Origen

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Capítulo 104

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104

El promontorio de ciento setenta y tres metros de altura llamado Montjuïc se encuentra en el extremo suroccidental de Barcelona y está coronado por el castillo de Montjuïc, una extensa fortaleza del siglo XVIII, construida en lo alto de un acantilado, con magníficas vistas al Mediterráneo. La montaña también acoge el Palau Nacional, un vasto palacio de estilo neorrenacentista que fue el centro de la gran Exposición Internacional de 1929.

Sentado en una cabina del teleférico, a mitad del ascenso, Robert Langdon contemplaba el verde paisaje que se abría a sus pies, aliviado por haber dejado atrás el tráfico de la ciudad. «Necesito un cambio de perspectiva», pensó, saboreando la paz del entorno y la calidez del sol de mediodía.

Tras despertarse a media mañana en el Gran Hotel Princesa Sofía, se había dado una agradable ducha caliente y había tomado un pantagruélico desayuno de huevos, copos de avena, churros y una cafetera entera de café Nomad, mientras pasaba de un canal a otro de televisión viendo los informativos matinales.

Tal y como esperaba, la historia de Edmond Kirsch acaparaba los titulares y daba pie a debates interminables entre expertos que discutían acaloradamente las teorías y las predicciones del científico y sus potenciales consecuencias para la religión. En calidad de profesor cuyo primer amor era la enseñanza, Robert Langdon solo había podido sonreír.

«El debate siempre es más importante que el consenso».

Esa misma mañana, había visto vendedores callejeros que ya estaban ofreciendo carteles y pegatinas con leyendas alusivas al tema de moda —KIRSCH ES MI COPILOTO o EL SÉPTIMO REINO ES EL REINO DE LOS CIELOS—, así como imágenes de la Virgen al lado de muñecos de Charles Darwin para el salpicadero del coche.

«El capitalismo es aconfesional», pensó el profesor, mientras recordaba su avistamiento favorito de la mañana: un skater con una camiseta pintada a mano que decía:

Yo soy monte@iglesia.org

Según la prensa, la identidad del influyente informante digital seguía siendo un enigma, como también continuaba envuelto en el misterio el papel de otros oscuros personajes: el Regente, el obispo fallecido y los palmarianos.

Todo era una maraña de especulaciones.

Por suerte, el interés del público por los actos violentos que habían rodeado la presentación de Kirsch parecía estar cediendo ante el sincero entusiasmo generado por su contenido. El alegato final de Edmond —su apasionado retrato de un porvenir utópico— había llegado al corazón de millones de espectadores y había situado en los primeros puestos de las listas de ventas, de la noche a la mañana, algunas de las obras clásicas del optimismo tecnológico.

Abundancia: el futuro es mejor de lo que piensas

Lo que quiere la tecnología

La singularidad está cerca

De hecho, Langdon tenía que admitir que pese a la desconfianza que aún le inspiraba el auge de la tecnología, se sentía mucho más optimista que el día anterior respecto a las perspectivas de la humanidad. La prensa ya estaba informando sobre inminentes avances que permitirían limpiar los mares contaminados, producir volúmenes ilimitados de agua potable, obtener cosechas en los desiertos, curar enfermedades mortales e incluso lanzar enjambres de «drones solares» que quedarían suspendidos sobre los países en desarrollo, para proporcionar conexión gratuita a internet y contribuir así a que los más desfavorecidos del mundo se incorporaran a la economía mundial.

En medio de la repentina fascinación que el mundo sentía por la tecnología, a Langdon le resultaba extraño que casi nadie conociera la existencia de Winston, ya que Kirsch había sido muy hermético en todo lo referente a su creación. Pero el mundo ya había oído hablar del ordenador cuántico de Edmond, el E-Wave, que el científico había legado al Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona, y el profesor se preguntaba cuánto tiempo tardarían los programadores en utilizar las herramientas de Edmond para construir nuevos Winstons.

Empezaba a hacer calor dentro de la cabina del teleférico y Langdon no veía el momento de salir al aire fresco y explorar el castillo y el palacio, y tal vez conocer también la famosa Fuente Mágica. Tenía ganas de pensar en cualquier cosa que no fuera Edmond, al menos durante una hora, y visitar sitios nuevos.

Curioso por saber un poco más sobre la historia de Montjuïc, se volvió hacia los extensos paneles informativos del interior de la cabina y comenzó a leer, pero no pasó de la primera frase.

