Origen

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Capítulo 65

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La basílica de la Sagrada Família ocupa toda una manzana en el centro de Barcelona. Pese a sus colosales dimensiones, casi parece flotar ingrávida sobre el suelo, como un delicado conjunto de torres etéreas que ascienden sin esfuerzo hacia el cielo de la ciudad.

Complejas y porosas, las torres se yerguen a diversas alturas, lo que confiere al templo el aspecto de un caprichoso castillo de arena construido por un gigante travieso. Cuando el edificio esté terminado, el más alto de sus dieciocho pináculos alcanzará la vertiginosa altura de ciento setenta y dos metros —más que el monumento a Washington—, lo que convertirá a la Sagrada Família en la iglesia más alta del mundo, treinta metros por encima de la basílica de San Pedro en el Vaticano.

Tres grandes fachadas protegen el cuerpo de la iglesia. Al este, como un jardín colgante, se levanta la gozosa fachada del Nacimiento, de la que parecen brotar plantas, animales, frutos y diferentes personajes, que en el proyecto original estaban policromados. En abierto contraste, al oeste, la fachada de la Pasión es un austero esqueleto de piedra, que evoca la forma de los huesos y tendones. La fachada de la Gloria, al sur, se eleva en intrincadas líneas hacia las alturas, en una caótica amalgama de demonios, ídolos, pecados y vicios, que finalmente ceden el paso a los símbolos más nobles de la Ascensión, la virtud y el paraíso.

Completan el perímetro innumerables fachadas, contrafuertes y torres más pequeñas, revestidas muchas de ellas de un material que recuerda al barro, lo que crea la ilusión de que la mitad inferior del edificio se estuviera derritiendo, o bien acabara de emerger de las entrañas de la Tierra. Según un destacado crítico, la mitad inferior de la Sagrada Família parece «un tronco de árbol podrido, del que hubiera brotado una intrincada familia de setas».

Además de ornamentar la iglesia con la iconografía religiosa tradicional, Gaudí incluyó un sinnúmero de elementos sorprendentes que reflejaban su admiración por la naturaleza: tortugas que sostienen columnas, árboles que surgen de las fachadas e incluso ranas gigantescas y caracoles de piedra que suben por las paredes del edificio.

Por muy extravagante que sea el exterior, la verdadera sorpresa de la Sagrada Família aguarda en su interior. Una vez dentro del templo, los visitantes se quedan boquiabiertos ante las arborescentes columnas helicoidales de sesenta metros de altura, que acaban en una serie de sutiles bóvedas, donde psicodélicos mosaicos de formas geométricas planean sobre el recinto como un dosel cristalino tendido sobre las ramas de los árboles. La creación de un «bosque de columnas», según Gaudí, tenía por objeto recuperar la disposición mental de los primeros buscadores espirituales, para quienes el bosque era la catedral de Dios.

No es de extrañar, por lo tanto, que la colosal obra modernista de Gaudí suscite elogios apasionados y críticas encarnizadas. Mientras que algunas voces la califican de «sensual, espiritual y orgánica», otros la tildan de «vulgar, pretenciosa y profana». El escritor James Michener la describió como «uno de los edificios serios más extraños del mundo» y la revista Architectural Review la llamó «el monstruo sagrado de Gaudí».

Si su estética es extraña, su financiación lo es más aún. Dependiente por entero de las donaciones privadas, la Sagrada Família no recibe subvenciones del Vaticano ni de ninguna otra entidad católica del mundo. Pese a las interrupciones que han sufrido las obras a lo largo de los años por falta de fondos, el templo hace gala de una voluntad de supervivencia casi darwiniana, pues ha resistido tenazmente la muerte de su arquitecto, una sangrienta guerra civil, un incendio provocado por anarquistas e incluso las obras de un túnel ferroviario subterráneo que amenazó con desestabilizar el suelo que la sustenta.

Pese a todo, la Sagrada Família se mantiene en pie y sigue creciendo.

A lo largo de la última década, el patrimonio de la fundación del templo se ha incrementado notablemente y sus arcas se han llenado gracias al complemento que supone la venta de entradas a sus más de cuatro millones de visitantes anuales, dispuestos a pagar de buena gana un recorrido por sus estructuras todavía sin terminar. Tras el anuncio de que la inauguración se ha fijado en 2026 —año del centenario de la muerte de Gaudí—, las obras parecen haber cobrado un nuevo impulso y las torres ascienden al cielo con renovada urgencia y esperanza.

