Origen
Capítulo 61
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Entre los aullidos del viento, Ambra sintió que los brazos de Langdon la levantaban y la guiaban hacia la mano tendida del agente Díaz, que la esperaba en el helicóptero.
Se sentía demasiado aturdida para protestar.
—¡Está sangrando! —gritó Langdon, mientras subía a la cabina tras ella.
En un segundo, el helicóptero ascendía hacia el cielo, alejándose de la irregular cubierta de la Casa Milà y de un pequeño ejército de policías confusos que lo seguían con la mirada.
Fonseca cerró la compuerta y fue a sentarse al lado del piloto, mientras Díaz se deslizaba junto a Ambra para examinarle el brazo.
—Es solo un rasguño —dijo ella en tono neutro.
—Deje que coja el botiquín —respondió el agente, dando un paso hacia el fondo de la cabina.
Langdon estaba sentado frente a Ambra, mirando hacia la cola del aparato. Al quedarse otra vez a solas con ella, la miró a los ojos, esperó a que le devolviera la mirada y le sonrió con alivio.
—Me alegro mucho de que estés bien.
La mujer asintió con un breve gesto, pero antes de que pudiera darle las gracias, Langdon, inclinado hacia adelante, ya le estaba susurrando algo al oído con un entusiasmo perceptible en la voz.
—¡Creo que he encontrado a nuestro poeta misterioso! —exclamó, con los ojos llenos de esperanza—. William Blake. Hay un ejemplar de las obras completas de Blake en la biblioteca de Edmond, pero además… ¡muchos de sus poemas son profecías! —Langdon tendió una mano—. Déjame el teléfono de Edmond. Le pediré a Winston que busque versos de cuarenta y siete letras en toda la obra de Blake.
Ambra observó la palma tendida de Langdon y se sintió abrumada por la culpa. Alargó un brazo para cogerle la mano.
—Robert —dijo, con un suspiro de remordimiento—, ya no tenemos el teléfono de Edmond. Se ha caído al patio del edificio.
Langdon levantó la vista y ella notó que se había puesto pálido. «¡Lo siento muchísimo, Robert!». Era evidente que él estaba haciendo un esfuerzo para asimilar la noticia y determinar en qué situación los dejaba la pérdida de Winston.
En la parte delantera de la cabina, Fonseca hablaba a gritos por teléfono.
—¡Confirmado! Los tenemos a bordo a los dos, sanos y salvos. Preparen el avión para trasladarlos a Madrid. Me pondré en contacto con Palacio y alertaré a…
—¡No! —le gritó Ambra al agente—. ¡No pienso ir al palacio!
Fonseca cubrió el móvil con una mano, se volvió en su asiento y la miró.
—¡Por supuesto que irá! Me han ordenado garantizar su seguridad. No debería haber abandonado mi custodia. Tiene suerte de que hayamos venido a rescatarla.
—¡¿A rescatarme?! —exclamó Ambra—. El rescate ha sido necesario solamente por culpa de las ridículas mentiras que ha difundido el Palacio sobre el profesor Langdon y mi supuesto secuestro, que como usted sabe son una falsedad. ¿Tan desesperado está el príncipe? ¿No le importa arriesgar la vida de un hombre inocente, por no mencionar la mía?
Fonseca se la quedó mirando un momento y después se volvió de nuevo hacia adelante, sin decir nada.
Justo en ese instante, Díaz se sentó a su lado con el botiquín de primeros auxilios.
—Señorita Vidal, entienda, por favor, que nuestra cadena de mando se ha roto esta noche a raíz del arresto del comandante Garza. Aun así, quiero que sepa que Su Alteza no ha tenido nada que ver con la declaración que ha ofrecido el Palacio a la prensa. De hecho, ni siquiera podemos confirmar que el príncipe esté al corriente de los sucesos actuales. Hace más de una hora que intentamos contactar con él, sin éxito.
—¿Qué? —preguntó Ambra azorada—. ¿Dónde está?
—Desconocemos su paradero —respondió Díaz—, pero ha sido meridianamente claro en su última comunicación, hace unas horas. Por encima de todo, Su Alteza quiere que usted esté segura y protegida.
—En ese caso —intervino Langdon, saliendo de sus reflexiones—, llevar a la señorita Vidal al palacio sería un error gravísimo.
Fonseca se volvió.
—¡¿Qué ha dicho?!
—No sé qué órdenes obedecen ustedes —dijo Langdon—, pero si el príncipe realmente quiere garantizar la seguridad de su prometida, les sugiero que me presten atención. —Hizo una pausa, antes de seguir hablando con mayor intensidad—: Edmond Kirsch ha sido asesinado para impedir que su descubrimiento se hiciera público. Quienquiera que lo haya silenciado, no se detendrá ante nada hasta completar su trabajo.
—Ya lo ha completado —lo corrigió Fonseca con cierta ironía en la voz—. El señor Kirsch está muerto.
—Pero su descubrimiento, no —rebatió Langdon—. La presentación de Edmond está más viva que nunca y todavía es posible darla a conocer al mundo.
