Origen
Capítulo 75
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«Langdon me ha roto las costillas».
El almirante Ávila sentía unos fuertes pinchazos y se estremecía de dolor a cada inspiración, mientras su pecho se abombaba desesperadamente, tratando de recuperar el nivel de oxígeno que su cuerpo necesitaba. Agachado en la escalera por encima de él, el profesor lo observaba con la pistola dirigida con torpeza hacia su estómago.
Al instante entró en juego el entrenamiento militar del almirante, que empezó a evaluar la situación. Entre los inconvenientes, observó que el enemigo tenía el arma en su poder y se encontraba en una posición más elevada y, por lo tanto, dominante. Entre los aspectos positivos, se fijó en su inusual manera de empuñar la pistola, que parecía indicar muy poca experiencia en el manejo de armas de fuego.
«No tiene intención de dispararme —pensó Ávila—. Simplemente se propondrá inmovilizarme hasta que lleguen los guardias de seguridad».
Por el griterío que se oía fuera, era evidente que los guardias de la Sagrada Família habían oído los disparos y ya estaban entrando en el edificio.
«Tengo que actuar con rapidez».
Con las manos levantadas en señal de rendición, Ávila se puso de rodillas despacio, para expresar total sometimiento.
«Le haré pensar que tiene la situación bajo control».
Pese a que se había caído por la escalera, el almirante notaba que aún conservaba el objeto inserto en la parte trasera del cinturón: la pistola impresa en 3D que había empleado para matar a Kirsch en el Guggenheim. La había cargado con la última bala que le quedaba antes de entrar en la iglesia, pero no había tenido que utilizarla. Había matado al primer guardia de la forma más silenciosa posible y después le había quitado su pistola, un arma mucho más eficiente, que por desgracia había acabado en manos de Langdon. Ávila esperaba haberle dejado puesto el seguro, ya que parecía muy poco probable que el profesor supiera quitarlo.
Consideró la posibilidad de hacer un movimiento rápido para sacarse la pistola del cinturón, pero calculó que incluso si tenía éxito y lograba disparar primero, sus probabilidades de supervivencia serían solo de un cincuenta por ciento. Uno de los riesgos de las personas inexpertas en el manejo de armas era su tendencia a acertar por error.
«Si me muevo con mucha rapidez…».
Los gritos de los guardias se oían cada vez más cerca, y Ávila sabía que si lo arrestaban, el símbolo del Víctor en la palma de la mano le garantizaría la libertad, o al menos eso le había dicho el Regente. A esas alturas, sin embargo, había matado a dos agentes de la Guardia Real y no estaba seguro de que la influencia de su protector pudiera salvarlo.
«He venido a cumplir una misión —se recordó el almirante— y debo concluirla. Tengo que eliminar a Robert Langdon y a Ambra Vidal».
El Regente le había indicado que entrara por la puerta de servicio del lado oriental del edificio, pero él había decidido por su cuenta saltar la valla de seguridad.
«He visto policías apostados cerca de la puerta oriental, de modo que he tenido que improvisar».
Langdon le habló en tono enérgico, mirándolo por encima del cañón de la pistola:
—¿Cómo puede decir que Edmond Kirsch mató a su familia? ¡Eso es mentira! Edmond no era un asesino.
«Es cierto —pensó Ávila—. Era algo mucho peor».
La oscura verdad sobre Edmond era un secreto que el almirante había descubierto hacía apenas una semana, durante una conversación telefónica con el Regente.
—El papa quiere que elimine al famoso futurólogo Edmond Kirsch —le había dicho el Regente—. Las motivaciones de Su Santidad son muchas, pero espera que usted asuma esta misión como algo personal.
—¿Por qué yo? —preguntó Ávila.
—Almirante —le susurró el Regente—, siento decírselo, pero Edmond Kirsch es el responsable de la explosión que mató a su familia.
La primera reacción de Ávila fue de escepticismo total. No veía ninguna razón para que un famoso científico especialista en sistemas informáticos pusiera una bomba en una iglesia.
