Origen
Capítulo 74
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—¡Rápido! ¡Señorita Vidal! ¡Profesor Langdon! ¡Suban enseguida!
Langdon y Ambra subieron deprisa la escalera de la cripta, en dirección a los gritos desesperados del padre Beña. Cuando llegaron al último peldaño, el profesor intentó correr por el interior del templo, pero enseguida se encontró sumido en la más completa oscuridad.
«¡No veo nada!».
Mientras avanzaba centímetro a centímetro, sus ojos intentaban adaptarse a las tinieblas, acostumbrados al fulgor de los candiles del sótano. Ambra no tardó en alcanzarlo, esforzándose también por ver en la oscuridad.
—¡Por aquí! —gritaba Beña.
Siguieron moviéndose en dirección a la voz del sacerdote y finalmente lo localizaron, apenas iluminado por la escasa luz que se colaba por el hueco de la escalera. Estaba de rodillas, encorvado sobre una silueta tendida en el suelo.
Llegaron enseguida a su lado, y Langdon se sobresaltó al reconocer el cadáver del agente Díaz con el cuello grotescamente retorcido. El cuerpo yacía sobre el vientre, pero la cabeza estaba girada en un ángulo de ciento ochenta grados, de tal manera que los ojos sin vida parecían mirar al techo de la basílica. El profesor se estremeció de horror, comprendiendo por fin el pánico que había percibido en los gritos del sacerdote.
Invadido por un repentino temor, se puso de pie bruscamente para escudriñar la oscuridad, en busca de cualquier indicio de movimiento en el cavernoso interior de la iglesia.
—La pistola —susurró Ambra, señalando la funda vacía de Díaz—. Se la han quitado. —Se volvió para explorar la nada a su alrededor y gritó—: ¡Agente Fonseca!
En la negrura que los rodeaba, se oyó de repente un rumor de pasos sobre las baldosas, seguido del ruido de unos cuerpos que se enfrentaban en una lucha feroz. Después, de manera del todo imprevista, a escasa distancia resonó la explosión de un disparo. Langdon, Ambra y Beña congelaron el movimiento, sobresaltados, y cuando los ecos del balazo aún no se habían acallado, oyeron una voz que en tono dolorido exclamaba:
—¡Corran, corran!
Se produjo un segundo disparo y, a continuación, el inconfundible golpe seco de un cuerpo que caía al suelo fulminado.
Langdon ya había aferrado a Ambra por un brazo y la estaba guiando en la oscuridad hacia una de las paredes del templo. El padre Beña los alcanzó poco después, y los tres se agazaparon en el más absoluto silencio contra la piedra fría del muro.
Mientras escrutaba la oscuridad, Langdon intentaba comprender qué estaba sucediendo.
«¡Alguien ha matado a Díaz y a Fonseca! ¿Quién está aquí con nosotros? ¿Qué se propone?».
El profesor solo podía imaginar una respuesta lógica: el asesino que acechaba en la sombra no había entrado en el templo para matar a dos agentes al azar, sino que los buscaba a Ambra y a él.
«Alguien trata de silenciar el descubrimiento de Edmond».
De repente, un haz de luz iluminó el suelo del recinto y empezó a moverse de un lado a otro, describiendo un amplio arco que avanzaba en su dirección. Langdon calculó que disponían de pocos segundos antes de que el haz de la linterna los iluminara.
—Por aquí —susurró Beña, mientras arrastraba a Ambra a lo largo del muro, en la dirección opuesta a la luz.
Langdon los siguió, sintiendo el resplandor cada vez más cerca. De repente, Beña y Ambra giraron a la derecha y desaparecieron por un hueco en la pared de piedra. Langdon los imitó y tropezó con una escalera que no esperaba encontrar, pero que Ambra y Beña ya estaban subiendo. En cuanto recuperó el equilibrio, el profesor los siguió. Y cuando se volvió para mirar brevemente por encima del hombro, descubrió que el haz de la linterna ya estaba iluminando los primeros peldaños, justo por debajo de ellos.
Se quedó completamente inmóvil y esperó.
La luz permaneció un momento al pie de la escalera y empezó a volverse más intensa.
«¡Viene hacia aquí!».
Por encima de su cabeza, Langdon podía distinguir los pasos de Ambra y de Beña, que subían con el mayor sigilo posible. Se volvió, dispuesto a seguirlos, pero tropezó una vez más y chocó contra un muro, lo que le hizo comprender que la escalera no era recta, sino curva. Tras apoyar una mano en la pared para que le sirviera de guía, Langdon comenzó a subir en una estrecha espiral y de inmediato cayó en la cuenta de dónde se encontraba.
«La famosa escalera de caracol de la Sagrada Família, conocida por ser tremendamente peligrosa».
