Origen
Capítulo 79
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—¿El propio rey? —volvió a mascullar Garza en el silencio de la armería—. Todavía no puedo entender que la orden de mi arresto procediera directamente del rey. ¡Después de tantos años a su servicio!
Mónica Martín se llevó un dedo a los labios, para hacerlo callar, y echó un vistazo a la entrada, entre las armaduras expuestas, para asegurarse de que los guardias no los estaban escuchando.
—Ya le he dicho que monseñor Valdespino tiene mucha influencia sobre Su Majestad y le ha hecho creer que usted es el responsable de las acusaciones lanzadas esta noche contra el obispo para incriminarlo falsamente en el asesinato.
«Soy el chivo expiatorio del rey», se dijo Garza, confirmando así sus sospechas de que el monarca siempre elegiría a Valdespino, en caso de tener que decidir entre el obispo y el comandante de su Guardia Real. El obispo era amigo suyo de toda la vida y los vínculos espirituales siempre superaban a los profesionales.
Aun así, Garza no podía dejar de pensar que al menos una parte de la explicación de Mónica carecía de lógica.
—La historia del secuestro…, ¿me está diciendo que ha sido el rey quien ha ordenado difundirla?
—Sí, Su Majestad me ha llamado en persona y me ha ordenado que saliera a anunciar el secuestro de Ambra Vidal. Se ha inventado la historia para proteger la reputación de la futura reina y salvar las apariencias, ya que la señorita Vidal se ha fugado literalmente con otro hombre. —Mónica Martín miró a Garza con expresión contrariada—. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Acaso duda de mí, después de saber que el rey ha llamado por teléfono a Fonseca y le ha ordenado lo mismo?
—No me puedo creer que el rey se haya arriesgado a acusar en falso de un delito de secuestro a un importante ciudadano estadounidense —argumentó Garza—. Tiene que haberse vuelto…
—¿Loco?
Garza guardó silencio.
—Comandante —lo apremió Martín—, recuerde que Su Majestad no está bien de salud. ¿Podría ser que le hubieran fallado momentáneamente sus facultades?
—O, al contrario, que hubiera tenido un momento de genialidad —respondió Garza—. Aunque la jugada ha sido arriesgada, ahora la futura reina está a salvo, con una explicación satisfactoria para todos sus movimientos y bajo la protección de la Guardia Real.
—Así es. —La coordinadora de relaciones públicas lo contempló con curiosidad—. Entonces ¿qué lo preocupa?
—Valdespino —contestó el comandante—. Reconozco que no me cae bien, pero la intuición me dice que no puede estar detrás del asesinato de Kirsch, ni de todo lo que ha pasado esta noche.
—¿Por qué no? —preguntó la mujer con aspereza—. ¿Porque es un religioso? Diría que la Inquisición nos enseñó un par de cosas sobre la propensión de la Iglesia a justificar medidas drásticas. En mi opinión, Valdespino es un hombre arrogante, sin escrúpulos, oportunista y excesivamente dado al secretismo. ¿O hay algo más que no acabo de ver?
—Lo hay —confirmó Garza, sorprendido de tener que defender al obispo—. Valdespino es tal y como usted lo describe, pero también es una persona para quien la tradición y la dignidad lo son todo. El rey, que como usted sabe no confía prácticamente en nadie, lleva décadas depositando toda su confianza en el obispo. Me cuesta mucho creer que el amigo y confidente del rey haya podido cometer tal traición.
Mónica Martín dejó escapar un suspiro, mientras sacaba el teléfono móvil.
—Detesto socavar su fe en el obispo, comandante, pero tiene que ver esto. Me lo ha enseñado Suresh.
Pulsó unos cuantos botones y le pasó el móvil a Garza.
En la pantalla aparecía un largo mensaje de texto.
—Es una captura de pantalla de un mensaje que ha recibido esta noche el obispo —susurró—. Léalo. Le aseguro que cambiará por completo su perspectiva.