Origen
Capítulo 72
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El príncipe Julián miraba el paisaje por la ventanilla del Opel sedán del acólito, mientras trataba de encontrar una explicación para la extraña conducta del obispo.
«Valdespino oculta algo».
Había pasado más de una hora desde que el clérigo lo había sacado en secreto del palacio —una acción sumamente errática—, garantizándole que lo hacía por su seguridad.
«Me ha pedido que confiara en él, que no le hiciera preguntas».
El obispo siempre había sido como un tío para él y un apreciado confidente para su padre. Sin embargo, había dudado desde el principio de su propuesta de ir a esconderse a la residencia de verano.
«No me gusta esta situación. Estoy aislado, sin teléfono, ni escolta. No he podido oír las noticias de última hora y nadie sabe dónde estoy».
Mientras el coche superaba dando tumbos un paso a nivel cerca de la Casita del Príncipe, Julián desplazó la mirada para contemplar la carretera boscosa que se abría ante ellos. Un centenar de metros más adelante, a la izquierda, ya se divisaba la entrada del largo sendero flanqueado de árboles que conducía al apartado retiro principesco.
Pensando en la mansión desierta, Julián sintió que una voz interior le aconsejaba cautela. Se inclinó hacia adelante y apoyó con firmeza una mano sobre el hombro del conductor.
—Para aquí, por favor.
Valdespino lo miró sorprendido.
—Si ya casi…
—¡Quiero saber qué está pasando! —exclamó el príncipe, en un tono que hizo temblar el pequeño vehículo.
—Alteza, ya sé que esta noche ha sido turbulenta, pero debe…
—¿Debo confiar en ti? —preguntó el príncipe.
—Sí.
Apretando con más fuerza el hombro del joven acólito, Julián señaló el arcén cubierto de hierba de la carretera solitaria.
—Para ahí —le ordenó secamente.
—No pares —lo contradijo Valdespino—. Permítame que le explique, señor.
—¡Detén el coche ahora mismo! —gritó el príncipe.
El acólito se desvió con brusquedad hacia el arcén, donde el vehículo patinó un poco sobre la hierba, antes de detenerse.
—Déjanos solos, por favor —le ordenó Julián, con el corazón desbocado.
El acólito no necesitó que le repitiera la orden. Saltó del coche y se alejó con rapidez en la oscuridad, dejando a Valdespino y al príncipe solos en el asiento trasero.
A la luz pálida de la luna, el obispo pareció de pronto asustado.
—¡Deberías estar temblando de miedo! —le espetó Julián, con tanta autoridad en la voz que él mismo se sorprendió.
Valdespino se echó hacia atrás, asombrado por aquel tono amenazador que el príncipe nunca había utilizado con él.
—Soy el futuro rey de España. Esta noche me has separado de mi escolta, me has impedido acceder a mi teléfono y a mi personal de apoyo, me has prohibido escuchar las noticias y me has negado todo contacto con mi prometida.
—Mis más sinceras disculpas… —comenzó a excusarse Valdespino.
—Vas a tener que hacer algo más que disculparte —lo interrumpió Julián, mirando con furia al obispo, que de pronto le pareció curiosamente pequeño y frágil.
Valdespino dejó escapar un largo suspiro y miró al príncipe en la penumbra.
—Alteza, hace unas horas he recibido una llamada, y…
—¿Una llamada de quién?
El obispo titubeó un segundo.
—De su padre —dijo por fin—. Está muy preocupado.
«¿Ah, sí?».
Julián lo había visitado apenas dos días antes, en el Palacio de la Zarzuela, y lo había encontrado en un estado de ánimo excelente, pese a su evidente deterioro físico.
—¿Por qué está preocupado?
—Por desgracia, ha visto la retransmisión de Edmond Kirsch.
Julián apretó con fuerza la mandíbula. Su padre, enfermo, pasaba la mayor parte del día durmiendo, y le parecía muy extraño que hubiera estado despierto precisamente a esas horas. Además, el rey nunca había permitido la entrada de televisores u ordenadores en los dormitorios del palacio, porque consideraba que esas habitaciones debían ser santuarios consagrados al sueño y a la lectura, y ninguna de sus enfermeras lo habría ayudado a levantarse de la cama para ver el acto propagandístico de un ateo.
—Ha sido culpa mía —reconoció Valdespino—. Le regalé una tableta hace unas semanas, para que no se sintiera tan aislado del resto del mundo. Estaba aprendiendo a enviar mensajes de texto y a usar el correo electrónico. Y acabó viendo la retransmisión de Kirsch.
