Origen
Capítulo 70
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La escalera bajaba tres plantas hasta la cripta, en una amplia curva que condujo a Langdon, Ambra y el padre Beña a la sala subterránea.
«Una de las criptas más grandes de Europa», pensó el profesor, mientras admiraba el amplio espacio circular. Tal y como recordaba, el mausoleo del sótano de la Sagrada Família era una rotonda de altos techos abovedados, con bancos que podían acomodar a cientos de fieles. Los candiles dorados que estaban situados a intervalos regulares en torno a la circunferencia de la sala iluminaban tenuemente el mosaico del suelo, que representaba vides retorcidas, raíces, ramas, hojas y otros elementos naturales.
Una cripta era por definición un lugar críptico, un espacio oculto, y a Langdon le parecía casi inconcebible que Gaudí hubiera sido capaz de ocultar una sala tan vasta en el subsuelo de su iglesia. No se parecía en nada a la cripta de columnas inclinadas de la Colònia Güell. Era un austero espacio neogótico, con motivos naturalistas en los capiteles de las columnas, los arcos ojivales y las bóvedas ornamentadas. Aun así, reinaba la quietud y olía levemente a incienso.
Al pie de la escalera, a la izquierda, una capilla alargada de pavimento claro de piedra arenisca albergaba una modesta lápida gris, dispuesta horizontalmente y rodeada de cirios y candiles.
«Aquí está», se dijo Langdon al leer la inscripción.
ANTONIUS GAUDI
Mientras estudiaba la última morada del arquitecto, Langdon volvió a sentir con intensidad la pérdida de su amigo Edmond. Cuando levantó la vista hacia la imagen de la Virgen, sobre la tumba, se fijó en un símbolo poco familiar que había inscrito en la base.
«¿Qué será eso?».
La extraña figura captó toda su atención.

Rara vez veía Langdon un símbolo que no pudiera identificar. En ese caso, se trataba de la letra griega lambda, que, hasta donde él sabía, no solía aparecer en la iconografía cristiana. La letra lambda era un símbolo científico, común en los campos de la evolución, la física de partículas y la cosmología. Pero lo más curioso era la cruz cristiana que parecía rematar el extremo superior de esa lambda en concreto.
«¿La religión sostenida por la ciencia?».
Langdon nunca había visto nada semejante.
—¿Le ha llamado la atención el símbolo? —preguntó Beña, situándose a su lado—. No es usted el único. Mucha gente me pregunta al respecto. Es simplemente una interpretación modernista de una cruz en lo alto de una montaña.
Langdon avanzó unos pasos y entonces distinguió las tres tenues estrellas doradas que también formaban parte del símbolo.

«Tres estrellas en esa posición —pensó Langdon, y enseguida cayó en la cuenta—. ¡La cruz en la cima del monte Carmelo!».
—Es la cruz carmelita.
—Exacto. Gaudí yace a los pies de la Virgen del Carmen, Nuestra Señora del Monte Carmelo.
—¿Gaudí era un monje carmelita?
A Langdon le resultaba difícil imaginar que el arquitecto modernista hubiera adoptado la estricta interpretación del catolicismo de esa orden monástica del siglo XII.
—No, nada de eso —respondió Beña riendo—. Pero las hermanas que lo cuidaban sí. Un grupo de monjas carmelitas lo acompañó y atendió durante los últimos años de su vida. Las hermanas pensaron que también necesitaría quien lo cuidara en su tumba y por eso hicieron esta generosa donación a su capilla.
—Muy previsor por su parte —comentó Langdon, recriminándose interiormente por haber malinterpretado un símbolo tan inocente.
Era como si todas las teorías conspirativas que estaban circulando esa noche lo hubieran llevado a él también a ver fantasmas donde no los había.
—¿Es ese el libro de Edmond? —preguntó Ambra de pronto.
Los dos hombres se volvieron y la observaron avanzar en la penumbra, a la derecha de la tumba de Gaudí.
—Sí —contestó Beña—. Siento que la iluminación sea tan mala.
Ambra corrió a la vitrina, seguida de Langdon, que acababa de divisar el libro relegado a una zona oscura de la cripta, oculto tras una voluminosa columna a la derecha de la lápida.
—Por lo general usamos esa vitrina para exponer folletos informativos —explicó Beña—, pero los he cambiado de sitio para dejar espacio al libro del señor Kirsch. No parece que nadie lo haya notado.
