Origen

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Capítulo 60

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Desde el helicóptero EC145 en vuelo a baja altura sobre la ciudad, el agente Díaz contemplaba las luces que se extendían a sus pies. Pese a lo tardío de la hora, adivinaba en las ventanas el parpadeo de los televisores y las pantallas de ordenador, que teñían el paisaje urbano con una tenue bruma azulada.

«Todo el mundo nos está mirando».

Eso lo ponía nervioso. Sentía que la noche se estaba descontrolando peligrosamente y temía que la creciente crisis se estuviera encaminando hacia un final perturbador.

Delante de él, el agente Fonseca gritó algo y señaló al frente. Díaz asintió, tras localizar a primera vista el destino al que se dirigían.

«Imposible no verlo».

Incluso en la distancia, la pulsante amalgama de luces policiales azules resultaba inconfundible.

«Que Dios nos ayude».

Tal y como Díaz sospechaba, la Casa Milà estaba rodeada por las fuerzas del orden. La policía local de Barcelona había intervenido tras recibir un soplo anónimo, poco después de que Mónica Martín hiciera su anuncio a la prensa a las puertas del Palacio Real.

«Robert Langdon ha secuestrado a la futura reina de España.

»El Palacio requiere la colaboración ciudadana para encontrarla.

»Una mentira descarada. —Díaz lo sabía—. Los he visto salir juntos del Guggenheim con mis propios ojos».

La táctica de la coordinadora de relaciones públicas era eficaz, pero había puesto en marcha un juego increíblemente arriesgado. Hacer un llamamiento público a la persecución de un sospechoso con la participación de las autoridades locales era peligroso, no solo para Robert Langdon, sino también para la futura reina consorte, que corría el riesgo de quedar atrapada en el fuego cruzado de una cuadrilla de inexpertos policías locales. Si el objetivo de Palacio era mantener a salvo a la futura reina, no era esa la mejor manera de conseguirlo.

«El comandante Garza jamás habría permitido que la situación llegara tan lejos».

El arresto de Garza seguía siendo un misterio para Díaz, convencido de que las acusaciones contra su comandante eran tan falsas como los cargos contra Langdon.

Aun así, Fonseca había contestado a la llamada y recibido las órdenes.

«Órdenes impartidas desde más arriba, por encima de Garza».

Mientras el helicóptero se acercaba a la Casa Milà, el agente Díaz observó el terreno y comprobó que no había ningún sitio seguro donde aterrizar. La ancha avenida y el amplio espacio abierto delante de la entrada estaban atestados de unidades móviles de televisión, coches de policía y una multitud de curiosos.

Díaz contempló la famosa cubierta del edificio: una ondulante figura en ocho, con desniveles y escaleras que se replegaban por encima de la estructura y ofrecían al visitante unas vistas magníficas de Barcelona…, así como de los dos profundos patios de luces, abiertos a los nueve pisos que se extendían más abajo.

«Allí es imposible aterrizar».

Además de los montículos y las hondonadas del pavimento, la terraza estaba protegida por las imponentes chimeneas de Gaudí, semejantes a piezas de ajedrez futuristas: adustos centinelas con cascos, que por lo visto habían servido de inspiración al cineasta George Lucas para crear los temibles soldados imperiales de La guerra de las galaxias.

Díaz apartó la mirada para buscar posibles superficies de aterrizaje en los edificios vecinos, pero una inesperada aparición le hizo volver la vista hacia la Casa Milà.

Había una persona entre las chimeneas y las torres de ventilación.

Apoyada sobre la barandilla del borde de la azotea, iba vestida de blanco y recibía de lleno la intensa luz de los focos de la televisión, que apuntaban hacia arriba desde las unidades móviles que había estacionadas delante del portal. Por un instante, aquella visión le recordó la figura del papa dirigiéndose a los fieles desde su balcón en la plaza de San Pedro.

Pero no era el papa.

Era una mujer hermosa, con un vestido blanco que a Díaz le resultó muy familiar.

Deslumbrada por el resplandor de los focos, Ambra Vidal no veía nada, pero oía el ruido de un helicóptero que se aproximaba. Sabía que les quedaba muy poco tiempo. Desesperada, se asomó por encima de la barandilla y trató de gritar a los periodistas que se arremolinaban en la calle.

Sus palabras se perdieron en el rugido ensordecedor de los rotores del helicóptero.

Winston había pronosticado que las unidades móviles dirigirían hacia arriba las cámaras en cuanto la descubrieran al borde de la azotea. Y así lo hicieron, pero Ambra supo enseguida que su plan había fracasado.

«¡No pueden oír lo que les estoy diciendo!».

La cubierta de la Casa Milà estaba demasiado lejos del tráfico atronador y del caos que se había desencadenado en la calle. Y, por si fuera poco, el ensordecedor traqueteo de las aspas del helicóptero amenazaba con ahogar el resto de los sonidos.

—¡No me han secuestrado! —volvió a gritar Ambra a pleno pulmón—. ¡Las declaraciones del Palacio Real sobre Robert Langdon son falsas! ¡No soy su rehén!

«Es la futura reina de España —le había recordado Winston unos momentos antes—. Si pide que suspendan la persecución, las autoridades se quedarán paralizadas. Su declaración creará confusión y nadie sabrá qué órdenes obedecer».

Ambra sabía que Winston tenía razón, pero sus palabras se perdieron entre el estruendo del helicóptero, por encima del bullicio de la multitud.