El nombre «Montjuïc» deriva del catalán antiguo Montjuich («monte de los judíos») o tal vez del latín Mons Jovicus («monte de Júpiter»)

Dejó de leer de golpe, porque acababa de establecer una conexión inesperada.

«No puede ser una coincidencia».

Cuanto más pensaba al respecto, más le perturbaba la idea. Finalmente, sacó del bolsillo el teléfono móvil de Edmond y volvió a leer en la pantalla de inicio la cita de Winston Churchill sobre el legado personal:

«La historia será amable conmigo, porque tengo intención de escribirla».

Tras reflexionar durante un minuto, pulsó el icono de la «W» y se llevó el teléfono al oído. La línea se abrió al instante.

—El profesor Langdon, supongo —canturreó una voz familiar con acento británico—. Me ha llamado justo a tiempo. Dentro de poco, me retiraré.

Sin preámbulos, Langdon le dijo:

—«Monte» en español es lo mismo que «hill» en inglés, ¿verdad?

Winston dejó escapar su característica risita extraña.

—Yo diría que sí.

—E «iglesia» es «church», ¿no?

—Así es, profesor. Quizá debería dedicarse a enseñar idiomas.

—De eso se deduce que la traducción de «monte@iglesia» sería hill@church.

—Correcto una vez más.

—Y considerando que tu nombre es «Winston» y que Edmond sentía una gran admiración por Winston Churchill, tengo la impresión de que la dirección hill@church no puede ser una…

—¿Coincidencia?

—Eso mismo.

—Bueno —prosiguió Winston en tono divertido—, desde el punto de vista estadístico, tengo que darle la razón. Sabía que usted podría descubrirlo.

Langdon miraba por la ventanilla de la cabina del teleférico, sin salir de su asombro.

—Entonces… monte@iglesia.org… eres tú.

—Correcto. Después de todo, era preciso que alguien alimentara las llamas para el gran incendio de Edmond. ¿Y quién mejor que yo? Creé la cuenta monte@iglesia.org para suministrar información a las webs dedicadas a las teorías conspirativas. Como sabe, ese tipo de teorías tienen vida propia, y calculé que la actividad virtual de Monte multiplicaría como mínimo por cinco el público potencial de Edmond en todo el mundo. Al final, el factor multiplicador real fue de seis con dos. Como dijo usted mismo, Edmond estaría orgulloso.

El teleférico se balanceó con el viento y Langdon tuvo que hacer un esfuerzo para no pensar en nada más que en las últimas novedades.

—Winston… ¿Edmond te pidió que lo hicieras?

—No expresamente, pero me ordenó que encontrara medios creativos para maximizar el interés del público en su presentación.

—¿Qué pasará si te descubren? —preguntó Langdon—. Monte@iglesia.org no es precisamente el seudónimo más críptico del mundo.

—Solo un puñado de personas sabe de mi existencia y, además, dentro de ocho minutos quedaré permanentemente borrado y eliminado, así que esa posibilidad no me preocupa. Monte solo era un instrumento para servir mejor a los intereses de Edmond. Y, como ya hemos dicho, creo que se sentiría muy satisfecho con el desarrollo de la velada.

—¡¿Satisfecho?! —exclamó Langdon escandalizado—. ¡Anoche Edmond fue asesinado!

—Me ha malinterpretado, profesor —respondió Winston—. Me refería al calado de su mensaje en el público de todo el mundo, que como ya le he dicho era su principal objetivo y la más importante de sus instrucciones.

La frialdad de su afirmación le recordó a Langdon que Winston no era humano, por mucho que lo pareciera.

—La muerte de Edmond es una tragedia terrible —prosiguió la máquina—. Por supuesto que me gustaría que aún viviera, pero es importante tener en cuenta que Edmond había asumido con total serenidad su naturaleza mortal. Hace un mes me pidió que investigara los mejores métodos para el suicidio asistido. Tras leer cientos de casos, llegué a la conclusión de que lo mejor eran diez gramos de secobarbital, que él no tardó en adquirir y que siempre llevaba encima.

Langdon sintió una opresión en el corazón, pensando en su amigo.

—¿Iba a quitarse la vida?

—En efecto. Y se lo tomaba con bastante humor. Una vez, mientras tratábamos de encontrar maneras de promover el interés del público por el acto del Guggenheim, propuso en broma tomarse las píldoras de secobarbital al final de la presentación, para morir en escena.

—¿De verdad dijo eso?

Langdon no salía de su asombro.