Langdon se reunió rápidamente con Ambra delante de una vitrina de tapa inclinada. Dentro, abierto por la página ciento sesenta y tres, y apenas visible bajo la tenue iluminación, había un enorme ejemplar encuadernado de Las obras completas de William Blake.
Tal y como Beña les había adelantado, en la página en cuestión no había ningún poema, sino una ilustración. Langdon no sabía cuál de las imágenes de Dios creadas por Blake encontraría, pero sin duda no esperaba la que vio.
«El anciano de los días», pensó, forzando la vista para distinguir en la oscuridad el famoso grabado de 1794, coloreado a la acuarela por el propio artista.
Le sorprendía que el sacerdote lo hubiera descrito como «una imagen de Dios». Era preciso reconocer que la imagen parecía una representación del arquetípico Dios cristiano: un anciano de barba y cabellos blancos, que residía entre las nubes y tendía la mano en dirección a la Tierra. Pero, de haber investigado un poco, el padre Beña habría descubierto un panorama completamente distinto. De hecho, la figura no representaba al Dios cristiano, sino a una divinidad llamada Urizen —un dios surgido de la fértil imaginación de Blake—, que en el grabado aparecía midiendo el cielo con un enorme compás de geómetra, como homenaje a las leyes científicas del universo.
Era una obra de estilo tan futurista que siglos después el prestigioso físico Stephen Hawking, ateo como Edmond, la había elegido para la portada de la edición inglesa de su libro Dios creó los números. Además, el intemporal demiurgo de Blake también reinaba en el Rockefeller Center de Nueva York, donde el antiguo geómetra contemplaba el mundo desde una escultura art déco titulada Sabiduría, luz y sonido.
Langdon miró el libro y se preguntó una vez más por qué se habría tomado tanto trabajo Edmond para exponerlo en ese lugar.
«¿Por puro espíritu de venganza? ¿Como una bofetada en la cara de la Iglesia católica?
»La guerra de Edmond contra la religión no cesa», pensó, mientras contemplaba el Urizen de Blake.
La fortuna le había dado a Edmond la capacidad de hacer todo cuanto quisiera en la vida, incluso si su deseo era exponer arte blasfemo en el corazón de una iglesia cristiana.
«Ira y rencor —reflexionó Langdon—. Tal vez no haya que buscar más allá».
Justificadamente o no, Edmond siempre había culpado de la muerte de su madre a la religión organizada.
—Por supuesto —dijo Beña—, soy consciente de que este grabado no representa al Dios cristiano.
Langdon se volvió asombrado hacia el anciano sacerdote.
—¿No?
—No. Y Edmond fue del todo sincero al respecto, aunque tampoco habría sido necesario. Conozco bien el pensamiento de Blake.
—Y aun así, ¿no opuso ningún inconveniente a exponer el libro?
—Profesor —murmuró el sacerdote, con una suave sonrisa—, estamos en la Sagrada Família. Dentro de estas paredes, Gaudí combinó la idea de Dios con la ciencia y la naturaleza. El tema de este grabado no es ninguna novedad para nosotros. —Había un brillo misterioso en sus ojos—. No todo nuestro clero tiene una mentalidad tan abierta como la mía; pero, como usted sabe, para todos nosotros, el cristianismo sigue siendo una obra en plena evolución. —Volvió a señalar el antiguo volumen, con una sonrisa benévola—. Aun así, me alegro de que el señor Kirsch haya aceptado que no figure su nombre junto al libro. Teniendo en cuenta su reputación, no sé cómo habría podido explicarlo, sobre todo después de su presentación de esta noche. —Beña hizo una pausa, con expresión preocupada—. Pero tengo la sensación de que esta imagen no es lo que estaban buscando…
—Tiene razón. Buscamos una línea de un poema de William Blake.
—¿Tigre, tigre, luz ardiente / en el bosque de la noche? —sugirió Beña.
Langdon sonrió, impresionado al comprobar que Beña se sabía el principio del poema más conocido del autor, una indagación religiosa en seis estrofas, que se planteaba si el Dios creador del tigre temible era el mismo que había creado al cordero dócil.
—¡Padre Beña! —exclamó Ambra, inclinándose para ver mejor a través del cristal—. ¿No llevará encima un teléfono móvil o una linterna?
—No, lo siento. ¿Quiere que traiga un candil de los que hay junto a la tumba de Gaudí?
