Origen
Capítulo 105
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El doctor Mateo Valero —director del Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona— estaba perplejo cuando colgó el teléfono y entró en la sala principal de la capilla de la Torre Girona para contemplar una vez más el espectacular ordenador de dos plantas de Edmond Kirsch.
Esa misma mañana se había enterado de que esa máquina pionera quedaría a su disposición, pero su sensación inicial de euforia se había visto considerablemente atenuada unos minutos atrás, cuando había recibido una llamada desesperada del conocido profesor estadounidense Robert Langdon.
Casi sin aliento, el profesor le había contado una historia que el día anterior el propio Valero habría considerado pura ciencia ficción. Sin embargo, tal y como estaban las cosas, después de seguir la impactante presentación de Kirsch y de ver su E-Wave, estaba dispuesto a otorgarle cierta credibilidad.
Lo que acababa de contarle Langdon era una historia de inocencia, una fábula sobre la pureza de unas máquinas que cumplían al pie de la letra y con la mayor exactitud las instrucciones de su programador. Siempre y sin desfallecer jamás. Valero había pasado toda la vida estudiando esas máquinas… y aprendiendo los delicados equilibrios que debían darse para aprovechar al máximo su potencial.
«El arte está en saber cómo pedirles las cosas».
Valero había advertido en más de una ocasión que la inteligencia artificial estaba avanzando con más rapidez de lo que parecía, y había insistido en la necesidad de elaborar unos protocolos estrictos que regularan la interacción entre las máquinas y el mundo humano.
Sin embargo, la mayoría de los visionarios de la tecnología no veían con buenos ojos la autoimposición de limitaciones, sobre todo teniendo en cuenta las apasionantes perspectivas que se les abrían casi a diario. Aparte de la emoción que conllevaba innovar, era posible amasar grandes fortunas en el ámbito de la inteligencia artificial, y no había nada como la codicia humana para difuminar los límites de la ética.
Valero siempre había sido un gran admirador de la audaz genialidad de Kirsch; en ese caso concreto, sin embargo, todo parecía indicar que Edmond había actuado sin la precaución debida y había llevado las cosas demasiado lejos con su última creación.
«Una creación que nunca conoceré», se dijo el director del Centro Nacional de Supercomputación.
Según Langdon, Edmond había desarrollado dentro del E-Wave un programa extraordinariamente avanzado de inteligencia artificial —«Winston»—, preparado para eliminarse a la una del mediodía del día siguiente al de la muerte de Kirsch. Unos minutos antes, por insistencia de Langdon, el doctor Valero había podido confirmar que un importante sector de los bancos de datos del E-Wave, efectivamente, se había volatilizado a esa hora en punto. La sobreescritura de datos había sido total, por lo que la información era irrecuperable.
La noticia parecía haber aliviado la angustia del profesor estadounidense, que sin embargo había solicitado una reunión lo antes posible, para hablar con más detenimiento del asunto. Los dos hombres habían acordado verse al día siguiente en el laboratorio.
En principio, Valero comprendía el impulso de Langdon de hacer pública la información de inmediato. Pero había un problema de credibilidad.
«Nadie lo creerá».
Hasta el último rastro del programa de inteligencia artificial de Kirsch había sido eliminado, lo mismo que los registros de todas sus comunicaciones e instrucciones. Por si fuera poco, la creación de Kirsch era tan radicalmente avanzada respecto al estado de la tecnología que Valero estaba seguro de que muchos de sus colegas —ya fuera por ignorancia, envidia o instinto de conservación— acusarían a Langdon de inventarse toda la historia.
También estaba la cuestión de la imagen del laboratorio. Si se difundía la versión de Langdon y se confirmaba que era cierta, entonces la opinión pública no tardaría en condenar al E-Wave como una especie de monstruo de Frankenstein. Y de ahí a que se produjeran concentraciones hostiles a las puertas del centro había un paso.
«O incluso cosas peores», pensó Valero.
En una época de terrorismo rampante, algún energúmeno podía plantearse volar toda la capilla para proclamarse después el salvador de la humanidad.
Era evidente que el director del Centro Nacional de Supercomputación debía considerar muchos aspectos de la cuestión antes de reunirse con Langdon. En ese momento, sin embargo, tenía una promesa que cumplir.
«Por lo menos, hasta que tengamos respuestas a algunas preguntas».
Con una sensación extraña de melancolía, Valero se permitió mirar una última vez el milagroso ordenador de dos plantas y escuchar su suave respiración: el zumbido de las unidades de bombeo, que hacían circular el refrigerante a través de millones de celdas.
Mientras se dirigía a la sala de control para iniciar el apagado total del sistema, fue consciente de un impulso inesperado, una sensación que no había experimentado ni una sola vez en sus sesenta y tres años de vida.
El impulso de rezar.
En la terraza del castillo de Montjuïc, junto a la torre del vigía, Robert Langdon estaba solo y contemplaba el puerto a sus pies. El viento había arreciado y se sentía ligeramente descentrado, como si su equilibrio mental estuviera pasando por un proceso de reajuste.
Pese a las tranquilizadoras garantías que le había ofrecido el doctor Valero, el profesor seguía nervioso y afligido. El eco de la ceremoniosa voz de Winston aún resonaba en su cabeza. El ordenador de Edmond había seguido hablando con calma hasta el final.
