Origen

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Capítulo 64

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El obispo Valdespino echó un vistazo rápido al príncipe Julián, que seguía mirando inexpresivamente por la ventanilla del Opel sedán, mientras el vehículo circulaba a gran velocidad por la M-505.

«¿En qué estará pensando?», se preguntó el obispo.

El príncipe llevaba más de media hora en silencio y casi no se movía, excepto para buscar de vez en cuando el teléfono en el bolsillo, llevado por un impulso inconsciente, solo para recordar en cada ocasión que se lo había dejado en la caja de seguridad.

«Tengo que mantenerlo en la ignorancia —pensó Valdespino—, por muy poco tiempo más».

En el asiento delantero, el acólito de la catedral seguía conduciendo en dirección a la Casita del Príncipe, aunque el obispo pronto tendría que decirle que en realidad no era ese su destino.

De repente, Julián se volvió y llamó la atención del acólito con unos golpecitos en el hombro.

—Enciende la radio, por favor. Quiero oír las noticias.

Antes de que el joven conductor pudiera obedecer, Valdespino se inclinó hacia adelante y le apoyó una mano sobre el hombro con firmeza.

—Así estamos bien, en silencio.

El príncipe, claramente disgustado por el desafío a su autoridad, se volvió hacia el obispo.

—Lo siento —dijo de inmediato Valdespino, notando una irritación creciente en los ojos del príncipe—. Es tarde. Toda esa cháchara… Prefiero reflexionar en silencio.

—Yo también he estado reflexionando —dijo secamente Julián— y me gustaría saber qué está pasando en mi país. Esta noche nos hemos aislado por completo y empiezo a pensar que quizá no haya sido una buena decisión.

—La decisión ha sido buena —le aseguró el obispo—, y le agradezco que haya confiado en mí, Alteza. —Retiró la mano del hombro del acólito y señaló la radio—. Enciéndela, por favor. Pon las noticias de Radio María España.

Valdespino esperaba que la emisora católica que emitía a todo el mundo tratara con más suavidad y tacto que la mayoría de las otras radios los inquietantes sucesos de la noche.

Cuando los altavoces baratos del coche empezaron a difundir la voz del locutor, quedó claro enseguida que el tema tratado era la presentación y el asesinato de Edmond Kirsch. «Esta noche, todas las emisoras del mundo están hablando de lo mismo». Valdespino solo esperaba que no apareciera su nombre mezclado con el relato de los sucesos.

Por suerte, el programa radiofónico parecía estar centrado en el peligro del mensaje antirreligioso difundido por Kirsch y, en particular, en la amenaza que suponía su influencia sobre la juventud española. A modo de ejemplo, la radio estaba emitiendo una de sus conferencias, impartida recientemente en la Universidad de Barcelona.

—Muchos nos resistimos a definirnos como «ateos» —decía Kirsch en tono sereno ante los estudiantes—. Y sin embargo, el ateísmo no es una filosofía, ni una visión del mundo, sino un simple reconocimiento de lo obvio.

Se oyeron aplausos dispersos entre los estudiantes.

—El término «ateo» —prosiguió Kirsch— ni siquiera debería existir. Nadie necesita definirse como un «no astrólogo» o un «no alquimista». No tenemos una palabra para designar a los que dudan de que Elvis haya muerto, o a los que no pueden creer que los extraterrestres atraviesen toda la galaxia para venir a molestar al ganado. El ateísmo no es más que la reacción de las personas razonables ante unas creencias religiosas sin fundamento.

Esta vez hubo más aplausos.

—La definición no es mía, por cierto —aclaró Kirsch—. La frase es del experto en neurociencia Sam Harris. Y si todavía no lo habéis hecho, os recomiendo que leáis su libro Carta a una nación cristiana.

Valdespino frunció el ceño, recordando la polvareda que había suscitado ese libro, que si bien había sido escrito para el público de Estados Unidos, había tenido gran repercusión en toda España.

—A ver —continuó Kirsch—, que levanten la mano todos los que crean en alguno de los siguientes dioses de la Antigüedad: ¿Apolo? ¿Zeus? ¿Vulcano? —Hizo una pausa y soltó una carcajada—. ¿Nadie? ¿No hay ni un solo creyente entre todos vosotros? Muy bien, entonces todos somos ateos respecto a esos dioses. —Guardó silencio un momento—. Pues yo sencillamente soy ateo respecto a un dios más.

El público aplaudió con más entusiasmo aún.

—Amigos míos, no estoy afirmando que sepa con seguridad que Dios no existe. Solo digo que si de verdad hay una fuerza divina detrás del universo, ahora mismo se estará partiendo de risa al ver las religiones que hemos creado para tratar de definirla.

Se oyeron carcajadas.

Valdespino se alegraba de que el príncipe hubiera querido escuchar la radio. «Julián necesita oír estas cosas». El atractivo de Kirsch, carismático y diabólico, era la prueba de que los enemigos de Jesucristo ya no se limitaban a aguardar su oportunidad sin hacer nada, sino que habían pasado a la acción para tratar de apartar a las almas del recto camino hacia Dios.