—¿Me haría ese favor? —dijo Ambra—. Nos sería muy útil.
Beña fue a buscarlo.
En cuanto se apartó, la mujer le susurró a Langdon:
—¡Robert! ¡Edmond no eligió la página ciento sesenta y tres por el grabado!
—¿Qué quieres decir?
«El grabado es lo único que hay en la página ciento sesenta y tres».
—Fue un truco para desviar la atención.
—Lo siento, pero no te sigo —contestó él, contemplando el libro.
—¡Edmond escogió la página ciento sesenta y tres porque es imposible exponerla sin que se vea al mismo tiempo la página ciento sesenta y dos!
Langdon desplazó la mirada a la izquierda para estudiar la página contigua a la ilustración de El anciano de los días. En la penumbra, solo pudo distinguir un texto en una caligrafía diminuta.
Beña volvió con un candil y se lo entregó a Ambra, que lo acercó a la vitrina para iluminar el libro. Cuando el cálido resplandor de la lámpara se extendió sobre el tomo abierto, Langdon sofocó una exclamación.
La página contigua a la ilustración contenía efectivamente un texto manuscrito, embellecido en los márgenes con diversos dibujos, orlas y figuras geométricas. Lo más importante, sin embargo, era que el texto parecía estar ordenado en elegantes estrofas. Era un poema.
Justo por encima de sus cabezas, en la planta principal del templo, el agente Díaz iba y venía en la oscuridad, preguntándose dónde se habría metido su colega.
«Fonseca ya tendría que haber regresado».
Empezó a vibrarle el teléfono en el bolsillo y supuso que sería una llamada de su compañero, pero cuando miró la pantalla, vio un nombre que no se esperaba.
Mónica Martín
No imaginaba para qué quería hablar con él la coordinadora de relaciones públicas. Fuera cual fuese el motivo, lo normal habría sido que llamara directamente a Fonseca.
«Él está al mando de este equipo».
—Hola —contestó—. Aquí Díaz.
—Agente Díaz, soy Mónica Martín. Tengo aquí a alguien que quiere hablar con usted.
Segundos después, una voz fuerte y familiar resonó al otro lado de la línea.
—El comandante Garza al habla. Agente, confírmeme que la señorita Vidal está segura y a salvo.
—Se encuentra muy bien, señor. El agente Fonseca y yo estamos con ella. En estos momentos nos hallamos en…
—¡No lo diga por teléfono! —lo interrumpió Garza de golpe—. Si están en un lugar seguro, no se muevan de allí. No permitan que la señorita Vidal salga de donde están. Es un alivio oír su voz, agente. Hemos intentado llamar a Fonseca, pero no responde. ¿Está con usted?
—Sí, señor. Se ha alejado para hacer una llamada, pero volverá de un momento a otro.
—No tengo tiempo para esperar. Estoy arrestado y le estoy hablando por el teléfono de la señorita Martín. Escúcheme bien, agente. Como seguramente ya sabrá, la historia del secuestro es falsa y ha puesto en grave peligro a la señorita Vidal.
«No se imagina hasta qué punto», pensó Díaz, reviviendo la caótica escena de la azotea de la Casa Milà.
—También es falsa la acusación de que he conspirado para incriminar al obispo Valdespino.
—Ya lo suponía, señor, pero…
—La señorita Martín y yo estamos buscando la mejor manera de gestionar esta situación, pero hasta que la encontremos, tienen que alejar a la futura reina de la atención pública. ¿Queda claro?
—Por supuesto, señor. Pero ¿quién ha dado la orden?
—No puedo decírselo por teléfono, agente. Limítese a hacer lo que le ordeno. Mantenga a la señorita Vidal a salvo y lejos de los periodistas. La señorita Martín le hará llegar toda la información necesaria a partir de ahora.
Garza interrumpió la comunicación y Díaz se quedó solo en la oscuridad, reflexionando sobre el significado de la llamada.
Mientras se guardaba el teléfono en el bolsillo interior de la americana, oyó el roce de una tela a su espalda. Cuando se volvió, dos manos pálidas surgieron de las tinieblas y le aferraron la cabeza como dos tenazas. A la velocidad del rayo, le aplicaron un enérgico movimiento de torsión.
Díaz sintió un chasquido en el cuello y la erupción de un calor abrasador dentro del cráneo.
Después, todo se sumió en la negrura.