Origen

Origen


Capítulo 73

Página 78 de 113

73

De pie delante de la vitrina, Robert Langdon y Ambra Vidal contemplaban el manuscrito de William Blake, iluminado por la tenue luz del candil. El padre Beña se había alejado unos pasos, para ir a enderezar unas filas de bancos, y ofrecerles así amablemente un momento de intimidad.

Langdon tenía dificultades para leer la diminuta caligrafía del texto, pero el encabezamiento en lo alto de la página, en letras mucho más grandes, era perfectamente legible:

Los cuatro zoas

Al ver las palabras, Langdon sintió de inmediato un rayo de esperanza. «Los cuatro zoas» era el título de uno de los poemas proféticos más conocidos de Blake, una obra monumental dividida en nueve «noches» o capítulos. El tema del poema, según podía recordar de su época de estudiante universitario, era el fin de la religión convencional y el predominio definitivo de la ciencia.

Recorrió con la mirada las estrofas y observó que las líneas manuscritas terminaban en medio de la página, con un elegante símbolo de finis divisionem, el equivalente gráfico de las palabras THE END en el cine de Hollywood.

«¡Es la última página del poema —comprendió Langdon—, el final de una de las obras maestras de la poesía de Blake!».

Se acercó un poco más y trató de leer la letra menuda, pero no consiguió reconocer las palabras a la tenue luz del candil.

Ambra se agachó y pegó la cara al cristal. Repasó en silencio las líneas del poema y se detuvo un momento para leer un verso en voz alta:

Avanza el Hombre en medio de grandes fuegos y en el incendio se consume el Mal. —Se volvió hacia Langdon—. ¿A qué mal se refiere?

El profesor reflexionó un instante y asintió vagamente.

—Creo que Blake está hablando de la erradicación de la religión corrupta. Una de sus profecías más recurrentes era un futuro sin religiones.

Ambra pareció esperanzada.

—Edmond dijo que su verso favorito era una profecía que esperaba que se hiciera realidad.

—Bueno —contestó Langdon—, seguro que Edmond habría deseado la desaparición de las religiones. ¿Cuántas letras tiene ese verso?

Ambra empezó a contar, pero enseguida hizo un gesto negativo.

—Más de sesenta.

Volvió a recorrer el poema con la vista y levantó la cabeza con rapidez.

—¿Qué te parece este? La expansiva mirada del Hombre penetra en las profundidades de mundos maravillosos.

—Podría ser —respondió Langdon, mientras reflexionaba sobre su significado.

«El intelecto humano seguirá creciendo y evolucionando con el tiempo, y permitirá conocer verdades cada vez más profundas».

—También tiene demasiadas letras —dijo Ambra—. Seguiré buscando.

Mientras ella estudiaba la página, Langdon se dedicó a ir y venir pensativo por la sala. Los versos que había leído Ambra despertaban ecos en su mente y evocaban recuerdos distantes de sus lecturas de Blake para las clases de literatura inglesa de Princeton.

Empezaron a formarse imágenes en su cabeza, como le sucedía a veces a causa de su memoria eidética, y cada imagen invocaba una sucesión interminable de otras nuevas. De pronto, de pie en medio de la cripta, volvió a ver a su profesor de Princeton, que al final de la clase dedicada a Los cuatro zoas había preguntado a los alumnos:

—¿Qué elegirían ustedes? ¿Un mundo sin religión o un mundo sin ciencia? —Tras una pausa, el profesor había añadido—: Evidentemente, William Blake tenía claras sus preferencias, y en ningún lugar resume mejor su esperanza para el futuro que en el último verso de este poema profético.

Sobresaltado, Langdon se volvió con rapidez hacia Ambra, que seguía leyendo con atención el texto.

—¡Ve directamente al último verso! —exclamó, pues acababa de recordar la última línea del poema.

Ambra buscó el verso que cerraba el texto y, tras concentrarse un momento para distinguir las letras, se volvió hacia su acompañante con una expresión que denotaba alegría e incredulidad al mismo tiempo.

Langdon se acercó al libro y una vez más forzó la vista para distinguir el texto. Como ya sabía qué verso era, le resultó más fácil reconocer las desvaídas letras manuscritas:

Mueren las oscuras religiones & reina la dulce ciencia

Mueren las oscuras religiones —leyó Ambra en voz alta— y reina la dulce ciencia.

La frase no solo era una profecía que Edmond habría suscrito, sino que incluso parecía un resumen de la presentación de esa noche.

«Las religiones desaparecerán… y la ciencia se hará con el control».

Con mucha atención, Ambra empezó a contar las letras, pero Langdon sabía que no hacía falta. «Es el verso que buscamos. No hay ninguna duda». Ahora solo había que encontrar la forma de acceder a Winston para emitir a todo el mundo la presentación de su amigo. Tenía un plan para conseguirlo y pensaba explicárselo a Ambra en cuanto se quedaran solos.

