Origen

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Capítulo 76

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Cuando el vehículo en el que viajaba el príncipe Julián se aproximó a la entrada principal de El Escorial, el familiar enjambre de coches oficiales le hizo pensar que Valdespino le había dicho la verdad.

«Es cierto que mi padre está aquí».

A juzgar por el despliegue, todo el destacamento de la Guardia Real asignado a su padre se había trasladado a la histórica residencia real.

Cuando el acólito detuvo el viejo Opel, un agente provisto de una linterna se acercó a la ventanilla, iluminó el interior del coche y retrocedió sobresaltado, evidentemente sorprendido al encontrar al príncipe y al obispo sentados en el maltrecho vehículo.

—¡Alteza! —exclamó el hombre, cuadrándose de inmediato—. ¡Excelencia! Los estábamos esperando. —Echó un vistazo al desvencijado coche—. ¿Dónde están los guardias de su escolta?

—Tenían cosas que hacer en el palacio —respondió el príncipe—. Hemos venido a ver a mi padre.

—¡Por supuesto, por supuesto! Si Su Alteza y Su Excelencia quieren bajar del vehículo y…

—Abra la barrera —lo apremió Valdespino— y nosotros pasaremos con el coche. Supongo que Su Majestad se encuentra en el hospital del monasterio…

—Así era hasta hace poco, Excelencia —respondió el guardia dubitativo—. Pero me temo que ya no está con nosotros.

El obispo sofocó una exclamación de horror.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Julián.

«¿Ha muerto mi padre?».

—¡No, no! ¡P-perdón! —tartamudeó el guardia, lamentando haber utilizado una frase que se prestaba a la confusión—. Su Majestad no está aquí… porque ha salido de El Escorial hace más o menos una hora. Ha reunido a su escolta y se ha marchado.

El alivio del príncipe no tardó en convertirse en desconcierto.

«¿Dice que se ha marchado del hospital?».

—¡Eso es absurdo! —gritó Valdespino—. ¡Su Majestad me ha pedido que trajera cuanto antes a don Julián!

—Así es. De hecho, tenemos órdenes específicas, Excelencia. Si no les importa bajar del coche, los trasladaremos ahora mismo a un vehículo de la Guardia Real.

Valdespino y Julián intercambiaron una mirada perpleja y se apearon del coche. El agente se dirigió al acólito, le informó de que sus servicios ya no eran necesarios y le indicó que podía regresar al palacio. Atemorizado, el joven arrancó y se perdió en la oscuridad sin decir ni una palabra, claramente aliviado de poder poner fin a su participación en los extraños acontecimientos de la noche.

Mientras los guardias conducían al príncipe y a Valdespino hasta el asiento trasero de un todoterreno, el obispo empezó a ponerse nervioso.

—¿Dónde está el rey? —preguntó—. ¿Adónde nos llevan?

—Seguimos órdenes expresas de Su Majestad —respondió el agente—. Nos ha pedido que les facilitáramos un vehículo y un conductor, y que les entregásemos esta carta.

El hombre les enseñó un sobre lacrado, que enseguida le tendió al príncipe Julián a través de la ventanilla.

«¿Una carta de mi padre? —La formalidad de la vía elegida por el rey para comunicarse con él lo desconcertó, sobre todo cuando notó que el sobre estaba marcado con el sello real—. ¿Qué pretende?». Cada vez le preocupaba más el estado mental de su padre.

Con movimientos ansiosos, Julián rompió el sello, abrió el sobre y extrajo una nota escrita a mano. La caligrafía de su padre ya no era la de siempre, pero seguía siendo legible. Desde que empezó a leer la misiva, el desconcierto del príncipe fue en aumento con cada palabra.

Cuando terminó, volvió a guardar la carta en el sobre y cerró los ojos, considerando sus opciones. Obviamente, no tenía elección.

—Dirígete hacia el norte, por favor —le dijo al conductor.

Mientras el vehículo se alejaba de El Escorial, el príncipe sintió que Valdespino le clavaba la mirada.

—¿Qué le dice el rey en la carta, Alteza? —quiso saber el obispo—. ¿Adónde quiere que vayamos?

Julián exhaló el aire despacio y volvió la vista hacia el fiel amigo de su padre.

—Tú mismo lo has dicho hace un momento. —Le sonrió con tristeza al anciano clérigo—. Mi padre sigue siendo el rey. Y nosotros estamos aquí para respetarlo y obedecer sus órdenes.

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