—Soy estadounidense —prosiguió Kirsch— y considero una suerte haber nacido en uno de los países tecnológicamente más avanzados e intelectualmente más progresistas del mundo; pero me inquietan algunas cosas, como por ejemplo una encuesta publicada hace poco, según la cual la mitad de mis compatriotas creen que la historia de Adán y Eva es cierta. Creen que un Dios todopoderoso creó a dos seres humanos plenamente formados, que por sí solos poblaron todo el planeta y engendraron a todas las razas, sin ninguno de los problemas inherentes a la consanguinidad.

Más risas.

—En Kentucky —prosiguió—, el pastor Peter LaRuffa declaró públicamente: «Si algún pasaje de la Biblia dijera “Dos más dos son cinco”, yo lo creería y lo aceptaría como una verdad incuestionable».

Todavía más risas.

—Sí, es fácil reírse, pero os aseguro que esas creencias son más alarmantes que graciosas. Muchas de las personas que las adoptan son profesionales brillantes, con una formación excelente: médicos, abogados, profesores y, en algunos casos, políticos que aspiran a ocupar los puestos más importantes del país. En una ocasión, oí decir a Paul Broun, miembro del Congreso de Estados Unidos: «La evolución y el big bang son patrañas salidas de las profundidades del infierno. Yo creo que la Tierra tiene alrededor de nueve mil años y fue creada en seis días naturales». —Kirsch hizo una pausa—. Lo más inquietante de todo es que Paul Broun forma parte del comité de Ciencia, Espacio y Tecnología del Congreso, y que cuando le preguntaron sobre la existencia de unos fósiles de millones de años de antigüedad, su respuesta fue: «Dios nos ha dado los fósiles para poner a prueba nuestra fe».

De repente, la voz de Kirsch se volvió más seria y sombría.

—Tolerar la ignorancia es darle alas. Mirar para otro lado mientras nuestros gobernantes proclaman ideas absurdas es un delito de negligencia, como también lo es permitir que nuestras escuelas e iglesias enseñen a los niños falsedades manifiestas. Ha llegado el momento de pasar a la acción. Solamente cuando liberemos a nuestra especie del pensamiento supersticioso podremos disfrutar de todas las potencialidades de nuestra mente. —Guardó silencio un momento. No se oía volar una mosca—. Soy un enamorado de la humanidad. Creo que nuestra mente y nuestra especie tienen posibilidades ilimitadas. Creo que nos encontramos a las puertas de un nuevo siglo de las luces, una era en que la religión por fin morirá… y reinará la ciencia.

El público estalló en una ovación entusiasta.

—¡Por lo más sagrado! —murmuró Valdespino, moviendo la cabeza con disgusto—. Apaga eso.

El acólito obedeció y el coche siguió adelante, con los tres hombres sumidos en el silencio.

A cincuenta kilómetros de distancia, Mónica Martín tenía enfrente a un agitado Suresh Bhalla, que había bajado por la escalera como una exhalación y le había entregado un teléfono móvil.

—Es una larga historia —boqueó Suresh—, pero tienes que leer el mensaje que recibió monseñor Valdespino.

—¿Qué? —Mónica estuvo a punto de dejar caer el teléfono—. ¿Este es el móvil del obispo? ¿Cómo demonios has…?

—No preguntes. Solo lee.

Alarmada, la coordinadora de relaciones públicas bajó los ojos a la pantalla del teléfono y empezó a leer el mensaje. Al cabo de unos segundos, había palidecido.

—¡Dios mío! El obispo Valdespino es…

—Peligroso —dijo Suresh.

—Pero… ¡eso es imposible! ¿Quién le envió este mensaje?

—Un número oculto —respondió el informático—. Estoy trabajando para identificarlo.

—¿Y por qué no borró Valdespino un mensaje como este?

—No lo sé —contestó Suresh sin más—. ¿Por descuido? ¿Por arrogancia? Intentaré recuperar los mensajes borrados y ver si puedo identificar al interlocutor, pero antes quería enseñarte esta información sobre el obispo. Tendrás que hacer una declaración al respecto.

—¡No, ni pensarlo! —exclamó Mónica, sin salir todavía de su asombro—. ¡El Palacio jamás dará a conocer esta información!

—Pues hay alguien que lo hará muy pronto.

Suresh se apresuró a explicar que la razón por la que había registrado el teléfono de Valdespino había sido un mensaje de correo electrónico que había recibido de monte@iglesia.org, el informante que estaba filtrando noticias a ConspiracyNet. Añadió que si esa persona se mantenía fiel a su línea de acción, el mensaje del obispo no tardaría en hacerse público.

Mónica cerró los ojos e intentó visualizar la reacción del mundo ante la prueba irrefutable de que un obispo católico muy cercano al rey de España estaba directamente implicado en la conspiración y el asesinato que habían tenido lugar esa noche.

—Suresh —susurró, abriendo los ojos despacio—, necesito que averigües quién es ese Monte. ¿Podrás hacerlo?

—Puedo intentarlo —respondió él, sin demasiada convicción.

—Gracias. —La mujer le devolvió el teléfono del obispo y se encaminó con rapidez hacia la puerta—. ¡Y envíame una captura de pantalla de ese mensaje de texto!

—¿Adónde vas? —le preguntó Suresh.

Mónica Martín no respondió.

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