Origen

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Capítulo 69

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Mientras caminaba al lado de Ambra y detrás del padre Beña, en dirección a las colosales puertas de bronce de la Sagrada Família, Langdon se sorprendió, como siempre, ante los extravagantes detalles de la entrada principal de la iglesia.

«Es una pared de códigos», se dijo, al tiempo que contemplaba la tipografía en relieve que dominaba los monumentales paneles de metal bruñido. Más de ocho mil letras tridimensionales talladas en bronce sobresalían de la superficie y discurrían en líneas horizontales, creando un extenso campo de texto, prácticamente sin separación entre las palabras. Aunque Langdon sabía que eran pasajes en catalán de la Pasión de Jesucristo, por su aspecto le parecieron más cercanos a una clave de encriptación de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos.

«No me extraña que este lugar no deje de inspirar teorías conspirativas».

Su mirada siguió ascendiendo por la impresionante fachada de la Pasión, donde un fascinante conjunto de esculturas descarnadas y angulosas, obra del artista Josep Maria Subirachs, parecía contemplarlo desde lo alto, dominado por una imagen de la Crucifixión, con un Jesucristo dolorosamente demacrado y una cruz que se inclinaba hacia adelante de manera abrupta, creando el inquietante efecto de estar a punto de desplomarse sobre los visitantes.

A la izquierda de Langdon, otro sombrío grupo escultórico representaba el traicionero beso de Judas. A su lado, destacaba una curiosa cuadrícula de números tallada en la piedra: un «cuadrado mágico» matemático. Tiempo atrás, Edmond le había asegurado que la «constante mágica» de ese cuadrado —el número treinta y tres— era en realidad un homenaje oculto a la veneración que sentían los masones por el Gran Arquitecto, una deidad universal cuyos secretos, por lo visto, solo se revelaban a aquellos que alcanzaban el trigésimo tercer grado de la masonería.

—Una explicación ingeniosa —le había contestado Langdon con una carcajada—, pero me parece más probable que el número se refiera a la edad de Jesús cuando lo crucificaron.

Más cerca de la entrada, el profesor se estremeció al ver la más macabra de las esculturas que adornaban la fachada: una estatua colosal de Jesucristo amarrado a una columna. Rápidamente desvió la mirada hacia la inscripción que había tallada sobre el portal: alfa y omega, dos letras griegas.

—El principio y el fin —susurró Ambra, que también estaba mirando las letras—. Muy de Edmond.

Langdon asintió, porque sabía a qué se refería su compañera:

«¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?».

El padre Beña abrió una pequeña puerta en el gran panel de letras de bronce, y todo el grupo penetró en el templo, incluidos los dos agentes de la Guardia Real. Cuando todos estuvieron dentro, el sacerdote cerró la puerta a su espalda.

Silencio.

Sombras.

Allí, en el extremo sureste del transepto, el padre les reveló una historia sorprendente. Les contó que Kirsch se había puesto en contacto con él y le había ofrecido un generoso donativo para la construcción de la Sagrada Família, a cambio de que aceptara exponer en la cripta, cerca de la tumba de Gaudí, sus antiguos manuscritos ilustrados de Blake.

«En el corazón mismo de esta iglesia», pensó Langdon con creciente curiosidad.

—¿Le explicó Edmond por qué se lo pedía? —preguntó Ambra.

Beña hizo un gesto afirmativo.

—Me dijo que la pasión que siempre había sentido por el arte de Gaudí le venía de su difunta madre, que también había sido una gran admiradora de la obra de William Blake. Quería colocar el volumen de Blake cerca de la tumba de Gaudí, como un homenaje a la memoria de su madre. No vi ningún motivo para no complacerlo.

«Edmond nunca mencionó que a su madre le gustara Gaudí», se dijo Langdon desconcertado. Además, Paloma Kirsch había muerto en un convento, y parecía poco probable que una monja española fuera una gran admiradora de un poeta heterodoxo británico. La historia le resultó inverosímil.

—Por otro lado —prosiguió Beña—, tuve la impresión de que el señor Kirsch se encontraba en medio de una dolorosa crisis personal, tal vez relacionada con algún problema de salud.

—La inscripción en el dorso de esta tarjeta —intervino Langdon, enseñando la ficha de préstamo— dice que el libro de Blake tiene que quedar expuesto por una página en concreto: la ciento sesenta y tres.

—Exacto, así es.

Langdon sintió que se le aceleraba el pulso.

—¿Puede decirme qué poema hay en esa página?

Beña negó con la cabeza.

—Ninguno. En esa página no hay ningún poema.

—¿Perdón?

—Son las obras completas de Blake: sus escritos e ilustraciones. En la página ciento sesenta y tres hay un grabado.

Langdon intercambió con Ambra una mirada incómoda. «¡Necesitamos un verso de cuarenta y siete letras! ¡Una ilustración no nos sirve de nada!».

—Padre Beña —le dijo Ambra—, ¿podría llevarnos ahora mismo a ver el libro?

El sacerdote titubeó un instante, pero enseguida pareció comprender que no era conveniente negarle un favor a la futura reina de España.

—La cripta está por aquí —señaló, mientras los conducía por el transepto hacia el centro de la iglesia.

Los dos agentes de la Guardia los siguieron.

—Debo reconocer —dijo Beña— que al principio tuve dudas. No sabía si debía aceptar una donación de un propagandista del ateísmo, pero su deseo de exponer la ilustración preferida de su madre me pareció totalmente inofensiva, sobre todo teniendo en cuenta que era una imagen de Dios.

Langdon creyó haber oído mal.

—¿Ha dicho que Edmond le pidió que expusiera una imagen de Dios?

Beña asintió.