—Por eso han venido a la Casa Milà —aventuró Díaz—. Porque pensaban que podían emitirla…
—Exacto —corroboró Langdon—. Y eso nos ha puesto en el punto de mira de los asesinos de Edmond. No sé quién se habrá inventado la declaración sobre el secuestro de Ambra, pero está claro que alguien quiere detenernos. Por eso, si ustedes forman parte de ese grupo, el de los que pretenden enterrar para siempre el descubrimiento de Edmond, entonces lo más sencillo será que nos arrojen a la señorita Vidal y a mí al vacío desde este helicóptero, mientras todavía puedan hacerlo.
Ambra miró a Langdon, preguntándose si se habría vuelto loco.
—Ahora bien —prosiguió el profesor—, si su deber como miembros de la Guardia Real es proteger a la familia del monarca, incluida la futura reina, tendrán que reconocer que no hay lugar más peligroso para la señorita Vidal en este instante que el palacio donde se preparó la nota de prensa que acaba de ponerla en peligro de muerte. —Se metió una mano en el bolsillo y extrajo una tarjeta impresa en relieve—. Les sugiero que la lleven a la dirección que figura al pie de esta tarjeta.
Fonseca la cogió y la estudió con el ceño fruncido.
—¡Esto es ridículo!
—Todo el recinto está vallado —insistió Langdon—. Su piloto puede descender, dejar que bajemos los cuatro y alejarse otra vez, sin que nadie lo note. Conozco a la persona que está al mando. Podremos quedarnos todo el tiempo que necesitemos, discretamente, hasta encontrar lo que estamos buscando. Ustedes pueden acompañarnos.
—Me sentiría mucho más seguro en un hangar militar, en el aeropuerto.
—¿De verdad confiaría en un equipo militar que probablemente actúa a las órdenes de los mismos que estuvieron a punto de matar a la señorita Vidal hace un segundo?
Fonseca no perdió en ningún momento su expresión pétrea.
Mientras tanto, sumida en un torbellino de pensamientos, Ambra trataba de adivinar qué dirección figuraba en la tarjeta.
«¿Adónde quiere llevarnos Langdon?».
La intensidad repentina de su voz parecía sugerir que había algo más en juego, aparte de una simple preocupación por su seguridad. Percibía en él un renovado optimismo, como si aún no hubiera perdido la esperanza y sintiera que todavía era posible revelar al mundo el descubrimiento de Edmond.
Langdon recuperó la tarjeta de manos de Fonseca y se la tendió a Ambra.
—He encontrado esto en la biblioteca.
La mujer la estudió y de inmediato reconoció lo que era.
Los museos solían entregar esas elegantes tarjetas impresas en relieve, llamadas «fichas de préstamo», a las personas o instituciones que cedían temporalmente una obra de arte o una pieza de particular valor para que formara parte de sus exposiciones. Se solían imprimir dos tarjetas idénticas: una se conservaba en el museo junto a la pieza expuesta, como muestra de agradecimiento a su dueño, y la otra se entregaba al propietario, como prenda de la obra cedida.
«¿Edmond había prestado su libro de poemas de Blake?».
Según la ficha, el libro de Edmond se había desplazado apenas un par de kilómetros desde el apartamento de su dueño en Barcelona.
Obras completas
de William Blake
De la colección privada
de EDMOND KIRSCH
En préstamo al
Templo Expiatorio de la
Sagrada Família
Carrer de Mallorca, 401
08013 Barcelona, España
—No lo entiendo —dijo Ambra—. ¿Por qué iba a prestarle un libro a una iglesia un hombre que se enorgullecía de ser ateo?
—No es una iglesia cualquiera —repuso Langdon—, sino la obra maestra más enigmática de Gaudí… —Se volvió para mirar atrás por la ventanilla—. Y muy pronto, la iglesia más alta de Europa.
Ambra también volvió la vista y contempló otra vez la ciudad, que se extendía hacia el norte. En la distancia, rodeadas de grúas, andamios y potentes focos, se erguían resplandecientes las torres inacabadas de la Sagrada Família, gráciles estructuras porosas, como esponjas marinas gigantescas que se proyectaran hacia la luz desde el fondo del océano.
El controvertido templo llevaba más de un siglo en construcción, financiado solo por las aportaciones de los fieles. Criticado en su momento por los tradicionalistas por sus extrañas formas orgánicas y el uso del «diseño biomimético», los más vanguardistas habían alabado su fluidez estructural y sus formas «hiperboloides», reflejo del mundo natural.
—Reconozco que es inusual —dijo Ambra, volviéndose hacia Langdon—, pero no deja de ser una iglesia católica. Y ya sabes cómo era Edmond.
«Sé cómo era Edmond —pensó Langdon—. Lo conocí lo suficiente para saber que estaba convencido de que la Sagrada Família encerraba un propósito y un simbolismo secretos, más allá de los límites del cristianismo».