A Julián le resultó muy doloroso imaginar a su padre, que posiblemente se encontraba en los últimos días de su vida, presenciando un polémico acto anticatólico, que además había culminado en un estallido de violencia. En lugar de eso, debería haber estado repasando lo mucho que había hecho por su país.
—Como podrá suponer, señor —prosiguió el obispo—, ha visto muchas cosas que no le han gustado, pero se ha alarmado por el tipo de comentarios de Kirsch y por la colaboración de su prometida en la organización del acto. En opinión de Su Majestad, la participación de la futura reina ha dejado en mal lugar a Su Alteza… y también a Palacio.
—Ambra es una mujer independiente. Mi padre lo sabe.
—En cualquier caso, hacía años que no lo veía tan enfadado, ni tan lúcido. Me ha ordenado que lo llevara a usted de inmediato ante su presencia, porque quería hablarle.
—Entonces ¿qué hacemos aquí? —preguntó Julián, señalando la entrada del sendero que conducía a la Casita—. Mi padre está en la Zarzuela.
—Ya no —respondió Valdespino, bajando la voz—. Ordenó a sus asistentes y enfermeras que lo vistieran, lo sentaran en una silla de ruedas y lo llevaran a otro lugar, para pasar allí sus últimos días rodeado de la historia de su país.
Mientras el obispo hablaba, Julián comprendió la verdad.
«La Casita nunca ha sido nuestro destino».
Tembloroso, el príncipe desvió la mirada y observó la carretera boscosa que continuaba más allá del sendero de entrada de su residencia de verano. A lo lejos, entre los árboles, se distinguían las torres iluminadas de un edificio colosal.
«El Escorial».
A menos de dos kilómetros de distancia, imponente como una fortaleza al pie del monte Abantos, se erguía una de las construcciones religiosas más grandiosas del mundo: el fabuloso monasterio de El Escorial. Con más de treinta y dos mil metros cuadrados de superficie cubierta, el complejo albergaba un monasterio, una basílica, un palacio real, un museo, una biblioteca y una serie de cámaras fúnebres, las más espeluznantes que Julián había visto en su vida.
«La Cripta Real».
Su padre lo había llevado a visitarla cuando tenía solo ocho años y lo había guiado por el Panteón de Infantes, un laberinto de cámaras donde se encuentran los sepulcros de los hijos de la realeza.
Julián nunca olvidaría el escalofriante «pastel de cumpleaños» del Mausoleo de Párvulos, una estructura poligonal impresionante parecida a una tarta cubierta de azúcar escarchado, que albergaba los restos de sesenta miembros de la familia real muertos durante la infancia, todos ellos depositados para toda la eternidad en sendos «cajoncitos» en torno al «pastel».
El horror de Julián ante el macabro mausoleo había quedado eclipsado minutos más tarde, cuando su padre lo llevó a visitar el lugar donde reposaban los restos de su madre. El pequeño príncipe esperaba ver una tumba de mármol digna de una reina; sin embargo, para su sorpresa, descubrió que su madre descansaba dentro de una sencilla caja de plomo, en una sala austera con el suelo y las paredes de piedra, al final de un largo pasillo. El rey le explicó a Julián que su madre se encontraba todavía en lo que llamaban «el pudridero», el lugar donde permanecían los cadáveres de la familia real durante treinta años, hasta que la carne se reducía a polvo y entonces podían ser trasladados a sus sepulcros definitivos. Julián había tenido que hacer un gran esfuerzo para reprimir el llanto y no sucumbir a las náuseas.
Después, su padre lo había conducido hasta el arranque de una empinada escalera que parecía descender indefinidamente hacia la oscuridad subterránea. Allí las superficies ya no eran de mármol blanco, sino de un majestuoso color ámbar. Los cirios colocados cada tres escalones creaban unos juegos de luces temblorosos sobre la piedra amarillenta.
El pequeño Julián se agarró del pasamanos de cuerda y descendió con su padre, peldaño a peldaño, hacia las tinieblas del subsuelo. Al pie de la escalera, el rey abrió una puerta ornamentada y se hizo a un lado, para que el niño pasara primero.
—El Panteón Real —anunció.
Aunque aún era muy pequeño, Julián ya había oído hablar de ese panteón, un lugar de leyenda.
Tembloroso, el niño cruzó el umbral e ingresó en la resplandeciente sala de color ocre. El recinto octogonal olía a incienso y sus imágenes parecían enfocarse y desenfocarse sucesivamente con el temblor de las velas que ardían en la araña del techo. Julián avanzó hacia el centro de la cámara y comenzó a girar despacio sobre sí mismo, aterido de frío y sintiéndose diminuto en medio de un espacio tan solemne.