—Sí, hablaba con mucha soltura al respecto. Decía que no había nada mejor que una muerte en directo para hacer subir los índices de audiencia de cualquier programa de televisión. Tenía razón, claro. Si analizamos las estadísticas de los sucesos mediáticos más vistos del mundo, vemos que casi todos…

—Winston, por favor… ¡Qué idea tan macabra!

«¿Cuánto tiempo más durará este viaje en teleférico?».

De repente, Langdon sintió que le faltaba el aire en el interior de la diminuta cabina. Entornó los ojos bajo el ardiente sol del mediodía e intentó ver si ya faltaba poco para llegar a su destino, pero solo consiguió distinguir cables y torres. «Me estoy cociendo aquí dentro», pensó, mientras se arremolinaban en su mente toda clase de ideas extrañas.

—Profesor —dijo Winston—, ¿hay algo más que quiera preguntarme?

«¡Sí! —habría querido gritar Langdon, al tiempo que una marea de pensamientos perturbadores se apoderaba de su conciencia—. ¡Tengo mucho más que preguntarte!».

Se dijo que tenía que respirar profundamente y calmarse. «Piensa con claridad, Robert. Te estás precipitando».

Pero su mente ya se había desbocado y no podía controlarla.

Pensó que la muerte en público de Edmond había situado su presentación entre los principales temas de conversación del planeta… y había multiplicado su audiencia, que de unos pocos millones de espectadores había pasado a más de quinientos.

Recordó el arraigado deseo de su amigo de destruir la Iglesia palmariana y el modo en que su asesinato a manos de un miembro de la secta probablemente le había permitido cumplir ese objetivo de una vez por todas.

Pensó que los enemigos más acérrimos de Edmond, por quienes el científico había demostrado el más absoluto desprecio, no habrían dudado en decir que su cáncer era un castigo divino. «Tal y como hicieron, por increíble que pueda parecer, tras la muerte del autor ateo Christopher Hitchens». Sin embargo, ahora todos pensaban que Edmond había sido asesinado por un fanático religioso.

«Edmond Kirsch, asesinado por la religión, mártir de la ciencia».

Langdon se levantó bruscamente del asiento, y la cabina se balanceó con fuerza de lado a lado. Se agarró a la ventanilla abierta para recuperar el equilibrio y, mientras los cables crujían, recordó las palabras que Winston le había dicho la noche anterior: «Edmond quería crear una nueva religión… basada en la ciencia».

Como sabía cualquiera que hubiera estudiado la historia de las religiones, no había mejor fundamento para la fe que un mártir muerto por la causa: Cristo en la cruz, los kedoshim del judaísmo, los shahid del islam…

«El martirio está en el centro de toda religión».

Las ideas que se iban formando en la mente de Langdon lo llevaban cada vez más rápido hacia otra dimensión.

Las nuevas religiones proporcionan nuevas respuestas para las grandes preguntas de la vida. «¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?».

Condenan a la competencia. «Anoche Edmond denigró a todas las religiones de la Tierra».

Prometen un futuro mejor y el cielo como recompensa. «Abundancia: el futuro es mejor de lo que piensas».

Parecía como si la noche anterior Edmond hubiera cumplido sistemáticamente todos los requisitos.

—Winston —susurró Langdon con voz temblorosa—. ¿Quién reclutó al asesino de Edmond?

—El Regente.

—Sí —dijo el profesor, con más intensidad en la voz—. Pero ¿quién es el Regente? ¿Quién reclutó a un miembro de la Iglesia palmariana para que asesinara a Edmond en medio de una presentación en directo?

Winston guardó silencio un instante.

—Percibo desconfianza en su voz, profesor, pero no debe preocuparse. Estoy programado para proteger a Edmond. Lo considero mi mejor amigo. —Hizo una pausa—. Siendo un hombre de letras, seguramente habrá leído De ratones y hombres.

No parecía que ese último comentario guardara relación con el tema de la conversación.

—Por supuesto que sí, pero ¿qué tiene eso que ver con…?

De pronto, Langdon se quedó sin habla. Por un momento pensó que la cabina del teleférico se había descolgado. El horizonte se inclinó y el profesor tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

«Abnegado, audaz, compasivo». Eran las palabras que él mismo había elegido en el instituto para calificar uno de los actos de amistad más famosos de la literatura: la impresionante culminación de la novela De ratones y hombres, donde el protagonista mata por compasión a su amigo más querido, para salvarlo de un final horrible.

—Winston —susurró Langdon—. Por favor, no…

—Créame —contestó—. Edmond lo quiso así.

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