Origen
Capítulo 63
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«No puedo negar que me ha impresionado», pensó Langdon.
Con unas cuantas palabras firmes, Ambra había obligado a la tripulación del EC145 a dar un amplio giro en redondo y redirigir el rumbo del helicóptero hacia la basílica de la Sagrada Família.
Mientras el aparato se nivelaba de nuevo y emprendía el regreso a la ciudad, Ambra se volvió hacia el agente Díaz y le pidió que le permitiera usar su teléfono. El agente de la Guardia Real se lo entregó de mala gana. De inmediato, Ambra abrió el navegador y empezó a leer los titulares de las noticias.
—¡Maldita sea! —susurró, abrumada por la frustración—. He intentado decirle a la prensa que no me habías secuestrado, pero parece que nadie me ha oído.
—Puede que no hayan tenido tiempo de publicarlo —sugirió Langdon.
«Solo han pasado diez minutos».
—Han tenido tiempo más que suficiente —contestó ella—. Estoy viendo cortes de vídeo de nuestro helicóptero alejándose de la Casa Milà.
«¿Tan pronto?». A veces, Langdon sentía que el mundo había empezado a girar con demasiada rapidez en torno a su eje. Todavía recordaba una época en que las «noticias de última hora» se imprimían en papel por la noche y un repartidor las dejaba delante de su puerta a la mañana siguiente.
—Por cierto —comentó Ambra, en un tono levemente jocoso—, tú y yo ya estamos entre lo más buscado en internet en todo el mundo.
—Eso me pasa por secuestrarte —respondió él con ironía.
—No tiene gracia. Pero al menos no somos el número uno. —Le tendió el teléfono—. Échale un vistazo.
En la pantalla aparecía la página de inicio de Yahoo!, con su lista de «Los más buscados». Langdon consultó enseguida cuál era el asunto que suscitaba mayor interés:
1. ¿De dónde venimos? / Edmond Kirsch
Era evidente que la presentación de Edmond había servido de inspiración para que personas de todo el mundo investigaran el tema y lo debatieran. «Edmond estaría encantado», pensó Langdon, pero cuando siguió el enlace y vio los diez primeros titulares, comprendió que se había equivocado. Las diez primeras teorías que intentaban responder a la pregunta «¿De dónde venimos?» trataban sobre creacionismo o extraterrestres.
«Edmond estaría horrorizado».
Uno de los incidentes más notorios protagonizados por su antiguo alumno se había producido en un foro titulado «Ciencia y espiritualidad», cuando Edmond se había levantado de la mesa de ponentes, exasperado por las preguntas del público, y había abandonado el escenario, mientras protestaba a voz en cuello: «¿Cómo es posible que personas tan inteligentes sean incapaces de debatir sobre sus orígenes sin mencionar a Dios o a los putos extraterrestres?».
Langdon siguió examinando el contenido de la lista, hasta llegar a un enlace aparentemente inocuo de CNN Live titulado: «¿Qué descubrió Kirsch?».
Lo abrió y orientó la pantalla del teléfono hacia Ambra, para que ella también pudiera ver el vídeo. Subió el volumen en cuanto empezó la reproducción y los dos se acercaron, casi mejilla contra mejilla, para oír el sonido por encima del estruendo de los rotores del helicóptero.
En la pantalla apareció una presentadora de noticias de la CNN que Langdon había visto en muchos programas en los últimos años.
—Hoy nos visita Griffin Bennett, astrobiólogo de la NASA —anunció la periodista—, que compartirá con nosotros algunas ideas sobre el misterioso descubrimiento de Edmond Kirsch. Bienvenido, doctor Bennett.
El invitado, un hombre con barba y gafas de montura metálica, asintió con expresión sombría.
—Gracias —dijo—. En primer lugar, permítame decirle que conocía a Edmond personalmente. Sentía un respeto enorme por su inteligencia, su creatividad y su compromiso con el progreso y la innovación. Su asesinato ha sido un golpe tremendo para la ciencia, y espero que este crimen cobarde sirva para fortalecer y unir aún más a la comunidad intelectual contra la amenaza del fanatismo, del pensamiento supersticioso y de aquellos que recurren a la violencia, en lugar de a los hechos demostrados, para defender sus ideas. Confío en que sean ciertos los rumores de que ahora mismo hay personas trabajando con ahínco para sacar a la luz el descubrimiento de Edmond.
Langdon miró a Ambra.
—Creo que se refiere a nosotros.
Ella asintió.
—Somos muchos los que esperamos que así sea, doctor Bennett —dijo la presentadora—. Pero ¿sería tan amable de adelantarnos cuál cree usted que podría ser el contenido del descubrimiento de Edmond Kirsch?
