Origen
Epílogo
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EPÍLOGO
El sol del atardecer hacía resplandecer las torres de la Sagrada Família y proyectaba en la plaza Gaudí sombras alargadas que se extendían sobre las colas de turistas ansiosos por entrar en el templo.
Entre ellos estaba Robert Langdon, entretenido en observar a la gente que lo rodeaba: parejas que se hacían fotos, turistas que grababan vídeos y jóvenes que escuchaban música con auriculares, mientras todos tecleaban en sus teléfonos, enviaban mensajes y actualizaban sus perfiles en las redes sociales, aparentemente indiferentes al templo que se levantaba ante ellos.
La presentación de Edmond de la noche anterior también había anunciado la reducción de los famosos «seis grados de separación» de la humanidad a tan solo cuatro, con cada habitante del planeta vinculado a cualquier otro a través de un máximo de tres personas intermedias.
«Pronto ese número se reducirá a cero —había dicho Edmond, antes de anunciar la inminencia de la “singularidad”, el momento en que la inteligencia artificial superara a la inteligencia humana y las dos se fusionaran en una sola—. Y cuando eso suceda —había añadido—, nuestra época pasará a considerarse la Antigüedad».
Langdon apenas imaginaba ese futuro, pero mientras contemplaba a la gente a su alrededor, tuvo la sensación de que los milagros de la religión cada vez tendrían más dificultades para competir con los prodigios de la tecnología.
Cuando finalmente entró en la basílica, respiró aliviado al encontrar un ambiente parecido al que recordaba de otras visitas, muy alejado de la fantasmagórica caverna de la noche anterior.
De día, la Sagrada Família estaba viva.
Haces deslumbrantes de luz iridiscente —escarlata, dorada y violeta— se derramaban a través de las vidrieras e inflamaban el denso bosque de columnas del interior del edificio. Cientos de visitantes empequeñecidos por los gigantescos pilares arborescentes levantaban la vista hacia la resplandeciente expansión abovedada, creando con sus susurros un reconfortante rumor de fondo.
Mientras Langdon recorría el templo, sus ojos iban asimilando las formas orgánicas, una tras otra, hasta ascender al fin por el enrejado de estructuras celulares que componían la cúpula. Algunos habían comparado esa bóveda central con un organismo complejo visto a través de un microscopio. Al contemplarla en ese momento, reluciente de luz, Langdon tuvo que darles la razón.
—¿Profesor? —lo llamó una voz familiar. Era el padre Beña, que se dirigía a toda prisa a su encuentro—. Lo siento mucho —se disculpó sinceramente el menudo sacerdote—. Acaban de decirme que lo han visto haciendo cola para entrar. ¡Tendría que haberme avisado!
Langdon sonrió.
—Gracias, pero el tiempo que he pasado en la cola me ha permitido admirar la fachada. Además, he supuesto que estaría usted durmiendo.
—¿Durmiendo? —Beña rio—. Quizá mañana.
—¡Qué diferente del ambiente de anoche! —observó Langdon, señalando el templo a su alrededor.
—La luz natural hace maravillas —contestó Beña—. Y también la presencia de la gente. —Hizo una pausa y miró al profesor—. Por cierto, ya que está aquí, y si no es demasiada molestia, me gustaría pedirle su opinión sobre una cosa. Está abajo.
Mientras seguía a Beña a través de la multitud, Langdon distinguió el ruido de las obras que resonaba sobre sus cabezas, como un recordatorio de que la Sagrada Família seguía siendo un edificio en permanente evolución.
—¿Vio la presentación de Edmond? —le preguntó al sacerdote.
Beña se echó a reír.
—¡Tres veces! Debo decirle que ese nuevo concepto de la entropía, esa idea de que el universo tiene la «voluntad» de dispersar energía, me recuerda un poco al Génesis. Cuando pienso en el big bang y en el universo en expansión, veo una radiante esfera de energía que se extiende cada vez más en la oscuridad del espacio… y lleva la luz a donde antes no había más que tinieblas.
Langdon sonrió, pensando que ojalá Beña hubiera sido el sacerdote de su infancia.
—¿Ya ha hecho el Vaticano una declaración oficial?
—En eso está —respondió Beña, encogiéndose de hombros con aire divertido—, pero parece que todavía quedan algunas… opiniones divergentes. El asunto del origen del hombre, como bien sabe, siempre ha sido un escollo para los cristianos, en particular para los fundamentalistas. Por mi parte, creo que deberíamos resolver ese problema de una vez por todas.
—¿Ah, sí? —preguntó Langdon—. ¿Y cómo?
—Deberíamos hacer lo que ya han hecho muchas confesiones: admitir abiertamente que Adán y Eva no existieron, que la evolución es un hecho y que los cristianos que sostienen lo contrario hacen que todos nosotros parezcamos tontos.
Langdon se paró en seco y se volvió para mirar al anciano sacerdote.
—¡Oh, por favor! —exclamó Beña riendo—. No puedo creer que el mismo Dios que nos dotó de juicio, razón e intelecto…
—¿… quiera privarnos de su uso?