—Usted es militar, almirante —comenzó a explicarle el Regente—, y lo sabe mejor que nadie. El soldado que aprieta el gatillo en la batalla no es responsable de la muerte de su enemigo. Es solo un peón que trabaja para otros más poderosos: gobernantes, generales o líderes religiosos, que le pagan el sueldo o lo convencen de que debe defender una causa a toda costa.
Ávila conocía esa situación por experiencia propia.
—La misma regla de tres se aplica al terrorismo —prosiguió el Regente—. Los terroristas más crueles no son los que fabrican las bombas, sino los líderes influyentes que alimentan el odio entre las masas desesperadas e impulsan a sus soldados a cometer actos de violencia. Una sola alma ganada por las fuerzas de las tinieblas es suficiente para sembrar en el mundo el caos y la destrucción, inspirando en las mentes vulnerables la intolerancia espiritual, el nacionalismo o el odio.
El almirante tuvo que reconocer que estaba de acuerdo.
—Los atentados terroristas contra cristianos van en aumento en todo el mundo —prosiguió el Regente—. Los más recientes ya no son acciones cuidadosamente planificadas, sino ataques espontáneos llevados a cabo por terroristas solitarios, que reaccionan ante un llamamiento a las armas lanzado por dirigentes particularmente persuasivos, enemigos de Cristo. —El Regente hizo una pausa—. Y entre esos dirigentes figura el ateo Edmond Kirsch.
Ávila sintió que el Regente empezaba a llevar demasiado lejos su argumento. Pese a la despreciable campaña de Kirsch contra el cristianismo en España, el científico nunca había hecho un llamamiento a matar cristianos.
—Antes de que intente rebatir mi razonamiento —dijo la voz al teléfono—, permítame que le revele un último dato. —El Regente dejó escapar un suspiro—. Nadie sabe lo que voy a contarle, almirante, pero el atentado que mató a su familia… era en realidad un acto de guerra dirigido contra la Iglesia palmariana.
Ávila se quedó boquiabierto, pero no le encontró ningún sentido a la afirmación. La catedral de Sevilla no era un edificio palmariano.
—La mañana del atentado —dijo la voz—, cuatro miembros destacados de la Iglesia palmariana se encontraban en la catedral de Sevilla, con la misión de captar nuevos adeptos. Ellos eran el verdadero objetivo del ataque terrorista. Usted conoce a uno: Marco. Los otros tres murieron.
La mente de Ávila era un torbellino en el que destacaba por encima de todo la imagen de Marco, su fisioterapeuta, que había perdido una pierna en la explosión.
—Nuestros enemigos son poderosos y tenaces —continuó la voz—. Al ver que no podía acceder al interior de nuestro complejo de El Palmar de Troya, el terrorista siguió a nuestros cuatro misioneros hasta Sevilla y decidió actuar allí. Lo siento mucho, almirante. Este drama es una de las razones por las que los palmarianos hemos decidido ponernos en contacto con usted. Nos sentimos responsables de la trágica pérdida que ha sufrido, en una guerra dirigida contra nosotros.
—¿Dirigida por quién? —preguntó Ávila, que ya empezaba a entender las inquietantes afirmaciones del Regente.
—Mire su correo electrónico —contestó la voz.
Al abrir la bandeja de entrada, Ávila encontró una cantidad apabullante de documentos confidenciales que describían una ofensiva brutal contra la Iglesia palmariana a lo largo de la última década, una prolongada guerra que aparentemente abarcaba acciones legales, amenazas que rayaban el chantaje y enormes donativos a grupos antipalmarianos, como las organizaciones Palmar de Troya Support y Dialogue Ireland.
Lo más sorprendente de todo era que esa guerra sin cuartel contra la Iglesia palmariana parecía estar impulsada por un único individuo, y ese hombre no era otro que el futurólogo Edmond Kirsch.
Ávila no salía de su asombro.
—¿Por qué razón iba a querer Kirsch destruir a los palmarianos?