El padre Joaquim Beña —rector y párroco de la Sagrada Família— era un jovial octogenario de gafas redondas, cara también redonda y sonriente, y físico menudo enfundado en una sotana. El sueño de su vida era vivir lo suficiente para ver terminado ese templo glorioso.

Pero aquella noche, en su despacho, el padre Beña no sonreía. Había acabado tarde de atender los asuntos de la iglesia y no había podido apartarse de la pantalla del ordenador, electrizado por el inquietante drama que se estaba desarrollando en Bilbao.

«Han asesinado a Edmond Kirsch».

En los últimos tres meses, Beña había trabado una delicada e improbable amistad con Kirsch. El propagandista del ateísmo lo había sorprendido al ponerse en contacto con él para ofrecerle un donativo colosal. Se trataba de un importe sin precedentes, que tendría repercusiones muy positivas.

«La oferta de Kirsch no tiene sentido —había pensado Beña desconfiado—. ¿Será un truco publicitario? ¿Pretenderá influir en el curso de las obras?».

Para ofrecer su donativo, el prestigioso futurólogo ponía solo una condición.

Beña había dudado primero, pero al final había decidido escuchar cuál era.

«¿Eso es todo?».

—Es un asunto personal —le había respondido Kirsch—. Espero que estén ustedes dispuestos a satisfacer mi demanda.

Beña era un hombre confiado por naturaleza, pero por un momento tuvo la sensación de estar tratando con el demonio. Se sorprendió buscando en los ojos de Kirsch algún motivo oculto. Y entonces lo encontró. Detrás del despreocupado encanto del científico ardía una triste desesperación. Sus ojos hundidos y su extrema delgadez le recordaron al sacerdote su época de seminarista, cuando acudía al hospital para acompañar a los moribundos.

«Edmond Kirsch está enfermo».

Si se encontraba en una fase terminal, era posible que su donativo fuera un intento desesperado de hacer las paces con Dios, al que siempre había despreciado.

«Los más arrogantes en vida son los más temerosos cuando se aproxima la muerte».

Beña pensó en el primer evangelista cristiano, san Juan, que había consagrado su vida a llevar la gloria de Jesucristo a los incrédulos. A su entender, si un escéptico como Kirsch quería participar en la construcción de un santuario para venerar al Señor, negarle esa posibilidad habría sido tan cruel como poco cristiano.

Además, Beña tenía la obligación profesional de contribuir a la recaudación de fondos para las obras del templo, y no quería imaginar la cara que habrían puesto sus colegas si les hubiera informado de que había rechazado el gigantesco donativo de Kirsch por sus antecedentes como defensor acérrimo del ateísmo.

Finalmente, el sacerdote aceptó las condiciones del científico y los dos hombres cerraron el trato con un cordial apretón de manos.

Aquello había sido tres meses atrás.

Esa noche, Beña había seguido la presentación de Kirsch en el Guggenheim, primero con incomodidad por el tono antirreligioso de su discurso; después con curiosidad por sus referencias a un misterioso descubrimiento, y finalmente con horror, al verlo abatido por un disparo. A partir de entonces, el sacerdote no había podido separarse del ordenador, absorto en lo que no tardó en convertirse en un vertiginoso caleidoscopio de teorías conspirativas.

Abrumado, echó a andar en silencio por el cavernoso santuario, a solas en el bosque de columnas de Gaudí. Pero la mística arboleda no consiguió aquietar la agitación de su mente.

«¿Qué descubrió Kirsch? ¿Quién deseaba su muerte?».

El padre Beña cerró los ojos y trató de aclararse las ideas, pero no dejaba de oír las mismas preguntas.

«¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?».

—¡Venimos de Dios! —proclamó en alto—. ¡Y vamos hacia Dios!

Mientras hablaba, sintió que las palabras le resonaban en el pecho con tanta fuerza que todo el templo empezó a vibrar. De pronto, un resplandeciente haz de luz atravesó las grandes vidrieras de la fachada de la Pasión e iluminó el interior de la basílica.