—Como científico espacial —prosiguió Bennett—, me parece necesario empezar mi intervención de esta noche con un pequeño preámbulo, que estoy seguro de que Edmond agradecería. —El hombre se volvió, para mirar directamente a la cámara—. Si buscamos información sobre la vida extraterrestre —empezó—, encontraremos un revoltijo de pseudociencia, teorías de la conspiración y pura fantasía. Quiero dejar muy claro lo que pienso: los círculos en las cosechas son un fraude. Los vídeos que muestran autopsias de alienígenas están trucados. Los extraterrestres nunca han mutilado a una vaca. El platillo volante que se estrelló en Roswell era en realidad un globo meteorológico del proyecto Mogul, del gobierno de Estados Unidos. Las grandes pirámides fueron construidas por los egipcios sin tecnología extraterrestre. Y lo más importante: todas y cada una de las historias de abducción alienígena que corren por ahí son mentiras y nada más que mentiras.
—¿Cómo puede estar tan seguro, doctor Bennett?
—Simple lógica —respondió el científico, volviéndose para mirar a la presentadora con cierta irritación—. Cualquier forma de vida lo bastante avanzada para viajar muchos años luz a través del espacio interestelar no tendría ningún interés en hacerle un tacto rectal a un granjero de Kansas. Ni tampoco necesitaría adoptar una apariencia reptiloide para infiltrarse en los gobiernos y dominar el mundo. Una civilización con la tecnología necesaria para hacer todo el viaje hasta aquí no precisaría ningún tipo de subterfugio ni de sutileza para dominarnos en un santiamén.
—¡No nos asuste! —dijo la presentadora con una risa incómoda—. Pero, cuénteme, ¿qué relación tiene lo que acaba de explicarnos con sus teorías acerca del descubrimiento de Kirsch?
El hombre dejó escapar un suspiro.
—Tengo la firme convicción de que Kirsch estaba a punto de revelarnos la prueba definitiva de que la vida en la Tierra se originó en el espacio.
La reacción inmediata de Langdon fue de escepticismo, porque conocía la opinión de Kirsch sobre la vida extraterrestre en nuestro planeta.
—¡Fascinante! —comentó la presentadora—. ¿Cuáles son sus argumentos?
—El origen espacial de la vida es la única explicación racional. Tenemos pruebas irrefutables de que es posible el intercambio de materia entre planetas. Hemos hallado fragmentos de Marte y de Venus en la Tierra, así como cientos de muestras de origen desconocido que parecen confirmar la idea de que la vida llegó en rocas procedentes del espacio, en forma de microbios que con el tiempo evolucionaron y dieron pie a toda la vida en nuestro planeta.
La presentadora asintió con interés.
—Pero esa teoría… la de los microbios procedentes del espacio… ¿no se conoce desde hace décadas y nadie ha podido demostrar su autenticidad? ¿Por qué piensa que un genio de las nuevas tecnologías como Edmond Kirsch habría podido confirmar una teoría como esa, que pertenece más al campo de la astrobiología que al de la informática?
—Es una deducción lógica —dijo Bennett—. Muchos astrónomos de primera fila llevan avisándonos desde hace décadas de que la única esperanza de supervivencia a largo plazo de la humanidad es abandonar el planeta. La Tierra ya ha alcanzado la mitad de su ciclo vital y, con el tiempo, el sol se expandirá convertido en un gigante rojo y nos consumirá, aunque solo lo veremos si sobrevivimos a otras amenazas más inminentes, como el impacto de un asteroide gigante o una explosión masiva de rayos gamma. Por eso, ya estamos proyectando estaciones en Marte como primer paso para abandonar algún día el sistema solar, en busca de un nuevo planeta que nos acoja. Evidentemente, se trata de una empresa titánica, y si encontráramos una manera más sencilla de garantizar nuestra supervivencia, la adoptaríamos de inmediato.
El científico hizo una breve pausa.
—De hecho, es posible que exista una manera más sencilla —prosiguió—. ¿Qué pasaría si fuéramos capaces de almacenar de algún modo el genoma humano en cápsulas diminutas para luego enviarlas al espacio por millones, con la esperanza de que alguna arraigase y diseminase la vida humana en un planeta distante? Esa tecnología no existe todavía, pero la consideramos una opción viable para la supervivencia humana. Y si nosotros estamos contemplando la idea de «sembrar vida», es lógico pensar que unos seres más avanzados también la hayan considerado.
Langdon empezaba a sospechar adónde quería llegar el doctor Bennett con su teoría.