El Regente le respondió que nadie en la Iglesia, ni siquiera el papa, tenía idea de por qué los aborrecía el científico. Lo único que sabían era que uno de los hombres más ricos e influyentes del planeta se había propuesto no descansar hasta aniquilarlos.
La voz al teléfono le indicó a Ávila que prestara atención a un último documento: la copia de una carta mecanografiada; un hombre que decía ser el autor del atentado en Sevilla se la había enviado a los palmarianos. En las primeras líneas de la carta, el terrorista se presentaba como «un discípulo de Edmond Kirsch». El almirante no necesitó saber nada más. Apretó los puños de rabia.
El Regente le explicó por qué los palmarianos no habían hecho público el documento. En los últimos tiempos, la Iglesia había adquirido muy mala reputación, sobre todo a raíz de las campañas financiadas u orquestadas por Kirsch, y la asociación de su nombre con un atentado terrorista habría sido funesta.
«Mi familia murió por culpa de Edmond Kirsch».
En la oscuridad de la escalera, Ávila levantó la vista hacia Robert Langdon e intuyó que probablemente el profesor no estaba al corriente de la cruzada secreta de Kirsch contra la Iglesia palmariana, ni sabía que el futurólogo había inspirado el atentado que había matado a su familia.
«No importa si lo sabe o no —pensó Ávila—. Él es un soldado, igual que yo. Los dos hemos caído en esta trinchera y solo uno conseguirá salir. Tengo órdenes y pienso obedecerlas».
Langdon se encontraba unos peldaños más arriba y lo estaba encañonando como un aficionado: con las dos manos.
«Mala elección», pensó Ávila, mientras deslizaba despacio los pies para apoyarlos un escalón más abajo, sin dejar de mirar al profesor a los ojos.
—Sé que le resulta difícil creerlo —señaló—, pero Edmond Kirsch mató a mi familia. ¡Y aquí tiene la prueba!
Ávila abrió la mano para enseñarle el tatuaje, que obviamente no demostraba nada, pero obró el efecto deseado: Langdon bajó la vista y miró.
Aprovechando esa breve distracción, el almirante saltó en diagonal, siguiendo la curva de la pared, para salir de la línea de fuego. Tal y como esperaba, Langdon apretó el gatillo impulsivamente, antes de corregir la orientación del arma para apuntar al objetivo en movimiento. El disparo resonó como un trueno en el reducido espacio y Ávila sintió que la bala le rozaba el hombro, antes de seguir rebotando de lado a lado de la pared, escalera abajo.
Langdon ya lo estaba apuntando otra vez con el arma, pero el almirante se volvió de repente, saltó y durante la caída golpeó con ambos puños las muñecas del profesor, obligándolo a soltar la pistola, que descendió con gran estrépito por la escalera de piedra.
Sintió un dolor semejante a una descarga eléctrica cuando fue a estrellarse contra el suelo de piedra, al lado de Langdon, pero la explosión de adrenalina no hizo más que alimentar su agresividad. Se llevó una mano a la espalda y tiró con fuerza de la pistola impresa en 3D que llevaba en el cinturón. Acostumbrado al arma del guardia, le pareció inesperadamente ligera.
Apuntó al pecho de Langdon y, sin la menor vacilación, apretó el gatillo.
La pistola rugió, pero al estruendo inicial le siguió un desusado ruido de cristales rotos y Ávila sintió en la mano un calor calcinante. Al instante comprendió que el cañón del arma había estallado. Esas nuevas pistolas «indetectables», pensadas para eludir todos los sistemas de seguridad por carecer de piezas metálicas, estaban hechas para disparar solo una o dos veces. El almirante no sabía adónde había ido a parar su bala, pero cuando vio que Langdon ya estaba a cuatro patas e intentaba ponerse de pie, dejó caer el arma y se abalanzó sobre su enemigo, iniciando un violento enfrentamiento cuerpo a cuerpo que acercó a los dos hombres al precario borde interior de la escalera.
En cuanto comenzó la lucha, el almirante supo que había ganado.
«Ahora los dos estamos desarmados —pensó—, pero yo tengo la posición dominante».