Beña sonrió.
—Veo que está familiarizado con Galileo. De hecho, la física fue mi primer amor. Llegué a Dios a través de la profunda reverencia que siento por el universo físico. Es una de las razones por las que la Sagrada Família es tan importante para mí: me parece una iglesia del futuro…, un templo directamente conectado con la naturaleza.
Langdon se sorprendió preguntándose si la Sagrada Família —como el Panteón de Roma— podría convertirse en un faro transicional, un edificio con un pie en el pasado y otro en el futuro, un puente material entre una fe agonizante y otra emergente. Si era así, entonces la Sagrada Família llegaría a ser mucho más importante de lo que nadie había imaginado jamás.
Beña estaba conduciendo a Langdon por la misma escalera de amplias curvas de la noche anterior.
«La cripta».
—Para mí es muy evidente —le confió Beña mientras bajaban— que solo hay una manera de que el cristianismo sobreviva a la mayoría de edad de la ciencia. Tenemos que dejar de rechazar sus descubrimientos y de contradecir los hechos demostrados. Debemos convertirnos en socios espirituales de la ciencia y usar nuestra vasta experiencia, nuestros milenios de filosofía, reflexión, meditación e introspección para ayudar a la humanidad a construir un marco moral y asegurarnos así de que las tecnologías futuras sirvan para unirnos, iluminarnos y hacernos crecer… y no para destruirnos.
—Estoy totalmente de acuerdo —dijo Langdon.
«Solo espero que la ciencia acepte su ayuda».
Al pie de la escalera, Beña le señaló con un gesto un punto más allá de la tumba de Gaudí, donde se encontraba la vitrina con el volumen de William Blake, propiedad de Edmond.
—De esto quería hablarle.
—¿Del libro de Blake?
—Sí. Como sabe, le prometí al señor Kirsch que expondría aquí su libro. Acepté, porque creía que su propósito era mostrar al público esta ilustración.
Llegaron a la vitrina y contemplaron la espectacular representación de Blake del dios llamado Urizen, que en la imagen medía el mundo con un compás de geómetra.
—Sin embargo —prosiguió Beña—, he visto que el texto de la página contigua… Quizá sea mejor que usted mismo lea la última línea…
—¿Mueren las oscuras religiones y reina la dulce ciencia? —contestó Langdon, sin apartar la vista de la cara del sacerdote.
Beña pareció impresionado.
—¿Ya lo había visto?
—Así es —admitió Langdon con una sonrisa.
—Bueno, sea como sea, debo reconocer que me inquieta. Esa frase de las «oscuras religiones» me resulta incómoda. Es como si Blake proclamara que las religiones son… malignas y de alguna manera perversas.
—Es un malentendido bastante corriente —dijo el profesor—. De hecho, Blake era un hombre muy espiritual y con una moral sumamente evolucionada, en comparación con el cristianismo árido y estrecho de miras de la Inglaterra del siglo dieciocho. Pensaba que había dos tipos de religiones: los credos dogmáticos y oscuros, que reprimen todo pensamiento original… y las religiones luminosas y expansivas, que fomentan la introspección y la creatividad.
Beña pareció sorprendido.
—El último verso del poema de Blake —le aseguró Langdon— también podría decir: «La dulce ciencia acabará con los credos oscuros… para que puedan florecer las religiones llenas de luz».
Beña guardó silencio un buen rato. Después, poco a poco, una sonrisa serena le iluminó el rostro.
—Gracias, profesor. Acaba de ahorrarme un incómodo dilema ético.
Arriba, tras despedirse del padre Beña, Langdon se quedó un buen rato sentado en un banco en la sala principal del templo, junto a otros cientos de personas, contemplando los juegos multicolores de la luz entre las altas columnas, a medida que avanzaba la tarde y el sol se ponía lentamente.
Pensó en todas las religiones del mundo, en sus orígenes comunes y en los primitivos dioses del sol, la luna, el mar y el viento.
«La naturaleza era el centro de todo.
»Para todos nosotros».
Pero la unidad había desaparecido mucho tiempo atrás, fragmentada en un sinfín de religiones diferentes, cada una de las cuales pretendía estar en posesión de la única verdad.
Esa tarde, sin embargo, en el interior de ese templo extraordinario, Langdon se vio rodeado de personas de todas las creencias, colores, lenguas y culturas, y observó que todas ellas levantaban la vista al cielo con una sensación común de admiración y maravilla, para contemplar, fascinadas, el más simple de los milagros:
«La luz del sol sobre la piedra».
El profesor vio mentalmente un torrente de imágenes: Stonehenge, las grandes pirámides, las cuevas de Ajanta, Abu Simbel, Chichén Itzá…, lugares sagrados de todo el mundo donde los antiguos se congregaban para contemplar ese mismo espectáculo.
En ese instante, sintió un temblor casi imperceptible bajo sus pies, como si el mundo acabara de alcanzar un punto de inflexión…, como si el pensamiento religioso hubiera pasado ya por el punto más alejado de su órbita y comenzara a volver atrás, cansado del largo viaje, para regresar finalmente al punto de partida.