—Teniendo todo esto en cuenta —prosiguió el científico—, me inclino a pensar que Edmond Kirsch debió de encontrar algún tipo de huella… física, química o digital, no lo sé…, una prueba incuestionable de que la vida en la Tierra fue sembrada desde el espacio. Debo mencionar que Edmond y yo tuvimos una acalorada discusión al respecto hace unos años. A él nunca le había gustado la idea de los microbios procedentes del espacio, porque al igual que otros muchos investigadores estaba convencido de que el material genético no habría sobrevivido a las mortíferas condiciones de radiación y temperatura del largo viaje hasta la Tierra. Personalmente, creo que sería del todo factible proteger esas «semillas vitales» en pequeñas cápsulas a prueba de radiación y lanzarlas al espacio con la intención de poblar el cosmos, en una especie de panspermia tecnológicamente asistida.
—Comprendo —dijo la presentadora con cierta inquietud—. Pero si alguien ha hallado pruebas de que los humanos procedemos de una semilla sembrada desde el espacio, eso significa que no estamos solos en el universo. —Guardó silencio un momento—. Y algo más increíble todavía…
—¿Sí? —preguntó Bennett, sonriendo por primera vez.
—Significa que los seres que han enviado esas cápsulas tienen que ser… como nosotros… ¡humanos!
—Sí, esa también fue mi primera conclusión. —El científico hizo una pausa—. Pero Edmond me corrigió. Me hizo ver la falacia de mi razonamiento.
La afirmación de Bennett sorprendió a la presentadora.
—Entonces ¿el señor Kirsch creía que los seres que enviaron las semillas no eran humanos? ¿Cómo es posible? ¿No acaba de afirmar que esas semillas serían algo así como una «receta» para la propagación de la especie humana?
—Los humanos estamos «sin acabar de cocinar», por utilizar la expresión de Edmond —respondió el científico.
—¿Perdón?
—Edmond decía que en caso de que la teoría de las semillas fuera cierta, la receta enviada a la Tierra aún tendría que acabar de cocinarse. En su opinión, los humanos no seríamos el «producto acabado», sino una especie transicional, en evolución hacia otra cosa… diferente…, de otro mundo.
La periodista de la CNN pareció desconcertada.
—Edmond me hizo ver que una forma de vida avanzada jamás habría enviado una receta para producir humanos, del mismo modo que jamás se habría preocupado por producir chimpancés. —Bennett rio entre dientes—. De hecho, él me acusaba en broma de ser un cristiano que aún no había salido del armario, porque solo un cristiano habría podido considerar a los humanos el centro del universo, o pensar que los extraterrestres nos enviarían por correo el genoma completo de Adán y Eva.
—Bueno, doctor —dijo la presentadora, claramente incómoda con la dirección que estaba tomando la entrevista—, ha sido muy ilustrativo hablar con usted. Gracias por su visita.
El vídeo terminó y Ambra se volvió de inmediato hacia Langdon.
—Robert, si Edmond ha descubierto la prueba que demuestra que los humanos somos una especie extraterrestre que aún no ha terminado de evolucionar, la pregunta que se nos plantea es todavía más inquietante: ¿hacia qué forma de vida estamos evolucionando?
—Así es —convino Langdon—. Y creo que Edmond expresó esa inquietud de una manera ligeramente distinta, en forma de pregunta: «¿Adónde vamos?».
Ambra pareció sorprendida de haber vuelto al punto de partida.
—¡La segunda pregunta de Edmond en la presentación de esta noche!
—Exacto. «¿De dónde venimos?». «¿Adónde vamos?». Por lo visto, el científico de la NASA que acabamos de ver cree que Edmond levantó la vista al cielo y encontró la respuesta a esas dos cuestiones.
—¿Y qué crees tú, Robert? ¿Es ese el descubrimiento de Edmond?
Langdon sintió que la duda le arrugaba el entrecejo, mientras sopesaba las posibilidades. La teoría del astrobiólogo era fascinante, pero le parecía demasiado general y etérea para el agudo pensamiento de Edmond Kirsch. «A Edmond le gustaban las cosas simples, limpias y muy técnicas. Era un experto en tecnologías de la información». Además, y por encima de todo, era difícil imaginar qué pruebas habría podido encontrar Edmond para demostrar esa teoría. «¿Una antiquísima cápsula de ADN? ¿Transmisiones de los alienígenas?». Cualquiera de esos hallazgos habría supuesto un avance instantáneo, pero el descubrimiento de Edmond le había llevado tiempo.
«Edmond dijo que llevaba meses trabajando en su investigación».
—Obviamente, no lo sé —le respondió a Ambra—. Pero la intuición me dice que el descubrimiento de Edmond no tiene nada que ver con la vida extraterrestre. Estoy convencido de que descubrió algo del todo diferente.
Ambra pareció sorprendida primero y después intrigada.
—Supongo que solo hay una manera de averiguarlo.
Señaló con un gesto la ventanilla.
Las resplandecientes torres de la Sagrada Família brillaban ante ellos.