Origen

Origen


Capítulo 77

Página 82 de 113

77

—¿Robert…? —susurró una voz.

Langdon intentó responder, pero el dolor le martilleaba la cabeza.

—¿Robert…?

Cuando sintió el tacto suave de una mano en la cara, abrió lentamente los ojos. Confuso y desorientado, por un momento creyó estar soñando. «Un ángel vestido de blanco flota sobre mí».

Sin embargo, enseguida reconoció el rostro que lo estaba mirando y logró componer una débil sonrisa.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Ambra, dejando escapar un suspiro de alivio—. Hemos oído el disparo —añadió, mientras se agachaba a su lado—. No te levantes. Quédate quieto.

A medida que recuperaba la consciencia, Langdon sintió también un repentino estremecimiento de temor.

—El hombre que me ha atacado…

—Ha muerto —susurró Ambra con calma—. Estás a salvo. —Indicó con un gesto el borde interior de la escalera—. Se ha caído por el hueco. Hasta abajo.

El profesor tuvo que hacer un esfuerzo para asimilar la noticia. Poco a poco, comenzaba a recordar todo lo sucedido. Intentó disipar la bruma que le nublaba la mente y hacer un inventario de sus heridas, concentrando la atención en la palpitante punzada de la cadera izquierda y el agudo tormento que sentía en la cabeza. Aparte de esos dos focos de dolor, no parecía que hubiera sufrido más daños, ni que tuviera nada roto. El ruido de la radio de la policía arrancaba ecos en la escalera.

—¿Cuánto tiempo… he estado…?

—Unos minutos —contestó Ambra—. Has perdido y recuperado la consciencia varias veces. Debería verte un médico.

Poco a poco, Langdon se incorporó del suelo hasta quedar sentado, con la espalda apoyada en la pared de la escalera.

—Era el oficial… de la Armada. El mismo que…

—Lo sé —respondió Ambra, con un gesto afirmativo—. El que mató a Edmond. La policía acaba de identificarlo. Están al pie de la escalera, con el cadáver, y quieren tomarte declaración; pero el padre Beña les ha dicho que no puede subir nadie hasta que venga el equipo médico. La ambulancia llegará de un momento a otro.

Langdon asintió, luchando todavía con el agudo dolor que le partía la cabeza.

—Probablemente te llevarán al hospital —explicó Ambra—, y eso significa que tú y yo deberíamos hablar ahora mismo…, antes de que lleguen.

—Hablar… ¿de qué?

La mujer lo miró preocupada. Después se inclinó y le susurró al oído:

—Robert, ¿no lo recuerdas? La hemos encontrado… La contraseña de Edmond… «Mueren las oscuras religiones y reina la dulce ciencia».

Sus palabras se abrieron camino como una flecha en la bruma, y Langdon se sobresaltó, libre de las tinieblas que hasta ese momento le habían nublado el entendimiento.

—Tú nos has traído hasta aquí —le dijo Ambra—. Yo puedo encargarme del resto. Has dicho que sabes cómo encontrar a Winston. ¿Dónde está el laboratorio de Edmond? Dime cómo llegar y yo me ocuparé del resto.

Langdon recuperó la memoria de pronto y todo lo sucedido volvió a su mente como un torrente caudaloso.

—Sé cómo encontrarlo.

«O al menos creo que lo puedo averiguar».

—¿Cómo?

—Tenemos que atravesar la ciudad.

—¿Hasta dónde?

—No sé la dirección exacta —respondió Langdon, mientras se ponía de pie con un movimiento vacilante—. Pero te puedo llevar…

—¡Siéntate, Robert! ¡Por favor! —le suplicó Ambra.

—Sí, siéntese —repitió un hombre que se acercaba subiendo la escalera. Era el padre Beña, que estaba ya casi sin aliento—. La ambulancia no tardará en llegar.

—Estoy bien —mintió Langdon, recostándose contra la pared para sobrellevar mejor el mareo—. Ambra y yo tenemos que irnos.

—No podrán ir muy lejos —dijo Beña, que seguía subiendo lentamente la escalera, peldaño a peldaño—. La policía los está esperando. Quieren tomarles declaración. Además, la iglesia está rodeada de periodistas. Alguien debe de haberle filtrado a la prensa que están aquí. —El sacerdote llegó junto a ellos y miró a Langdon con una sonrisa cansada—. Por cierto, la señorita Vidal y yo nos alegramos de verlo sano y salvo. Nos ha salvado la vida.

Langdon se echó a reír.

—¡Después de que usted nos la salvara a nosotros!

—Bueno, en cualquier caso, quiero hacerles saber que no podrán salir de esta torre sin toparse con la policía.

Langdon apoyó con cuidado las manos sobre el reborde de piedra y se asomó por el hueco de la escalera, para mirar hacia abajo. La macabra escena del suelo le pareció muy lejana. Al fondo del abismo, el cuerpo de Ávila yacía en una posición antinatural, iluminado por los haces de varias linternas de la policía.