De repente, el cielo estalló en un aullido atronador. Ambra se alejó de la barandilla, mientras el helicóptero descendía hasta detenerse por completo, suspendido justo por encima de su cabeza. Las puertas de la cabina estaban abiertas de par en par y dos caras conocidas la miraban fijamente: los agentes Fonseca y Díaz.

La mujer observó con horror que el agente Fonseca tenía en la mano algún tipo de dispositivo, con el que la estaba apuntando. Por un instante, desfilaron por su mente las ideas más extrañas. «Julián me quiere muerta. Soy una mujer estéril. No puedo darle un heredero. Matarme es su única manera de eludir su compromiso conmigo».

Retrocedió con paso vacilante para alejarse de aquel artefacto de aspecto amenazador, mientras aferraba con una mano el teléfono de Edmond y extendía el otro brazo para no perder el equilibrio. Pero cuando fue a apoyar el pie, le pareció como si el suelo hubiera desaparecido. Por un momento, sintió solo vacío donde esperaba encontrar una superficie sólida. Se volvió sobre sí misma intentando no caer, pero acabó precipitándose de costado por un corto tramo de escalera.

Primero su codo izquierdo chocó contra el pavimento, seguido del resto de su cuerpo. Aun así, no sintió ningún dolor. Toda su atención estaba centrada en el objeto que se le había deslizado de las manos: el teléfono turquesa extragrande de Edmond.

«¡Dios mío, no!».

Observó con horror que el móvil rebotaba un par de veces en el suelo y caía por una de las escaleras, hacia el borde del patio de luces del edificio. Tendió una mano, pero el aparato ya se había colado por debajo de la valla de seguridad, en dirección al abismo.

«¡Nuestra conexión con Winston!».

Aunque intentó avanzar a gatas para alcanzarlo, solo llegó a tiempo de verlo caer en picado al elegante pavimento del vestíbulo, donde, tras estrellarse, estalló en unos trozos minúsculos de vidrio y metal.

En un instante, Winston había desaparecido.

Tras subir los peldaños de dos en dos, Langdon salió en tromba a la azotea de la Casa Milà y se encontró inmerso en una ensordecedora vorágine. Había un helicóptero suspendido a baja altura, justo al lado del edificio, y a Ambra no se la veía por ninguna parte.

Intentó localizarla a la luz deslumbrante de los focos.

«¿Dónde estará?».

Había olvidado la extravagancia de aquella azotea: parapetos ondulantes, escaleras abruptas, soldados de hormigón, pozos sin fondo…

—¡Ambra!

Cuando por fin la vio, la aprensión le atenazó la garganta. Estaba acurrucada en el suelo, al borde de uno de los patios de luces.

Mientras sorteaba un desnivel del suelo para reunirse con ella, el agudo silbido de un balazo le rozó la sien y estalló en el pavimento a su espalda.

«¡Dios mío!».

Se dejó caer de rodillas y siguió avanzando a gatas, mientras otros dos balazos le pasaban por encima de la cabeza. Por un momento, pensó que los disparos procedían del helicóptero, pero, mientras se aproximaba a Ambra, vio que un enjambre de policías irrumpía en la azotea por otra de las salidas, en el extremo opuesto de la cubierta del edificio, con las armas desenfundadas.

«Me quieren matar —se dijo—. ¡Creen que he secuestrado a la futura reina!».

No parecía que nadie hubiera oído el anuncio que ella misma había hecho pocos minutos antes desde la azotea.

Se volvió para mirar a Ambra, que para entonces se encontraba a tan solo diez metros de distancia, y observó con espanto que le sangraba un brazo. «¡Cielo santo, le han disparado!». Lo rozó otra bala y en ese instante notó que la mujer se estaba aferrando a la barandilla del patio de luces y trataba de incorporarse.

—¡No te levantes! —le gritó Langdon, precipitándose sobre ella para protegerla con el cuerpo.

Cuando alzó la vista, vio las enigmáticas figuras de los soldados con casco que, como silenciosos centinelas, marcaban el perímetro de la azotea.

Por encima de sus cabezas, el estruendo era ensordecedor. Unas potentes ráfagas de aire se abatieron sobre ellos cuando el helicóptero bajó aún más y se situó sobre la torre de ventilación más próxima, para interponerse entre ellos y la policía.

—¡Dejen de disparar! —ordenó una voz amplificada desde el helicóptero—. ¡Guarden las armas!

Entonces, Langdon y Ambra vieron aparecer al agente Díaz, que estaba agachado en la puerta abierta de la cabina, con un pie apoyado sobre uno de los patines del helicóptero, y les tendía una mano.

—¡Suban! —chilló.

Langdon sintió que Ambra se encogía debajo de él.

—¡Ahora mismo! —gritó Díaz por encima del ruido ensordecedor de los rotores.

El agente señaló la valla de seguridad del patio de luces, para indicarles que treparan a la barandilla, le agarraran la mano y dieran el breve salto al abismo que les permitiría subir al helicóptero.

Langdon titubeó una fracción de segundo más de lo necesario.

Díaz le arrebató el megáfono a Fonseca y lo apuntó directamente hacia la cara del profesor.

—¡Suba al helicóptero ahora mismo! —La voz del agente resonó atronadora—. ¡La policía local tiene órdenes de dispararle! ¡Sabemos que usted no secuestró a la señorita Vidal! ¡Tienen que subir a bordo los dos, inmediatamente, antes de que nos maten a alguno!

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