Se volvió hacia el padre Beña, que acababa de regresar y se les había unido de nuevo.

—Ya casi hemos terminado, padre —le dijo—. ¿Podría subir y pedirles a los agentes de la Guardia Real que tengan preparado el helicóptero, por favor? Tenemos que salir cuanto antes.

—Con mucho gusto —respondió el sacerdote—. Espero que hayan encontrado lo que buscaban. Los esperaré arriba.

Mientras el sacerdote subía la escalera, Ambra se apartó del libro, repentinamente alarmada.

—Robert —dijo—, el verso es demasiado corto. Lo he contado dos veces. Tiene cuarenta y seis letras, y necesitamos cuarenta y siete.

—¿Qué?

Langdon se volvió hacia ella, aguzó la vista para ver bien el texto y contó cada letra escrita con extremo cuidado. Mueren las oscuras religiones & reina la dulce ciencia. Lo mismo que Ambra, llegó a un resultado de cuarenta y seis. Desconcertado, volvió a observar el verso.

—¿Estás segura de que Edmond dijo cuarenta y siete, y no cuarenta y seis?

—Completamente.

Langdon lo leyó de nuevo. «Tiene que ser este —pensó—. Seguro que hay algo que no consigo ver».

Entonces se fijó en cada una de las letras y, casi al final, cayó en la cuenta de algo que no había visto hasta entonces.

… & reina la dulce ciencia

—¡El ampersand! —exclamó—. El signo que utilizó Blake para escribir la palabra «y»…

—Pero si eliminamos el ampersand, el verso se queda todavía más corto… Tendría solo cuarenta y cinco letras.

«No hay que eliminar el ampersand —pensó Langdon con una sonrisa—. Hay que considerarlo un código dentro de otro código».

El ingenioso recurso utilizado por Edmond le pareció maravilloso. El genio paranoide había aprovechado un sencillo truco tipográfico para asegurarse de que incluso si alguien descubría cuál era su verso favorito entre todos los existentes, tampoco sería capaz de introducir correctamente la contraseña.

«Edmond recordaba la historia de este signo», pensó Langdon.

El origen del ampersand era una de las primeras cosas que el profesor enseñaba a sus alumnos en sus clases de simbología. El signo «&» era un logograma o, dicho de otro modo, una imagen que representaba una palabra. Aunque por su extendido uso en el idioma inglés muchos creían que el signo derivaba de la palabra inglesa and, en realidad procedía de la palabra latina et, que tenía el mismo significado: «y». La forma habitual del ampersand —&— era una fusión tipográfica de las letras «E» y «T», una ligadura de ambos caracteres particularmente reconocible en algunas fuentes actuales, como la & Trebuchet, que reflejaba con claridad el origen latino del signo.

Langdon nunca olvidaría que una semana después de enseñar el origen del ampersand a la clase de Edmond, el joven genio se había presentado en el aula luciendo una camiseta que llevaba impresa la leyenda: «¡AMPERSAND, TELÉFONO, MI CASA!», en una divertida alusión a la película de Spielberg sobre E. T., el extraterrestre, que siempre estaba intentando encontrar la manera de regresar a su hogar.

Ahora, allí, delante del poema de Blake, Langdon pudo visualizar con claridad la contraseña de cuarenta y siete letras que había ideado su antiguo alumno:

muerenlasoscurasreligionesetreinaladulceciencia

«Típico de Edmond», pensó, y enseguida le reveló a Ambra la hábil estratagema empleada por su amigo para añadir un nivel más de seguridad a la contraseña.

La cara de la mujer se iluminó con la mayor sonrisa que Langdon le había visto desde que se habían conocido.

—Bueno —comentó—, supongo que si todavía dudábamos de que Edmond Kirsch era el típico genio de la informática…

Los dos se echaron a reír, aprovechando el breve paréntesis de distensión en la soledad de la cripta.

—Has encontrado la contraseña —dijo Ambra, con expresión agradecida—. Ahora lamento más que nunca haber perdido el teléfono de Edmond. Si aún lo tuviésemos, podríamos difundir ahora mismo su presentación.

—No ha sido culpa tuya —contestó Langdon, intentando tranquilizarla—. Además, como ya te he dicho, sé cómo encontrar a Winston.

«O al menos eso creo», se dijo para sus adentros, esperando no equivocarse.

Mientras el profesor se representaba mentalmente la vista aérea de Barcelona y el extraño acertijo que se abría ante ellos, el silencio de la cripta se vio interrumpido por un ruido estridente que resonó en la escalera.

Arriba, el padre Beña gritaba y los estaba llamando a los dos.

Ir a la siguiente página

Report Page