Desde el comienzo de las obras de la singular basílica en 1882, se habían multiplicado las teorías que intentaban explicar los misteriosos códigos de sus puertas, sus columnas helicoidales de inspiración cósmica, sus fachadas repletas de símbolos, sus tallas matemáticas con representaciones del cuadrado mágico o su espectral construcción «esquelética», que evocaba claramente la forma de los huesos y el tejido conjuntivo de un organismo vivo.
Naturalmente, Langdon conocía todas esas teorías, pero nunca les había prestado mucha atención. Unos años atrás, sin embargo, se había llevado una sorpresa cuando Edmond le había confesado ser uno de los muchos admiradores de Gaudí convencidos de que la Sagrada Família había sido concebida como algo más que una iglesia cristiana, tal vez incluso como un santuario místico consagrado a la ciencia y la naturaleza.
El profesor consideró muy improbable aquella idea y enseguida le recordó a su amigo que Gaudí era un católico devoto, tan estimado por el Vaticano que las autoridades de Roma lo habían llamado «el arquitecto de Dios» e incluso habían considerado beatificarlo. Langdon le había asegurado a Kirsch que el original diseño de la Sagrada Família era solo una manifestación de la interpretación modernista del simbolismo cristiano, con la particular mirada de Gaudí.
Edmond se había limitado a sonreír discretamente, como si se reservara una misteriosa pieza del puzle que no quisiera revelar.
«Un secreto más de Kirsch —pensó Langdon en el helicóptero—, lo mismo que su silenciosa batalla contra el cáncer».
—Aunque sea verdad que Edmond le prestó el libro a la Sagrada Família y aunque podamos encontrarlo —prosiguió Ambra—, será muy difícil localizar el verso que buscamos. Tendremos que leer todas las páginas, una a una. Dudo mucho que Edmond marcara de alguna manera las páginas de un libro antiguo de valor incalculable.
—Ambra —dijo el profesor, sonriendo con calma—, mira el dorso de la tarjeta.
La mujer bajó la vista, giró la tarjeta y leyó el texto del dorso.
Después, con expresión de incredulidad, volvió a leerlo.
Cuando levantó la mirada, había esperanza en sus ojos.
—Como te decía —añadió él con una sonrisa—, tenemos que ir.
Pero la expresión entusiasta de Ambra se desvaneció tan de repente como había aparecido.
—Todavía queda un problema. Aunque encontremos la contraseña…
—Lo sé. Hemos perdido el teléfono de Edmond, lo que significa que ya no tenemos acceso a Winston, ni podemos comunicarnos con él.
—Exacto.
—Creo que también puedo resolver eso.
Ambra lo miró con escepticismo.
—¿Lo dices en serio?
—Solo tenemos que localizar físicamente a Winston, el ordenador que construyó Edmond. Si ya no tenemos acceso a él por teléfono, podemos llevarle la contraseña en persona.
Ambra se lo quedó mirando como si se hubiera vuelto loco.
Langdon prosiguió:
—Me dijiste que Edmond había construido a Winston en unas instalaciones secretas.
—Sí, pero ¡esas instalaciones podrían estar en cualquier lugar del mundo!
—Tienen que estar aquí, en Barcelona. Edmond vivía y trabajaba en esta ciudad. Y construir esa máquina de inteligencia artificial fue uno de sus últimos proyectos, por lo que todo apunta a que tuvo que hacerlo aquí mismo.
—Aunque tengas razón, Robert, será como buscar una aguja en un pajar. Barcelona es una ciudad enorme. Sería imposible…
—Puedo encontrarlo —dijo él—. Estoy seguro. —Sonrió y señaló con un leve movimiento de cabeza las luces que se extendían a sus pies—. Te parecerá una locura, pero esta vista aérea de Barcelona me ha hecho comprender…
Dejó la frase en suspenso, con la vista perdida en la noche.
—¿Podrías explicarte mejor? —le preguntó Ambra expectante.
—Tendría que haberlo visto antes —dijo—. Es algo referente a Winston, una especie de enigma que lleva toda la noche rondándome la cabeza. Creo que por fin lo he resuelto.
Langdon lanzó una mirada suspicaz a los agentes de la Guardia Real y bajó la voz, mientras se inclinaba hacia Ambra.
—¿Puedo pedirte que confíes en mí, solamente en esto? —le preguntó con discreción—. Estoy seguro de que puedo encontrar a Winston; pero localizarlo no nos servirá de nada si no tenemos la contraseña de Edmond. Por eso ahora debemos concentrarnos en encontrar ese verso, y la Sagrada Família es nuestra mejor pista.
Ambra estudió un momento a Langdon. Después, con expresión resuelta, se volvió hacia el asiento delantero y exclamó:
—¡Agente Fonseca! ¡Dígale al piloto que gire en redondo y nos lleve a la Sagrada Família ahora mismo!
Fonseca se volvió en su asiento y la miró con severidad.
—Como ya le he dicho, señorita Vidal, tengo órdenes de…
—Agente Fonseca —lo interrumpió la futura reina de España, mientras se inclinaba hacia adelante y lo fulminaba con la mirada—, ¡llévenos ahora mismo a la Sagrada Família, o lo primero que haré cuando regrese será ocuparme de que lo expulsen de la Guardia Real!