Levantó la vista y pudo ver por fin aquel espacio estrecho iluminado por la tenue luz que se filtraba a través de los tragaluces de la torre. Se le agarrotaron las piernas y se quedó paralizado en medio de la escalera, abrumado por la claustrofobia.
«¡Sigue subiendo!», se ordenó.
Su mente racional lo impulsaba a continuar el ascenso, pero los músculos no le respondían, atenazados por el miedo.
Más abajo, resonaba el eco de unos pasos pesados que se acercaban desde la nave de la iglesia. El profesor se obligó a seguir subiendo lo más rápidamente que pudo, detrás de los otros pasos que continuaban el ascenso en espiral. La luz que se filtraba por las aberturas de la torre se volvió más intensa cuando pasó junto a una estrecha hendidura en la pared, por la que logró vislumbrar la ciudad. Una ráfaga de aire fresco le azotó la cara cuando pasó junto a la angosta ventana, antes de volver a sumirse en la oscuridad.
Mientras los pasos del perseguidor se oían con más fuerza y comenzaban a subir con mayor rapidez los peldaños, Langdon dejó atrás otra abertura en la pared.
Al cabo de unos segundos, alcanzó a Ambra y al agotado padre Beña, que ya se estaba quedando sin aliento. Se asomó entonces por el borde interior de la escalera hacia la vertiginosa caída del hueco central, un pozo estrecho y circular que descendía en picado por el ojo de una estructura semejante a un nautilo gigantesco, sin barandillas ni barreras protectoras, más allá de un pequeño reborde a la altura del tobillo, que no ofrecía ninguna seguridad. Langdon tuvo que reprimir una oleada de vértigo.
Volvió la vista hacia la oscuridad que se extendía por encima de ellos. Recordó haber leído que la escalera tenía más de cuatrocientos peldaños y llegó a la conclusión de que sería imposible completar el ascenso antes de que el hombre armado los alcanzara.
—¡Sigan subiendo ustedes dos! —exclamó sofocado el padre Beña, mientras se apartaba para dejarlos pasar.
—No vamos a abandonarlo, padre —dijo Ambra, tendiéndole una mano.
A Langdon le pareció admirable su impulso protector, pero también sabía que era suicida seguir subiendo la escalera, porque lo más probable era que acabaran los tres con un balazo en la espalda. De los dos instintos animales de supervivencia —el de luchar y el de huir—, la huida había dejado de ser una opción viable.
«No lo conseguiríamos».
Dejó que Ambra y el padre Beña siguieran subiendo, y él se volvió, apoyó con firmeza los pies en los peldaños y miró hacia abajo por el hueco de la escalera. El haz de la linterna parecía acercarse cada vez más. Se sostuvo en la pared, agazapado en las tinieblas, a la espera de que la luz llegara a la curva que tenía justo debajo. De repente, apareció el asesino: una figura oscura que corría con las dos manos al frente. En una llevaba la linterna y en la otra, una pistola.
Langdon reaccionó por instinto: estalló en un impulso que desde su posición agazapada lo lanzó por el aire, con los pies por delante. El hombre lo vio y apenas logró esbozar el gesto de levantar la pistola, cuando los pies de Langdon ya le estaban golpeando el pecho con una fuerza irresistible que lo hizo estrellarse con violencia contra la pared.
Los segundos siguientes fueron una borrosa sucesión de acontecimientos.
Langdon cayó de costado y recibió un doloroso golpe en la cadera, mientras su atacante bajaba rodando varios peldaños más, hecho un ovillo, y aterrizaba convertido en un bulto quejumbroso. La linterna se precipitó botando por la escalera hasta detenerse un par de vueltas más abajo, todavía encendida. El haz de luz oblicuo que proyectó contra la pared iluminó un objeto abandonado sobre un escalón, a medio camino entre Langdon y su atacante.
«La pistola».
Los dos hombres se abalanzaron al mismo tiempo sobre el arma, pero el profesor partía de una posición más elevada y llegó primero. La aferró con fuerza y apuntó a su agresor, que detuvo el movimiento en seco y se quedó mirando desde abajo el cañón de la pistola, con expresión desafiante.
A la luz de la linterna, Langdon pudo distinguir la barba entrecana del hombre y unos pantalones impecablemente blancos… Tardó un instante en reconocerlo.
«El oficial de la Armada que estaba en el Guggenheim…».
Apuntó el arma a la cabeza del hombre y apoyó el dedo índice en el gatillo.
—Usted mató a mi amigo Edmond Kirsch.
Aunque estaba sin aliento, el hombre le respondió de inmediato, con voz gélida:
—Fue un ajuste de cuentas. Su amigo Edmond Kirsch había matado a mi familia.