Ávila ya había reparado en el hueco de la escalera: una caída mortal, prácticamente sin barreras de seguridad. Para obligar a Langdon a retroceder hacia el abismo, buscó un punto de apoyo y al final logró afirmar una pierna contra la pared. Entonces hizo acopio de fuerzas y, en un estallido, empujó a su enemigo en dirección al pozo.
Langdon se resistió con ferocidad, pero la posición de Ávila era más propicia y, por el gesto de desesperación en los ojos del profesor, era evidente que ya empezaba a imaginar el desenlace.
Robert Langdon había oído decir que las decisiones más cruciales de la vida —las que tenían que ver con la supervivencia— se solían tomar en una fracción de segundo.
En ese momento, acorralado con violencia contra el exiguo reborde de la escalera y la espalda encorvada sobre una caída a plomo de treinta metros de profundidad, sintió que no podía hacer nada para contrarrestar la ventaja de Ávila. Su metro ochenta de estatura y su elevado centro de gravedad conspiraban ahora mortalmente en su contra.
Presa de la desesperación, volvió la cabeza para contemplar el vacío que se abría destrás de él. El hueco circular era estrecho —quizá no llegaba al metro de diámetro—, pero no lo suficiente para detener la caída de su cuerpo, que se iría golpeando de una vuelta a otra de la escalera de caracol hasta estrellarse contra el suelo de piedra.
«Nadie sobreviviría a la caída».
El almirante dejó escapar un gruñido gutural, mientras volvía a aferrar a Langdon. En ese momento, el profesor comprendió que solo le quedaba una jugada posible.
En lugar de luchar contra su atacante, lo ayudaría.
Mientras Ávila se disponía a levantarlo para arrojarlo al vacío, Langdon hizo un esfuerzo para acurrucarse aún más y plantar con firmeza los pies sobre los peldaños.
Por un momento, volvió a ser el estudiante de veinte años en la piscina de Princeton… a punto de competir en la prueba de espalda… agarrado al borde… de espaldas al agua… con las piernas flexionadas… las rodillas recogidas contra el pecho… a la espera del pistoletazo de salida.
«La sincronización lo es todo».
Esta vez no hubo pistoletazo de salida, pero Langdon estalló en un movimiento que lo catapultó hacia el vacío, con la espalda arqueada sobre el abismo. Mientras saltaba, sintió que Ávila, preparado para contrarrestar la oposición de casi cien kilos de peso muerto, perdía completamente el equilibrio, sorprendido por la repentina alteración de la relación de fuerzas.
El almirante lo soltó tan rápido como pudo, pero Langdon notó que agitaba los brazos para no caer. Mientras completaba el salto, el profesor rezó para que la distancia cubierta fuera suficiente para superar el hueco de la escalera y caer al otro lado de la curva, unos dos metros más abajo. Sin embargo, no parecía que fuera a ser así. A mitad del vuelo, mientras comenzaba a replegar de forma instintiva el cuerpo en un ovillo protector, se golpeó con fuerza contra una superficie vertical de piedra.
«No lo he conseguido.
»Voy a morir».
Seguro de haberse dado contra el reborde interior de la escalera, se preparó para caer al vacío.
Pero la caída no duró más que un instante.
Casi de inmediato, se estrelló contra una superficie dura e irregular y recibió un contundente golpe en la cabeza. La fuerza de la colisión estuvo a punto de dejarlo inconsciente, pero en ese momento comprendió que había atravesado el abismo y había ido a chocar contra la pared más alejada de la escalera, en un tramo inferior de la espiral.
«Debo encontrar la pistola», pensó, esforzándose para no perder el conocimiento, pues sabía que tendría a Ávila encima en cuestión de segundos.
Sus esfuerzos fueron vanos.
El cerebro se le estaba apagando.
Cuando la negrura ya caía sobre él, lo último que oyó fue un ruido extraño… una serie de golpes secos que se sucedían más abajo en la escalera, cada vez más lejos.
Era como el ruido de una bolsa grande de basura cayendo por el conducto de los residuos.