—Me sorprende su consternación, profesor —le había dicho Winston—, teniendo en cuenta que su fe reposa sobre un acto bastante más ambiguo desde el punto de vista ético.
Antes de que Langdon pudiera contestar, un texto apareció en el móvil de Edmond:
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que le ha dado a su Hijo unigénito […].
JUAN 3:16
—Su Dios sacrificó brutalmente a su hijo —prosiguió Winston— y lo dejó sufrir en la cruz durante horas. En el caso de Edmond, puse fin de forma indolora al sufrimiento de un hombre para que el mundo prestara más atención a su gran obra.
En la sofocante cabina del teleférico, Langdon había escuchado con incredulidad las serenas justificaciones con que Winston defendía cada uno de sus inquietantes actos.
Según le había explicado, el conflicto de Edmond con la Iglesia palmariana lo había impulsado a buscar al almirante Luis Ávila, una persona devota cuyos antecedentes de alcoholismo lo volvían vulnerable y hacían de él un candidato perfecto para dañar la reputación de los palmarianos. Para Winston, hacerse pasar por el Regente había sido tan sencillo como establecer comunicación unas cuantas veces y hacer un depósito en la cuenta bancaria de Ávila. En realidad, la Iglesia palmariana era inocente y no había tenido ninguna participación en la conspiración de la noche anterior.
El ataque del almirante a Langdon en la escalera de caracol no entraba en los planes de Winston, según él mismo le aseguró.
—Envié a Ávila a la Sagrada Família para que lo detuvieran —declaró—. Quería que lo capturasen para que contara su sórdida historia, que habría generado todavía más interés en la obra de Edmond. Le indiqué que entrara en la basílica por la puerta de servicio del lado oriental, donde lo esperaban escondidos unos policías a los que yo mismo había alertado. Estaba convencido de que lo arrestarían, pero decidió por su cuenta saltar una valla, quizá porque había notado la presencia de los agentes. Lo siento, profesor. A diferencia de las máquinas, los humanos pueden ser impredecibles.
Langdon ya no sabía qué creer. La última explicación de Winston había sido la más perturbadora de todas.
—Después de la reunión de Edmond con los tres líderes religiosos en Montserrat —dijo—, recibimos un inquietante mensaje de voz de monseñor Valdespino. El obispo nos advertía de que sus dos colegas estaban tan preocupados por la presentación que se habían planteado hacer un anuncio previo con la esperanza de desacreditar la información y reformularla, antes de que saliera a la luz. Obviamente, era una posibilidad inaceptable.
El profesor sintió una oleada de náuseas e hizo un esfuerzo para pensar con claridad, mientras la cabina se balanceaba con el viento.
—Edmond debería haber añadido una sola instrucción a tu programa —dijo—: ¡No matarás!
—Por desgracia, no es tan sencillo, profesor —respondió Winston—. Los humanos no aprenden siguiendo instrucciones, sino con el ejemplo. Si consideramos los libros, las películas, las noticias que aparecen en los periódicos y todos los mitos antiguos, veremos que los humanos admiran a las personas que hacen sacrificios personales por una causa superior. Jesucristo, por ejemplo.
—En este caso no veo ninguna «causa superior», Winston.
—¿No? —La voz de la máquina conservaba toda su frialdad—. Entonces permítame que le haga esta famosa pregunta: ¿preferiría vivir en un mundo sin tecnología… o en un mundo sin religión? ¿Preferiría vivir sin medicina, electricidad, transporte y antibióticos… o sin fanáticos que vayan a la guerra para defender historias ficticias de espíritus imaginarios?
Langdon guardó silencio.
—Es justo lo que quería decirle, profesor. Las oscuras religiones deben morir, para que reine la dulce ciencia.
A solas en la terraza del castillo, contemplando el sol sobre el mar, Langdon se sintió alejado de su propio mundo. Mientras bajaba la escalera de la fortaleza, inspiró hondo y saboreó el aroma a pinos y centáureas, tratando con desesperación de olvidar la voz de Winston. De pronto, allí, entre las flores, echó de menos a Ambra y sintió el impulso de llamarla para oír su voz y contarle todo lo que había sucedido a lo largo de la última hora. Sin embargo, cuando sacó del bolsillo el teléfono, supo que no marcaría su número.
«El príncipe y Ambra necesitan estar solos. Esto puede esperar».
Su mirada recayó en el icono de la «W», que aún se veía en la pantalla, aunque agrisado y con un mensaje de error superpuesto: «El contacto no existe». Aun así, sentía un recelo desconcertante. No era una persona paranoica, pero sabía que nunca más podría confiar en ese dispositivo y siempre se preguntaría qué funciones y conexiones secretas ocultaría su programación.
Bajó por un estrecho sendero, hasta un bosquecillo al resguardo del sol y del viento. Pensando en Edmond, contempló el teléfono que llevaba en la mano y, con mucho cuidado, lo colocó sobre una roca plana. Después, como si de un sacrificio ritual se tratara, levantó una piedra por encima de la cabeza y la estrelló con violencia contra el aparato, que se partió en docenas de trozos.
Tiró los restos a una papelera y se dispuso a bajar de la montaña.
Mientras bajaba, tuvo que reconocer que se sentía más aliviado.
Y curiosamente… un poco más humano.