edmond Kirsch del siglo XIX.
Blake había sido un genio singular: una prolífica luminaria cuyo estilo pictórico era tan avanzado que algunos sospechaban que había vislumbrado, por arte de magia, el futuro en sueños. Por sus ilustraciones impregnadas de simbolismo religioso desfilaban ángeles, demonios, Dios, el diablo, bestias míticas, personajes bíblicos y todo un panteón de deidades que entreveía en sus alucinaciones espirituales.
«Y lo mismo que a Kirsch, a Blake le encantaba cuestionar a la Iglesia».
Esa idea hizo que Langdon se incorporara bruscamente.
«¡William Blake!».
Tuvo que sofocar una exclamación de sorpresa.
Al encontrar a Blake entre tantos pintores, Langdon había olvidado un dato crucial acerca del místico genio.
«Blake no solo era pintor e ilustrador… También escribió muchos poemas».
Al instante, el profesor sintió que se le aceleraba el pulso. Gran parte de la poesía de Blake propugnaba ideas revolucionarias que encajaban a la perfección en la visión del mundo de Edmond. De hecho, algunos de los aforismos más conocidos de Blake, sobre todo los presentes en las obras denominadas «satánicas», como El matrimonio del cielo y el infierno, habrían podido atribuirse al propio Edmond.
TODAS LAS RELIGIONES SON UNA
NO HAY RELIGIÓN NATURAL
Langdon recordó entonces la descripción que había hecho Edmond de su verso favorito. «Le dijo a Ambra que era una profecía». No había ningún poeta en la historia que pudiera considerarse más profético que William Blake, autor a finales del siglo XVIII de dos obras en verso oscuras e inquietantes:
América, una profecía
Europa, una profecía
El profesor tenía los dos libros, en unas cuidadas ediciones facsimilares de los poemas manuscritos, con ilustraciones del propio Blake.
Echó un vistazo a la caja de cuero del interior de la vitrina.
«¡Las primeras ediciones de las “profecías” de Blake debieron de ser libros ilustrados de gran formato!».
Cada vez más esperanzado, Langdon se agachó delante de la vitrina, convencido de que la caja de cuero podía contener lo que Ambra y él estaban buscando: un poema que incluyera el verso profético de cuarenta y siete caracteres. Solo faltaba averiguar si Edmond había marcado de alguna manera su pasaje favorito.
Tendió una mano e intentó abrir la puerta.
No se movió.
Miró la escalera de caracol, sin decidirse a subir corriendo a la azotea y pedirle a Winston que buscara en toda la poesía de William Blake. El ruido de las sirenas había sido reemplazado por el zumbido distante de un helicóptero y un griterío en la escalera, al otro lado de la puerta del apartamento.
«Ya están aquí».
Langdon se volvió hacia la vitrina y reconoció el matiz vagamente verdoso del moderno cristal que utilizaban en los museos para proteger las piezas de la radiación ultravioleta.
Se quitó bruscamente la chaqueta, la apoyó en la vitrina, se volvió y, sin vacilar ni un instante, le propinó un golpe violento con el codo. Con un crujido amortiguado, el cristal se hizo trizas. Con cautela, introdujo la mano entre las aristas del cristal roto y quitó el cerrojo por dentro. A continuación abrió la puerta y, con mucho cuidado, levantó la caja de cuero.
Incluso antes de dejarla en el suelo, se dio cuenta de que algo iba mal. «Pesa muy poco». Las obras completas de Blake no parecían pesar nada.
La apoyó y, con gran delicadeza, levantó la tapa.
Tal y como temía, estaba vacía.
Dejó escapar un suspiro, con la mirada fija en el interior de la caja.
«¡¿Dónde demonios está el libro de Edmond?!».
Estaba a punto de cerrarla cuando de pronto descubrió algo inesperado en la cara interna de la tapa: una elegante tarjeta de color marfil, impresa en relieve.
Leyó el texto.
Después, sin poder creer lo que ponía en la tarjeta, volvió a leerla.
Unos segundos más tarde, subía a toda velocidad por la escalera de caracol que conducía a la azotea.
Mientras tanto, en la segunda planta del Palacio Real de Madrid, el director de Seguridad Electrónica, Suresh Bhalla, se movía con sigilo por las dependencias privadas del príncipe Julián. Tras localizar la caja fuerte de pared con cierre de seguridad digital, tecleó el código maestro de cancelación de contraseñas, reservado para casos de emergencia.
La puerta se abrió sola.
Dentro había dos teléfonos: un smartphone suministrado por Palacio, perteneciente al príncipe Julián, y un iPhone que con toda probabilidad debía de ser del obispo.
Cogió el iPhone.
«No me puedo creer que esté haciendo esto».
Una vez más, visualizó mentalmente el mensaje de monte@iglesia.org.
He hackeado los mensajes de texto de Valdespino
Tiene secretos peligrosos
En Palacio deberían acceder al registro de sus SMS
Ya mismo
Suresh se preguntó qué secretos podrían revelar los mensajes del obispo… y por qué habría decidido el informante advertir al Palacio Real al respecto.
«¿Estará tratando de prevenir daños colaterales para el Palacio?».
Pero Suresh solo sabía una cosa: si había información potencialmente peligrosa para la familia real, su misión era encontrarla.
Consideró por un momento solicitar una orden judicial, pero los riesgos para la imagen de Palacio y las previsibles demoras le hicieron descartar la idea. Por suerte, Suresh tenía métodos más discretos y expeditivos a su disposición.
Con el teléfono del obispo en la mano, pulsó el botón de inicio y la pantalla se iluminó.
Bloqueado. Había que introducir la contraseña.
«Ningún problema».
—Hola, Siri —dijo Suresh, sosteniendo el teléfono delante de la boca—. ¿Qué hora es?
Todavía en modo de bloqueo, apareció un reloj en la pantalla. Una vez dentro de la aplicación del reloj, Bhalla dio una serie de sencillos pasos: creó una zona horaria nueva, indicó que deseaba compartirla a través de un mensaje de texto, añadió una foto y después, en lugar de tratar de enviarla, volvió a pulsar el botón de inicio.
Clic.
El teléfono se desbloqueó.
«Un truco sencillo, cortesía de YouTube», se dijo Suresh, a quien le divertía pensar que los usuarios de iPhone creían que sus contraseñas les ofrecían algún tipo de privacidad.
A continuación, abrió la aplicación iMessage, dispuesto a recuperar los mensajes que hubiera borrado Valdespino por el procedimiento de restaurar el catálogo con la copia de seguridad de iCloud.
Tal y como esperaba, el historial de la aplicación de mensajería del obispo estaba vacío.
«A excepción de un mensaje», observó de pronto, al ver un único SMS entrante, enviado un par de horas antes desde un número oculto.
Suresh lo abrió y leyó las tres líneas que lo componían. Por un momento, creyó estar viendo visiones.
«¡No puede ser verdad!».
Volvió a leerlo. El texto era la prueba irrefutable de la participación de Valdespino en actos de una hipocresía e infamia increíbles.
«Y de una arrogancia tremenda», pensó Suresh, estupefacto al ver que el anciano clérigo se sentía intocable hasta el punto de atreverse a tratar un tema de ese cariz en sus comunicaciones electrónicas.
«Si este mensaje se hiciera público…».
Suresh se estremeció ante la idea y de inmediato bajó corriendo por la escalera para ir en busca de Mónica Martín.