Mientras miraba por el ojo de la escalera de caracol y apreciaba una vez más el elegante diseño gaudiniano inspirado en la forma del nautilo, Langdon visualizó en un destello las imágenes de la web del museo de la Sagrada Família, instalado en el subsuelo de la basílica. La web en cuestión, que el profesor había visitado hacía relativamente poco, permitía admirar una impresionante sucesión de maquetas de la iglesia, reproducidas con una precisión asombrosa mediante programas de diseño asistido por ordenador y unas impresoras en 3D gigantescas. Los modelos representaban la larga evolución de la estructura, desde los cimientos hasta su gloriosa finalización, para la que aún faltaba una década.

«¿De dónde venimos? —pensó Langdon—. ¿Adónde vamos?».

De pronto se le encendió un recuerdo en la mente: la imagen de una de las maquetas de la iglesia, que su memoria conservaba almacenada con todos los detalles. Era un modelo que ilustraba la actual fase de construcción del templo y llevaba por título: «La Sagrada Família hoy».

«Si esa maqueta está actualizada y coincide con la realidad, entonces hay una salida».

Se volvió de repente hacia Beña.

—Padre, ¿podría darle un mensaje de mi parte a alguien que nos espera fuera?

El sacerdote pareció desconcertado.

Cuando Langdon terminó de explicarle el plan que había concebido para abandonar el edificio, Ambra negó con la cabeza.

—Robert, eso es del todo imposible. No hay ningún sitio allá arriba para…

—De hecho —la interrumpió el padre Beña—, lo hay. No es permanente, pero de momento está ahí. El señor Langdon tiene razón. Lo que sugiere es posible.

Ambra los miró sorprendida.

—Pero, Robert… Aunque podamos escapar sin que nos vean, ¿estás seguro de que quieres marcharte sin ir al hospital?

A esas alturas, Langdon ya no estaba seguro de nada.

—Puedo ir más tarde, si lo necesito —dijo—. Ahora tenemos que terminar lo que hemos venido a hacer. Se lo debemos a Edmond. —Se volvió hacia Beña y lo miró directamente a los ojos—. Necesito ser sincero con usted, padre, y revelarle el motivo por el que hemos venido. Como sabe, esta noche han asesinado a Edmond Kirsch para impedir que anunciara al mundo un descubrimiento científico.

—Lo sé —dijo el sacerdote— y, a juzgar por el contenido de la introducción, diría que su hallazgo podría perjudicar gravemente a todas las religiones.

—Así es. Por eso creo que debería saber que la señorita Vidal y yo hemos venido esta noche a Barcelona dispuestos a hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para revelar al mundo el descubrimiento de Edmond Kirsch. Y estamos muy cerca de conseguirlo, lo que significa que… —Langdon hizo una pausa—. Al solicitar su colaboración, le estoy pidiendo esencialmente que nos ayude a transmitir al mundo las palabras de un ateo.

Beña le apoyó una mano en el hombro.

—Profesor —le dijo con una sonrisa—, Edmond Kirsch no es el primer ateo de la historia en proclamar que Dios ha muerto, ni tampoco será el último. Sea lo que sea que ha descubierto, seguramente suscitará un acalorado debate. El intelecto humano ha evolucionado desde el comienzo de los tiempos y no es mi misión impedir que siga desarrollándose. Sin embargo, desde mi punto de vista, nunca ha habido un avance intelectual que no incluya a Dios.

Dicho esto, el padre Beña les dedicó a los dos una sonrisa tranquilizadora y se marchó escalera abajo.

Fuera, esperando en la cabina del EC145 estacionado, el piloto contemplaba cada vez más inquieto la multitud que seguía aglomerándose delante de la valla de seguridad de la Sagrada Família. No tenía noticias de los dos agentes de la Guardia Real que habían entrado en el edificio y estaba a punto de llamarlos por radio, cuando un anciano menudo vestido con sotana salió del interior de la basílica y se acercó al helicóptero.

El hombre se presentó como el padre Beña y le transmitió un mensaje desconcertante: los dos agentes habían sido asesinados y era preciso evacuar de inmediato a la futura reina de España y al profesor Robert Langdon. Y por si eso no hubiera sido bastante sorprendente, el sacerdote le indicó además el lugar preciso donde debía recoger a sus pasajeros.

«Imposible», pensó el piloto.

Sin embargo, momentos después, mientras sobrevolaba las torres de la Sagrada Família, observó que las indicaciones que le había dado el sacerdote eran correctas. La estructura más alta de la iglesia —la impresionante torre central— todavía no estaba construida. Pero la plataforma que habían preparado para erigirla era una vasta extensión circular rodeada de unas torres vertiginosas, semejante a un claro en medio de un bosque de secuoyas.

El piloto se situó justo por encima de la plataforma y poco a poco hizo descender el helicóptero entre las esbeltas torres. Cuando tocó el suelo, vio que dos figuras emergían de una escalera: una de ellas era Ambra Vidal, que acudía asistiendo a Robert Langdon, visiblemente herido.

El piloto saltó a tierra para ayudarlos a subir a la cabina.

Mientras se abrochaba el cinturón de seguridad, la futura reina consorte le sonrió con gesto cansado.

—Muchas gracias —susurró—. El señor Langdon le indicará adónde vamos.

Ir a la siguiente página

Report Page