Sobre las ocho paredes había unos nichos profundos que contenían sarcófagos negros idénticos entre sí, apilados del suelo al techo, cada uno con una placa de oro que identificaba a su ocupante. Los nombres que figuraban en las placas aparecían en los libros de historia de Julián: «Fernando…», «Isabel…», «Carlos V, emperador del Sacro Imperio…».
En el silencio, el príncipe sintió el peso de la amorosa mano de su padre sobre el hombro y comprendió de pronto la gravedad del momento.
«Algún día, mi padre descansará en esta misma sala».
Sin pronunciar una palabra, padre e hijo volvieron a subir desde las profundidades de la tierra, alejándose de la muerte. Cuando estuvieron fuera, bajo el sol resplandeciente, el rey se agachó y miró de frente al pequeño Julián.
—Memento mori —le dijo—. «Recuerda que vas a morir». Incluso para aquellos que ostentan un gran poder, la vida es breve. Solo hay una manera de derrotar a la muerte: convertir nuestra vida en una obra maestra. Debemos aprovechar cada oportunidad de ser compasivos y de amar plenamente. Veo en tus ojos que tienes el alma generosa de tu madre. Tu conciencia será tu guía. Cuando haya oscuridad en tu vida, deja que el corazón te señale el camino.
Unas décadas después, Julián no necesitaba ningún recordatorio de que había hecho muy poco para convertir su vida en una obra maestra. De hecho, apenas había conseguido escapar a la larga sombra del rey y demostrar que era una persona independiente.
«He defraudado a mi padre de todas las maneras posibles».
Durante años, Julián había seguido el consejo del rey de dejar que el corazón le indicara el camino. Pero la senda era demasiado tortuosa, cuando su corazón ansiaba una España totalmente opuesta a la de su padre. Los sueños de Julián para su amado país eran tan audaces que ni siquiera habría podido mencionarlos en vida de su progenitor, e incluso después, cuando hubiera sucedido lo inevitable, era difícil prever cuál sería la reacción del Palacio Real, ni del resto de la nación, ante sus acciones. Lo único que podía hacer era mantenerse a la espera y respetar las tradiciones.
Pero entonces, tres meses atrás, todo había cambiado.
«Conocí a Ambra».
Bella, inteligente y rebosante de vida, la mujer había trastocado por completo su mundo. A los pocos días de su primer encuentro, el príncipe comprendió al fin las palabras de su padre: «Deja que el corazón te señale el camino… y aprovecha cada oportunidad de amar plenamente». La euforia del enamoramiento era distinta de todo lo que Julián había conocido hasta entonces. Por fin sintió que estaba dando los primeros pasos para convertir su vida en una obra maestra.
En ese momento, sin embargo, mientras contemplaba con ojos vacíos la carretera que tenía delante, le invadió una sensación de soledad y de aislamiento que no presagiaba nada bueno. Su padre se estaba muriendo; la mujer a la que amaba no respondía a sus llamadas, y él acababa de reprender al obispo Valdespino, su venerado mentor.
—Tenemos que seguir, Alteza —lo instó el obispo con urgencia—. El estado de su padre es delicado, y espera ansioso poder hablar con usted.
Julián dirigió despacio la vista hacia el hombre que durante toda su vida había sido el mejor amigo de su padre.
—¿Cuánto tiempo crees que le queda? —susurró.
Valdespino habló con voz temblorosa, casi como si estuviera al borde de las lágrimas.
—Me ha pedido que no lo alarmara, señor, pero intuyo que el fin es más inminente de lo que pensábamos. Quiere despedirse de usted.
—¿Por qué no me has dicho adónde íbamos? —preguntó Julián—. ¿Para qué mentir? ¿Por qué tanto secretismo?
—Lo siento. No tenía elección. Su padre me ha dado órdenes explícitas. Me ha pedido que lo aísle del mundo exterior y de las noticias hasta que él pueda hablar en persona con usted.
—¿De qué noticias te ha pedido que me aísles?
—Creo que lo mejor será que se lo explique él.
Julián se quedó un buen rato mirando al obispo.
—Antes de verlo, necesito saber una cosa: ¿está lúcido?, ¿está en pleno uso de sus facultades?
Valdespino lo miró intrigado.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque sus órdenes de esta noche parecen extrañas e impulsivas —contestó el príncipe.
Valdespino asintió con tristeza.
—Sean o no impulsivas sus órdenes, su padre sigue siendo el rey. Lo admiro, lo respeto y lo obedezco. Todos lo obedecemos.