—Me pareció que estaba gravemente enfermo y que quizá esa exigencia fuera un intento de remediar toda una vida dándole la espalda al Señor. —Hizo una pausa, negando despacio con la cabeza—. Aunque después de ver su presentación de esta noche, reconozco que ya no sé qué pensar.

El profesor trató de imaginar cuál de las innumerables representaciones de la divinidad creadas por Blake habría elegido Edmond.

Mientras se dirigían a la nave principal, Langdon se sintió como si estuviera contemplando por primera vez el espacio que lo rodeaba. Pese a haber visitado la Sagrada Família en numerosas ocasiones y en diversas fases de su construcción, siempre la había visto de día, cuando el intenso sol mediterráneo se derramaba a través de las vidrieras, creando estallidos deslumbrantes de color que atraían la vista hacia arriba, cada vez más a lo alto, en dirección a un dosel aparentemente ingrávido de ligeras bóvedas.

«Por la noche, este mundo adquiere más peso».

Desvanecida la sensación de bosque bañado por el sol, la basílica se había transformado en una selva nocturna de oscuridad y sombras, una arboleda fantasmagórica de columnas estriadas que se proyectaban hacia un siniestro cielo vacío.

—Tengan cuidado, no vayan a tropezar —dijo el sacerdote—. Ahorramos en todo lo que podemos.

Iluminar una de esas enormes catedrales europeas costaba una pequeña fortuna y Langdon lo sabía, pero los escasos focos que había encendidos apenas permitían distinguir el camino.

«Es uno de los muchos desafíos de tener una planta de cinco mil seiscientos metros cuadrados».

Cuando llegaron a la nave central y giraron a la izquierda, Langdon levantó la vista hacia la elevada plataforma ceremonial. El altar era una mesa minimalista ultramoderna, enmarcada por dos conjuntos de tubos de órgano relucientes. Cuatro metros y medio por encima del altar, destacaba el extraordinario baldaquino colgante de la iglesia, símbolo de reverencia y veneración, inspirado en los palios ceremoniales que se apoyaban sobre postes y que antiguamente proporcionaban sombra a los monarcas.

Los baldaquinos de la mayoría de las iglesias son hoy en día firmes estructuras de obra, pero en el caso de la Sagrada Família se ha optado por la apariencia del paño, con un maravilloso dosel metálico en forma de parasol, que parece flotar mágicamente sobre el altar. Debajo de ese fantástico baldaquino, se ve la imagen de Jesús crucificado suspendido por cables, como si fuera un paracaidista.

«Jesucristo en paracaídas», había oído Langdon que lo llamaban algunos. No le sorprendía que aquella imagen se hubiera convertido en uno de los detalles más controvertidos de la iglesia.

Mientras Beña los conducía hacia unos espacios cada vez más oscuros, Langdon tenía que esforzarse cada vez más para ver el camino. Díaz sacó una linterna pequeña para iluminar el suelo de baldosas. Mientras se dirigían hacia la entrada de la cripta, el profesor percibió sobre sus cabezas la pálida silueta del interior de una torre, con una escalera que ascendía en espiral adosada a la pared interior.

«La famosa escalera de caracol de la Sagrada Família», se dijo. Nunca se había atrevido a subirla.

De hecho, la vertiginosa espiral figuraba en la lista, publicada por National Geographic de «las veinte escaleras más peligrosas del mundo», donde ocupaba el tercer puesto, por detrás de la empinada escalinata del templo de Angkor Wat, en Camboya, y de la resbaladiza escalera del Pailón del Diablo, en Ecuador.

Langdon contempló los primeros peldaños, que ascendían en cerrado tirabuzón y desaparecían en la negrura.

—La entrada de la cripta está por allí —dijo Beña, indicando un espacio oscuro, a la izquierda del altar.

Mientras se acercaban, Langdon distinguió un tenue fulgor dorado que parecía emanar de una rendija del suelo.

«La cripta».

El grupo llegó a lo alto de una bonita escalera que describía una curva mucho más amplia que la anterior.

—Caballeros —dijo Ambra a los guardias—, ustedes se quedan aquí. Volveremos dentro de unos minutos.

Fonseca pareció contrariado, pero no contestó nada.

Entonces Ambra, el padre Beña y Langdon emprendieron el descenso hacia la luz.

El agente Díaz agradeció el momento de tranquilidad, mientras veía cómo bajaban los tres por la amplia curva de la escalera. La creciente tensión entre Ambra Vidal y el agente Fonseca empezaba a ser preocupante.

«Los agentes de la Guardia Real no estamos acostumbrados a recibir amenazas de expulsión de las personas a las que protegemos. Solo del comandante».

El arresto de Garza aún le intrigaba. Curiosamente, Fonseca se había negado a revelarle quién había dado la orden de detenerlo y de dónde había salido la falsa historia del secuestro.

—La situación es complicada —le había dicho su compañero—. Y por tu propia seguridad, es mejor que no lo sepas.

«Pero entonces ¿quién habrá dado la orden? —se preguntó Díaz—. ¿El príncipe?».

Le pareció poco probable que don Julián estuviera dispuesto a poner en peligro a Ambra difundiendo noticias falsas.

«¿Habrá sido Valdespino?».

Díaz no estaba seguro de que el obispo tuviera tanta influencia.

—Vuelvo enseguida —gruñó Fonseca, y se marchó diciendo que iba a buscar un lavabo.

Mientras se perdía en la oscuridad, Díaz percibió que sacaba el teléfono del bolsillo, hacía una llamada y empezaba a hablar en voz baja.

El agente se quedó esperando en el ambiente abisal del templo, cada vez más incómodo con el secretismo de su compañero.

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