Sobrecogido, el padre Beña fue hacia la luz con paso vacilante. La iglesia entera temblaba, mientras el rayo celestial se derramaba por el interior del recinto a través de los cristales multicolores. Cuando el sacerdote salió al exterior por el portal central, se sintió engullido por un torbellino ensordecedor. Por encima de su cabeza, a la izquierda, un voluminoso helicóptero descendía del cielo y su potente foco barría la fachada del templo.

Beña contempló incrédulo el aterrizaje del aparato, que fue a posarse en el interior del perímetro marcado por las vallas de las obras, en la esquina noroccidental del recinto, y apagó el motor.

Mientras el viento y el ruido se aquietaban, el padre observaba desde uno de los portales de la Sagrada Família los movimientos de cuatro figuras que salieron del helicóptero y echaron a correr en su dirección. De inmediato reconoció a las dos personas que iban delante, por haberlas visto en la retransmisión de esa noche. Una de ellas era la futura reina consorte y la otra, el profesor Robert Langdon. Los seguían dos hombres robustos, con insignias de aspecto oficial en las americanas.

A primera vista, no parecía que Langdon hubiera secuestrado a Ambra Vidal. A medida que el profesor estadounidense se acercaba, se acentuaba la impresión de que la prometida del príncipe lo acompañaba por su propia voluntad.

—¡Buenas noches, padre! —lo saludó ella, agitando amigablemente la mano—. Le ruego que disculpe la ruidosa invasión que hemos hecho de este espacio sagrado, pero tenemos que hablar con usted cuanto antes. Es muy importante.

Beña abrió la boca para contestar, pero solo consiguió asentir en silencio ante el avance de la inesperada comitiva.

—Lo sentimos mucho —intervino Robert Langdon, con una sonrisa irresistible—. Comprendemos que todo esto debe de parecerle muy extraño. ¿Sabe quiénes somos?

—Por supuesto —acertó a responder el sacerdote—, aunque creía…

—Le han informado mal —lo interrumpió Ambra—. Le aseguro que no hay ningún problema.

En ese momento, dos guardias de seguridad que custodiaban el edificio por fuera de las vallas atravesaron a toda velocidad los tornos de la entrada, justificadamente alarmados por la llegada del helicóptero. Al ver a Beña, corrieron hacia él.

Al instante, los dos hombres con insignias en las americanas se volvieron en redondo y les hicieron frente, extendiendo las palmas en el signo universal de «¡Alto!».

Los guardias se detuvieron en seco, desconcertados, y miraron a Beña a la espera de órdenes.

Tranquils! No passa res! —gritó Beña en catalán—. Tornin als seus llocs! —«¡Tranquilos! ¡No pasa nada! ¡Regresen a sus puestos!».

Con expresión de perplejidad, los guardias se quedaron mirando al pequeño grupo que se había reunido delante del portal.

Són els meus convidats —dijo Beña con más firmeza—. Confio en la seva discreció. —«Son mis invitados. Confío en su discreción».

Los guardias, atónitos, volvieron a cruzar los tornos de seguridad para reanudar su recorrido por el perímetro del recinto.

—Gracias —dijo Ambra—. Valoramos mucho su gesto.

—Soy el padre Joaquim Beña —informó el sacerdote—. Explíquenme qué significa todo esto.

Robert Langdon dio un paso al frente y le estrechó la mano al párroco.

—Padre Beña, estamos buscando un libro antiguo que perteneció al científico Edmond Kirsch.

Sacó del bolsillo una tarjeta impresa en relieve y se la tendió al sacerdote.

—Según esta ficha, el libro fue cedido en préstamo a esta iglesia.

Aunque alterado todavía por la espectacular irrupción de los recién llegados, Beña reconoció al instante la tarjeta de color marfil. Una copia exacta de esa ficha acompañaba al libro que le había entregado Kirsch unas semanas atrás.

Las obras completas de William Blake.

La condición impuesta por Edmond para hacer efectivo su ingente donativo a la Sagrada Família había sido que el libro de Blake quedara expuesto en la cripta de la basílica.

«Una condición extraña, que sin embargo parecía un precio muy bajo a cambio de tanta generosidad».

Otro requisito de Kirsch —recogido en el dorso de la tarjeta de color marfil— era que el libro debía estar siempre abierto por la página ciento sesenta y tres.

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